Tan cerca
17. Elder
La imagen desaparece y la última pregunta de Orion queda flotando en el ambiente, pero en los ojos de Amy sigo viendo reflejada una imagen: un chico —yo— sacándola de su cámara de criopreservación.
—¿Amy? —susurro, vacilante.
Ella se frota la mejilla. Tiene los ojos rojos.
—¿Amy? —insisto.
—No pasa nada —dice, pero se le quiebra la voz—. Lo hecho, hecho está.
Y eso me mata, porque fui yo quien lo hizo. Y por más que desee que Amy pueda verme como la veo yo a ella, que me desee como yo la deseo a ella, sé que nunca podrá olvidar esa escena: yo sacándola de su cámara de criopreservación y largándome. No me extraña que no quiera irse a vivir conmigo al nivel de mando.
Me gustaría darle un puñetazo al responsable de esto. Aprieto los puños. No es que yo sea maravilloso, pero desde luego no necesito que nadie le enseñe a Amy lo chulza que fui. ¡Frexo!
—¿Quién te ha dado esto? —pregunto.
Sus ojos verdes se encuentran con los míos.
—Orion —contesta con voz firme.
—¿Qué?
—Bueno, más o menos. Él me dejó el intercom. Tiene algo escrito, ¿lo ves? —Me lo enseña—. Es una cita de un libro. El libro me llevó al cuadro y el cuadro me condujo a… esto.
—¿Por qué te ha dejado mensajes? ¿A qué está jugando?
Amy vacila un momento y luego sustituye la tarjeta de memoria por la que estaba antes en la pantalla. Cuando apoya el pulgar en el recuadro de identificación, el vídeo se pone en marcha. Orion dice que Amy es su plan B, y solicita su ayuda para una misión en el caso de que él haya fracasado… y yo también.
—¿De dónde lo has sacado?
—Ya te lo he dicho —dice Amy—. Orion me dejó estas pruebas.
—¿Y qué crees que pasará si le sigues el juego?
—No lo sé. Pero la forma en que dice que alguien de Tierra Solar debe tomar una decisión me hace pensar…
De pronto se me ocurre algo: Marae me contó que Orion había convencido al navegador primero Devyn de que no dijera nada sobre la avería en el motor. Y Eldest intentó matar a Orion poco después. Si Orion ha grabado estos vídeos para hacer público su descubrimiento, tal vez podamos hallar en ellos alguna pista para hacer que la Fortuna vuelva a avanzar.
Esto es algo importante: quizá al final de esta descabellada búsqueda de pistas y claves se encuentre la solución para arreglar el motor. En ese caso…
—Deberíamos despertarlo —digo.
Amy me mira como si le hubiera sugerido que impongamos de nuevo el sistema de épocas reproductoras.
—Podríamos hacerlo —insisto—. Podríamos despertarlo y obligarlo a que nos contase lo que sabe.
—No se lo merece —masculla Amy, con más vehemencia de la que esperaba.
—Pero, Amy…
—Además —se apresura a añadir—, aunque lo despertásemos no podríamos confiar en él. Tal vez estas grabaciones sean lo más cercano a la verdad que podamos obtener.
Me muerdo el labio inferior: sé que a Amy no le gustaría oír lo que pienso acerca de Orion. Creo que en parte hizo bien. No en lo de matar a gente, evidentemente, sino en atacar a Eldest, en averiguar todo lo que pudo sobre la nave y actuar en consecuencia. Para eso hace falta chulza, algo que en el fondo envidio.
Me alegro de que Amy no pueda leerme el pensamiento.
—En este último vídeo no había ninguna pista, de modo que la siguiente tiene que estar aquí —Amy agarra el último cuadro de Harley y le da la vuelta.
Examino el boceto de los campos de cunicultura y la frase que hay escrita: Sígueme por la madriguera del conejo.
—¿Crees que escondió algo en la granja de cunicultura? —pregunto, dubitativo.
En realidad, nuestros conejos no cavan madrigueras, sino que hacen nidos. Son más grandes que los conejos de Tierra Solar, más parecidos a las liebres.
—Exacto —contesta—. O a lo mejor se refiere a otro libro.
Ah, eso es. Amy no piensa de verdad que la pista esté en la granja; solo intenta desviar mi atención. Lo más probable es que ya tenga en mente el título del libro.
Pero si necesita espacio, es lo menos que puedo darle, por más que ese espacio se interponga entre ella y yo como un océano.
Contemplo en silencio cómo Amy se prepara para alejarse de la seguridad de su cuarto. Se envuelve el pelo en una tira larga de tela y se hace un moño. Con una mano se mete la cruz bajo la túnica mientras agarra con la otra una chaqueta de manga larga y capucha. Lo hace rápidamente y con soltura, como si ya lo hubiera ensayado muchas veces. No me gusta nada que se haya acostumbrado a esconderse, pero prefiero no decírselo.
No volvemos a abrir la boca hasta llegar al camino del archivo.
—¿Seguro que no quieres que te acompañe? —pregunto.
—Seguro —contesta, y no sé si su voz suena apagada porque tiene que abrirse paso por las sombras que se ocultan bajo la capucha o si es porque está disimulando su miedo. Sea lo que sea, no me lo va a contar; está decidida a enfrentarse a ello sola.
Amy echa a andar hacia el archivo. Yo me vuelvo hacia el campo de los conejos, aunque sé perfectamente que la siguiente pista de Orion estará en algún libro que Amy ya tiene en mente. La miro una vez más: parece derrotada, con la capucha subida, los hombros encorvados y la mirada fija en el suelo.
—No —digo.
Echo a andar y la alcanzo en dos zancadas. La agarro del codo.
—¿Qué quieres decir? —pregunta.
—Sé que aún estás enfadada conmigo.
—La verdad es que no…
—Sí, pero no pasa nada. Me lo merezco. Sé que quieres demostrar que eres fuerte y que no me necesitas, pero no hay motivo para separarnos. No seas cabezota, Amy. Escucha… —titubeo y bajo el tono de voz—. Sé que hay algo que no me cuentas. Y no me parece mal; puedes guardarte el secreto, si quieres. Pero sea lo que sea, sé que te da miedo, y no pienso permitir que estés asustada y sola. Así que te vas a quedar conmigo y yo me voy a quedar contigo.
Ella abre la boca para protestar.
—No admito un no por respuesta —digo.
Y por primera vez en mucho tiempo, en sus ojos veo reflejada una sonrisa.
Primero visitamos la granja, aunque estoy seguro de que Amy piensa que las respuestas están en el archivo. Después de mi arranque, no decimos nada más; pero en algún lugar entre los campos de soja y los de cacahuetes, nos relajamos y el silencio se vuelve cómodo y recíproco. Durante un rato, nos limitamos a caminar tranquilamente codo con codo.
El camino se estrecha justo antes de llegar a la granja y los dos nos movemos hacia el centro al mismo tiempo. El dorso de mi mano roza la mano de Amy. La aparto rápidamente y me la meto en el bolsillo para no volver a tocarla sin querer; cuando miro a Amy para comprobar si se ha dado cuenta, me encuentro con sus ojos. Los dos sonreímos, y luego ella me empuja con el hombro y yo le devuelvo el empujón, y los dos nos echamos a reír sin hacer ruido.
Entonces se cruza con nosotros un conejo que avanza a saltitos.
—Qué raro —digo—. ¿Por qué estará suelto?
—Alguien ha desgarrado la cerca —contesta Amy señalando el punto donde alguien ha arrancado la malla y la ha pisoteado hasta dejar un hueco lo bastante grande para que pase una persona—. ¿Crees que habrá ocurrido algo? —susurra.
No contesto. No hace falta: el cadáver que hay tirado en mitad del campo es respuesta suficiente.