Acuario

David Vann · Capítulo 2 de 43

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Acuario

Capítulo 2

Mi madre tenía un viejo Thunderbird. Debió de imaginarse una vida con más libertad, pero luego llegué yo. El capó ocupaba medio coche. Un motor enorme que galopaba estando al ralentí. Podía morir en cualquier momento, pero antes chuparía toda la gasolina que hubiera en el mundo.

Carrocería marrón, dos tonos, más claro en los costados, la pintura muy desconchada en el capó y el techo, como si se abrieran allí galaxias, soles plateados formando cúmulos demasiado remotos como para ponerles nombre.

La puerta al máximo de su apertura, como el contrapeso de una grúa, centenares de kilos. Para cerrarla, una vez dentro, siempre tenía que tirar con las dos manos.

¿Qué tal los peces?

Bien.

¿Has hecho algún amiguito?

Mi madre me decía lo mismo casi todos los días, una broma sobre mi relación con los peces. Yo no pensaba decirle que hoy había hecho un amigo, mira por dónde.

Conseguí por fin cerrar la puerta y arrancamos petardeando. No llevábamos puesto el cinturón de seguridad.

Mi madre trabajaba en la terminal de contenedores, mano de obra normal y corriente. Llevaba botas gruesas, mono Carhartt marrón, camisa de franela y el pelo recogido en una cola de caballo. Pero había hecho pinitos aparejando grúas y su esperanza era llegar a manejar una ella sola. Los maquinistas de grúa ganaban mucho, incluso más de cien mil. Seríamos ricas.

¿Cómo ha ido el cole?

Bien. El señor Gustafson dice que el año que viene las notas serán importantes.

¿Ahora no lo son?

No. Él dice que sexto no es nada, pero que séptimo ya es un pasito más. Dice que hasta octavo nada es importante, pero que séptimo sí que lo es un poco.

Madre mía, ¿de dónde sacan a esos bichos raros? Y se supone que es mejor que otros colegios. Para matricularte tuve que decir que vivíamos en un barrio diferente.

El señor Gustafson me cae bien.

¿De veras?

Es gracioso. Nunca encuentra nada. Hoy hemos tenido que ayudarle a buscar uno de sus libros.

Esa sí que es una buena recomendación. Retiro todo lo que he dicho.

Ja, ja, dije yo para que viera que lo entendía.

Iba mirando los graffiti, como suelo hacer. En vagones y paredes, en vallas y edificios viejos. Estaban pintados en secuencias, como un folioscopio. La firma del graffitero —MOE— en letras como tubos, verde chillón y azul, cuesta arriba para coronar en naranja y amarillo, hundirse a continuación en dorado y rojo, ascender de nuevo en un negro azulado, sendero infinito del sol. La ciudad en cuanto objeto a ser mirado sobre la marcha, aunque nosotras siempre estábamos paradas en algún embotellamiento. Eran menos de nueve kilómetros desde el acuario hasta casa, pero podíamos tardar media hora.

Alaskan Way pasaba a llamarse East Marginal Way South, que sonaba decididamente menos romántico. Si el trayecto hasta casa fuera un crucero, una de las escalas sería Northwest Glacier, no grandes bloques de hielo desprendiéndose sino hormigón ya mezclado, arena y grava en enormes silos de un blanco tiza.

Vivíamos cerca de Boeing Field, un campo de aviación que no se utilizaba para viajar a ninguna parte. Estábamos en la ruta de vuelo de todos los aviones de prueba, que podían funcionar o no. Los comercios de nuestra zona eran el Sawdust Supply, almacenes de neumáticos y de excedentes militares, un Taco Time, talleres de reparación de tractores, lavandería de pañales de tela, recauchutados, hamburgueserías y sistemas de iluminación. Alrededor, en la mayoría de los casos, solo encontrabas asfalto. Kilómetros y kilómetros, ni un solo árbol, aparcamientos enormes, utilizados y sin utilizar, pero eso no lo sabías cuando llegabas a nuestro piso. Las ventanas daban a los aparcamientos del Departamento de Transporte, montones siempre cambiantes de barriles y conos naranjas de señalización, barreras amarillas de protección, separadores de hormigón movibles, camiones de todas clases, pero los ocho bloques de nuestro complejo de viviendas tenían árboles alrededor y se veían tan bonitos como los que podías encontrar en un barrio rico de la ciudad. Viviendas subvencionadas provistas de buhardilla, en colores pastel, bonitas vallas de madera con celosía. Y agentes de policía patrullando todo el tiempo.

En cuanto llegábamos a casa, mi madre se dejaba caer en la cama soltando un largo suspiro y dejaba que yo me echara encima de ella. El pelo le olía a tabaco, pero ella no fumaba. Olor a fluido hidráulico también. Debajo de mí la montaña fuerte y mullida de mi madre.

Ah, la cama, dijo. Ojalá no tuviera que levantarme nunca. Cuánto me gusta la cama.

Como Willy Wonka y la fábrica de chocolate, igual.

Exacto. Pondremos cada una la cabeza en un extremo y nos quedaremos a vivir aquí.

Yo tenía las manos metidas en sus axilas y los pies debajo de sus muslos, aferrada a ella. Ningún pejesapo se ha agarrado jamás a una roca con tanta fuerza. El piso era nuestro acuario particular.

Esta noche el vejestorio de tu mamá tiene una cita.

No.

Pues sí, lo siento, salamandra.

¿A qué hora?

A las siete. Vas a tener que dormir en tu cuarto, por si acaso tu madre está hoy de suerte.

Pero si ni siquiera te gustan.

Ya. Normalmente es así, pero quién sabe. De vez en cuando aparece un hombre bueno.

¿Y cómo se llama?

Steve. Toca la armónica.

¿Vive de eso?

Mi madre se echó a reír.

Sigue pensando en un mundo mejor, monina.

¿Cómo le has conocido?

Trabaja de informático, reparando ordenadores, y un día vino a arreglar no sé qué al trabajo. Almorcé con él porque estaba por allí, tocando «Summertime» con la armónica.

¿Me lo presentarás?

Claro, pero primero tenemos que cenar. ¿Tú qué quieres?

Frankfurt congelado pasado por agua.

Mi madre rio otra vez. Yo cerré los ojos y me dejé mecer en el sube y baja de su espalda.

Pero al final se volvió, como tenía por costumbre, aplastándome para hacer que me soltara de ella. Yo aguantaba hasta que no podía respirar y luego le tocaba el hombro como un luchador profesional para indicar que me rendía.

A la ducha, dijo.

 

Steve no tenía pinta de informático. Era fuerte, como mi madre. Espaldas anchas. Los dos llevaban camisa oscura de franela y tejanos.

Qué tal, me dijo, en un tono tan alegre que no pude por menos de sonreír pese a que mi plan era hacerme la dura. Tú debes de ser Caitlin. Me llamo Steve.

¿Tocas la armónica?

Steve sonrió como si le hubieran pillado con un secreto. El bigote casi negro le daba un aire de prestidigitador. Se sacó una armónica plateada del bolsillo de la camisa y me la tendió para que la viera.

Toca algo, dije.

¿Qué quieres escuchar?

Algo divertido.

Una canción de marineros, entonces, dijo con voz de pirata. Y habrá que hacer chocar un poco los talones.

Tocó algo de un barco, una tonada alegre y primero lenta, y al tiempo golpeaba el suelo con la punta de un pie y luego el otro y empezaba a girar cada vez más deprisa. Mi madre y yo le imitamos, cogidas del brazo. Luego se puso a saltar y a bailar el charlestón por toda la salita. Yo estaba loca de alegría, venga a chillar, y mi madre diciéndome que bajara la voz pero sonriendo a la vez. Júbilo inocente e infantil que podía explotar como el sol, y me entraron ganas de que Steve se quedara con nosotras toda la vida.

Pero se marcharon los dos y yo me quedé allí sudando y agotada y sin nada que hacer, deambulando por el piso sin ton ni son.

Que mi madre me dejara sola no me gustaba nada. A veces me ponía a leer un libro o a ver la tele. Yo quería tener un pequeño acuario, pero eran muy caros y no estaban permitidos porque podían romperse e inundar todo el piso de abajo, y luego había que pagar un dineral en daños y perjuicios. En nuestro piso no había ningún ser vivo. Paredes blancas desnudas, techos bajos, bombillas peladas, qué soledad cuando mi madre se marchaba por ahí. El tiempo algo que no se detenía nunca. Me senté en el suelo recostada contra una pared, ante mí una extensión de moqueta gris, y escuché los cables en la bombilla del techo. No le había preguntado siquiera cuál era su pez favorito. Eso se lo preguntaba yo a todo el mundo.