Tan cerca

Beth Revis · Capítulo 30 de 71

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Tan cerca

31. Elder

Amy se apoya en la pared del nivel de criopreservación y observa cómo me acerco al panel de acceso que hay a la izquierda de la puerta.

—Ya te dije que la clave no es veintisiete.

—Déjame que vea la lista otra vez —le pido, y ella me pone el papel arrugado en la palma de la mano. Mi intercom empieza a pitar, pero lo ignoro.

—Estas puertas parecen escotillas de submarino —dice Amy, y el tono emocionado de su voz me hace alzar la vista.

Mi mente funciona a toda velocidad hasta que recuerdo lo que es un submarino: sí, uno de esos vehículos que viajaban por debajo del agua. Siempre pensé que eran una invención, que en realidad no habían existido; claro, tampoco me creía que el mar pudiera ser tan vasto y profundo como Amy me ha contado que es.

—Las cuatro tienen un cierre hermético —explico—. La puerta del puente de mando también es así, y las que conectan unos niveles con otros. Si ocurre un accidente que daña el casco de la nave, podemos sellar ese nivel y… —dejo que mi voz se apague y me concentro en la lista.

—Cuando era pequeña, mi padre me llevó una vez a visitar el interior de un submarino militar llamado Pampanito. Lo recuerdo bien; el nombre me parecía tan ridículo que lo repetí como un millón de veces mientras correteaba por aquellos pasillos tan estrechos: «¡Pampanito! ¡Pampanito! ¡Pam-pa-NI-TO!». Al cabo de un rato, mi padre intentó atraparme, pero las puertas eran tan bajas que se estampó contra el dintel de una y casi se desmaya —Amy suelta una risita que se apaga enseguida. Levanto la mirada hacia ella: sus ojos vidriosos están fijos en la pared.

Haría cualquier cosa para que volviese a estar contenta, así que decido entregarle las estrellas. Tecleo rápidamente la clave —Fortuna— y la escotilla exterior se abre. Amy y yo nos acercamos a la ventana de la compuerta interior y observamos los millones de puntitos que titilan en el cielo.

Recuerdo la primera vez que vi las estrellas. Pensé que su visión lo cambiaba todo; pensé que había cambiado algo en mí, que me había convertido en una persona diferente solo por ver aquellas chispitas que brillaban a millones de kilómetros de mí. Ahora, sin embargo, no siento nada al verlas. Ya no creo en ellas. Después de decirles a los habitantes de la nave que les concedía la libertad de ser ellos mismos, traje aquí a los que mostraron interés por conocer las estrellas, las verdaderas estrellas. Vinieron pocos, muchos menos de los que yo esperaba. Y entonces me di cuenta de esto: si pasas toda tu vida encerrado en veinticinco kilómetros cuadrados limitados por paredes de metal, es fácil olvidar lo de fuera. Estar enjaulado en una nave resulta mucho menos doloroso si te convences de que no es una jaula.

Por eso no puedo contar a la gente que el motor no funciona.

Mis ojos tropiezan en la mancha roja que hay junto al teclado. Los borrones de color que Harley ha dejado por toda la Fortuna acabarán por desaparecer; las estrellas nunca lo harán. Aun así, si me dieran a elegir, me quedaría con los colores de Harley.

Y él murió por… La verdad es que no sé por qué murió. Solo sé que ya no está aquí y que lo echo de menos. Kayleigh, sin embargo, murió por haber descubierto una verdad; al menos, según Orion.

Las palabras que Orion escribió resuenan en mi mente, y agradezco que mis ideas se alejen por un momento de Harley y de la inutilidad de las estrellas.

Doy vueltas al acertijo que nos ha planteado. Orion parece saber más que nadie acerca del motor de la nave; si logro desentrañar esta pista del frexo, tal vez consiga llegar a la razón por la que el motor está parado e incluso ponerlo de nuevo en marcha. Todos los números has de sumar…

Miro de nuevo la lista que me ha dado Amy. Junto a cada uno de los veintisiete nombres aparece el número de la cámara correspondiente. ¿Y si sumara esas cifras?

Mil doscientos setenta.

—¿Qué haces? —pregunta Amy.

Tecleo 1270 en las cuatro puertas, empezando por la grande que hay al final del pasillo.

La última se abre.

 

La sala está en tinieblas y huele a polvo y grasa. Recuerdo lo que dijo Orion justo antes de que lo congelara: «Cuando los congelados despierten, nosotros seremos mano de obra gratuita o carne de cañón».

Quiero ver las armas con mis propios ojos.

Amy encuentra un interruptor y una luz parpadea en el techo, como si se resistiera a mostrarnos lo que contiene esta habitación.

Ya comprendo por qué Orion temía que al aterrizar nos convirtieran en soldados o en esclavos.

«¿Sabes qué es lo que de verdad te saca de quicio?», le dijo Orion a Amy cuando yo ya tenía la mano en el dial para congelarlo. «Que Elder está más o menos de acuerdo con todo lo que digo».

Pistolas, fusiles automáticos, armas de las que ni siquiera conozco el nombre. Cajas de granadas. Misiles: casi todos son del tamaño de mi antebrazo, pero hay tres más altos que yo. Todo está organizado en compartimentos, protegidos por gruesas bolsas de plástico rojo con el logo del Frex y otros símbolos estampados.

—No sabemos lo que podemos encontrarnos en Tierra Centauri —dice Amy, ya a la defensiva—. Tal vez el planeta esté habitado, tal vez no. Puede que haya monstruos o dinosaurios. ¿Quién sabe? Quizá los humanos seamos gigantes en el nuevo mundo… o quizá seamos hormigas.

—Ya. Y mejor ser una hormiga armada que una desarmada, ¿no? —digo retirando el plástico que protege una pistola.

—Mira, sé que esto tiene mala pinta…

—Esto confirma todo lo que Orion decía.

—¡No! —salta Amy.

Pero ¿cómo puede estar tan segura? Me parece ver cómo su mente se debate entre ideas contrapuestas: por un lado, cree a pies juntillas que su padre y el resto de la gente de Tierra Solar jamás usarían este armamento contra nosotros; por otro, no puede ignorar la evidencia que tiene ante los ojos, un arsenal de aspecto mucho más… potente de lo que esperaba.

Avanzo hasta el fondo de la sala, donde están las armas de mayor tamaño. Reconozco los torpedos y los lanzagranadas por algunas grabaciones de conflictos en Tierra Solar que Eldest me enseñó. En la pared hay una estantería llena de objetos redondos y aplastados como pastelitos. Me acerco a examinarlos: están hechos de polvo prensado y envuelto en plástico transparente.

Amy agarra uno.

—Se parecen a las pastillas higiénicas que usábamos en la Tierra para que no olieran los retretes, esas que se echaban en la cisterna.

Le da la vuelta para examinarlo y el grueso plástico que rodea el objeto cruje entre sus dedos. Entonces Amy me mira y advierte mi expresión perpleja.

—Ah, claro. Aquí los váteres no tienen cisterna…

En la parte inferior del bloque hay pegada una etiqueta con algo escrito en gruesas letras negras:

Compuesto químico-biológico de supresión agrícola

Para uso combinado con el misil prototipo nº 476

Alcance: +0,4 m2

Empleo: v. misil prototipo nº 476

FREX

Frex… La Financiadora de Recursos Externos. El organismo que subvencionó la misión espacial de la Fortuna.

En la estantería contigua hay bloques parecidos, pero estos son de color negro y en su etiqueta pone: «Compuesto químico-biológico antipersona».

La coloco de nuevo en su sitio con mucho cuidado. Necesito emplear todas mis fuerzas para reprimir el impulso de deshacerme de estas cosas, tirarlas con todas mis fuerzas por la escotilla exterior para que desaparezcan.

—¿Todavía crees que esto son armas de defensa? —digo. No quiero discutir con Amy, pero tiene que haberse dado cuenta de que esto es muy serio—. Esto sirve para hacer guerra química, Amy. Puede causar un genocidio.

—Mi madre es genetista, y su puesto es tan importante o más que el de mi padre en el ejército —replica ella de inmediato. Su tono es cauto, no sé si porque no quiere que yo siga cuestionando sus convicciones o porque ella misma está empezando a dudar —. Si el Frex quisiera borrar todo rastro de vida de Tierra Centauri, ¿por qué iban a reclutar a una bióloga? ¿Para qué querrían científicos que estudian la vida, si su intención fuera matarlo todo? Sí, hay veintisiete congelados que pertenecen al ejército; pero también hay otros setenta y tres que son civiles.

Asiento sin decir nada. Tiene razón, claro que la tiene. Pero eso no quiere decir que Orion se equivocara.

Amy se da la vuelta y observa el arsenal. De pronto, suelta una exclamación ahogada.

—¿Qué pasa? —pregunto.

Sin decir nada, ella se agacha para alcanzar un objeto semiesférico de color marrón claro que hay en la estantería.

—Por un momento me pareció media pelota de béisbol —explica mientras me lo ofrece.

Le doy la vuelta para leer la etiqueta pegada en la base:

Peligro: explosivo; causa irritaciones leves

Compuesto detonante Fórmula M

Alcance: 3 m2

Uso: presionar parte superior

Detonación en 3 minutos

FREX

Con mucha cautela, devuelvo el objeto a su estante y me vuelvo para mirar a Amy, que parece haber encontrado algo.

—¡Mira lo que había debajo! —exclama blandiendo un flexible—. ¡La siguiente pista!

Me inclino para mirar sobre su hombro, preguntándome si el mensaje tendrá que ver con el arsenal que acabamos de descubrir o si estará relacionado con los problemas del motor.

—¿Por qué esta vez habrá usado un flexible en vez de una tarjeta de memoria? — reflexiono en voz alta.

Amy se encoge de hombros. Eso carece de importancia: hemos encontrado otra pista, estamos un paso más cerca de encontrar lo que Orion ocultó antes de que lo congeláramos. Y también —espero— estamos un paso más cerca de descubrir su secreto.

Un secreto que tal vez nos permita reparar de una vez el motor.

Apenas me atrevo a pensarlo, pero es innegable que Orion sabía muchas más cosas de las que todos pensábamos, y me da la impresión de que todas tienen que ver con la avería. Ese terrible secreto del que no hace más que hablar puede ser la clave; tiene que serlo.

—¿Listo? —me pregunta Amy, y desliza los dedos por la pantalla del flexible.

Pero en vez de mostrar una imagen de Orion sentado en unas escaleras, la pantalla sigue negra. Me acerco un poco más. Los dedos de Amy se tensan hasta combar el flexible.

—¿Por qué no se enciende? —dice—. ¿He hecho algo mal?

Estoy abriendo la boca para decir que no cuando una hilera de letras blancas empieza a desfilar por la pantalla.

Has llegado hasta aquí. Me alegro. No esperaba menos de ti.

En primer lugar quiero plantearte una pregunta: ¿por qué la nave

transporta un arsenal como este?

—Eso es justo lo que me gustaría saber —murmuro.

—¿Eh? —pregunta Amy sin dejar de mirar la pantalla.

—Nada.

Tiene que haber alguna razón. Seguro que te estás haciendo la

misma pregunta que le hice yo a Eldest: si esta es una misión

pacífica de exploración, como él afirmaba, ¿por qué estamos

armados como si fuéramos a entablar una guerra?

Elder nunca me dio una respuesta convincente. Me dijo que las

armas nos harían falta cuando aterrizáramos, y que los mandos

criopreservados tenían sus razones para transportar un arsenal

así. Pero las armas solo sirven para una cosa: matar. Haya lo que

haya en Tierra Centauri, cuando aterricemos serán ellos o

nosotros.

Y en cualquiera de los dos casos, nosotros, los nativos de la

nave, nos encontraremos justo en medio.

Las últimas palabras se desvanecen y la pantalla se emborrona. De pronto, la imagen se aclara y aparece Orion sentado al pie de una escalinata. Esta grabación es diferente de las demás, no solo por el texto que la ha precedido, sino porque aquí Orion es mucho más joven: no tendrá más de veinte años. La cámara está torcida, y Orion alarga un brazo para enderezarla. Cada pocos segundos mira a su alrededor como si temiera ser descubierto.

ORION: Acabo de descubrir el gran secreto.

—Aquí es más joven —dice Amy.

—Se parece a mí.

—Para nada.

Sí que se parece a mí.

Orion se endereza y acerca la cara a la cámara.

ORION: Esto es más grave que lo de los clones o lo del fidus. De

hecho, es la razón por la que necesitamos fidus.

—También suena como yo.

Orion traga saliva y se queda callado un rato. Amy me mira de reojo con expresión preocupada, pero no le hago caso: estoy mirando cómo Orion se muerde el labio inferior.

ORION: Eldest no quiere que nadie descubra este secreto. No creo

que tuviera intención de contármelo jamás, pero…

Ahora habla en un susurro agitado. Amy y yo nos inclinamos hacia delante sin atrevernos a respirar.

ORION: Hacía falta reparar una avería en el casco de la nave.

Eldest me ordenó que enviara al primer navegador Devyn, pero

preferí hacerlo yo. Y entonces vi… vi lo que Eldest no quería que

viera. Se ha puesto más furioso que nunca. Otras veces he pensado

que incluso podría… Y ahora sé que es capaz de… Tal vez tenga que…

La cámara se desplaza hacia la izquierda de la escalera y enfoca un montón de ropa y varias cajas cerradas esparcidas sobre un catre.

ORION: Llevo ya un tiempo preparándome. Desde que vi ese infierno

de hielo en el nivel inferior, desde que averigüé que somos

clones. Sé que soy reemplazable; en cualquier momento, Eldest

podría cumplir sus amenazas.

La cámara vuelve a enfocar su cara, que ahora muestra una expresión desafiante. «Sí, se parece a mí», pienso.

ORION: Yo conozco los secretos de Eldest, pero él no sabe nada de

los míos. No sabe dónde me he escondido. Ha tratado de seguir mis

pasos con el localizador de intercoms, pero yo sé cómo trucar la

señal; ahora mismo, Eldest cree que estoy en el hospital.

Se lleva la mano a la oreja izquierda y la roza, pero no aprieta el botón del intercom.

ORION: Eldest no sabe nada de este lugar. Pero no es suficiente;

tal vez tenga que…

Sus dedos se cierran alrededor del intercom y sus uñas raspan la piel dejando rastros rosados. Miro a Amy de soslayo: con los labios fruncidos en un mohín de preocupación, acaricia su pulsera con la yema del dedo índice.

ORION: Pero el secreto tiene que seguir siéndolo… Nadie debe

averiguarlo. Ni siquiera debería saberlo yo. Es… demasiado.

Orion se levanta y empieza a caminar en círculos. Sus pies entran y salen del encuadre; su voz se aleja y se acerca al mismo ritmo.

ORION: Ya no sé qué frexo está bien y qué no. ¿Digo la verdad? ¿O

es mejor vivir en una mentira? ¿Y si…?

Se oye el roce amortiguado de sus pasos a medida que se aleja de la cámara.

ORION: No puedo taparlo. Tal vez haga falta que alguien se entere;

a lo mejor, en el futuro es necesario que… Pero no, la red de

flexibles no es segura…

Aguzo el oído: sobre el ruido de pisadas se oye un murmullo, como si Orion mascullara para sí algo que no logro entender. Entonces alza la cámara y las imágenes se emborronan. Unos segundos después, Orion vuelve de nuevo la cámara hacia su rostro, que ahora está en sombra.

ORION: Voy a dejar esta grabación para que alguien la encuentre.

Si me pasa algo, si Eldest… En fin. Si me ocurre algo malo,

supongo que tiene que haber alguien que sepa todo esto.

Orion respira hondo y abre la boca para decir algo.

La grabación se corta de golpe.

—¿Ya no hay más? —pregunta Amy.

—No, mira: todavía queda algo.

En la pantalla vuelven a aparecer letras blancas.

Esto ocurrió hace mucho tiempo, pero no por ello deja de ser

cierto. Amy, has visto la verdad con tus propios ojos. Has visto

las armas. Sabes… tienes que saber que si necesitamos un arsenal

como este para aterrizar en Tierra Centauri, es que no merece la

pena aterrizar allí. Cierra de nuevo esta sala, olvida la clave y

aléjate de aquí.