Tan cerca

Beth Revis · Capítulo 7 de 71

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Tan cerca

07. Elder

La puerta está cerrada con llave, tal como la dejé.

 

Después, cuando acabó todo.

Después de que

Orion quedara congelado,

Amy descubriese la verdad y

Eldest muriese

delante de mis ojos…

Delante de mis ojos.

 

Después de todo eso, volví a subir al nivel de mando. Al vacío y desierto nivel de mando. Entré en la habitación de Eldest, encontré el alcohol que tenía guardado y me pasé dos días borracho. Luego pasé otros dos días vomitando y volví a cerrar con llave su puerta, una de las pocas que tienen cerradura.

Y coloqué una mesa delante.

Aparto la mesa con tanta fuerza que se vuelca y cae al suelo.

Antes, el nivel de mando me parecía muy grande: tanto como para acoger a todos los habitantes de la nave y mentirles mientras miraban al cielo y contemplaban asombrados las bombillas a las que llamábamos estrellas.

Cuando Eldest y yo vivíamos aquí, este lugar parecía enorme, y el espacio que se abría entre los dos estaba lleno de vacío y silencio. Ahora que estoy solo, el nivel de mando me parece claustrofóbicamente pequeño.

Mi intercom pita y le doy un toque con un dedo para acallarlo.

Antes de que pueda convencerme de que es una mala idea, antes de que pueda marcharme y prometer que ya volveré a su habitación más tarde…

… abro la habitación de Eldest.

 

Al entrar, las partículas de polvo se arremolinan en la luz. Aspiro hondo con la esperanza de oler el jabón almizclado que usaba Eldest, pero la estancia solo huele a moho.

Los pies se me quedan pegados al suelo. Hay una botella abierta tirada junto a la puerta. El alcohol se ha secado y lo ha dejado todo pringoso. Esta es la huella que dejé en el cuarto de Eldest.

La habitación está desordenada y llena de trastos, pero así es como la tenía él. La cama está sin hacer, con las mantas arrebujadas a los pies. Por debajo asoma un montón de ropa arrugada. Un plato sucio descansa peligrosamente cerca del borde de la mesita de noche.

Me siento como un intruso en la intimidad de Eldest, hasta que caigo en la cuenta de que, en teoría, ahora Eldest soy yo, y esta habitación es más mía que de un muerto.

Por la mesa se esparcen las piezas de una maqueta de resina, una reproducción del motor. Agarro el pequeño núcleo del reactor nuclear y le limpio el polvo con mucho cuidado. La primera vez que vi este chisme del frexo fue cuando Eldest quiso esconderlo. Sopeso la pieza. Entonces, él ya sabía que algo iba mal. Si hubiera tenido la chulza suficiente para contarme la verdad desde el principio, a lo mejor podríamos haber colaborado para arreglar nuestros problemas. ¡Frexo! ¡Si todo el mundo hubiera sido sincero, a estas alturas ya estaríamos en Tierra Centauri!

Lanzo la pieza por los aires. Se estrella contra la pared y cae sobre la cama, convertida en una lluvia de astillas que rebotan en la almohada y se acumulan en la marca de la cabeza de Eldest.

Mierda.

Me paso las manos por la cara.

Mierda.

El mensaje pirata de los flexibles y el entusiasmo con el que Marae ha aceptado formar el cuerpo de policía me han hecho olvidar por un rato la verdad más dura de todas.

No vamos a ninguna parte. Estamos parados.

Mientras observo los fragmentos del motor, decido algo: no voy a contárselo al resto de la nave. Ni hablar. Me disgusta acabar enredado en la red de mentiras que Eldest tejió en torno a la Fortuna, pero no puedo hablar de esto. No puedo aparecer ante la gente y decirles que no es que avancemos despacio, es que no avanzamos en absoluto. Si retirarles el fidus les ha hecho montar una revuelta virtual en la red de flexibles, decirles que no vamos a ninguna parte hará que destrocen la nave: desgarrarán el metal con los dientes hasta que la negrura del espacio nos trague a todos. Como a Harley.

Me paso los dedos por el pelo y lo enredo aún más. ¿Qué estoy haciendo? Tal vez Eldest sospechase que estábamos parados, pero no creo que escondiese la clave para reactivar el motor en su habitación.

El flexible que hay sobre la mesa suelta un destello; las palabras blancas se oscurecen y, con un pitido, el flexible se reinicia. Pasados unos segundos, aparece la pantalla de inicio. No sé qué habrán hecho Marae y los navegadores de elite, pero ha funcionado: el mensaje pirata ha desaparecido.

Mi intercom vuelve a pitar.

Estoy a punto de contestar cuando reparo en algo: otra puerta. Acallo el pitido de mi oreja izquierda y avanzo hacia allí, pisando el montón de ropa sucia de Eldest. ¿Qué pinta ahí otra puerta? He visto la del baño, claro, pero en esta no me había fijado nunca. Solo he estado dos veces en la habitación de Eldest, y las dos buscaba otra cosa: la primera, la maqueta del motor; la segunda, algo de alcohol.

Hay una marca nacarada en el suelo de metal: Eldest abría esta puerta con frecuencia. Me tiemblan las manos cuando agarro el tirador metálico, de Tierra Solar. No gira, pero al tirar de él se abre la puerta. Lleno de curiosidad, me asomo al otro lado.

Es un armario empotrado en la pared.

Los armarios empotrados escasean en la nave: casi todas las habitaciones tienen armarios normales. Sin embargo, reconozco que esperaba algo más emocionante. Decepcionado, empiezo a retroceder cuando algo me llama la atención: un trapo asoma de una caja en el suelo del armario. Su tono azul verdoso me remueve por dentro.

Tomo aire, pero luego se me olvida expulsarlo. Me agacho y tiro de la tela para sacarla de la caja, con las manos entumecidas.

Cuando vine a vivir al nivel de mando, una de las pocas cosas que traje era una manta pequeña, manchada y raída en algunas zonas. Lo más especial era su color, un azul verdoso muy particular.

Esta manta era la más antigua de mis posesiones. De pequeño creía que me la habían dado mis padres, a quienes nunca conocí. A los Elder no se nos permitía conocerlos, porque no habríamos sido imparciales con ellos; al menos, eso fue lo que me dijo Eldest. Pero la verdad es que no tenía padres: en realidad, los Elder somos clones. Más que nacer, podría decirse que nos fabricaban.

Eldest me hizo trasladarme de familia en familia hasta que cumplí doce años: seis meses con los pastores, seis meses con los carniceros, seis meses con los recolectores de soja…

Con tanto movimiento, nunca logré decidir qué familia era la mía.

Pero la manta sí que era mía.

Mi primer recuerdo es el de esconderme bajo la manta cuando me dijeron que tenía que volver a cambiar de casa. No recuerdo con qué familia estaba ni adónde me trasladaba, pero sé que me escondí bajo la manta y pensé que, a lo mejor, mi madre —mi verdadera madre— me había envuelto en ella y me había abrazado siendo yo bebé.

Cuando solo llevaba unos días en el nivel de mando, Eldest y yo nos peleamos. Me dijo que era un niño imposible, mimado y malcriado. Yo irrumpí en mi habitación, di puñetazos a las paredes, tiré al suelo todo lo que había en mi estantería… y entonces vi la manta, el símbolo inequívoco de que aún era un niño.

Intenté desgarrarla, pero no pude, así que la tiré a la basura.

No sé cómo, pero Eldest salvó este trocito de mí y lo guardó durante años. Me llevo la manta a la cara y pienso en todo lo que era Eldest y en todo lo que no era.

 

Lo único que cuelga de la barra del armario es una prenda pesada, la toga ceremonial que Eldest se ponía en las ocasiones verdaderamente importantes. Vuelvo a dejar la manta en la caja y agarro la toga. Pesa mucho más de lo que pensaba. Es de lana, no me cabe duda: antes de que Eldest comenzase a adiestrarme en el nivel de mando, me harté de cardar e hilar, y reconozco bien el tacto entre ceroso y áspero del tejido. La prenda está bordada de arriba abajo: en los hombros danzan estrellas, en el dobladillo crecen plantas verdes y en la parte media se extiende una franja de horizonte interminable.

El broche se abre al tocarlo. Me cuelo dentro de la toga y su peso hace que me encorve. El dobladillo arrastra casi un palmo, y mi cuerpo no es lo bastante ancho para llenar la prenda. Las estrellas parecen hundirse alrededor de mis hombros.

Tengo una pinta ridícula.

Me quito la toga y vuelvo a meterla en el armario.