Tarántula

Bob Dylan · Capítulo 47 de 95

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Tarántula

Una ráfaga de perdedor no saca nada

 

 

Sota de espadas —Vivaldi de la lavandería automática— con un diccionario hipster —lo vemos lamiéndole el culo a los cinturones negros y a los cachondos pilotos de coches de carrera yendo de un lado a otro como un tío Remus asustado… Los días que no tiene correo se levanta temprano, engancha papel en las cabinas telefónicas y desvalija a las máquinas de chicles… «El mundo me lo debe todo», le dice a su sobrino medio hawaiano, el tonto, Joe el Cabeza, que también está pensando en casarse con una cantante de folk el próximo mes —«dando vueltas y vueltas, el viejo Joe Clark», se oye recitar desde la escalera del edificio de luz y agua mientras Jack se pasea con una maleta llena de burbujas de plástico—, parece que las cosas le funcionan; sabe imitar bastante bien a Cary Grant. Conoce todos los hechos por los que Mabel de Utah abandonó a Horacio, el acomodador del Teatro Altitud. Incluso ha tropezado con varios secretos peludos de la Srta. Conño, que vende burbujas falsas en la feria mundial, además de ser capaz de tocar unas cuantas canciones de la legión extranjera con el yoyo y siempre arreglándoselas para parecer un pomelo en caso de urgencia… Se jacta de su colección de morados y tapones y del hecho de no prestar la más mínima atención al mundo de los negocios. Prefiere mostrar su miedo a la bomba y dice ¿qué has hecho tú por la libertad aparte de alabar a un paciente mental huido que se mea en el suelo de la charcutería de junior —Sota de Espadas, con su hacha, el tocadiscos. Con su compañero, el menú. Y su destino, un trozo de kleenex— jamás toca las grietas de la acera. «Sota —dice su otro sobrino, Guardaespadas, medio danés y medio surfista—, ¿cómo es que siempre haces de Loco, el amigo de Jackie Gleason? ¡Te lo digo en serio! ¿Acaso no hay ya bastante tristeza en el mundo?» Sota pasa como una exhalación — lleva tapones en los oídos— desde la escalera del edificio de luz y agua, la banda, después de haber sacado todo el jugo de los metales, empieza a tocar «Mi papá»… Sota, incrédulo, vuelve a mirar, alza la mano en saludo nazi. Un leñador que pasa con un hacha, la deja caer. Una mujer de las Hijas de la Revolución Americana sale volando del mango. Mira a Sota. Dice: «Hay sitios en los que te arrestarían por obsceno», pero ella ni siquiera oye a la banda… Cae dentro de una grieta en la acera. El líder de la banda, sin prestar atención, hace una ligera reverencia, estornuda. Dirige su varita hacia la guitarra clásica… Un barrendero choca con Sota y dice —lo cito textualmente—: «Vale, he chocado contigo. Me da totalmente igual. Tengo una mujercita en casa. Conozco un buen radiador ahí abajo. Tío, no voy a morirme de hambre. ¿Quieres comprarme un cubo?». Sota, sorprendido, se arregla el cuello y sale hacia la hora del teléfono bell, que se encuentra más allá del siguiente coche de policía… Pasa por delante de un puesto de hot dogs. Un chucrú le da en toda la cara… La banda toca «Malagueña salerosa» — la mujer de las Hijas de la Revolución Americana se asoma por la acera, oye a la banda, grita, empieza a zarandearse. El barrendero la pisa… Sota no ha comido nada en todo el día. Tiene un sabor raro en la boca — lleva su novela inédita en la mano—, quiere ser una estrella, pero lo arrestan.

Hola a todos. Hay pocas novedades.

Canté en la convención de vegetarianos

mis nuevas canciones contra la carne.

A todo el mundo le gustaron menos a

los fontaneros que había debajo del escenario.

Y esa muchacha, recién salida de la universidad,

y creo que es presidente de la división No

Pisen a las Vacas. Me empujó

contra uno de los fontaneros. Se empezó a armar un

pequeño lío, pero ya sabes que a mí

esas cosas no me van. Le dije: «Mira, nena,

cantaré por ti y tal, pero ni se te ocurra

volver a empujarme, ¿me oyes?». Creo

que no volverán a invitarme porque

no les gustó como me porté con la vieja

del maestro de ceremonias, aunque mirándolo

bien, no me va tan mal. Tengo una canción nueva

contra los encendedores. Una compañía

de cajas de cerillas me ha ofrecido cerillas

gratis para el resto de mi vida, además de mi foto

en todas las cajas de cerillas, pero ya me conoces,

hace falta mucho más que eso para venderme.

Nos vemos en la nominación.

Tu compañero rebelde,

Chico Tigre