Tarántula
Suspendiendo el curso de propaganda
Hombres extraños con dolor de barriga y sus chicas de revista: Zelda la Rata, Betty y la choriza Volcán la Piernas. Aquí están; aparecieron inesperadamente y se las ha visto llorando en la capilla. Su amigo, que dice que todo el mundo llora mucho, es el del Congreso y lleva las fotos. Se llama Tapanga Rojo, conocido en Los Ángeles como Liquídalos. Tose mucho. De todas formas entran. Es muy temprano y piden un perro negro mestizo para cada uno. Jenny dice: «¿Por qué no los robamos?». «¡Son polis!», dice un muchacho que acababa de subir una montaña y ha aprendido a oler en el circo. Jenny se retira hacia la máquina del millón; el vapor se hace más espeso. Zelda la Rata pide otro perro negro mestizo. Por favor, bien caliente.
Uno de los hombres cuelga un reloj delante de su cara. «Es tarde, Zelda,
es tarde», y la cara de Zelda se pone como un sarampión y dice: «Soy alérgica». Se oye como un tintineo y dice: «Oh mira, a esa chica le regalan las bolas». Tratando de llamar la atención de Jenny, uno de los hombres le pregunta: «¿Hay algo que te moleste?». Jenny responde: «Sí, ¿qué le pasó a Orval Faubus?». Y el tío rápidamente se desentiende del asunto. Con los ojos hinchados estruja uno de los perros calientes por encima del vestido de la pobre Zelda; le pregunta si quiere otro. Todo el mundo se parte de risa menos uno que está hablando con una ventana y Jenny, que está ganando más y más bolas… El hombre que se parece a la manzana de Adán —creo que es de Betty la Chunga—, se desploma del taburete. Volcán lo envuelve con el suplemento del Nacional. Todo el mundo lo lee. Jenny zarandea la máquina. El hombre ha muerto. Justo entonces, el tipo del Congreso saca una pistola automática; dice que un alemán se la dio en la guerra, lo cual es una jodida mentira, y empieza a disparar al cartel de la barbacoa… En la radio se oye el himno «Barras y estrellas». Al día siguiente, un joven pirómano, con una tortuga en la cabeza y las manos en la cintura y la columna descoyuntada, me ve paseando al burro por el East Side. «Te vi anoche con Jenny. ¿Os pasa algo?», digo. «Oh Dios, ¿cómo puedes preguntarme algo así? ¿No sabes que hay niños que se mueren de hambre en China?», dice. «Sí, pero eso fue anoche. Hoy es otro día.» Y digo: «Sí, bueno, pues, es una lástima. No pienso decirte nada de Jenny». Me llama idiota y yo le digo: «Coge mi burro si te vas a sentir mejor. Al fin y al cabo yo me iba al cine.» Faltan cinco minutos para la hora punta. Una extraña transacción de bienes tiene lugar en la Tercera Avenida. El supermercado explota de desnutrición. Dios bendiga la desnutrición.
Me da igual lo que diga Bob Hope. No
va a ir contigo a ninguna parte. Además, quizá
John Wayne le haya dado una patada al cáncer.
Pero mira qué pie tiene. Olvídate de esos tipos
de Hollywood que te dicen lo que tienes que hacer.
Los indios los van a matar a todos.
Nos vemos en tus sueños.
Cariñosamente,
Hombre de Plástico