Tan cerca
57. Elder
El nivel de navegación está atestado a pesar de lo temprano que es. Echo un vistazo a la sala con la esperanza de distinguir la melena rojiza de Amy entre las cabezas de los navegadores, pero no la veo. Claro, ¿cómo iba a estar aquí? Aunque sea la persona con la que más me apetece compartir este momento, es una locura pensar en ella ahora mismo; tengo que concentrarme en el aterrizaje. Pero es que las cosas están cambiando tan rápidamente… Amy fue la primera persona a la que hablé de Tierra Centauri, pero puede ser la última que vea tras el aterrizaje.
Suspiro e intento ordenar mis ideas. No es el momento de ponerse sentimental; es el momento de llegar a nuestro destino.
Los navegadores me aplauden mientras avanzo por el pasillo de su nivel. Muchos se acercan a mí para estrecharme la mano, darme palmadas en la espalda o agradecerme simplemente que estemos hoy aquí. Cuando entro en la sala de máquinas, los navegadores y científicos que están ahí reunidos se levantan y me dedican una ovación.
Los miro a todos, feliz.
Esto es todo lo que siempre he soñado.
Shelby y su grupo me esperan en formación ante el puente de mando. Cuando me acerco a ellos, todos se cuadran.
—Yo… eh… —balbuceo, y solo entonces me doy cuenta de que todo el mundo aguarda expectante mis palabras.
Frexo.
—Yo… lo que quiero decir… —trago saliva y cierro los ojos—. Quiero deciros que la Fortuna no es nuestro hogar. Ninguno de nosotros eligió nacer en una nave y vivir atrapado entre muros de metal que nos protegen del vacío. Sin embargo, ahora tenemos elección: podemos aterrizar. Podemos decidir que ya es hora de arriesgarnos, de abandonar este cascarón, de ver lo que el resto del universo puede ofrecernos. Podemos elegir nuestro futuro. ¡Vámonos a casa!
—¡A casa! —grita Shelby, y todos la corean entre gritos y silbidos de alegría.
Ha llegado el momento.
Shelby abre el puente de mando y se queda a mi lado, observando cómo el resto de los navegadores de elite pasan y ocupan sus puestos. Todos se mueven con aire grave, ceremonioso: estamos haciendo historia y lo sabemos.
Ahora más que nunca echo de menos a Amy. La primera vez que la vi congelada en su cápsula, supe que me cambiaría para siempre. Pero no solo me ha cambiado a mí: su presencia también ha modificado el destino de todos los habitantes de la nave.
Cuando el último navegador entra en el puente, Shelby se vuelve hacia mí con una sonrisa. Doy un paso.
—¡Elder!
Miro hacia atrás: un navegador se acerca a la carrera.
—Elder, es esa chica… La del pelo rojo. Está en este nivel.
—¿Amy?
Asiente.
—Está golpeando la puerta de la sala de energía y llamándote a gritos.
—Elder… —me llama Shelby desde dentro del puente.
Retrocedo y echo a andar hacia la sala de energía.
Y entonces…
… una explosión sacude la nave.
Pierdo el equilibrio y caigo, ensordecido. Mi cabeza golpea el suelo, pero no llego a perder el conocimiento. Algo me arrastra hacia lo que queda del puente. Alguien suelta un chillido que se interrumpe bruscamente; me doy la vuelta justo a tiempo de ver una silla que se precipita por la sala y pasa justo por encima de mí, desgarrando mi túnica y la piel de debajo. Empiezan a sonar gritos que se mezclan con un clamor metálico: todas las mesas y las sillas han salido disparadas y entrechocan en el aire. Siento un dolor intenso en la pantorrilla, y al mirarla veo que se me ha clavado un destornillador. Extiendo el brazo y lo saco de un tirón, sin dejar de deslizarme por el suelo.
Hago un esfuerzo por levantar la cabeza.
La cristalera del puente ya no está.
Las tiras metálicas que unían las piezas hexagonales están rotas y retorcidas, como los árboles de Tierra Solar que he visto en cuadros y fotos de escenas invernales. El vacío del espacio absorbe todo el aire del puente y la sala de máquinas, y la fuerza de succión arrastra todo lo que está suelto en las dos estancias: sillas, mesas, maquinaria… y personas.
Los peor parados son los navegadores de Shelby; algunos han logrado aferrarse a las mesas de mandos o las sillas atornilladas al suelo, pero faltan muchos. Alrededor del boquete de la cristalera se ven bultos ensangrentados: la explosión que ha destrozado el puente se ha llevado también por delante a la gente más cercana.
Un navegador —Prestyn— se levanta, tropieza y sale despedido. Su cuerpo choca contra las tiras rotas de metal y se queda clavado en una. De la herida empiezan a brotar esferas rojas de sangre que se alejan rápidamente.
Me pongo a gatas, deslizándome cada vez a mayor velocidad hacia el puente, y me estampo contra la pared justo al lado de la puerta. El impacto me deja sin aliento, pero al menos ha detenido mi avance. Me pongo en pie, pegado a la pared, y trato de respirar un aire cada vez más enrarecido. En cuestión de minutos, nos quedaremos sin oxígeno.
Me agarro con fuerza al marco de la puerta y asomo la cabeza. Lo que antes era la cristalera es ahora una boca voraz que lo engulle todo.
Veo a Shelby: está agarrada a una silla fija al suelo. El pelo se le pega a la cara y tiene los ojos inundados de lágrimas.
—¡No! —grita—. ¡No lo aprietes, Elder!
Se refiere al botón que tengo al lado de la mano.
El botón que sella la puerta del puente.
Si lo aprieto, salvaré la nave… y perderé a Shelby.
Extiende un brazo hacia mí, desesperada, pero está demasiado lejos, justo fuera de mi alcance. No puedo llegar hasta ella. Es demasiado tarde.
—¡No, no, no, no, no! —suplica estirándose un poco más.
Nuestras manos están a milímetros. Si hago un último esfuerzo, tal vez pueda agarrarla y sacarla del puente antes de cerrar…
Pero no puedo hacerlo. No puedo arriesgar toda la nave para salvar a una persona.
—No —susurra.
Aprieto el botón.
La puerta del puente se cierra de golpe y, de pronto, el aire se detiene.
Pasan unos minutos antes de que la gente empiece a incorporarse. Algunas personas sangran; otras tienen huesos rotos o dislocados por los impactos. Pero lo peor no es eso: lo peor es la expresión de sus caras, esa mueca de horror que no creo que llegue a borrarse nunca.
Todos guardamos silencio, pero nuestro silencio no es nada comparado con el que reina al otro lado de la puerta.