Acuario

David Vann · Capítulo 27 de 43

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Acuario

Capítulo 27

Me desperté en la oscuridad, alguien me sacudía el brazo.

Llévame al baño, Sheri.

¿Qué?

Al principio no me acordé, estaba desorientada.

Llévame ya o habrá que cambiar las sábanas. De hecho, ya deberías notarlo.

¿El qué?

Entonces sentí el olor a meados, ácido y fuerte.

Ups, dijo ella.

Retiré la colcha y la sábana de arriba.

Pero ¿qué haces?

Cambia las sábanas, Sheri. Y límpiame. ¿Cómo has podido ser tan descuidada?

Si has sido tú. Tú has mojado la cama.

Mira que dejar que tu madre se muera meándose en la cama. ¿Tanto me odias?

Me levanté y encendí la luz. Mi madre desnuda en la cama, una mancha amarillenta en la sábana, cada vez más grande.

Tengo frío, Sheri.

Encogida como si estuviera débil.

Tú no estás enferma y no eres tu madre. Yo no soy Sheri.

Tengo frío, Sheri. Y si no me cuidas, me marcharé. Puede que no te lo creas, pero es verdad. Me marcharé. Es necesario que entiendas a tu madre y te preocupes por su bienestar, o no mereces tener madre.

Su aspecto era el mismo de mi madre de antes. Nada había cambiado, salvo que ahora nada tenía sentido. Yaciendo en su propia orina.

¡Tengo frío, Sheri!, gritó.

Miré el despertador de la mesilla, eran algo más de las tres.

Voy a por una toalla, dije, y corrí al cuarto de baño, cogí una toalla pequeña, la empapé de agua caliente y la escurrí.

Le cogí las piernas con cuidado por las rodillas y la aparté hacia un lado, lejos de la mancha. Luego la limpié con la toalla húmeda, por todos los rincones, bajando por la espalda y por los muslos.

¡Tengo frío!

La cubrí con la sábana encimera, con cuidado de que la tela no tocase la orina, y luego la tapé con la colcha. Ahora tenía que quitarle la sábana de debajo.

Empecé por la cabecera de la cama, retiré las esquinas y levanté a mi madre con cuidado.

Me haces daño, dijo.

Lo hago lo mejor que puedo.

Aquí tú eres lo de menos.

Seguí tirando de la sábana mojada y levantando su cuerpo por partes, como si yo fuera una sacerdotisa y ella una diosa hecha de carne. Ni plegarias ni sacrificios, tan solo velar por aquel cuerpo, y todo debía hacerse en silencio. Nuestros movimientos pensados únicamente para no provocar la ira.

Tenías que hacerlo todo a la perfección, dije. Y ella seguía enfadada.

Sí. Exacto. Vas aprendiendo.

Tenías miedo todo el rato.

Sí. Pero no de que me gritara o me pegara ni nada de eso. ¿De qué tenía miedo?

De que ella se muriera.

¿Y de qué más?

De que fuera por tu culpa.

Así es.

Mi madre se incorporó entonces y me abrazó.

Muy bien, Caitlin. Eres buena. Creo que empiezas a entender un poco lo que significó aquello.

Pero él sigue siendo mi abuelo y tengo derecho a verle.

Mi madre me soltó y volvió a tumbarse.

Limpia esa mancha. Usa un poco de lejía y agua. Luego lo secas con un secador de pelo. Y déjame dormir, Sheri. ¿Por qué no me dejas dormir? Estoy cansada.

He hecho lo que querías. He comprendido lo que sufriste.

Mi madre sonrió.

Sí. Tú lo comprendes todo. Hablemos otra vez mañana por la noche, dentro de veinticuatro horas, cuando hayas trabajado y sin dormir apenas. Todavía no estás domada. Yo te domaré, y así veremos de qué pasta estás hecha.

Acabé de retirar la sábana, hice una pelota con ella y la llevé a la lavadora. No puse la máquina en marcha por los vecinos. Después busqué la botella de lejía y puse un poquito en un cubo con agua caliente y cogí una esponja.

El colchón tenía otras manchas, antiguas. Y como parecía que podía absorber mucha agua, no escatimé. Pensé en mi abuelo, si estaría despierto también. ¿Dónde tenía la casa y cómo sería? Me sentí casi como Cenicienta soñando con su príncipe. La diferencia era que en vez de un príncipe era un viejo, que su casa sería pequeña, no un castillo, y que esta era mi madre de verdad, no mi madrastra, y que el carruaje ya lo había destruido. Pero la idea sí era la misma, cambiar de vida, a una nueva y mejor.

Soy la Cenicienta, dije. Tú fuiste Cenicienta.

Yo no.

Tuviste que trabajar. Lo tuyo no era vida. Tuviste que cuidar de otra persona.

Eso es verdad, pero no había un príncipe esperando, nadie que se me llevara de allí. No me dirás que esto es un castillo, ¿verdad?

¿Y vivir en una casa y no tener que trabajar? ¿Qué te parecería si le convenzo para que tú no tengas que trabajar nunca más? Él es mecánico. Podría trabajar de eso otra vez. Yo sé que lo haría. Y así tú podrías estar más tiempo con tu príncipe Steve.

Es un cuento de hadas, Caitlin. O sea, no es real. Una cosa es la vida real y otra la de fantasía.

Y a Cenicienta le toca la de fantasía. Que se convierte en su vida real.

Sí, tienes razón. Pero no es nuestro caso. Nosotras no tenemos la suerte de cruzar esa frontera. Tomes el camino que tomes, es el único que hay hasta la tumba.

Dejé el cubo en el suelo. No sabía cómo convencerla. Acerqué la nariz al colchón, y la mancha ya solo olía a lejía. Me fue imposible saber si quedaban orines o no.

Para no molestar a los vecinos, puse el secador a baja potencia. Viento suave y caliente secando la mancha de orina, una cosa muy rara en plena noche. Se me cerraban los ojos de agotamiento.

¿Y si pudieras volver a estudiar?, le pregunté. Si nadie puede regalarte una vida nueva, ¿por qué no aprovechas y te la montas tú? El abuelo trabajaría, viviríamos en su casa, y tú irías a estudiar.

No es lo mismo. Sería quince años demasiado tarde, ya soy vieja para eso. ¿Y el castigo que él se merece? No es suficiente con que tenga que trabajar otra vez. Tiene que morir solo, abandonado. Te olvidas de esa parte.

Eres mala de verdad.

Sí, señora. Soy mala. Y pretendo serlo mil veces más. No puedo decir cosas lo bastante malas. Para eso tendría que sacarme yo misma las tripas por la boca. Y puede que ni así. Tú aún eres buena, eres generosa, y no quiero que pierdas eso. Yo lo perdí hace casi veinte años.

Toqué la mancha. El colchón estaba muy caliente y apenas húmedo. Lo di por bueno. Saqué del armario una sábana bajera nueva e hice primero mi lado, tiré de la sábana hasta el otro extremo, empujé suavemente a mi madre sobre la cama y ajusté la sábana por su lado.

Así está mejor, dije, pero ella guardó silencio.

Entonces me fijé en los platos de la cena, vacíos en el suelo. Mi madre se había comido la cena de las dos mientras yo dormía. Estaba muerta de hambre, así que fui a la cocina y me preparé un tazón de cereales. Según el reloj de la cocina, eran casi las cuatro de la mañana. Bueno, al menos no iríamos al cole ni al trabajo, podría quedarme durmiendo. El único sonido el del frigorífico, la única luz la del pasillo. Me senté en la penumbra de aquel mundo silencioso, a la espera.

Cuando volví a la cama, ella habló.

Necesito medicinas. Tendrás que salir a comprarlas ahora.