Acuario

David Vann · Capítulo 26 de 43

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Acuario

Capítulo 26

Estaba enfadada porque no la había limpiado bien.

Sabes que no puedo estar mucho rato en el agua. Me entran ganas de vomitar. Me quedo sin respiración. Pero sigo estando sucia.

Me arrodillé a su lado con la pastilla de jabón e intenté lavarla, pero bajo el agua el jabón no sirve. Rasca demasiado, no se desliza ni enjabona.

Me vas a arrancar la piel, dijo.

Le pasé el jabón por el vientre y los pechos y los muslos y con la otra mano continué la operación, el torso apoyado en el borde de la bañera. La limpié entre las piernas, intenté pasar la mano por donde terminaba su espalda, alargando el brazo bajo la superficie, una distorsión de forma y textura y magnitud, mi madre reducida a un cuerpo y ni siquiera eso, algo más gomoso que un cuerpo.

Para, dijo. Tienes que sacarme de la bañera.

Oí ruido de agua rebosando de la olla con pasta sobre el fogón, pero primero tenía que sacar aquel peso muerto de la bañera. Agua por el suelo, una inundación, y yo temiendo resbalar. Como no podía sostenerla en pie, la hice sentar en el suelo con la espalda apoyada en la bañera.

¡No!, gritó. Me estoy helando. El suelo, y el exterior de la bañera. ¿Es que quieres matarme de frío?

No sé dónde ponerte.

Deja de lloriquear. Llévame a la cama y me secas allí.

La arrastré por el pasillo.

Los talones me rozan con la moqueta. Cógeme en brazos.

No puedo.

Cógeme.

No pude responder. Seguí arrastrándola hasta dejarla medio subida a su cama.

No me mojes la cama, Sheri.

Corrí a por una toalla e intenté hacerlo rápido pero con suavidad, empezando por el pelo.

Tengo frío, y hambre. Tú fuiste un error, Sheri. Todo esto ha sido por tu culpa.

¿Qué?

Las cosas cambiaron después del parto. Empecé a oler diferente, la piel se me puso seca, el pelo igual. Ni siquiera podía comer lo que comía antes. Tuve alergias por primera vez. Me cambiaste las entrañas, fue como una invasión, y seguro que el cáncer empezó entonces. Es por tu culpa por lo que me estoy muriendo.

Eres injusta.

Eso es lo que dije yo.

Tu madre no pudo decirte esas cosas.

Pues las dijo, y al cabo de un tiempo me las creí, porque tenía catorce años y estaba sola y ella no paraba de repetirlo y yo estaba viendo que se moría. Acabé por creer que era yo la causante del cáncer, que fui yo quien la infectó.

Pero eso no puede ser, ¿verdad?

Con los padres todo es posible. Los padres son dioses. Nos crean y nos destruyen. Modifican el mundo a su antojo, a su imagen y semejanza, y ese es el mundo que nosotros conocemos después. El único. No nos es posible ver cómo podría haber sido de otro modo.

Lo siento.

Todavía no has terminado. No te hagas ilusiones. No has hecho más que empezar. ¿Qué hay de mi cena?

Me había olvidado de la pasta. Corrí a la cocina. Se había evaporado buena parte del agua, los espaguetis estaban pegados y no cubiertos del todo, pero los escurrí en el fregadero.

¡Sheri!, chilló. ¡Me estoy helando!

Otra vez corriendo a la habitación, y ella enfadadísima, gritándome.

¡Me has dejado empapada! ¡Con este frío! Eres una zorra y una inútil. Ojalá te hubiera matado.

Yo la secaba con la toalla, lo más rápido y lo más suave que podía, pero tenía los ojos llenos de lágrimas y pestañeaba y no veía con claridad. Dudé de que mi abuela hubiera sido tan cruel.

Acuéstame.

Terminé de secarla, retiré la colcha y la sábana del otro lado de la cama y la hice rodar con cuidado hasta su sitio, y fue entonces cuando oímos los golpes de los vecinos, que protestaban por los gritos de mi madre.

Ella se levantó al momento, enferma convertida en sana, como si existieran los milagros, y empezó a aporrear la pared.

¡Que os den por culo!, chilló.

Ellos gritaban, ella también, golpes desde ambos lados de la pared, mi madre allí de pie desnuda y con el cabello mojado, los brazos en alto y gritándole a una pared blanca, y luego volvió a la cama y se acostó y tiró de la colcha para taparse.

Bueno, mira, dijo. O te esmeras un poco o la noche va a ser larga también para los de al lado.

Voy a terminar de preparar la cena.

Eso.

Vertí la lata de tomate directamente sobre los espaguetis escurridos y puse la olla al fuego otra vez. Removí para ver si podía deshacer los pegotes de pasta. Añadí un poco de pimienta, serví dos platos y regresé corriendo a la habitación.

Sheri, dijo mi madre al entrar yo. Qué buena es mi niña. Un verdadero ángel, ¿lo sabías?

No supe qué contestar. Le di un plato y un tenedor.

No tengo apetito, dijo. No soy capaz de comer. Ven, túmbate aquí a mi lado.

Dejé los dos platos en el suelo, me tumbé al lado de mi madre y ella me pasó un brazo por los hombros y con la otra mano me acarició el pelo. Yo estaba muy tensa. Me rechinaban los dientes. Esperaba que de un momento a otro mi madre me retorciera el cuello o me tirara del pelo.

Sheri, eres un ángel. Te hice yo. Y te hice perfecta. Este cuerpo mío murió para crearte.

Jugueteó con mis cabellos y se puso a tararear flojito, una melodía sencilla que no reconocí.

Tienes que recordarme, dijo. Cuando yo falte, tú serás la única que mantenga vivo mi recuerdo. Tienes que entenderme. A veces digo cosas porque estos dolores son insoportables, pero no soy yo. Yo no soy así, ¿lo entiendes?

Sí.

Me alegro, Sheri. Me alegro. No necesito que me perdonen porque no he hecho nada malo. Cuando haces algo porque sufres dolor, no se puede considerar un crimen.

Me dio un beso en la coronilla y se quedó así, con la boca pegada a mis cabellos.

El dolor solo te ofrece una oportunidad, Sheri. Tienes que salir corriendo, intentar escapar. No hay otra alternativa, porque es más horrible que cualquier otra cosa. La gente se queja de dolores emocionales o psicológicos, del dolor de la pérdida, pero eso no es nada comparado con el puro dolor Físico. Uno se retuerce hasta el desgarro. Uno grita y destruye y pelea con todo y con todos si eso supone aunque sea un momento fugaz de no ser totalmente consciente del dolor. Tienes que comprenderlo, o pensarás que soy un monstruo.

Pero tú no sufres ese dolor, dije. Tu madre sí.

Vaya, no puedes ser un poco generosa, ¿verdad? No quieres hacer el esfuerzo de imaginarte otra vida, ni siquiera la de tu madre. No puedes ser Sheri por una noche e intentar comprender lo que significó para mí que me dejaran a solas con una madre moribunda. ¿Crees que porque ella dijera que no era culpa suya fui menos víctima de su crueldad? Seguía gritando, pegándome, haciendo cosas espantosas. Me arrebató la infancia y mi futuro, las dos cosas. ¿Crees que se puede pagar un precio más alto? Mi infancia y mi vida adulta.

Yo no te he hecho pagar nada.

Los brazos de mi madre rodeándome la cabeza, y ahí sí que pensé que me iba a retorcer el pescuezo.

Cierto, dijo. Es verdad. ¿Y qué te he dicho yo siempre, eh? Que no permitas que te culpe de mis problemas. Nunca te hablé de mi pasado. He hecho todo lo posible por protegerte, para que no tuvieras que pasar por lo que yo pasé. ¿Y cómo me lo has agradecido?

Si yo no he hecho nada…

Claro que sí. No descansarás hasta que vayamos dando saltitos los tres cogidos de la mano.

Podríamos vivir en su casa. Él me acompañaría al colegio. No tendrías que trabajar tanto.

Será que tu cerebro no ha madurado lo suficiente. Él cometió un crimen y tiene que apechugar con las consecuencias. No puede esperar que se lo pongan todo fácil como si nunca hubiera hecho nada malo. Diecinueve años. No le he visto el pelo en diecinueve años.

Entonces ¿para qué echar de menos esos años?

Mi madre se apartó de mí.

Eres lista, Caitlin. No es fácil discutir contigo. Pero yo ya no le considero mi padre. Perdió ese derecho, renunció a él. Y no permitiré que haga de abuelo, porque lo que quiero es ver cómo arde. Le prenderé fuego con una cerilla y miraré cómo se desgañita gritando. Quiero que sufra dolores insoportables. Quiero que sufra más de lo que nadie haya sufrido nunca. Todo dolor será poco para él.