Acuario
Capítulo 19
Corriendo, al salir de clase. Había arrojado la mochila a un arbusto. El cielo enorme, grisáceo, pesado, el aire como leche. Miedo de que me pillara mi madre. El terreno sobre el que corría irregular, todo temblando según pisaba, rascacielos inclinados y zarandeados.
Coches pasando por mi lado, perdiéndose lentamente de vista, la calle insoportablemente larga, pisos y más pisos, casas, comercios. Una ciudad contiene todo aquello que necesitamos y un millón de cosas que no.
Tienes que estar en el acuario, iba pensando yo. Por favor, que estés.
Crucé la puerta principal ya sin resuello, sudorosa, y tuve que quitarme el chaquetón. El personal del acuario sin decir nada, solo mirándome. Después de nuestra escena, no querían ni acercarse a mí.
Bebí del surtidor de agua potable y esperé a que el pulso y la respiración se me calmaran. Miré hacia el fondo del oscuro pasillo, pero no le vi.
Eché a andar despacio arrastrando mi chaqueta. Era temprano, podía ser que no hubiera llegado todavía, o quizá estuviera mirando peces. Al llegar al final del pasillo, no supe si torcer a la derecha o a la izquierda, pero decidí no ir hacia donde había más luz, los tanques de mamíferos marinos. Opté por los pasillos más oscuros, donde estaban los peces nocturnos y los abisales. Y allí lo encontré. Un tanque de arena negra y tierra, sin piedras, imposible esconderse. Mi abuelo pegado al cristal, contemplando el pez escorpión avispa, uno de mis preferidos. Parecía una polilla, las alas de un verde amarillento y una cabeza que podría haber estado cubierta de pelusa blanca. Finas antenas blancas como patas de insecto. Y luego el cuerpo de pez, como si hubieran injertado una cosa en la otra, una transformación inexplicable, dos mundos que jamás deberían haberse tocado.
Qué bonito, dije.
Caitlin, dijo mi abuelo, y vino a abrazarme, me estrechó contra él. El resuello de su respiración, el bombear de sus latidos. Piel áspera de la mano ahuecada sobre mi cabeza. Le rodeé con los brazos.
Abuelo, dije.
Debajo de su camisa extrañas crestas y pliegues, olor a lavandería y a desodorante y a persona vieja. Olía hogareño, así de cercano.
Te quiero, Caitlin, dijo.
Y yo a ti, abuelo.
Nos quedamos abrazados mucho rato. Yo cerré los ojos. Me mecí un poquito, como si estuviéramos en una corriente cálida, nuestra propia laguna en algún punto de las islas Marshall o del archipiélago indonesio.
Lo siento mucho, Caitlin. Lo del lunes fue espantoso. No deberías haber visto aquello. Pero a partir de ahora todo irá mejor. Es probable que tu madre tarde mucho en perdonarme, pero las cosas mejorarán.
Me abracé a él con más fuerza todavía.
No sabes la impresión que tuve al ver a tu madre tan cerca. Está igual que siempre, solo que mayor.
Ella no quiere que te vea.
El viejo inspiró largamente y soltó un suspiro. Luego me soltó, volvió a enderezarse y miró el pez escorpión avispa.
No puedo culparla, dijo. Era mi niña y la abandoné. A su madre también. Si pudiera volver atrás, lo haría.
No supe qué decir. Era difícil no pensar en él como el viejo, y de repente pareció que estaba a una gran distancia. Observé al pez, que nadaba rasante en aquella luz tenue, explorando con sus antenas blancas en busca de alimento, algo que estuviera enterrado.
No pude soportarlo, dijo él. Algo dentro de mí me empujó a huir. Era incapaz de ver cómo mi mujer se iba yendo de aquella manera. Lo peor de todo fue la impotencia. No poder hacer nada para que se pusiera bien.
Yo no quería escuchar. Demasiadas cosas, primero mi madre y luego mi abuelo. Me concentré en el pez. Plegaba sus alas verde claro y las abría de nuevo ante cualquier amenaza, la sensación de que alguien le observaba desde el otro lado del cristal o algo más grande cerniéndose desde arriba. La tierra y la arena negras deberían haber sido parte de la plataforma continental, cientos y cientos de kilómetros extendiéndose desde Nueva York, y aquel pez nadando hasta el borde mismo, hasta el precipicio.
¿Sabías que los peces escorpión avispa se entierran en la arena durante el día, con los ojos fuera?, me preguntó.
Él siempre sabía cuándo me entraba el pánico. Siempre sabía cómo tranquilizarme.
Sí, dije. Pero nunca están a menos de quince metros de profundidad, normalmente a bastante más, o sea que poca luz puede haber. No entiendo por qué lo hacen.
Bien pensado. Supongo que en la vida cada cual aprende un determinado número de cosas. Lo que a nosotros puede parecernos igual, para el pez es la noche y el día. Y luego está el frío. Donde él vive siempre hace frío, pero el más mínimo cambio puede que lo experimente como algo enorme.
Igual que nosotros ahora.
Exacto, igual que nosotros. Eres lista, Caitlin.
Me pasó un brazo por los hombros y yo me recosté en él.
Creo que he vivido demasiados años aprendiendo muy poco, dijo.
De repente el pez escorpión avispa salió disparado, dio media vuelta y desplegó las alas. Yo casi esperaba que de un momento a otro se despojara de su mitad pez y se elevara en un agua convertida en aire.
¿Sabes qué profundidad tiene este tanque?, le pregunté.
No.
Doce metros.
Qué me dices.
Llega hasta arriba del todo para que el pez tenga la presión suficiente. Si se convierte en polilla, la pobre va a tener que nadar doce metros en vertical para ser libre.
Qué bueno. Sí, me la imagino transformada en polilla y subiendo hacia la luz. Y tienes razón, no es macho, sino hembra.
El tanque no tenía doce metros de alto, pero a mí me gustaba pensar que sí y me hizo feliz que él se lo creyera. Me imaginaba la parte no accesible del acuario como la fábrica de chocolate de Willy Wonka, un alegre y colorido país de tubos y burbujas y artefactos. Sabía que no era así, claro, pero yo deseaba que lo fuera.
Pasamos a otro tanque que era como una burbuja, oscuro y a mucha presión, con cangrejos reales. El brazo de mi abuelo sobre mis hombros. Piedras lisas, casi negras, y aquella armadura roja y con púas, por debajo blanca.
Es como si alguien lo hubiera montado pieza por pieza, dije. Se le ven todas las articulaciones.
Parece imposible que haya podido crecer, dijo mi abuelo. Empezar siendo pequeño con todas esas mismas placas, y que las placas hayan crecido y todavía le valgan.
Uno de los cangrejos estaba trepando pegado al cristal, las patas estiradas casi un metro. La cara inferior del cuerpo como dedos entrelazados, dedos que parecían a punto de abrirse para dejar que saliera de dentro otro animal.
Yo en los peces me veo reflejado, dijo mi abuelo, pero en los cangrejos no.
Yo igual. Esos ojillos como periscopios no tienen nada detrás. Y la boca. Eso no es boca ni nada. Son solo más patas.
Él se rio.
Qué suerte tengo de poder estar contigo, Caitlin. Ojalá este acuario no terminara nunca, kilómetros de pasillos con todos los peces imaginables y los cangrejos y demás extrañas criaturas marinas.
Me atrajo más aún hacia él, y fui tan feliz que me quedé sin habla. El cangrejo real de Alaska jamás conocería esta sensación.
Pues es verdad que es la boca, dijo. Si tuviera labios nos sentiríamos más próximos a él. Con ojos y labios, parece que ya nos reconocemos mutuamente. Creo que hasta ahora no me había dado cuenta de lo mucho que necesitamos que el mundo se parezca a nosotros.
El abuelo me llevó de vuelta al colegio en un Mercedes muy antiguo. Todo como los chorros del oro, como si fuera nuevo, como si estuviéramos retrocediendo en el tiempo.
Me gusta tu coche, dije. Mi madre tiene un Thunderbird.
Él sonrió.
Ya lo sé. Tuve que ponerme a buscaros a las dos. Sé dónde vivís y qué coche lleva Sheri y dónde trabaja. Pero no se lo digas, por favor. Se enfadaría mucho. Yo tenía que encontraros.
De acuerdo, dije, pero no supe qué pensar.
¿Desde cuándo nos vigilaba?
Soy mecánico, dijo. Bueno, lo era. Estoy jubilado, pero he trabajado toda la vida con motores diésel. Este coche lleva un diésel. ¿Notas que suena diferente?
Presté atención, pero no llegué a percibir ninguna diferencia.
Quizá sí, dije.
Pues escucha otra vez el Thunderbird. Notarás que suena más fino, un fenómeno acústico uniforme, cuando tu madre pisa el acelerador. Con el diésel parece que estás oyendo tachuelas, y si lleva turbo, entonces oyes eso mismo pero después de acelerar, cuando bajan las revoluciones. Casi como un avión. El mío no es turbo.
Entonces aceleró y yo agucé el oído. Sí, sonaba como tachuelas.
Parece que se vaya a romper, dije.
No, qué va, este motor dura mucho más. Puedo hacer un millón de kilómetros tranquilamente, y podría tenerlo toda una semana en marcha, sin apagarlo. Las veinticuatro horas. No hay motor de gasolina capaz de eso.
Caray.
Los motores tienen vida, como las personas. Si ocurre algo, siempre queda una señal. Cada motor tiene su historia. Yo estaré con este motor hasta el final.
¿Qué quieres decir con el final?
Lo siento, Caitlin. Me refiero a cuando yo ya no esté, pero te prometo que aún me queda cuerda para rato. Tú no te preocupes por nada. Me tendrás a tu lado.
Me entraron ganas de llorar, pero volví la cabeza hacia la ventanilla y me aguanté. Poco después llegábamos a Gatzert.
Perdona, Caitlin. No era mi intención preocuparte.
Se quitó el cinturón de seguridad y se inclinó sobre el asiento corrido para abrazarme. Yo me agarré a su brazo, que era fuerte y robusto debido a su profesión, como sabía ahora.
Y muchas gracias por venir a verme. Estaré en el acuario todos los días. Ya buscaremos alguna solución para lo de tu madre. Solo necesita tiempo.