Tarántula
El pataleo de mae west (una fábula)
El tren pasa cada noche a la misma hora y él, el mismo anciano, se sienta a mirar un rosario que dice «ya te lo dije» mientras balanceándose hacia atrás y hacia delante piensa en su hijo mayor, Hambone, que cumple cadena perpetua, compra cerveza para los chicos y asesina al tendero con un peine de bolsillo. Este mismo hombre, sin otra cosa que una bañera llena de recuerdos consistentes en: unas chapas de Baby Huey Presidente, una baraja de cartas sin ases, unas botellas de desodorante vacías, un panfleto con eslóganes egipcios, tres calzoncillos largos que no combinan bien y una soga de linchamiento… Se sienta un día en una silla del juzgado envuelta en papel de caramelo sin dejar de quejarse —día en el juzgado; aún lo conseguiré; mi día en el juzgado—. Un caballero pulcro y joven con los labios agrietados se los ha restregado por el cuello al anciano el hombrecillo está planeando vengarse justo en el momento en que el tren de la misma hora pasa y hace caer de la pared el cuadro de su madre pintado por Whistler y también a él le pincha por detrás… día en el juzgado —aún lo conseguiré—, ayer tampoco fue tan bien —una zorra lo dejó en un terruño de barro y un pelmazo le dio en los morros con una mezcla de bambú, cebada y helado podrido— y se sienta pensando en llegar hasta el presidente. Al viejo le duele la tripa, así que abre la ventana para que entre un poco de aire fresco, inhala profundamente. Hay una cuerda llena de ropa interior mojada, neumáticos usados, sábanas sucias, sombreros, plumas de pollo, una vieja sandía, platos de papel y otras prendas de vestir, Johnny Viento Tamborilero, un indio, que va a San Luis, está de pie bajo la ventana del viejo. «Asombroso», dice mirando hacia arriba y viendo cómo todo lo que cuelga en la cuerda de tender la ropa de repente es tragado por un agujero… Al día siguiente, el recaudador de alquileres llega para que le paguen; descubre que el viejo ha desaparecido y que la habitación está llena de basura. La dueña de la cuerda de tender la ropa, informa de un robo al departamento de policía. «Me han robado todos los objetos de valor», se queja al inspector. El tren aún pasa a la misma hora y Johnny Viento Tamborilero es arrestado por vagancia. El recaudador mira a su alrededor, roba un reloj de cucü roto. «Creo que se lo daré a mi mujer», dice —su mujer, que mide casi dos metros de alto y lleva un fez, y que, al minuto, por una extraña circunstancia, va en el mismo tren de siempre—. Mirándolo bien, no pasan muchas cosas en Chicago.
No digo que los libros sean
buenos o malos, pero no creo
que tú hayas tenido la ocasión de
saber por ti mismo de qué van.
Vale, te ponían un notable
en los exámenes de Ivanhoe y un sobresaliente
bajo en Silas Marner… y te preguntas
por qué cateabas los exámenes de Hamlet
—será quizá porque una azada y
una chavala no hacen una lanza—,
del mismo modo que dos errores
no hacen una multitud. Ahora que ya
sabes de qué va la vida, podrías
probarlo otra vez… Podrías empezar
con una guía de teléfonos — maravillosa
mujer— o quizá El guardián entre el centeno
—todos son igual y todo el mundo
tiene el sombrero al revés en
los cuentos.
Nos vemos en el muelle.
Amablemente tuyo,
Sir Acojonado.