Tarántula
Tarántula
Bob Dylan
ePub r1.0
Titivillus 29.04.2019
Título original: Tarantula
Bob Dylan, 1971
Traducción: Alberto Manzano
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
PRÓLOGO
LA TELARAÑA DE LA TARÁNTULA
¿Qué es este libro? ¿Por qué se titula así? ¿De qué trata? «Podría ser cualquier cosa, dado que lo que contiene no forma parte de ningún género a base de probarlos todos», es una buena respuesta al primer interrogante y basta para explicar su combinación de prosa poética, versos sueltos que tienen mucho que ver con la escritura automática de Paul Eluard, André Breton o Artaud y relatos que, en realidad, lo son y no lo son, que merodean pero no entran, caminan hasta el filo del trampolín pero no saltan. Estamos ante una explosión verbal. Tarántula es puro arte abstracto, un tipo de creación que obliga a quien se ponga ante ella a añadirle un sentido, porque no se lo van a dar hecho.
La segunda pregunta tampoco resulta fácil de contestar, aunque es
posible que no se equivoquen quienes opinan que la elección de Dylan tiene algo que ver con Nietzsche y su Así habló Zaratustra, que en los años sesenta estaba muy de moda y uno de cuyos capítulos se llama, precisamente, «Sobre las tarántulas» y dice cosas de este tipo: «¡Mira, esa es la caverna de las tarántulas y aquí está su telaraña; acércate y tócala para que tiemble. La venganza se asienta en su alma: allí donde muerde, se forma una costra negra. Su veneno produce vértigos en la conciencia!». Eso podría haberlo escrito Dylan; a cambio, a Nietzsche no le importaría ser el autor de la frase: «No hay ningún sustituto para la muerte», que muchos años después volvería a inventar Elias Canetti en uno de sus aforismos.
En cuanto a la tercera cuestión, argumento no tiene; sus personajes
vienen y van y su tema es lo que surja, ninguno y cualquiera, tal y como corresponde a la escritura irracionalista que practicaba Bob Dylan en aquellos tiempos en los que, por recomendación de su amigo Alien Ginsberg —que murió convencido de que la canción «just Like a Woman», compuesta por esos días, estaba dedicada a él, y eso lo sé de primera mano, porque se lo pregunté en 1993 en Madrid, mientras me dedicaba La caída de América en el cóctel que le ofrecieron después de su inolvidable recital de ese año en el Círculo de Bellas Artes—, consumía Los cantos de Maldoror, de Isidore Ducase, conde de Lautréamont, donde se habla de lo que es «bello como el encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas sobre una mesa de disección»; Una temporada en el infierno, de Arthur Rimbaud, que debió de impresionarle tanto como para que le pusiera su nombre a su nueva guitarra eléctrica; un Jack Kerouac más etéreo pero a la vez más hipnótico, que ya no era el de En el camino o Los vagabundos del Dharma sino el de Los subterráneos, Big Sur y México City Blues; y por supuesto, en primer lugar, los poemas del propio Ginsberg, que por entonces ya había publicado sus obras maestras Aullido y Kaddish, cuya sombra es evidente en mil detalles de este Tarántula.
«He visto una señal dentro de todo», escribe aquí Dylan, y tal vez eso
explique mejor que ninguna otra cosa el carácter de esta obra, que es una radiografía de su mente hecha en un momento de ebullición, cuando su inteligencia, su astucia y su capacidad asociativa estaban al rojo gracias al efecto multiplicador de las drogas y a la energía provocada por el caos que lo rodeaba y que es fácil de apreciar en las muchas tomas de la película Don’t Look Back en las que aparece escribiendo este libro, intentando aislarse mientras teclea su máquina de escribir en cuartos de hotel llenos de personas que hablan, cantan, se pelean, dan órdenes a gritos, se pasan bebidas y cigarrillos, cuelgan y descuelgan teléfonos, abren y cierran la puerta a amigos y a desconocidos… Es la época de las gafas negras por la noche, los discos eléctricos y las letras a la vez inolvidables e indescifrables. La época de Bringing It All Back Home, Highway 61 Revisited y Blonde on Blonde, en la que Dylan llegó tan arriba que ni siquiera él mismo ha vuelto a hacerlo. Y Tarántula se formó como una perla negra en el centro de ese torbellino, algo que se le nota en lo mucho que tiene que ver con lo que escribió para las contraportadas de esos mismos álbumes.
Se rumorea que Dylan escribió Tarántula sin querer, que fue un negocio
que cerró a sus espaldas su representante, para sacar un poco de dinero extra. Su editorial, sin embargo, recuerda que él mismo se presentó una mañana en sus oficinas y parecía muy interesado en el proyecto, que dio algunas ideas para el diseño de la portada y pidió que le entregasen unas galeradas en las que poder corregir algunas cosas y añadir otras. La reunión fue tan alentadora que había empezado con la desconfianza de no creer que aquel galimatías fuera a venderse mucho y acabó con la decisión de apoyarlo a muerte y fabricar diferentes objetos publicitarios con la fotografía de Boby la palabra tarántula impresos. Pero su famoso accidente de moto y su retirada de la circulación, pararon todos esos proyectos. Mientras se recuperaba, el sello MacMillan, que era con el que había firmado el contrato, no se atrevió a imprimirlo sin las modificaciones anunciadas, y por esa tierra de nadie que es la indecisión corrieron como la pólvora las versiones piratas del libro, incluso se dieron a conocer algunos fragmentos en la prensa. La leyenda empezó a crecer, aunque fuera en la sombra.
A los treinta y seis años de su aparición, el más impenetrable de los
trabajos de Bob Dylan sigue conservando su jeroglífico sin descifrar, pero a cambio regresa a los escaparates en un momento perfecto, justo cuando el genio acaba de ser recompensado con el Premio Nobel de Literatura, porque es evidente que Tarántula está mucho más cerca de eso, de la literatura, que de la canción. Su dificultad es innegable, pero es la misma que tienen las grandes obras de la poesía hermética, de Louis Aragón a René Char, y de Paúl Celan a Octavio Paz. Se podrían recortar un par de sus versos, si es que eso es lo que son, y usarlos como mapa de ruta para moverse por sus enigmáticas hojas: «Si vas a enviarme algo, / envíame una llave. Encontraré la puerta / que le corresponde / aunque me lleve el resto de mi vida». Mejor no puede explicarse. De otro modo, tampoco.