Tan cerca
47. Elder
Amy tiene un aspecto tan triste, tan solitario… Parece una niña abandonada. Y soy yo quien la ha abandonado, aunque siga sentado con ella junto al estanque. No hubiera debido besarla. Ha sido como probar el postre antes de empezar a cenar: solo me ha servido para desear más. Pero no he podido evitarlo. No sé qué pasa con Amy, pero con ella no soy dueño de mí.
Y sin embargo, es necesario que me controle. Con todo lo que está pasando, lo último que debo hacer es besarla. Yo tengo que concentrarme en el planeta y ella tiene que aclararse. Veo preguntas en sus ojos; sé que no se atreve a poner nombre a lo que hay entre nosotros.
Está sentada en silencio. Sus ojos rehúyen los míos, y sus mejillas están tan rosadas como sus labios.
Sus labios…
No.
Aparto la mirada.
—¿Qué pasa? —susurra.
Un rugido se abre paso en mi interior, y tengo que echar mano de toda mi fuerza de voluntad para acallarlo. ¿Que qué pasa? Pasa que no puedo responder de mí cuando ella está cerca; eso es lo que pasa. Me atrae tanto que ese sentimiento supera a todo lo demás, a todos mis pensamientos, instintos y restricciones. Temo que este deseo llegue a consumirme… y no solo a mí, sino a ella también.
—Me refiero a lo que pasa con los navegadores —aclara al ver que no respondo—. ¿Cómo reaccionaron cuando les dijiste lo del planeta?
Aprieto los puños. Está claro que Amy prefiere olvidar lo que acaba de ocurrir; tal vez la haya asustado mi mezcla de ansia y prudencia. Frexo… Me peino con los dedos y tironeo de los mechones con rabia, tratando de extraer de mi cerebro alguna idea coherente.
—Han empezado a hacer análisis —respondo—. Si los indicadores de habitabilidad de Tierra Centauri son adecuados, puede que empecemos el proceso de aterrizaje en unos días.
Ella entrecierra los ojos.
—¿Cómo que «puede»?
Si de ella dependiera, aterrizaríamos ahora mismo.
—Amy —digo con tanta seriedad como puedo—, no podemos desembarcar así, sin más. Tenemos que asegurarnos de que no hay ningún peligro en el planeta.
—¿A quién le importan los peligros? —exclama levantando las manos.
—A mí. Soy responsable de todos los habitantes de la nave.
—Solo serán un par de días, ¿verdad?
En el mejor de los casos…, pienso.
—Solo un par, no te preocupes —digo.
—De acuerdo —suspira—. Es que me preocupa que… Bueno, cuanto antes aterricemos, mejor.
—Amy, la nave no es tan terrible —protesto, alarmado por la angustia que trasluce su voz.
Ella me mira, atónita.
—Elder, la gente está furiosa. ¡A Marae la mataron!
—Es… Sin fidus, la gente piensa que… Son…
—Cállate, Elder —me espeta Amy con tono helado—. Hay gente buena. También hay gente mala. El fidus no arregla nada: solo esconde lo bueno y lo malo tras una neblina de indiferencia.
—¿Y si…? —empiezo a decir, pero me quedo callado.
No me atrevo a decir lo que pienso: que quizá merezca la pena perder lo bueno si es el precio que hay que pagar para librarse de lo malo.
Marae habría estado de acuerdo.
—El agua está muy tranquila —dice Amy.
No me molesto en disimular mi asombro. ¿Qué frexo es esto? Primero nos besamos hasta quedarnos sin aliento, luego hablamos de un asesinato, ¿y solo se le ocurre comentar esto?
—¿No hay peces? —insiste.
Peces… ¿Tendrá chulza? En vez de pintar diagramas en una pared, montar guardia o perseguir a un asesino, le apetece hablar de peces. Claro: cuando es mi gente la que muere, no le importa tanto.
—No, ya no —respondo en un gruñido mientras me pongo en pie—. Antes había, pero ahora no quedan.
Ella levanta la vista y me interroga con la mirada.
—¿Te has enfadado?
—¡Pues claro que me he enfadado, frexo! —grito, y ella da un respingo—. Yo… lo siento. Lo siento, Amy. Es que estoy…
Amy me agarra la mano. Creo que quiere decirme algo, pero antes de que se decida a hacerlo, una voz nos sobresalta a los dos.