Acuario
Capítulo 11
No sabía si me iba a encontrar al viejo. Cerca ya del acuario, aflojé el paso, y eso que estaba lloviendo, porque tenía miedo de no volver a verle. Ahora el acuario me parecería vacío sin él. El muelle 59 nada más que una edificación que se adentraba en el mar, otra masa insulsa en medio del gris. La lluvia helada, casi aguanieve. Un día sin luz, el aire cargado de oscuras cortinas y columnas que barrían el agua.
Me esperaba sentado en el primer pasillo, encorvado dentro de un jersey azul oscuro, el pelo tieso formando abanicos, apelotonado aquí y allá por haber llevado gorro. Por lo demás, una forma humana con camuflaje, la cabeza moteada.
Caitlin, dijo, y se levantó. Lo siento mucho. ¿Podrás perdonar a este viejo por ser tan débil?
Hola, dije yo.
Hola. ¿Qué peces te gustaría ver hoy?
Mmm. Miré a mi alrededor, mundos dentro de otros mundos, todos al alcance de la mano. Me alegró mucho que estuviera allí, que no se hubiera marchado para siempre. El pez navaja, dije. Ayer pensé en el pez navaja mientras estaba en el cine, viendo una película con mi madre.
¿Qué película era?
No sé.
¿No lo sabes?
No la estaba mirando.
Ah.
Fuimos hasta uno de los tanques grandes, donde había coral y peces tropicales. Los peces navaja parecían espumillones, como si supieran que la Navidad estaba cerca y quisieran colaborar.
¡Pobres!, dijo el viejo. A ellos les parece normal, estar ahí como colgados. ¿Y cómo hacen para trasladarse? Si nadan hacia delante, irán a parar al fondo.
Yo siempre los he visto así.
Pues me temo que van a tener que inventarse algo.
Mi madre ya no hace horas extra.
¿No? ¿Antes hacía horas extra?
Sí.
¿Por qué?
Para que pudiéramos tomar la delantera.
Ah.
Y el inspector Bigby quería saber dónde estaban mis padres o mi tutor.
¿El inspector Bigby?
Sí. Ese hombre me dio miedo.
Y por eso estabas tan alterada.
Sí.
Lo siento, Caitlin. Debería haberte ayudado más. Y tu madre está sola, no tiene familia. Creo que yo podría intentar ayudaros. Sí, creo que podría. Anoche casi no dormí. Me gustaría dejar de ser un cero a la izquierda. ¿Tú crees que podrías presentarme a tu madre? ¿Crees que podrías hablarle de mí?
Parecía desesperado, como si me suplicara. Fue muy extraño. Intuí que algo pasaba, pero no entendía cuáles eran las posibilidades. Decidí aceptar.
Vale, dije. ¿Hoy, por ejemplo?
No. El viejo puso cara de preocupación. Se pasó la mano por los cabellos, alisándose el cogote. Quizá el lunes. Sí, el lunes mejor. Así tienes el fin de semana para hablar con ella. Explícale todo lo que hemos hecho, lo de mirar peces, lo que hemos hablado. ¿Le has contado algo de mí?
No.
Nada, ¿eh? Vaya, qué lástima. Será muy poco tiempo. En fin, el lunes. No se hable más.
Hoy vendrá a buscarme.
No, por favor. Esperemos un poco. Y si quieres dejamos de hablar de esto. Paseemos por el acuario, ¿eh? ¿Has visto el dragón de mar foliáceo?
Pues claro. Todo el mundo ha visto el dragón de mar foliáceo.
Bueno, de acuerdo, pero vayamos a verlo otra vez.
El viejo me tomó de la mano y fuimos al tanque de los dragones de mar. Arena azul claro, peludas plantas verdes y un dragón de mar convertido en rama dorada de la que brotaban hojas que podrían haber sido alas. Si te fijabas bien, podías imaginarte árboles con vida propia, bosques enteros despertando y moviéndose por el terreno, hablando en susurros. Ni un solo tronco vertical, todos apaisados ahora, avanzando sobre sus ramas, las raíces colgando en el aire. Yo quería vivir en ese mundo.
He estado mirando estos peces muchos días, dijo el viejo. Un pez que solo vive para ocultarse. Bueno, los otros también se ocultan, pero este se ha pasado. No hay quien lo reconozca, retorcido como una rama, apenas capaz de nadar, las aletas inservibles. Tiene que haber algo más que ocultarse.
El viejo hablaba como resentido.
Me repugna este pez, añadió.
Contemplé aquellos lingotes de oro que se habían materializado en un cuerpo y no pude pensar en un pez más bonito, ni siquiera el pez pipa fantasma. ¿Y si un árbol pudiera adoptar la forma de un salmón, o un campo de hierba convertirse en truchas boqueando hacia el sol? Todavía ahora creo que la metamorfosis es el colmo de la belleza. Las serpientes han adaptado su colorido, las aves sus picos y patas, y hasta un macho cabrío puede desaparecer con su pelaje blanco, pero solamente los peces y los insectos pueden tomar otra forma. La mantis religiosa comparable a este dragón de mar, pero mucho más discreta. Los peces pueden convertirse en corolario de cualquier cosa, sin límites, no sujetos a ninguna base, capaces de transformarse hasta lo inimaginable. Todavía ahora encontramos formas nuevas en el océano.
No pienso ser este pez, dijo el viejo. Me niego.
¿Cómo iba a serlo?
Atrofiado en cuanto persona, enroscado como ese, disgustado, cobarde, escondiéndome, siempre haciendo mutis, como ayer cuando me marché corriendo.
El viejo entonces se volvió hacia mí y se puso de rodillas, creo que le dolieron. Me cogió las manos. Su piel era húmeda y fresca, áspera.
Mira, dijo. Tú apenas estás empezando. Tienes toda una vida por delante. A mí solo me queda un poquito. Otros hombres se arrodillarán ante ti, te ofrecerán esto y lo otro, pero lo que yo te ofrezco es más. El final de una vida es más, y mis motivos son más puros. Yo te quiero más de lo que ningún otro hombre te querrá.
Intenté librarme de sus manos, pero no me dejó.
Vendrán tiempos difíciles. Confusos para ti. No serás feliz. Pero tú recuerda que te quiero y que haré lo que sea por ti.
Me entró miedo. El viejo no me soltaba.
No, por favor, dijo. No me malinterpretes. Tú háblale de mí a tu madre y yo iré a verla el lunes. ¿De acuerdo?
Asentí con la cabeza. El corazón me latía tan deprisa que pensé que nunca volvería a ir despacio.
Muy bien, dijo. Eres la mejor niña del mundo, Caitlin.
Entonces me soltó por fin y yo di media vuelta y eché a correr por los oscuros pasillos ribeteados de luz, todos los peces mirándome, y no paré hasta llegar al vestíbulo. Me senté en un banco junto a la puerta, jadeando, y deseé que mi madre acudiera al rescate. Aún no era la hora y temí que el viejo fuera a salir. No podía esconderme en ninguna parte y fuera hacía mucho frío, la lluvia helada un fragor que ahogaba todos los demás sonidos.