Acuario

David Vann · Capítulo 16 de 43

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Acuario

Capítulo 16

Como huevos en apretados racimos, la más densa de las anémonas. Una luna verde bosque en el extremo de cada tentáculo, meciéndose en la corriente. Iluminada desde el interior, imposible de localizar. Estaba y no estaba. Dentro de mí una cierta sensación de optimismo, pertenecía a una familia, estaba donde tenía que estar. La policía nos había separado y la agente a la que yo odiaba empezó a hacerme preguntas otra vez, pero yo me limité a mirar las anémonas mientras pensaba en todas las veces que estaríamos juntos, los cumpleaños, los domingos, cada tarde en el acuario al salir del cole. Mi abuelo, el mío. El mejor regalo que había recibido en mi vida.

 

Me lo vas a contar, dijo la agente.

El cuerpo de la anémona apenas una constelación blanca en segundo plano, oculto y a la vista y oculto otra vez. Se me escapaba de qué podían estar hechas las medusas y las anémonas.

¿Cuándo ibais a ir a México? ¿Cuál era el plan?

Mi abuelo en algún otro pasillo, no podía verle, mi madre lejos también. Mi madre un ser extraño ahora, algo que yo no podía entender.

México, Caitlin. Concéntrate. Mírame a mí.

Pero la mujer no se atrevió a tocarme. Yo miré cómo se deslizaban entre las lunas los peces payaso, arrimándose, y mantuve la boca cerrada. Muy cerca del cristal, mi propia cara en sombra, un mundo oculto dentro de otro. Y a mi abuelo, ¿cómo le iba a llamar?, ¿abuelito?, ¿por su nombre de pila? ¿Y cuál era su nombre de pila, y dónde había estado todos estos años?

Como racimos de planetas iluminados por soles más suaves. Planetas apiñados unos contra otros, sin órbita, meciéndose a la par en una corriente invisible, no viento celeste sino una fuerza magnética que todo lo desperdigaba para ordenarlo otra vez. La escala perdida siempre que yo miraba un tanque. Cada universo una novedad.

¿Ha intentado besarte, Caitlin?

Apoyé los labios en el cristal y planté un beso, los dejé quietos. Mis labios la base de una anémona, el pie que me adhería al sustrato. Mi cabeza meciéndose despacio con aquellos extraños brazos, mis cabellos dotados de vida propia, peces payaso serpenteando entre ellos, cosquillas en el cuero cabelludo.

¡Caitlin!, gritó la policía.

Chasqueó los dedos cerca de mi cara, pero todo sonido llegaba amortiguado, sumergido. ¿Viviría en casa, el abuelo? ¿Nos mudaríamos nosotras a vivir con él?

¿Te dijo que le tocaras? ¿Se bajó la bragueta?

Cerré un momento los ojos y permanecí pegada al cristal con las manos y los labios. Pensé en los peces mano vigilando sus huevos dorados, en sus labios pintados de rojo. Un jardín de césped marino violeta, mi pequeña cueva en la roca.

El cristal estaba caliente. Una leve vibración, un zumbido, y la agente perdida, flotando cada vez más lejos.

Llegó mi madre por fin, su mano en mi espalda. Me despegué del cristal y me hundí en ella.

Lo siento, Caitlin, dijo.

Busqué con la mirada a mi abuelo al entrar en el vestíbulo.

¿Dónde está?, pregunté.

Chsss, dijo mi madre.

Me dejé caer al suelo.

No, dije. Sin él no me marcho de aquí.

¡Caitlin!

¿Me vas a pegar?

Evelyn no estaba lejos, junto a la salida. También los policías. Yo no lo había dicho en voz alta, pero quizá sí lo suficiente. Mi madre se arrodilló a mi lado y me susurró al oído.

Debemos tener cuidado, Caitlin. No te pegaré nunca más, ¿vale?, pero hemos de tener cuidado. Y tú del abuelo no sabes nada. Tú no sabes lo que nos hizo, a mí y a mi madre.

No me marcho sin él.

Lo siento, Caitlin, pero no vas a verle nunca más.

Te odio.

Entonces se vino abajo. Fue muy extraño, algo que yo no le había visto nunca. Se vino abajo del todo, se ovilló sobre la moqueta, abrazada a mí, y empezó a sollozar. Convulsiones. Los policías se acercaron, intentaron hablar con ella, pero mi madre no paraba de agitarse, y no me soltaba tampoco. Yo me estaba ahogando, el brazo atrapado por su cara y húmedo de lágrimas. Ella respirando a sacudidas, como si la estuvieran aplastando. Sonidos pellizcados, sonidos de miedo.

Señorita Thompson.

Era el poli de paisano. Seguía intentando hablar con ella.

Yo sentía como si tirara de mí hacia dentro, contracciones de un parto al revés, mi madre con la boca abierta. Me dio miedo. Cómo se agarraba a mí, desesperada, cómo temblaba toda ella.

Señorita Thompson, tenemos que hablar con usted. Procure tranquilizarse. No podemos retener a su padre. No existen pruebas de que tuviera planes de llevarse a su hija a México. No fue más que un comentario sobre las mantarrayas, sobre un sitio bonito adonde ir quién sabe cuándo. Él afirma que pensaba también en usted. Unas vacaciones familiares, los tres. Él corría con los gastos. Dice que pidió reunirse con usted hoy aquí, que no se han visto desde hace muchos años. Esto no es incumbencia de la policía. Deben ustedes hablarlo y buscar la solución. También dice que le tocó el pecho a su hija pero solo una vez, porque la niña tenía un ataque de pánico y eso le preocupó, lo cual cuadra con la explicación que ha dado su hija.

Mi madre sacudiendo la cabeza, frotándola contra mí, fuerte. Sin articular palabra, solo aquellos terribles sollozos, bruscos y súbitos como en un ataque de hipo.

No vamos a detenerle, ¿me oye? Por hoy no voy a molestarlos más. Ya nos han hecho perder tiempo más que suficiente. Y no conduzca mientras no se calme usted un poco, ¿de acuerdo?

Mi madre no paró de llorar hasta mucho después de que se hubieron ido. Nos quedamos ella y yo solas en medio del vestíbulo enmoquetado. La gente del acuario demasiado asustada para acercarse, mi abuelo quién sabía dónde, aunque yo seguía buscándolo con la mirada. Uno de los momentos más horribles de mi vida, ver a mi madre tirada de aquella manera, y necesitábamos a mi abuelo.