Acuario
Capítulo 39
Cuando por fin tuvimos la sierra y las botas y los pantalones para lluvia, tomamos la interestatal 90 en dirección este y atravesamos Mercer Island rumbo a la nada. Mi madre y Steve en la camioneta, Shalini y yo con mi abuelo en su pequeño coche de alquiler. El cielo un vacío blanco, nubes rasantes, nieve cayendo sin viento, luego despejado, luego otra vez nieve. El sonido del coche y nada más.
El monte Rainier en algún punto a nuestra derecha, al sur, pero invisible, el monte Baker a la izquierda. Más adelante un desierto. Yo nunca había estado allí y era difícil de creer, pero no muy lejos, en cosa de ciento cincuenta kilómetros, la lluvia y los árboles terminaban y de golpe era desierto. Tenía ganas de llegar.
Por culpa de los cinturones de seguridad, Shalini y yo íbamos separadas en el asiento de atrás, pero por debajo nos dábamos la mano. Yo tenía miedo de que Shalini no quisiera venir más después de tantas discusiones. ¿Quién iba a querer repetir con mi familia?
¿Has estado en el desierto?, le pregunté a mi abuelo.
No había abierto la boca desde que nos habíamos puesto en marcha. Me extrañaba.
Sí, dijo con voz de cansado. ¿Y tú?
No. Nunca vamos de excursión en coche. No conozco Canadá ni Oregón ni Montana. Ni siquiera he estado en las islas.
Bueno, pues eso hay que solucionarlo.
Después se quedó callado otra vez. Sonido del motor y de los neumáticos, Shalini cogiéndome la mano pero mirando hacia el páramo por la ventanilla de su lado. El coche frío. Mi abuelo no había puesto la calefacción. Yo iba muy abrigada, pero notaba la nariz y las orejas frías.
¿Cómo es el desierto?
Mi abuelo suspiró y luego hizo un gesto vago con la mano.
Pues es… como la luna. Dejas atrás el bosque y en cuestión de kilómetro y medio ya estás en la luna, como si hubieran partido dos planetas en dos y luego los hubieran pegado. De repente no hay un solo árbol. Perdona, no tengo muchas ganas de hablar.
¿Por qué?
Tu madre nunca dejará de odiarme. Es lo que pienso ahora. No creo que esto cambie. Supongo que quise creer que solo necesitaba tiempo, pero ya no lo creo.
Ella no te odia.
Todo lo que nos pasa, desde la primera hasta la última cosa, deja una marca, una abolladura, y esa marca no se borra jamás. Somos como chatarra andante.
Apreté la mano de Shalini y ella hizo lo mismo y apartó la vista, asustada y triste.
En mi familia podía pasar de todo, no había límite.
Árboles como fantasmas surgidos del paisaje blanco, tan quietos y erguidos, esperando en el silencio todos ellos, a centenares, sin apenas espacio entre uno y otro, un bosque frío y abandonado. Mi abuelo fue dejando atrás pequeñas carreteras sin asfaltar que iban hacia parques y lagos hasta que la cuesta nos llevó a una zona de roca negra pelada que desaparecía entre nubes. El bosque más elevado, y parecía que podíamos seguir eternamente para acabar extraviándonos y que eso podía ser bueno, pero al final Steve se arrimó al arcén, donde había unos árboles cerca, y salimos todos a la fría intemperie.
Este bosque no me gusta, dije.
Steve asintió.
Frosty debe de vivir por aquí, dijo. No llevará una bonita bufanda y un gorro, solo nieve y una nariz de palo y ojos hechos con piedras, y puede que ahora esté escondido detrás de los árboles, vigilando, con otros hombres de las nieves como él.
Basta, dijo mi madre. Conseguirás que se asusten.
Pero Steve vino y nos cogió la mano a Shalini y a mí.
Si veis algo, dijo en voz baja, echad a correr.
Miré a mi amiga. Estábamos las dos aterrorizadas. Entonces Steve se echó a reír.
Tranquilas. El hombre de las nieves no puede correr mucho, ¿verdad?
Agarró una sierra larga de grandes dientes y se adentró en la espesura. Era como un personaje de cuento, la bufanda marrón alrededor del cuello, chaqueta y pantalón marrones, el mismo color que lana hilada en una aldea de casitas hechas de troncos. Lumbre en cada hogar para ahuyentar a las alimañas, las casas encaradas entre sí y formando un estrecho círculo, y aquel hombre alejándose de allí en solitario.
Pero mi madre le siguió, a continuación mi abuelo, y Shalini y yo teníamos tanto miedo que no quisimos quedarnos solas, los árboles se nos tragaron también a las dos.
La mano de Shalini apretando la mía. Su cara descolorida por el frío, color ceniza, como si penetrar en el bosque le pusiera a uno la sangre de horchata. Yo buscaba a los hombres de las nieves, entre los troncos, detrás de cada ventisquero. Ojillos negros y nariz de palo lo único que podríamos ver, su silueta perdida en el mar de blanco. Ojos y nariz suficientes para imaginarse la maldad, lo fundamental de una cara.
Chasquido de nuestras botas de goma sobre la nieve, un ruido fuerte, los pondría a todos en alerta. Los vi zigzaguear entre árboles, más deprisa que cualquier ser provisto de sangre, y se me ocurrió que quizá podían oír la sangre, oír nuestros latidos, anhelaban el calor, lo necesitaban, y nos arrancarían el corazón todavía latiendo.
Solté un grito y corrí. Shalini gritó también y nos lanzamos en tromba por la nieve, cogidas aún de la mano, apartando ramas, trastabillando, levantándonos, el cielo igual que la nieve, tan blanco y cegador, y cada árbol ocultando algo y éramos incapaces de correr más que nuestros pies.
Caímos en un hoyo profundo al pie de un gran árbol, sepultadas en nieve hasta más arriba de la cintura. Atrapadas y lloriqueando de miedo, ya sin gritar, abrazadas la una a la otra y mirando en todas direcciones, temiendo ver aparecer a los hombres de las nieves. Irrumpirían igual que los tiburones, invisibles en su blanco elemento, sombras y fantasmas que sentiríamos moverse y percibir nuestros humanos latidos, y uno quiere creer que son seres imaginarios pero de repente es demasiado tarde y te devoran.
Fue como caer en una trampa. Intenté escalar pero no había donde agarrarse, solo nieve, y no hacía más que resbalar.
No podremos salir de aquí, susurré, muerta de miedo. Estamos enterradas.
Shalini peleándose también con la nieve, pero llevábamos botas baratas de goma que resbalaban, igual que los pantalones impermeables. No sabíamos qué hacer.
¡Caitlin! Era la voz de mi madre, pero me llegó lejana y amortiguada, y el tono parecía raro.
Tu madre, dijo Shalini.
Puede que no haya sido ella, dije. Igual es una treta.
Shalini parecía tan asustada como yo. Aguzamos el oído y nos llegaron otras voces, podían ser las de mi abuelo y Steve, o quizá no. Narices de palo y ojos sin alma, la propia nieve cobrando vida y al acecho, enviando voces al bosque a modo de cebo.
No contestes, dijo Shalini, tan bajo que casi no fue ni susurro. No contestes, Caitlin.
Nos agarramos la una a la otra e intentamos ser silenciosas e invisibles, ateridas de frío, la nieve casi a la altura de los hombros. Entumecimiento en las piernas, el frío una especie de peso que se apoderaba de la carne. Como una tela de araña, aquel hoyo, y el frío un veneno, lento, los hombres de las nieves aproximando sus dedos, unos dedos que solo podías sentir, el sordo reconocimiento de que no había nada que hacer. La sangre enfriándose en nuestros cuerpos, pronto dejaría de correr y solo los ojos seguirían moviéndose, incluso con el corazón parado, a fin de verlos cuando vinieran a por nosotras.
¡Caitlin!, oí.
Era una voz irreal, no podía ser la de mi madre. Esa era la voz que yo quería, voz de preocupación, de querer que no me pasara nada, voz desesperada de amor. Una voz señuelo, y no respondí. Sabía que era imposible.
¡Caitlin!
Como si yo fuera lo único que importaba, y eso es lo que pasa con la nieve, el resto del mundo se entumece y difumina hasta que solo queda uno mismo.
La voz de mi abuelo también, pero más aguda y forzada, impropia de él, timbre casi de mujer, una voz vieja, o el estridor de unas ramitas entrechocando por el viento. Los árboles en connivencia con los hombres de las nieves. Shalini y yo pegadas al árbol grande, una corteza rugosa, compartiendo nuestro último calor, pero las desnudas ramas bajas formaban una delgada jaula a nuestro alrededor. Curvilíneas varas quebradizas, pero había muchas.
Y entonces oímos pisadas, pasos veloces, los hombres de las nieves con patas como los lobos para avanzar deprisa, mitad elemento, mitad bestia, agua y aire fusionados en sangre, saltando sobre nosotras desde todas las direcciones, y Shalini y yo nos encogimos hasta quedar con la cara pegada a la nieve, casi ocultas por completo, era nuestra única esperanza, que no nos vieran, pero entonces apareció Steve jadeando de mala manera y se dejó caer de rodillas.
¡Están aquí! ¡Las he encontrado!, chilló.
Tumbándose boca abajo en la nieve, se aproximó lo suficiente para que alcanzáramos la mano que nos tendía.
Caitlin, dijo. Agárrate. Y date prisa. No quiero que lo vea tu madre porque me mata.
Primero Shalini, dije.
Vale. Pues Shalini.
Noté que Shalini temblaba de frío y de miedo. Me separé de ella mientras Steve la sacaba del hoyo. Había perdido una bota. Me metí en la nieve para buscarla, extraviada allí dentro, granos duros rozándome las mejillas.
Oía que Steve estaba diciendo algo, pero la voz llegaba amortiguada. Encontré la bota, me enderecé y pude respirar y oír bien otra vez.
Cógeme la mano, dijo él, y me fue sacando de allí.
Una vez fuera las dos, Steve le calzó la bota a Shalini, nos agarró de la mano y escapamos corriendo para que mi madre no pudiera ver aquello.
¡Estamos aquí!, gritaba Steve.
El bosque todavía extraño. Como un sueño del que no logras despertar, y creo que los cuentos de hadas están siempre ahí, esperándonos, que en cualquier momento podemos vernos en un bosque con lobos y voces que seducen y creer en el mundo de las sombras. La encarnación de todo aquello que tememos, la liberación de cuantos dibujos y formas se ocultan en su interior.