Acuario

David Vann · Capítulo 14 de 43

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Acuario

Capítulo 14

Esa noche dormí porque estaba agotada, pero a cada momento tenía sueños de pánico, alguien persiguiéndome, y la sensación me duró todo el día. Nunca me he sentido tan cerca del fin. La hora y media esperando en los pasillos del colegio bajo los fluorescentes fue insoportable. Shalini llegó apenas unos minutos antes de empezar las clases, sonriente, pero entonces me vio la cara.

¿Qué pasa?, preguntó.

Va a venir la policía. Conocí a un viejo en el acuario y hemos hablado. Es mi amigo.

Shalini no lo entendió, y lo que entreví entonces fue algo nuevo. La policía separándome de mi madre porque ella me había dejado a solas con un viejo, por no haber estado allí. Ni padre ni tutor.

No podía respirar, el corazón me daba tirones.

¡Caitlin!, dijo Shalini, y cuando recobré el conocimiento estaba en la enfermería, tendida en una cama de colchón delgado con los pies sobre cojines.

Shalini no estaba. Solo la enfermera.

¿Y mi madre?

Chsss, dijo la enfermera. Era una mujer corpulenta. Tienes que descansar. No te pasa nada. Hemos llamado a tu madre y dice que ahora mismo no puede salir del trabajo. Vendrá a las dos y media.

La habitación fría y desnuda, estéril, una ventana grande al día gris y oscuro. Sin nubes a la vista pero todo amortiguado, sin aire, todas las cosas cercanas.

La enfermera se marchó y yo me quedé allí quieta mucho rato, encogida, mirando el gris por la ventana. Quería a Shalini.

Y entonces entró otra mujer.

Hola, Caitlin, dijo. Me llamo Evelyn. Solo he venido a saludar y a ver qué tal te encuentras. Puedes hablar conmigo.

Vi que me miraba los ojos, la boca. Se sentó en una butaca de oficina con ruedas y se acercó.

¿Cómo te encuentras?

No lo sé.

¿Estás cansada?

Sí.

¿Estás triste?

Sí.

¿Por qué?

Evelyn me miraba como si yo estuviera en un acuario, una especie nueva salida de su escondite y a la que había que observar. Mis brazos aletas otra vez, pero no de encaje ni de hojas. Las sentía muy pesadas, aletas de piedra, inmovilizadas mientras unos ojos, agrandados, me observaban con atención.

Caitlin, conmigo puedes hablar. ¿Estás preocupada por algo?

Evelyn iba a apartarme de mi madre, de eso estaba segura. Sabía que tenía la facultad de tergiversar las cosas y cambiarlo todo. No le iba a explicar nada.

Estoy bien, dije.

No lo parece.

Es que no me apetecía desayunar. Estoy un poco mareada. Necesito comer algo.

Está bien, dijo. No me creyó, eso saltaba a la vista. Veo que tienes la mejilla un poquito hinchada. ¿Te ha pegado tu madre?

 

Después entró la policía. No estaban esperando a mi madre. Un hombre y una mujer, el hombre se marchó enseguida. La mujer llevaba pistola y porra, chaqueta acolchada. Como si el viejo o mi madre fueran peligrosos y pudieran atacarla.

¿Te llamas Caitlin Thompson?

Asentí con la cabeza.

¿Nacida el 24 de septiembre de 1982?

Sí.

¿Tu madre es Sheri Thompson, nacida el 7 de julio de 1961?

Sí.

Descríbeme, por favor, al hombre a quien conociste en el acuario de Seattle.

La agente ni siquiera me miraba. La vista fija en sus notas. Llevaba cola de caballo y era más joven que mi madre. Olía a betún y a cuero.

Somos amigos.

¿Cómo es Físicamente?

Como el pejesapo tres manchas.

Describe su aspecto, por favor.

Él no vigila los huevos, pero tiene la misma piel como a manchas.

La agente bajó su libreta y me miró por fin.

Caitlin, dijo. Tienes que echar una mano. Solo trato de protegerte. ¿Ese hombre te ha tocado?

Fueron abrazos y nada más. Se portó bien conmigo.

¿Cuántas veces lo ha hecho?

No sé.

¿Cuántas?

Un par o así. Es mi amigo.

¿Te ha tocado el pecho?

Sí, pero porque me entró miedo. Tuve pánico.

¿Y de qué tenías pánico?

No puedo decirlo.

¿No puedes?

No.

Caitlin, ese hombre se ha metido en un buen lío, y tú estás en un buen lío también. Es preciso que me lo cuentes todo. Puedo quedarme aquí todo el día de hoy, y mañana, y el otro y el otro hasta que me lo hayas contado. No conseguirás que me marche. ¿Lo has entendido?

La odio.

Está bien. Ódiame si quieres. Pero me lo vas a contar todo. ¿Por qué razón sentiste pánico?

Cerré los ojos e intenté hundirme en las aguas más profundas, en la oscuridad absoluta. El corazón empezó a latirme deprisa, en mis párpados destellos rojos, pero me hundiría donde ella no pudiera encontrarme, donde no pudiera encontrarme nadie.

Caitlin, estaba diciendo otra vez, pero su voz me llegó lejana y débil y en sordina, y la agente no me iba a tocar.

Eso yo lo sabía. Se preocupaban mucho de eso, de no establecer ningún contacto. Así pues, yo podía tener los ojos cerrados y seguir hundiéndome sin que ellos pudieran hacer nada. Nunca sabrían lo del inspector Bigby y lo de ni padre ni tutor, ni lo que había pasado entre el viejo y yo. Si lograba descender lo suficiente, estaría a salvo.