Tan cerca
29. Elder
Después de recordarle a Doc que se pase por casa de Lil antes de llevarse el cadáver de Stevy, me voy con los navegadores a inspeccionar las calles de la ciudad. La gente mira por la ventana cuando pasamos; algunos muestran una expresión sumisa teñida de incertidumbre y miedo, pero la mayor parte nos fulminan con la mirada. Sí, aparentemente se pliegan al toque de queda que he ordenado, pero sus ojos rebosan de ira y desafío.
El estómago me ruge —no he comido nada desde ayer—, pero solo me detengo a tomar algo cuando Marae insiste. Aunque no hay nadie en la calle, no dejamos de patrullar hasta que no se apaga la lámpara solar. Mientras subo por el tubo gravitacional hacia el nivel de navegación, veo que casi todas las casas tienen luces encendidas: no hace falta ser muy agudo para suponer de qué está hablando todo el mundo, en vez de dormir.
Casi todos los navegadores se quedan en la ciudad —viven allí, y solo suben al nivel de navegación para trabajar—, pero Marae sube detrás de mí por el tubo. Mientras nuestros pasos retumban por el corredor metálico, me doy cuenta de que esta noche, cuando Marae se vaya a dormir, estaré todavía más aislado del resto de la nave, con dos niveles vacíos solo para mí.
Nos acercamos cada vez más al bruuum, uiii, bruuum del motor. Aunque la sala de máquinas está en penumbra, el motor lanza una sombra más oscura. Sigue desprendiendo el mismo olor a grasa recalentada, pero ahora que sé que no mueve la nave, me parece más pequeño. Marae pasa a su lado sin mirarlo y se dirige a una escotilla hermética que hay al fondo.
El puente de mando.
Recuerdo lo primero que me dijo Eldest antes de empezar a adiestrarme: «El puente de mando es para los navegadores. Yo me ocupo de la gente, no de la nave».
Marae abre la escotilla y espera hasta que entro yo. El techo del puente es una bóveda de metal, y la estancia tiene forma de óvalo con un extremo más afilado que el otro. Me acerco, irresistiblemente atraído por los monitores que sobresalen de dos mesas corridas. En la pared opuesta hay empotrado un enorme panel de controles con forma de uve.
Tomo asiento frente al panel y trato de imaginarme cómo sería pilotar esta nave gigantesca hacia un nuevo mundo.
Pero no puedo; estamos tan lejos de ello que ni siquiera soy capaz de figurarme como el líder triunfante que hace aterrizar la nave.
Me levanto de un brinco. Eldest tenía razón: yo no pinto nada aquí.
Marae está de pie delante de una mesa de monitores. Frente a ella hay dos pantallas apagadas, cada una con un rótulo de metal: COMUNICACIÓN y NAVEGACIÓN.
—Hoy empecé a trabajar en esto como me ordenaste, pero me llamaste para que fuéramos a ayudarte con el… problema —dice, acariciando los rótulos con la yema de los dedos.
—¿Tuviste tiempo de averiguar dónde nos encontramos? —pregunto, intrigado.
Ella me mira con el ceño fruncido.
—Esto no funciona —alza una tapa metálica que hay debajo de las pantallas y me muestra un amasijo de cables y circuitos enredados—. En mi opinión, esto es un sabotaje que alguien perpetró hace muchos años, en la época de la epidemia, tal vez. Al fin y al cabo, las comunicaciones con Tierra Solar quedaron interrumpidas en esa época.
—¿Me estás diciendo que alguien, quizá el primer Eldest, cortó la comunicación con Tierra Solar y destruyó de paso todo el sistema de navegación? —pregunto, asombrado por la idea de que los dos sistemas estuvieran alojados en el mismo sitio.
Marae se encoge de hombros y vuelve a esconder los circuitos destrozados bajo la tapa de metal.
—Estoy haciendo todo lo que puedo —repone, y aunque se esfuerza por mantener un tono ecuánime, distingo un rastro de desprecio en su voz.
—Siento lo que pasó hoy —digo—. Sé que los problemas del nivel de alimentación interrumpieron tu trabajo.
Ella me observa.
—Lo hiciste bien —dice finalmente.
—¿Que lo hice bien? —resoplo—. Estuvimos al borde de una revuelta; la próxima vez, es muy posible que estalle. De todos modos, gracias. No habría aguantado si los navegadores no me hubierais respaldado.
—Los navegadores siempre respaldamos a los Eldest —responde Marae sin más, en el mismo tono que usaría para decirme que esta nave se llama Fortuna o que las paredes que nos circundan son de acero—. Sin embargo, yo… espero que te des cuenta, Elder, de que no habríamos hecho falta allá abajo si volvieras a administrar fidus a la gente. Si nos ahorráramos este tipo de complicaciones, los navegadores y yo podríamos centrarnos en los problemas del motor y el sistema de navegación.
—No voy a volver al fidus —respondo de inmediato.
Sin embargo, incluso yo me doy cuenta de que la determinación que había antes en mi voz ha desaparecido. Aun cuando la muerte de Stevy fuera causada por una sobredosis de fidus, Marae tiene razón. ¿Cuánto tiempo se ha perdido hoy en la nave, no solo por parte de los navegadores, sino de todos los trabajadores? Tenemos que trabajar; si no, moriremos. No podemos permitirnos disrupciones como esta.
—Eldest… —dice Marae.
—Soy Elder.
—Sin fidus, las cosas van a ir de mal en peor. A la gente no le importa el tipo de líder que seas: quieren otra cosa. Otro líder, o tal vez ninguno. En el fondo de su alma, la gente se mueve constantemente hacia la entropía, igual que esta nave. Estamos todos cayendo en un estado de descontrol. Por eso necesitamos el fidus: el fidus es control.
Suelto un suspiro.
—Admito que la forma en que he manejado la situación durante los últimos tres meses no está funcionando bien. Confié en que la gente siguiera haciendo las cosas como las había hecho siempre.
—¿No lo ves? —insiste Marae con voz casi tierna, como una madre que hablara con su hijo—. Es exactamente por eso por lo que nos hace falta distribuir fidus. Si quieres controlar la nave como Eldest, eso es lo primero que debes hacer.
—Es que no quiero.
—¿Cómo?
—Que no quiero controlar la nave como hacía Eldest —digo—. Amy…
La sola mención de su nombre hace que Marae entorne los ojos. Continúo sin hacer caso, con una voz que casi es un gruñido.
—Amy, te guste o no, me hizo ver que Eldest nunca controló a la gente: solo controlaba las drogas que se les administraban. Creo que yo puedo hacerlo mejor; espero hacerlo mejor.
—Sin fidus, es posible que estalle un motín. ¿Te das cuenta?
Asiento.
Lo sé muy bien.
Lo he sabido todo el tiempo.