Tan cerca

Beth Revis · Capítulo 48 de 71

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Tan cerca

49. Elder

—Elder, hay un… Tienes que venir a la ciudad.

La llamada de Doc ha llegado en el peor momento. Quiero encontrar a Luthor para hacerle pagar todo lo que ha hecho. No he estado tan furioso en mi vida; desde que Amy me ha contado lo que hizo, noto la ira corriendo por mis venas. Ahora estoy algo más tranquilo que al principio, pero aun así…

—¡Frexo! —grito—. ¡Llevo horas corriendo de un lado de la nave a otro! ¡Estoy harto!

Doc se queda callado unos segundos.

—Dentro de poco no tendrás que hacerlo —dice al fin.

Por un momento creo que se refiere a que todos estaremos en el planeta, pero no puede ser. Todavía no se lo he contado. Solo lo saben Amy y los navegadores de elite.

—¿A qué te refieres?

—Elder, esto es el caos. Ha estallado un motín.

—¡Frexo!

—Creo que es cosa de Bartie, pero… Elder, necesito que vengas ahora mismo.

 

Tardo un rato en llegar a la ciudad desde el nivel de criopreservación, aunque me doy toda la prisa que puedo. Ya antes de entrar en la ciudad noto que algo va muy mal. Lo sé por el ruido: no suena el rumor habitual de la ciudad, esa corriente de voces, pasos y choques que resulta de la simple vida ciudadana. En su lugar, se oyen voces amortiguadas y pasos que resuenan por las calles.

Y entonces los veo.

Al fondo de la calle principal está el Punto de Distribución, y delante de él se apiña la gente. Todos miran algo que hay delante de ellos.

El cuerpo sin vida de Fridrick.

Tiene tantos parches pegados que parece un reptil cubierto de escamas. Se balancea suavemente, enganchado a una enorme tira de tela; debe de ser uno de los rollos de tejido que se fabrican en los telares. Los extremos de la tira salen de dos ventanas del tercer piso del Punto de Distribución.

En la parte central del tejido se ve una frase en grandes letras negras: Seguid al líder.

—¡Esto es una advertencia! —grita alguien.

Busco con la mirada a quien ha hablado: es Bartie, de pie frente a la entrada del Punto.

Y entonces caigo en la cuenta: la gente no estaba en silencio por la impresión de ver el cadáver de Fridrick. Callaban para escuchar a Bartie.

—¡Cualquiera que rehúse obedecer ciegamente al líder lo pagará muy caro! —grita, con un deje de sorna al pronunciar la palabra «líder»—. ¡Ya lo vimos con Stevy! ¡En cuanto se atrevió a protestar contra Elder, murió!

¿Protestar contra mí? ¡Si me atacó a puñetazos!

—¡Todos habéis visto cómo Fridrick se enfrentó a Elder! —prosigue Bartie—. Trató de salvarnos a todos controlando las reservas de comida… ¡y mirad lo que ha pasado! ¡Elder le obligó a repartir alimentos, y ahora no hay bastante comida! En cuanto a las protestas de Fridrick… —Bartie hace una pausa dramática y señala el cadáver con un aspaviento—. ¡Han sido silenciadas para siempre!

Si lo que se propone es iniciar una revolución, no le está saliendo demasiado bien. En las primeras filas de la muchedumbre suenan vítores, pero al menos dos terceras partes de la gente están en silencio. Parecen preocupados, pero no especialmente dispuestos a derrocar el único sistema de gobierno que han conocido.

Aun así, no voy a permitir que Bartie se dedique a difundir mentiras sobre mí.

Conecto mi intercom y hago una llamada general.

—Atención, habitantes de la nave Fortuna —digo.

La gente que hay en las primeras filas se calla y muchos se vuelven para mirarme.

—Como todos sabéis, el sistema de los Eldest ha funcionado en esta nave desde hace muchísimas generaciones. Yo decidí hacer las cosas de manera distinta a mi predecesor: preferí otorgaros la capacidad de decidir.

 

Bip, bip, bip.

 

—Atención, habitantes de la nave Fortuna —dice la voz de Bartie en mi oído.

Levanto la cabeza como impulsado por un resorte y veo que Bartie me observa.

—Elder no es el único que puede controlar el sistema de intercoms. Aun así, tiene razón en una cosa: nos permitió decidir, y eso es algo que debemos agradecerle — Bartie inclina la cabeza en mi dirección—. Porque nos dio la posibilidad de elegir un líder que no fuera él.

Todo el mundo está pendiente de sus palabras. ¿Cómo frexo ha podido infiltrarse en la red de comunicación? Solo algunas personas de los niveles más altos —Doc, la primera navegadora, yo mismo— tenemos permiso para emitir comunicados generales. Bartie debe de haber hackeado el sistema.

Pulso mi intercom de un manotazo.

—¡Orden de anulación! —digo, e instalo de inmediato otro enlace general de comunicación—. ¡Habitantes de la Fortuna! Tranquilizaos: este no es momento para motines ni disensiones. Esta mañana descubrí que nos hallamos mucho más cerca de Tierra Centauri de lo que podíamos suponer. Comenzaremos las maniobras de aterrizaje pronto, muy pronto. Solo tenéis que…

—¡MENTIRA! —ruge Bartie sin molestarse en conectar la red de comunicación, arrojándome la palabra como si fuera una piedra. Sus facciones están distorsionadas por la rabia.

—No es mentira —respondo con la voz distorsionada por el intercom—. Calmaos, por favor. La misión…

Bip, bip, bip.

 

—¡Al frexo con la misión! —berrea Bartie—. ¡Esto no es más que una nueva treta con la que Elder quiere manipularos! Mirad a vuestro alrededor, amigos: lo que veis es todo lo que tenemos. ¡La Fortuna es nuestro hogar, ya no tiene sentido tratar de llegar a ningún otro planeta! Solo tenemos esto… ¡y la libertad!

—¡Yo os di la libertad! —grito, sin acordarme de conectar el intercom. Me llevo la mano a la oreja, pero Bartie me ve y me deniega el acceso.

—Elder afirma que os ha dado la libertad, ¡pero mirad cuánto poder tiene! Toma todas las decisiones. Controla quién come y la cantidad de comida que se reparte. Doc trabaja a sus órdenes, y gracias a él ha vuelto el fidus a la nave. ¡Elder eligió por nosotros, y ahora todos pagamos las consecuencias!

Me viene a la mente el día en que lo encontré en el archivo. Tenía varios libros, entre ellos uno titulado Funcionamiento de los sistemas de comunicaciones y una historia de la Revolución Francesa. Debió de ser él quien lanzó aquel mensaje por la red de flexibles. Sí, Bartie ha montado todo esto. Pero si yo hubiera sabido manejarlo de otra manera, ¿habría podido atajar los acontecimientos antes de llegar a esta muchedumbre que se apelotona frente al cuerpo de Fridrick?

—¿Y qué pasa con la comida? —grita alguien.

Bartie empuja las puertas del Punto de Distribución.

—¡Coged lo que podáis, porque ya queda poco! —grita.

Esa es la gota que hace rebosar el vaso.

La gente se lanza en estampida al almacén. Varios rompen los cristales de las ventanas y empiezan a colarse por los huecos, y los que entran por la puerta van tan rápido que están a punto de arrollar a Bartie. La gente empieza a salir del edificio acarreando sacos de aspecto pesado y haciendo rodar barriles; los que se han quedado sin nada les plantan cara, rasgan los sacos y les arrebatan su contenido. El suelo tiembla tanto por los miles de pisadas que el cadáver de Fridrick se suelta de su precario asidero y se estrella en el suelo. Por un momento la gente se aparta, pero pronto se lanzan de nuevo hacia delante en su afán por acaparar alimentos.

Estallan las disputas. Al principio no son más que empujones de gente que trata de ganar posiciones, pero los empellones enseguida se convierten en puñetazos. Dos hombres pelean tan encarnizadamente que se olvidan de la comida; el más grande le asesta al otro un puñetazo en plena boca, y un arco de sangre brota como un surtidor por encima del tumulto. Los amigos del hombre herido se lanzan a defenderlo, y pronto hay tanta gente ensangrentada debatiéndose, gritando y asestando golpes que pierdo de vista a los dos primeros.

He visto este tipo de cosas en grabaciones y fotos de Tierra Solar, pero esto es diferente: esto es real.

—¡Fuera de mi camino, frexo! —berrea una mujer mientras persigue un barril de leche que rueda calle abajo.

—¡Los invernaderos! —chilla un hombre, y echa a correr hacia allí seguido de un grupo de unas veinte personas. Mierda. Van a acabar con todas las cosechas.

Trato de emitir una nueva comunicación general, pero la gente ni siquiera se da cuenta.

Un hombre aparta a una mujer de un empellón, y ella se tambalea y cae al suelo. Otro hombre sale en su defensa y golpea al primero. Antes de que pueda acercarme a ellos, dos hombres más se unen a la reyerta. La mujer se aleja a gatas cuando no la mira nadie. La bolsa que acarrea el primer hombre se rompe y su contenido —tomates y pimientos— se esparce por la calle. Algunas personas los agarran y empiezan a tirárselos a los contendientes. Cada vez se une más gente a la pelea.

Y entonces, uno de ellos se da la vuelta y me ve. Apenas he tenido tiempo de maldecirme mentalmente por estar aún ahí, cuando el tipo empieza a gritar:

—¡Ahí está Elder! ¡A por él!

Todos a una se vuelven, como un monstruo de muchas cabezas preparado para embestir.

—¡Fuego! —chilla alguien.

Por una de las ventanas del almacén sale un hilo de humo que se enrosca alrededor de la tela.

Echo a correr mientras todos miran la ventana, y al doblar la esquina conecto mi intercom.

—¡Amy! Ve a tu cuarto y cierra bien la puerta —le digo, y desconecto sin darle tiempo a replicar.

Me encamino hacia el tubo gravitacional por el camino más directo. A mi alrededor hay más personas que corren buscando refugio como yo. Un hombre empuja a la mujer que va con él hacia dentro de una casa, y se queda haciendo guardia en el umbral con un cuchillo de carnicero. Otra mujer se derrumba en las escaleras de entrada de su casa y empieza a gritar agarrándose el vientre.

Mientras subo por el tubo gravitacional, observo el caos que se extiende ante mis ojos. Las llamas se han propagado por todo el Punto de Distribución, y de él sale una columna de humo espeso que ya ha empezado a teñir el techo de gris.

Al llegar al nivel de navegación, tengo que esperar unos segundos a que mis ojos se acostumbren a la penumbra. Este nivel está mucho más oscuro que el de alimentación, y también más silencioso: si abajo el aire hervía, aquí la tensión lo inunda todo como una niebla espesa.

Shelby se abalanza hacia mí; debía de estar aguardando mi llegada.

—¿Qué hacemos, Elder?

Todo el nivel parece quedarse en suspenso a la espera de mi respuesta.

—Reúne a los navegadores de elite. Quiero veros a todos junto a la puerta del puente —digo.

—Pero… ¿qué pasa con el nivel de alimentación?

—Es una orden. Id al puente de inmediato.

La miro a los ojos tratando de adoptar la fría e impasible máscara de autoridad que tan bien le salía a Eldest. No sé si puedo hacer que mis rasgos adopten esa expresión, aunque mi carga genética sea exactamente la misma. Debería ser capaz, pero cuanto más lo pienso, más me siento como un niñito que se probara los zapatos de su padre.

Y sin embargo, Shelby obedece. Conecta su intercom, transmite la orden a los navegadores de elite y echa a andar a zancadas hacia el puente.

Antes de seguirla, tengo algunas llamadas pendientes.

—Enlace de comunicación: Bartie —digo apretando mi intercom.

—¿Sí? —contesta segundos más tarde.

—Vas a destruirnos a todos.

—Tú abriste la puerta —replica Bartie con voz ahogada, como si él también estuviera huyendo del monstruo que ha creado—. Yo me limité a empujarlos para que pasaran.