Acuario
Capítulo 25
Mi madre se tumbó en el suelo.
Me estoy enfriando, dijo. Date prisa con la bañera. Y cuando me arrastres, procura no restregarme la piel. Ella siempre me decía que era como si la estuvieran desollando. Había que tener mucho cuidado con su piel.
Fui al cuarto de baño, puse el tapón del desagüe y abrí el grifo, agua caliente pero no quemando. Estaba convencida de que el juego no iba a durar mucho. La metería en la bañera, iría a preparar algo de cena y luego veríamos un rato la tele y podría ir a acostarme.
La agarré de las muñecas para arrastrarla, pero se había quedado rígida, un peso muerto, la cabeza colgando. No se movía del suelo.
Tiré otra vez con fuerza y ella gritó. Le solté las muñecas, que hicieron un ruido seco al chocar con las baldosas.
Ella también gritaba cuando yo lo hacía así, dijo mi madre. No puedes dar tirones ni que roce nada. El cáncer se extiende por todas partes. Puede que empiece en un único sitio, pero va viajando por dentro y surge dolor en otros puntos. Nunca sabes dónde le va a doler a continuación. A veces me daba miedo arrancarle un brazo tirando demasiado fuerte, la articulación podrida. Le dolían todas las articulaciones, tenía morados por todas partes.
No puedo hacer esto.
Mi madre sonrió.
Exacto. Eso mismo dije yo, aunque no tan pronto. Te portas como una niña. No tienes derecho a decir que no puedes hasta que hayan pasado unos meses. Entonces sí, y lo dirás muy en serio.
Cogí una toalla del cuarto de baño y la extendí a su lado, en el suelo.
¿Cómo te pongo sobre la toalla?
No había instrucciones, dijo mi madre. A mí nadie me explicó cómo hacer las cosas.
Me arrodillé e intenté remeter la toalla por debajo, le levanté el omóplato con una mano. Pero en esa postura no podía hacer fuerza suficiente. Tuve que arrodillarme en el otro lado e inclinarme y moverla hacia mí, la cara muy cerca de su axila, fuerte olor a sudor tras un día de trabajo. La piel pegajosa, no suave como la de Shalini. Mi madre desnuda. La rodeé con los brazos y pasé la toalla por debajo, fui haciendo lo mismo hacia las caderas, aquel vello negro allá abajo, y la hice rodar hacia mí. Era mucho más robusta que yo, y más alta también.
Le crucé los brazos sobre el pecho, me arrodillé detrás de su cabeza y tiré de la toalla para arrastrarla por el suelo. Como si fuera un cadáver. Al llegar a la moqueta, nos paramos. Tiré y ya no podía moverla.
No puedo, dije.
Tendrás que poder. De lo contrario te vas a quedar sin madre. Me marcharé, en serio, como hizo mi padre, y no volverás a saber de mí.
No bien lo hubo dicho, se me humedecieron los ojos. Me odié por ser tan cría. Tiré con más fuerza y la arrastré por la moqueta del corto pasillo hasta el cuarto de baño, donde me fue otra vez fácil deslizarla.
La bañera estaba bastante llena y cerré el grifo. Con gran esfuerzo conseguí sentarla en el retrete, un poco de lado, y ella encima no ayudaba, peso muerto, pero al final se sostuvo allí y orinó mientras yo esperaba. El olor de su orina muy potente, sonido del rebosadero de la bañera tragando agua.
Límpiame, dijo.
Yo me envolví la mano en papel higiénico y palpé entre sus piernas para secarla. Algo que jamás habría imaginado tener que hacer.
Ahora la bañera.
La rodeé con mis brazos, junté las manos y tiré. La deposité con cuidado en el agua, los pies en el lado del grifo. Era tan alta que tuvo que doblar las rodillas.
Ahora báñame. Y no te olvides de la cena.
¿Qué hago primero?
Las dos cosas a la vez. Todo siempre al mismo tiempo.
Enseguida vuelvo, dije.
Fui a la cocina, puse agua a hervir en una olla, busqué un paquete de pasta. No había salsa para espaguetis en la nevera ni en el armario, pero como sabía que ella me diría que me espabilara, busqué una lata de puré de tomate, y vi que había unos champiñones.
Volví a toda prisa al cuarto de baño y cogí una pastilla de jabón.
Lávame el pelo también.
Le miré la melena y me fijé en lo alta que se veía dentro de la bañera. Volví a la cocina a por un cazo.
Échate hacia delante, le dije.
Cogí agua de la bañera con el cazo y le mojé la cabeza con cuidado.
Muy bien, dijo. Pero tengo demasiado calor. No puedo respirar, Sheri. Eso es lo que diría ella. No puedo respirar.
Abrí la fría y removí un poco el agua.
Aquí dentro no hay aire.
Miré a un lado y a otro. Nuestro cuarto de baño no tenía ventana ni ventilador. Era imposible renovar el aire.
¡Aire!, chilló de repente. ¡Necesito aire! ¡Me muero!
Salí corriendo y fui a abrir la puerta de delante y la ventana del salón, y el aire helado entró brumoso y a ras de suelo. Como vapor que rebosara por el alféizar, como si la temperatura se hubiera invertido. El aire que respirábamos líquido, algo que solo veíamos en muy raras ocasiones. Niebla salida de la nada, repentina, venida de ninguna parte, fuera ningún banco de niebla, ni mar ni montañas al fondo. Y no era verano. La niebla solía darse en verano.
¡Sheri!, gritó mi madre.
Corrí hacia el baño y nada más llegar ella me dio un bofetón.
Podría haber muerto. Ahogada. Mira que dejarme así, con la cabeza inclinada hacia el agua. ¿Es que quieres matarme? Y ahora tengo frío. Aquí dentro hace un frío de narices.
Abrí el agua caliente y fui corriendo a cerrar la puerta y la ventana del salón. Nubecillas en los márgenes, apenas visibles un momento. Se colaron dentro y desaparecieron. Yo les había cerrado las compuertas, atajado el paso. Mi madre chilló otra vez.
¡Me estoy quemando! Pero qué cría más idiota. Maldita sea, Sheri. Has dejado la caliente abierta.
Muerta de miedo, fui a cerrar el agua caliente y luego con la mano removí el agua de la bañera.
Me arden los pies.
Hasta su voz había cambiado, ya no era mi madre. Me costaba mucho creer que mi abuela hubiera sido así, tan cruel y desabrida.
Por favor, dije. Ya lo he entendido. Podemos dejarlo.
No, tú aún no entiendes nada. Todavía no te lo crees. Mañana no vas a ir a clase, ni yo a trabajar. ¿Qué pasa con la cena, Sheri?
No me llames Sheri.
Me agarró del pelo y me hundió la cara en el agua. Fue tan rápido que no tuve tiempo de tomar aire. Me entró pánico. No podía respirar, no podía sacar la cabeza. Ella tenía mucha fuerza. Forcejeé. Le di un puñetazo y sacudí todo el cuerpo, pero ella apretaba hacia abajo con todo el peso de los océanos. Y entonces me soltó.
Me vas a odiar, dijo. Sé que me vas a odiar. Pero mi madre hizo todas estas cosas y yo la quería. Y voy a hacer que lo entiendas. Sabrás qué supuso para mí todo aquello, es lo único que me importa.
¡Tu estúpida vida me importa un bledo!, grité.
Ahí está el problema. Eso tenemos que solucionarlo. Venga, prepara la cena.
Yo boqueaba y estaba chorreando, y solo sentí ganas de correr, de salir corriendo. Ella ni siquiera se parecía ya a mi madre, le daba igual que yo estuviera medio asfixiada. Me miraba con frialdad, como si tuviera delante a una desconocida.
Prepárame la cena, Sheri.
Y eso hice. Eché la pasta al agua, que ya estaba hirviendo. Fue como ver surgir la rabia, burbujas repentinas que se hinchaban y se resquebrajaban antes de reventar. Rabia en su forma perfecta. La pasta amarilla hundiéndose y calmando la situación. Estaba a punto de abrir el tomate con el abrelatas cuando mi madre volvió a gritar.
¡Sácame de la bañera, Sheri!