Acuario
Capítulo 21
Me metí en la cama con la cabeza tapada y me ovillé como un pez pulmonado esperando la lluvia. Hibernación, pero en este caso estivación, porque no es para el frío invierno sino para el tórrido verano. Cuando nada es soportable y en especial la intemperie, el aire demasiado caliente para respirarlo. Mi madre la mejor persona del mundo, la más generosa, la más fuerte, pero ahora estaba en su época seca y más parecía una tormenta que un ser humano, polvo empujado por el viento, vendaval llegado de algún punto insondable y vasto, y lo mejor era esconderse.
Los peces pulmonados son capaces de ralentizar hasta una sexagésima parte su metabolismo normal, pero eso ralentiza también el tiempo. Una noche son sesenta noches. El precio de esconderse. Basta con aguantar un minuto la respiración para comprobar en qué se convierte un minuto.
A la mañana siguiente, intenté seguir siendo invisible. Bajé la vista al tazón de cereales y ya no la levanté. Masticando y masticando. Desayunamos de nuevo con la lamparita de encima del fregadero, que creaba grandes y distorsionadas sombras nocturnas.
Él no tiene nada que perder, dijo mi madre. Todo esto no le cuesta ni un centavo. Yo pago, pero él no. La misma historia de siempre.
Supe que era mejor no abrir la boca. Cualquier cosa que dijera sería una agresión. Levanté apenas la cabeza para mirarla un momento. La cara de mi madre en sombras, oculta, a contraluz.
Y lo que tú no sabes es que las cosas se pueden perder enseguida. Yo puedo perder a Steve, con unas cuantas noches como la de ayer. Solo unas pocas, y todo lo que hemos compartido no importará nada. Todo eso se puede borrar. Lo único que tienes que hacer es seguir así un poco más y conseguirás apartarlo de mí. ¿Es eso lo que quieres? ¿Adiós Steve?
Yo no estoy intentando hacer nada.
No me vengas otra vez con esa mierda. Sabes muy bien lo que haces. No has escuchado nada de lo que te he dicho sobre el pasado. Te da igual lo que mi padre me hizo. Y no empieces a llorar, estoy hasta las narices de ese rollo autocompasivo. Tu vida es una balsa de aceite. En fin, tenemos que irnos ya o llegaremos tarde. ¿Y sabes por qué tenemos que irnos tan temprano?
Yo no la estaba mirando. Miraba mis cereales y procuraba no oír.
Pues porque a tu madre le ha tocado ser una esclava toda su vida, para bien de la pequeña princesa. Es lo que hacen los padres.
Uno solo, dije. Tú. Madre pero no padre.
Ah, perfecto. O sea que tienes ganas de discutir.
Traté de mejorar lo del pez pulmonado. Intenté hurgar en el fondo y convertirme en piedra. No en un hoyo de barro seco que saliera a la superficie con las primeras lluvias, sino todo el cuerpo convertido en roca.
¿No piensas decir nada más? ¿Solo esa pequeña joya y ya está?
Pensé que me iba a pegar, pero no lo hizo. Fue a coger sus cosas y abrió la puerta.
Venga, nos vamos.
Estuve tentada de quedarme. ¿Qué podía pasar si no me movía del sitio? Pero mi madre me daba miedo, así que me puse de pie, cogí la mochila y la chaqueta y salí.
Frío, nieve, pesados cucuruchos de copos amarillos en las farolas venidos de nadie sabía dónde, el cielo más arriba negro. Me agarré a la barandilla por si había hielo. Noté el aire en la nariz y la garganta.
Qué bien lo pasaré en el trabajo, dijo mi madre. Es un placer estar a la intemperie, disfrutar de la naturaleza, con todas esas vigas de acero y la nieve sucia y el aceite y el fluido hidráulico y la mugre y todo rociado de sal, y qué bien que esto sea solo el principio, que va a ser el pan de cada día durante otros cuatro meses. Menos nieve que lluvia, pero el frío igual. Qué placentero. Qué gran honor.
La puerta de mi lado no se abría, estaba helada, y tuve que dar varios tirones. Mi madre estaba rascando el hielo del parabrisas. No había nadie en la calle, tan temprano, coches y pisos sin luz. El suelo crujiendo bajo nuestros pies. Monté en el asiento de delante y al momento noté que el frío traspasaba la tela de mis vaqueros. Me puse las manos enguantadas debajo y me encorvé hacia delante para conservar el calor. Si nos quedábamos allí sentadas varias horas sin hacer nada, podíamos morir.
Mi madre puso el motor en marcha. Tardaba en arrancar. Dio gas, finos abanicos de potencia, no sonaba a tachuelas. Y luego recorrimos despacio nuestra calle para salir a East Marginal Way South en dirección norte, luces traseras de otros coches precediéndonos ahora y al fondo las luces de la ciudad.
Lo que más me gusta, dijo mi madre, es cuando estoy toda sudada y tenemos que esperar un rato allí de pie y el sudor se te hiela.
Lo siento, dije.
Vaya, algo es algo.
Pero yo no estoy haciendo nada malo.
Como disculpa, se queda un poco corta. Yo pensaba que aún tardaría un año o así, hasta que fueras una adolescente, pero supongo que es mejor empezar ya. ¿Para qué disfrutar de otro año de paz cuando podemos empezar a discutir ya?
Eres tú la que provoca la pelea.
Sí, dijo mi madre. Muy bien. Así se empieza. Lo mismo le hice yo a mi madre, hasta que vino lo peor. Entonces solo deseé cortarme la maldita lengua por todo lo que le había dicho. Veamos, ¿qué puedo hacer para precipitar las cosas? Igual podría hablar de tu padre. ¿Te gustaría que te hablara de tu padre?
Sí.
Lo sabía. Bueno, pues lo reservaremos para cuando te portes bien.
Nunca me has contado nada.
Así es.
Mi madre encendió la calefacción, el motor ya se había calentado lo suficiente. Sentadas en nuestro propio desierto en miniatura, aire caliente en los pies y la cara mientras fuera caía la nieve. Como lluvia a la luz de los faros pero blanca y más lenta, suspendida en el aire y luego embestida y arrollada por el coche. Las luces de la ciudad amortiguadas y borrosas.
Tardamos mucho en llegar a East Yesler Way, entrando cuesta arriba en lo que ya no parecía una ciudad. Gatzert esperando al borde de la calle, iluminado y solitario.
¿A qué hora?, pregunté.
No lo sé seguro. Puede que cuatro y media, o puede que cinco y media.
Se marchó. Estaría todo el día a la intemperie, pasando frío, y el invierno siguiente otra vez igual, año tras año hasta que yo tuviera su edad y todavía estaría trabajando, otros veinte años y después diez más, el triple de lo que yo había vivido, una eternidad. Creo que fue ese día cuando lo comprendí por primera vez. No me lo podía creer, de tan horroroso. Mi madre atrapada, una esclava, tal como ella misma había dicho.
El viejo conserje me abrió la puerta y se metió en su refugio invisible. Yo me senté a esperar en el pasillo bajo la impersonal luz fluorescente. La vida de mi madre empezaba así, esperar y no hacer nada. El frío, seguir respirando, pero nada más.
No había tocado los deberes, pero ahora no podía sacar los libros. De todos modos, el señor Gustafson no iba a comprobar nada. Y entonces me acordé de que había dicho que no lleváramos los libros. Me quedé allí sentada y quieta durante hora y media hasta que todo fueron risas y gritos y carreras y por fin apareció Shalini, con la cara blanda por el sueño, me echó los brazos al cuello y me tuvo así un par de minutos y luego nos llamaron para entrar en clase.
El señor Gustafson se había rendido. El trabajo no estaría listo para el desfile de Navidad —habría partes del dragón y del trineo sin pintar, cabos de alambre asomando de las patas y la cornamenta de los renos, Lakshmi Rudolph sin patas apenas, un Papá Noel deforme, un dreidel que no giraría— y estaba cansado. Probablemente el fracaso se repetía año tras año, y el profesor no tenía un plan B.
Recuerdo sentir rabia contra el señor Gustafson, pero Shalini no se alteraba por nada. El caos no le molestaba en absoluto, y lo ridículo le parecía divertido.
Fíjate en la lengua, me dijo. La tiene medio fuera.
Era verdad. Enfrascado en su libro de automóviles, se le había abierto la boca y una lengua gorda asomaba por encima del labio inferior.
Puaj, dije yo.
Ven, dijo Shalini, y me arrodillé detrás de nuestro reno.
Me encanta tu pelo, dijo. Parece que flota, no pesa nada.
Me levantó los cabellos y empezó a besarme en el cuello, la piel se me puso toda tirante, carne de gallina, cosquilleo. No tenía frío, pero tiritaba. Luego me besó en la oreja y continuó por la mandíbula hasta llegar a los labios. Yo deseé comérmela, aspirarla y no dejarla salir, y que todo el mundo desapareciera o se largara cuanto antes.
Mi madre no me deja ver al abuelo.
Shalini continuó besándome.
No hables, dijo.
Igual no me deja nunca.
Shalini interrumpió los besos.
Ayer le viste, ¿verdad?, dijo, después de abrir los ojos. Te marchaste corriendo.
Sí.
¿Y hoy podrás verle otra vez?
Sí.
Bueno, entonces todo va bien.
Pero es que no quiero esconderme y tener secretos.
Caitlin, dijo ella, tú mira lo que estamos haciendo. Te guste o no, vas a tener secretos.