Acuario

David Vann · Capítulo 36 de 43

Páginas del PDF

Acuario

Capítulo 36

Estábamos en un restaurante caro, especializado en pescado. Era el restaurante más caro que yo había pisado nunca. Supe que mi madre lo había hecho adrede. Estaba dilapidando un dinero que habría de ser suyo pronto, pero aun así quería castigarlo, y una manera era obligarlo a ver cómo se esfumaban sus dólares.

 

¿Han decidido ya?, preguntó el camarero.

Yo estaba muy asustada con la carta. No había nada barato. Y la carta era diferente de las que yo conocía. En la parte de arriba estaban las distintas variedades de pescado, luego elegías cómo querías que te lo prepararan, y por último el acompañamiento y la guarnición. Aquella carta era como un problema de mates donde todas las cifras eran demasiado elevadas.

Yo tomaré el cangrejo real, dijo mi madre. Y después pez luna.

El pez luna es delicioso, dijo el camarero. Excelente elección. No solemos tenerlo en la carta, nos llega en avión desde Hawái recién pescado. Y apenas hay que dorarlo un poco a fuego vivo, vuelta y vuelta. Tiene un sabor muy delicado, mantecoso, y se echa a perder si se hace más de la cuenta.

¿El precio?, preguntó Steve.

Sesenta y cinco dólares el pez luna. Es lo mejor que tenemos hoy en la carta.

Sheri, dijo Steve.

Él también tomará pez luna, dijo mi madre, señalando a Steve. Esta noche invita mi padre.

Excelente, dijo el camarero.

Yo también tomaré pez luna, dijo mi abuelo.

¿Sabía usted que es un héroe de guerra?, dijo mi madre alzando la voz para que otros comensales pudieran oírlo, señalando a mi abuelo. Segunda Guerra Mundial. Vio morir a sus amigos.

Cuánto lo siento, señor, dijo el camarero en voz queda. Y gracias por estar allí.

También abandonó a su mujer moribunda. Mi madre hablando todavía en voz alta, la gente mirándonos. Yo tenía catorce años y tuve que cuidar de ella y la vi morir. Bueno, esa parte es menos heroica. Pero opino que a nuestros héroes debemos perdonarles todo, porque vieron morir a sus amigos. ¿Usted qué cree?

La sonrisa del camarero era un rictus, una mueca de dolor. No dijo nada, y en la pequeña zona del restaurante donde estaban nuestra mesa y media docena más se hizo el silencio, un silencio demasiado largo.

Lo siento, dijo mi abuelo. Todo esto me lo merezco.

Otra vez silencio. Pensé que Steve iba a decir algo, que defendería a mi abuelo, pero se quedó callado. Creo que si hubiera dicho algo habría perdido a mi madre para siempre.

Mi abuelo le devolvió la carta al camarero, Steve hizo lo mismo, después mi madre también, y las mesas de alrededor empezaron a hablar de nuevo en voz baja.

¿Y para ti?, me preguntó el camarero. Fue apenas un susurro, y me dio cierta pena.

No puedo comer pescado, dijo. Amo a los peces.

Ah, dijo, y entonces intervino mi abuelo.

Lo siento mucho, Caitlin. Se me había olvidado. ¿Tienen algo en el menú que no sea pescado?

Hay hamburguesa, y también una sencilla pasta a la marinara.

Pasta, por favor, dije, y mi abuelo dijo:

Yo también, en vez del pescado.

Mi madre se cruzó de brazos y bajó la vista.

Lo siento, dijo cuando el camarero se hubo alejado. Me he pasado. He venido aquí para castigarte, y se diría que también a Caitlin, sin darme cuenta siquiera. Pero eso no es propio de mí. No quiero ser así de mala.

Steve le pasó un brazo por los hombros y ella se le arrimó. Estaba empezando a llorar pero procurando hacerlo en silencio. Yo tenía miedo de moverme, de decir algo, y creo que mi abuelo también. Nos quedamos allí sentados y esperamos hasta que ella se secó los ojos y volvió a sentarse bien.

¿Qué tienes pensado estudiar?, preguntó mi abuelo, supongo que para romper el silencio. Pero estuvo bien que fuera él.

Bueno, dijo mi madre. Antes tengo que sacarme el título de graduado escolar. Supongo que habrá cursos especiales para eso. Y luego quizá un par de años de formación profesional, algo que no sea difícil, y los dos últimos años me gustaría esforzarme para pasar a algo mejor. El tema no lo he decidido todavía.

Podremos hacer los deberes juntas, dije yo.

Mi madre sonrió.

Eso sería divertido, cariño. Pero tu mamá es mayor y ha perdido la práctica, o sea que tendrás que darle ánimos. Ahora mismo no me imagino haciendo deberes.

No habíamos tocado el pan, y Steve lo fue pasando y vertió unas gotas de aceite de oliva en cada plato.

El pan blanco más denso que yo había probado nunca. El aceite era verde, nada que ver con el que consumíamos en casa.

Me encanta este aceite, dije.

Nuestra pequeña gourmet, dijo Steve.

Se me acaba de ocurrir que podría ser cocinera, dijo mi madre. Pero luego he pensado que trabajan hasta muy tarde. Y los médicos tienen que visitar un sinfín de residencias y hacen turno de noche. Los abogados también tienen horarios imposibles y cada día es una pelea a muerte. Y estudiar empresariales es el primer paso para acabar siendo un mafioso. ¿Hay alguna profesión que no suponga renunciar a la vida?

Mi horario está bastante bien, dijo Steve. Tienes la oportunidad de elegir. Yo opté por ganar menos y tener más tiempo libre.

Lo principal es no trabajar por horas, dijo mi abuelo. Yo nunca lo conseguí, y siento que tú hayas tenido que aguantar eso durante tantos años. Cualquier sacrificio que hagas para librarte de eso vale la pena, creo yo. La de miles y miles de horas que tuve que tragarme, trabajando con mis manos en un motor. El problema era que mis pensamientos no contaban, y no contaba quién era yo, y el trabajo en sí no tenía ninguna pauta. Una serie interminable de motores que cualquier otro podría haber reparado, nada más. Era como no estar allí Físicamente pero verte obligado a estar, y eso que a mí me gusta toquetear motores. Era el hecho de no tener libertad y de no contar para nadie. Así que espero que puedas hacer algo que no te borre como persona.

Gracias, dijo mi madre en voz baja. Es una ayuda. Así ha sido también para mí. Estaba allí, pero como si no estuviera.

Bueno, dijo Steve, el lunes por la mañana no tendrás que ir. Eso ya es mucho.

Sí, dijo mi madre, pero me pareció abrumada y cansada.

Era como un guiñapo en la silla.

Trajeron el cangrejo, en una fuente alargada. Unas patas enormes, blancas y rojas. Mi madre se incorporó.

Es muy grande, dijo Steve.

Y aquí tienen un poco de mantequilla fundida, dijo el camarero dejando en la mesa una copita metálica.

Luego desapareció en un abrir y cerrar de ojos.

Podemos compartirlo, dijo mi madre.

Yo no.

Si no es pescado.

Ya lo sé, pero en el acuario hay. No me gustan tanto como los peces, pero no dejo de pensar en esas patas trepando por el cristal.

Vale, no sigas. Quiero disfrutarlo, dijo mi madre. No quiero imaginarme que lo que estoy comiendo se mueve sin parar.

Eso, no obstante, lo dijo mi madre casi con una sonrisa que nos quitó a todos un peso de encima. Steve, contento, agarró un pata de cangrejo y la partió en dos.

En vez de la mantequilla, usad el aceite de oliva, dijo. Es más sano, y yo diría que sabe muchísimo mejor.

Echó un poco de aceite en su platito del pan, mi madre asintió y Steve le echó un poco en el suyo también, y empezaron a mojar largas tiras de una carne blanca con ribetes rojos. Carne hecha de pequeñas hebras que salían como radios del centro del crustáceo, como si el cangrejo hubiera nacido de una pequeña y repentina explosión de luz, en el lecho del océano, una explosión que hubiera pasado desapercibida. Eso fue lo que yo vi, oscuridad y frío en aguas profundas y cada cangrejo naciendo como de una chispa. Es que no parecían de este mundo, tan estrambóticos eran.