Acuario
Capítulo 18
Esa noche la pasé en vela pensando en mi madre, en aquella otra vida, fantasma de la mía propia. El terrible peso de una deuda imposible de saldar. ¿Qué debemos por lo que vino antes que nosotros, las generaciones previas? Yo, con doce años, no tenía respuesta, solo el agobio. Y pienso en ello todavía, esa sensación de que mi vida estaba bajo arresto hasta que mi madre y la madre de mi madre pudieran ser compensadas. Yo no sé si es justo, solo sé que es así.
No podemos penetrar en ese mundo fantasma para efectuar el pago, ese es el problema. No podemos acceder a él o creérnoslo siquiera. Mi abuela agonizando en su cama. ¿Y su vida antes de que empezara a morirse? ¿Quién fue entonces? Yo necesitaría conocer también esa época, a fin de saber qué es lo que hay que restituir.
Despierta en la cama, intenté imaginármela, pero solo pude ver la cara de mi madre. Hiciera lo que hiciese, mi abuela era siempre mi madre. Y, así, parecía que era mi propia madre quien había muerto ya y había cuidado de sí misma en su propia agonía, y vivía ahora de nuevo. ¿Era yo, entonces, otra cosa, o solo el futuro de esa misma mujer?
Los muertos, que intentan alcanzarnos, que nos necesitan, pero eso no es verdad. Somos nosotros los que tratamos de alcanzarlos, de encontrarnos a nosotros mismos.
A la mañana siguiente nos despertamos a oscuras, mi madre con un aspecto penoso. Sirvió cereales y una parte cayó en la encimera, pero no pareció darse cuenta. Desayunamos sentadas a la mesa sin más luz que la de encima del fregadero. Oscuridad y sombras, dentaduras en movimiento y todo lo demás quieto, tal como yo imaginaba el acuario una vez cerrado al público. Había visto apagarse la luz de uno de los tanques pequeños para peces de agua dulce, las plantas y los peces negros de golpe, el agua transparente como aire no visto y apenas un reflejo fugaz, escamas captadas por la luz, para luego moverse y desaparecer. Un mundo borrado.
Fuimos en el coche hacia las grandes luces, arrastradas hacia el norte, todas las formas iluminadas solo en sus bordes, perfiles plateados, automotores y cables en lo alto y puentes todavía por terminar. Regresando a un día normal pero ya sin ninguna conciencia de qué era eso. ¿Vería al viejo en el acuario al salir de clase?
Llegamos como sonámbulas a Gatzert, la acera vacía, nadie más a la vista, todo quieto.
Te recogeré aquí, dijo mi madre, no sé a qué hora. Puede que a las cinco o puede que más tarde. He de recuperar lo de ayer.
Yo quiero ir al acuario.
No. Quedamos aquí y de aquí no te mueves.
Se marchó y yo me quedé a solas bajo un cielo todavía negro y sin estrellas. El aire frío, humedad incluso sin lluvia. Pensé si podría ir hasta el acuario al terminar las clases, ver a mi abuelo, y regresar a tiempo sin que mi madre se enterara.
Llamé a la puerta de cristal y el conserje me dejó entrar. Un viejo que no hablaba inglés. Una especie de espectro. Mono azul y la cara como escondida. Después de abrir la puerta, se alejó prácticamente sin hacer ruido por un pasillo y se metió en un cuarto. ¿Qué clase de vida llevaba? Toda la noche despierto y solo en aquellos pasillos, durmiendo durante el día. ¿Qué le quedaba? A veces la vida adulta se me antojaba insoportablemente triste. El trabajo de mi madre, que no significaba nada ni llevaba a ninguna parte y le ocupaba casi todo el tiempo, mi abuelo solo y conducido por la policía, mi abuela agonizando. Quise que se acabara tanta tristeza y que todos volvieran a reunirse.
Me senté a esperar en el banco de costumbre, intenté repasar los deberes pero estaba tan cansada que me tumbé y me quedé dormida. Un sueño de los más pesados, pero me despertó el timbre que avisaba de que faltaban diez minutos para entrar en clase. Shalini sin llegar aún. Baba en mi mochila. Chavales por todas partes, risas y gritos que sin embargo no me habían despertado hasta ese momento. Fui a orinar a los aseos, andando como sonámbula, volví al pasillo y por fin apareció ella, sonriente, me echó los brazos al cuello, qué sensaciones tan agradables, su olor, el calor que desprendía su cuerpo mullido, y aquel retumbar en mi pecho. Podría haberme quedado así durante horas, pero un profesor nos empujó hacia el aula y luego tuvimos que sentarnos separadas.
El señor Gustafson nos estaba hablando muy en serio.
A ver, estamos en la segunda semana de diciembre. Tenemos solo lo que queda de esta semana, que pasará muy rápido, un par de días de la siguiente y ya está. Hay que dejarlo todo a punto, ¿lo habéis entendido? No tendremos tiempo, desgraciadamente, para hacer mates o inglés o lo que sea, con que dejad los libros en casa. Y ahora, poneos a trabajar.
Lakshmi Rudolph estaba todavía sin patas, pero le estábamos haciendo la tripa. Largas tiras curvadas, y estábamos una a cada lado, nuestras frentes juntas, metiendo los brazos por debajo del reno. Las manos de Shalini en las mías, sus dedos pringosos de pegamento y resbaladizos. Cerré los ojos y seguí recorriendo las curvas con mis manos. El sonido de su respiración.
¿Qué demonios es esto?, preguntó el señor Gustafson. Ni siquiera sé a qué se parece.
Pues no mire, dijo Shalini.
Vamos a tener que hablar con tus padres, Shalini. Empiezas a mostrar un problema de actitud.
Lo siento si no me entusiasma la Navidad. Seguro que mis padres querrán ponerle remedio a eso.
Cielo santo. Pero si solo tienes once o doce años…
Doce.
Yo no tendría que estar aguantando esta mierda. Cuando llegues a secundaria vas a ser una pesadilla.
Prefiero hacer mates a un reno de papel maché. Tiene usted razón. Eso es mala actitud.
Muy bien. Seguid con vuestro charco de gelatina y olvidaos del resto del mundo.
Gracias, Baba Gustafson. Shalini le dedicó una reverencia y sonrió cuando él se alejó. Los profes que tenía en la India eran más duros. América es demasiado fácil.
Tengo abuelo.
¿Qué?
El viejo del acuario es mi abuelo.
No.
Sí.
Shalini me dio un abrazo, las dos apretujadas al lado de Lakshmi Rudolph, ensuciándonos la camisa de pegamento.
Ahora tienes familia, dijo ella.
En el recreo fuimos a tumbarnos detrás de la malla de protección del campo de béisbol. Yo boca arriba, Shalini encima. Ella hurgando con su lengua en la mía, el cielo blanco allá en lo alto, como si Shalini fuera un gigante que hubiera descendido para inmovilizarme contra la tierra. Sus latidos, la respiración entrecortada de las dos. Sus labios, tan suaves.
No pude acercarla a mí lo suficiente, y el recreo era tan corto que se acabó enseguida. Tuvimos que volver corriendo.
El trineo había crecido, contrahecho e hinchado, una casita de juguete con patines. Cerca del trineo, un dreidel enorme con una punta hecha de perchas metálicas. No giraría jamás. En la pared del fondo, la larga piel de un dragón y su cabeza con púas y una gruesa lengua roja. Se le veía la mayor parte de la lona marrón, había que pintarlo todo. Dos renos más, con astas de alambre y unas patas nudosas, dos elfos con babuchas verdes y un Papá Noel. Nuestro Rudolph era el único ejemplar del Diwali. Ni elefantes ni diosas con muchos brazos. Centenares de dioses hindúes, todos ellos representados por Rudolph.
Esto es absurdo, dije.
Ven, dijo Shalini.
Me llevó detrás de Rudolph y me besó. Estábamos al fondo del aula. Si nos agachábamos y nos escondíamos detrás de la panza del reno, nadie podía vernos. El señor Gustafson estaba mirando su libro de automóviles clásicos. Era lo que hacía cuando se sentía superado.
Shalini me agarró la cabeza con ambas manos atrayéndome cada vez más hacia ella, pero yo me asusté y me separé de ella. Me puse de pie.
No te preocupes, dijo. Todo el mundo está muerto de miedo. Fíjate.
Tenía razón. El aula era un caos absoluto, había tanto alboroto que casi no pude oír lo que me decía.
Shalini arrugó la nariz y resopló. Luego levantó las cejas, agrandando los ojos.
Me reí. El señor Gustafson siempre tenía las cejas levantadas cuando miraba su libro, continuamente maravillado de los coches clásicos, y parecía que la nariz le temblara, como si estuviera olfateando algo muy sabroso.