Acuario
Capítulo 17
Esa noche no pegué ojo. Perdida en la oscuridad, aeronaves sobrevolando la superficie, ruido como de misiles aproximándose. Tenue luz líquida en el techo, olas vistas por su cara inferior. Un océano vacío, frío y sin textura, incapaz incluso de amortiguar los sonidos. Las luces pequeñas extinguidas todas, la bioluminiscencia apenas un recuerdo, ninguna constelación.
Mi abuelo. No estábamos solas. ¿Y si resultaba que había otros parientes? Mi padre, un tío o una tía, primos, familia que mi madre me hubiera ocultado. Ella no dejaba de sollozar. La estuve escuchando toda la noche y su pena iba a oleadas. Cuando yo ya pensaba que se había dormido, volvía a empezar. Decía cosas, pequeñas exclamaciones de cólera y de dolor, pero no entendí nada. Era demasiado pequeña para eso. Lo que más recuerdo es el miedo. Aquello me superaba. La manta una cubierta fina, ninguna protección.
Mañana lánguida, luz gris y acuosa, sonido de lluvia. Solo nos levantamos para ir al baño, y ella telefoneó al trabajo diciendo que estaba enferma. Por lo demás, cada cual en su cuarto. Ni colegio, ni Shalini, ni acuario. Ruidos en el estómago vacío, las rodillas doloridas de estar de costado. Al final debí de quedarme dormida porque me desperté a media tarde.
Mamá, llamé en voz alta.
Me entró pánico de que se hubiera marchado.
Pero vino al cabo de un momento y se acostó junto a mí, frente a frente como dos caballitos de mar. Tenía los ojos rojos y las mejillas y los labios hinchados, el pelo enmarañado.
Te quiero, cariño, dijo.
Ya lo sé.
Y todo va a salir bien.
¿Qué hago, le llamo abuelo?
No vamos a llamarle nada de nada, cariño. Él se marchó hace mucho tiempo, así que no tiene por qué volver.
Estaba demasiado cansada para discutir con mi madre. Ella me había rodeado con un brazo y yo me quedé mirando sus ojos y su boca.
Ya sabes que no me gusta hablar del pasado, dijo. Pero te lo voy a contar. Tienes que saberlo. Mi madre, su mujer, se estaba muriendo. Y él se marchó, sin más. No volvimos a saber de él. Huyó. Yo acababa de empezar el instituto, tenía un par de años más que tú ahora. Tuve que cuidar de mi madre y no pude terminar los estudios. Me vi obligada a dejarlo. No fui a la universidad, y tampoco pude hacer mi vida. Ahora trabajo en uno de los peores sitios posibles, cobrando una miseria y sin posibilidades de futuro. Saldremos adelante y no tienes de qué preocuparte, pero tu madre no podrá llegar a nada. ¿Lo entiendes?
Asentí con la cabeza.
No, no puedes entenderlo, dijo. Eres pequeña todavía. Pero puedes estudiar los peces. Quizá podrías dedicarte a eso como profesión. Si haces todos tus deberes, puedes ser científica o lo que te propongas. Tendrás la oportunidad de elegir.
El abuelo dijo que podría ser ictióloga.
Mi madre me apretó el brazo, demasiado fuerte, y me lo sacudió.
Me haces daño, dije.
Él no tiene por qué meterse. Él no tiene derecho a verte ni a decirte nada.
¡Para! Me estás haciendo daño.
Mi madre me soltó. Se levantó rápidamente de la cama y salió, no sin antes dar un manotazo en la pared.
Era la primera vez que veía esa faceta violenta de mi madre. Me dio pánico, era como si alguien hubiera estado viviendo dentro de ella todo ese tiempo, un yo más tenebroso. Me sentí vulnerable.
Preparó el almuerzo como si quisiera romperlo todo. Dando un sartenazo sobre los fogones, picando verduras como si empuñara un hacha, cargándose la tabla de madera. No me atreví a ir a la cocina. Me quedé en la cama, dando un respingo cada vez que ella aporreaba un cacharro.
Lo peor de la infancia es no saber que las cosas malas pasan, que el tiempo pasa. Un momento así en la niñez queda flotando, insoportable, y se nos antoja eterno. La cólera de mi madre extendiéndose infinitamente, una rabia de la que no podríamos escapar. Yo siempre me había sentido segura con ella, cuando llegábamos a casa nos tirábamos sobre la cama, ella se me ponía encima y me aplastaba pero jugando, igual que dos lochas payaso una encima de la otra, asomadas a la entrada de su cueva. Que aquel sitio no fuera ya seguro me dejaba sin refugio.
Siempre tengo que hacer la comida o la cena o lo que sea, chilló mi madre. Desde que cumplí catorce. Catorce años. Ahí fue cuando asumí todas las responsabilidades. Cocinar, limpiar, hacer la compra, hacer de enfermera, intentar ganar el máximo de dinero. Una cabaña a pie de carretera. Allí nos dejó. Sin coche. Sin seguro médico. Sin trabajo. Sin dinero. En el hospital la admitían cuando estaba muy mal, pero el resto de las veces no. El resto de las veces era un regalito para mí, una pequeña dosis de si no te gusta te jodes, una pesadilla de sangre y mierda y meados y vómitos. Y ahora aparece él en plan abuelito. Pues qué bien.
Yo no podía imaginarme esa otra época, no podía retroceder para hacer real a mi abuela. Era solo una anécdota. La cólera de mi madre sin origen creíble para mí.
¿Qué tal si empezamos por el día en que se marchó?, oí gritar a mi madre. Contaremos a partir de ahí, todos los días que estuvo ausente, y después te dejaré verle. Para entonces tendrás unos treinta años y podréis iros los dos juntos a tomar un helado. O igual ya se habrá muerto, ojalá, y podrás ir a ver su tumba. Yo te diré dónde está, y todas las noches iré a cagarme encima.
Me tapé las orejas con la almohada y apreté fuerte.
Es probable que haya otra familia. Hermanastros míos, aquí en Seattle, o quizá en México, o en la luna. Podríamos hacer enchiladas lunares con queso de ese que tiene agujeros. ¿Qué cojones se ha creído?, ¿que vamos a ir los tres juntos de pícnic?
Me escondí todo el rato que pude, pero finalmente mi madre me llamó para comer o cenar o lo que fuera. Ella sentada a la mesa pero mirando al techo, cruzada de brazos.
Me pareció vieja. Oscuras lunas bajo los ojos, el pelo todo alborotado, arrugas sucias en la piel. La boca medio colgando.
La comida era una especie de tortilla francesa con trocitos de cosas. Calabacín, apio, manzana, fiambre. No era comida normal.
Venga, come, dijo. Una cena familiar.
Vi unas astillas blancas, cáscara de huevo.
¿Quieres ketchup?, preguntó con voz animada.
Yo asentí.
Mi madre fue a la nevera y volvió con el envase de ketchup. Lo sostuvo en alto a tres palmos por encima de mi tortilla y apretó. La mayor parte aterrizó en el plato, el resto en la mesa.
Ay, dijo. Bueno, ya vendrá el abuelo a limpiarlo. Siempre se puede contar con el bueno del abuelito.
Yo intentaba contener las lágrimas.
Oh, ¿se ha enfadado mi bomboncito?, dijo mi madre. Acercó su cara a la mía. Bienvenida a mi mundo. No hay motivo para que llores. Deja que te cuente una cosilla. La protagonista es tu mamá.
Me agarró de los dos brazos, fuerte, la sonrisa salvaje, parecía otra persona, una completa desconocida.
Tu madre ya es mayor, tiene unos dieciséis años, y su madre está en la recta final de esa larga agonía que no termina nunca. He aquí la historia del huevo de sangre.
No quiero oírla.
Pues la vas a oír.
Me haces daño.
Es verdad. Así prestarás un poco de atención. Muy bien, tu madre acaba de limpiar a su madre, le ha dado un buen baño, está toda limpita e incluso ha conseguido que sonría un poco. Es de noche, muy tarde, pero por fin tu madre va a poder descansar. Está que no se aguanta. Ya no va al instituto, pero cuidar de su madre es más agotador de lo que puedes pensar. Mete a su madre en la cama, sábanas limpias, cosa rara. Es un momento especial. Y entonces es cuando pasa lo del huevo de sangre. De repente aparece, asomando entre las piernas de su madre, sobre la sábana blanca, de un rojo oscuro y espeso, casi negro, y en un momento ha calado la sábana y mojado el colchón, el rojo más claro extendiéndose a los lados. Y tu madre no sabe de dónde ha salido ese huevo o si hay que volver a meterlo. Todo es muy confuso. No parece real, y sin embargo lo es.
No sigas, por favor, dije.
Pero ella no me soltaba.
Total, que tu madre coge el huevo de sangre con las manos para que no siga empapando la cama. Tiene miedo de que todo acabe tiñéndose de rojo. Puede imaginárselo. Esas cosas ocurren en su vida. La casa entera podría ser tragada por la sangre. No existen límites. Y su madre agonizando allí apaciblemente. Ni siquiera se ha enterado de lo del huevo. Pero ¿cómo puede ser? ¿Cómo le sale eso de dentro y ella no se entera?
Mi madre apartó la vista, recordando, el semblante suavizado. No me apretaba tan fuerte como antes.
Era tan grande que me ocupaba las dos manos, y tan grueso que podría haber sido un corazón. Yo no sabía qué hacer con aquello. No quería tenerlo allí, pero allí estaba todavía, y al final salí y lo deposité con cuidado al pie de un arbolito, en la tierra. Seguía sin saber qué era. Ahí es cuando necesitábamos a mi padre, ¿entiendes? Necesitaba a un adulto, pero no había ninguno a mano. Él se había largado.