Tarántula

Bob Dylan · Capítulo 67 de 95

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Tarántula

Parece un estruendo en la negra noche

PARECE UN ESTRUENDO EN LA NEGRA

NOCHE

 

Entre el colchón chillón de la cocina y Time, un misterioso semanario Tao—, la punta de un dedo en el mentón, las rodillas entrechocando —Tao—, muestra el interior de su boca a una columna de caras. «¿Quiere eso decir que vas a hacer una siesta hoy?» Y Phil Silvers comiéndose un plátano está dentro de la columna de caras. Tao está callado y Phil le pega un puñetazo a Duff el Héroe, un avaro del mar Egeo, un vasto desierto en su cabeza; tiene un montón de confianza en sí mismo y deja que los palurdos prueben bombas en su cerebro. «El amor es algo fantasmal —dice Duff—, te atraviesa.» Tao se fuerza, parece casi pornográfico. «¡Vaya amígdalas!», dice Phil, que ahora lleva unos largos tirantes y le dice a Duff que mantenga la confianza. «La confianza en uno mismo es engañosa», dice el Sr. O’Toole, un marido de cuestionable virtud. «Da un sentido de virilidad a la gente sin cojones.» «¿Tu mujer tiene una vaca?», dice Phil, que ahora ha pasado a ser un económico embajador protestante de Nebraska y que habla con acento maravilloso. «¿Qué quieres decir con eso de que si mi mujer tiene una vaca?» «Así pues, ¿eres de Chicago?», pregunta el embajador… La cara de Tao, mientras tanto, se vuelve tan grande que desaparece. «¿Adonde habrá ido?», dice Duff, que ya no tiene tanto de héroe sino más bien es un alegre joven que odia a los degenerados y que en definitiva tendría que estar en el colegio… El Sr. O’Toole se cae de la silla. «Tengo que encontrar la vía de un tren. Tengo que poner la oreja en la vía. Tengo que escuchar cómo llega un tren.» La columna de rostros, ahora todos juntos, un coro de masticadores «NO TE VAYAS A MORIR AHORA», repiten. «No te vayas a morir ahora.»… Sí, y entre este colchón chillón y ese misterioso semanario están los condados esclavistas. Doris Day se ha marchado y la niebla del Pacífico. Un Studebaker en el crepúsculo. Estrépito, y derribando las puertas de los burdeles y extraños lunáticos zurdos, de Arkansas y Texas, y vagabundos con revistas de chicas de Reed College, bodegas y Reinas, todos gritando: «¡Mírame, Tao! ¡Mírame! Estoy colocado. ¡Mírame ahora!»… Ese sentimiento de soledad, paralizante, ese sentimiento de soledad, o Aretha. Mi mamá no crio a un tonto. No tengo nada que añadir a ese sentimiento… Se escapa un vómito. Será mejor que lo hagas con una pala. Rechazo. Dios bendiga a la Santa Fantasmada y maldiga las fiestas de despedida. Libros de estadística a los políticos… La columna de caras, ahora todos juntos, alzando la bandera y la vista hasta un agujero que ven en ella, cantando: «¡Es el día de todos los santos! ¿Puede Tao venir a jugar?». Sin obtener respuesta, gritan más alto, todos al unísono ahora: «ES EL DÍA DE TODOS LOS SANTOS… ¿PUEDE TAO VENIR A JUGAR?».

Ríndete. Ríndete. El barco se ha perdido: vuelve

a San Bernardino. Olvídate de organizar

a la tripulación. Es sálvese quien pueda. ¿Tú eres

un hombre o un yo? Cuando llegue el guardacostas,

levántate con orgullo y señálalo. No seas un héroe.

Todos son héroes. Tú has de ser diferente. No

te conformes. Olvídate de todas esas salomas.

Levántate y di «San Bernardino» con profunda

monotonía… Todo el mundo lo entenderá.

Tu benefactor,

Cachondo Humeante