Acuario

David Vann · Capítulo 3 de 43

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Acuario

Capítulo 3

Me encontré al viejo con la cara tan cerca del cristal que parecía que el tanque lo estuviera absorbiendo. Boca abierta, ojos que no daban crédito.

Un pez mano, dijo. Pez mano rosado. Esas aletas lo parecen todavía menos que las del pejesapo de ayer.

Era un tanque estrecho y alto para caballitos de mar, con finas columnas de algas para que jugaran. Pero en el fondo, entre piedras oscuras, había una pequeña cueva con los bordes perlados de una sustancia dorada, mineral a juzgar por el brillo, y montando guardia en la entrada dos peces con el cuerpo a lunares, los labios rojos como niños que jugaran por primera vez a pintárselos, exactamente el aspecto que tenía yo cuando lo probé la primera vez, el rojo más allá de los bordes.

Fíjate, dijo el viejo. Parece que esté asomado a una ventana.

Y así era. Manitas pintadas de rojo subido como los labios, y uno de ellos tenía la mano apoyada en el alféizar y la otra en el costado, como si la cueva fuese una ventana y el pez se hubiera agarrado para asomarse y así poder vernos mejor. El ojo menudo, colorado, de mirada cauta, y una nariz roja flotando hacia arriba prendida de un pedúnculo. Bigotes rojos caídos y la punta de la aleta dorsal también roja, la cresta de la espalda, pero nada más que esos pocos acentos, como un payaso con un camisón rosa. Su mujer a la entrada de la cueva, descansando sobre el césped de color violeta, extraña hierba marina.

¿Y esas perlas doradas? ¿Son los huevos?

Ya veo lo que quieres decir. Podría ser. Creo que están vigilando los huevos, y supongo que pensarán que queremos robarles un par de ellos.

Yo ya he comido.

El viejo se rio.

Bueno, procuraré hacérselo entender.

El pez mano abrió la boca como si fuera a decir algo, y la cerró. Vi que flexionaba los codos sobre el alféizar.

Diría que no tienen escamas, dije. Parece que estén sudados.

Toda la noche en vela, dijo el viejo. Montando guardia. No hay que fiarse de esos caballitos de mar.

Levantamos la vista hacia las frondas de un verde claro donde los caballitos colgaban incómodos, como si fueran a caerse. Cuerpo blindado hecho de capas superpuestas, materia vagamente ósea. No aptos para nadar.

¿Qué sentido tienen los caballitos de mar?, pregunté.

El viejo se los quedó mirando boquiabierto, como si estuviera ante su dios. Recuerdo haber pensado eso. Era muy distinto de los otros adultos que yo conocía. No llevaba orejeras mentales. Estaba dispuesto a dejarse sorprender en cualquier momento, dispuesto a ver qué pasaba a continuación, abierto a cualquier cosa.

Creo que no hay respuesta, dijo por fin. Esas son las mejores preguntas, las que no tienen respuesta. Ni idea de cómo llegaron a formarse los caballitos de mar, ni de por qué tienen la cabeza como los caballos de tierra firme, o qué sentido puede haber en esa simetría desconocida. Ningún caballo verá jamás a un caballito de mar, y viceversa, y puede que ningún otro animal los haya reconocido a los dos, y aunque nosotros sí vemos ahora esa simetría, ¿qué sentido tiene? He aquí la clase de pregunta correcta.

Y todas esas crestas que tienen, ¿son de hueso?

El viejo leyó la descripción escrita a un lado del tanque.

Veamos. Eh, aquí dice que miremos los caballitos de mar pigmeos, en las gorgonias. Deberían ser rojos y blancos.

Nos arrimamos los dos al cristal. Más arriba de la cueva de los peces mano había ramas de coral de un blanco polvoriento con tubérculos de color rosa, pero ningún caballito.

Yo no veo nada, dije. Solo coral.

Miden apenas dos centímetros de largo.

Qué pequeñitos.

Y entonces lo vi. Tubérculos de rosa exagerado, demasiado limpios y brillantes, nada pálidos. Dos vueltas de cola pequeñísima en torno a una rama, como serpiente de cristal en miniatura. El vientre convexo y la cabeza de caballo y un ojo que era apenas un puntito negro, cubierto de montículos rosados, igual que el coral.

He encontrado uno, dije.

Entonces me fijé en la sombra de detrás, un segundo caballito de mar pigmeo que estaba exactamente en la misma posición, como si la existencia dependiera de que todas las cosas fueran dobles.

¿Dónde?, preguntó él, pero yo estaba sin habla. Ah, ya lo veo, dijo.

Un ser de sombra, no hecho de carne. Quebradizo como el propio coral. Colgando en un vacío. Uno de aquellos dos caballitos era ya mío, conocido, el otro era otra cosa.

Ese de atrás no me gusta, dije. Ese de atrás me da miedo.

¿Por qué? Es casi idéntico. O idéntica, en fin. ¿Cómo se sabe si son macho o hembra?

No puedo quedarme aquí.

Seres vivos hechos de piedra. Ni un movimiento. Y una aterradora pérdida de escala, el mundo capaz de expandirse y contraerse. Ese ojo como diminuto agujero negro la única vía de entrada a otro universo, diferente y más grande.

Me alejé rápidamente de allí, dejando atrás tanque tras tanque de presión aumentada y colores atenuados, formas distorsionadas. Cada uno tenía su altavoz, y en ese momento era demasiado: el pez loro royendo coral, los chasquidos de las gambas, el graznar de los pingüinos. El sonido exageradamente amplificado, granos de arena moviéndose como grandes rocas.

Me detuve ante el más grande de todos, una pared entera de un azul apagado, a media luz, ningún sonido, tranquilidad. Lento deambular de tiburones, el mismo movimiento durante millones y millones de años. Los tiburones como monjes, repetición de los días, girando interminablemente en círculo, sin desear otra cosa que ese único movimiento. Los ojos casi opacos, ya no necesitaban ver nada. Sin ropaje vistoso, un simple manto gris y la panza blanca. Desde arriba podían parecer el suelo marino. Desde abajo, podían parecer el cielo.

¿Qué te pasa?, preguntó el viejo.

Se había arrodillado junto a mí. Era un hombre bueno.

No lo sé, dije.

Y, en efecto, no tenía la menor idea. Un sentimiento infantil de pánico, y ahora pienso que fue porque solo tenía a mi madre. Tenía a una sola persona en el mundo y ella lo era todo, y no sé por qué aquella pequeña sombra, aquel doble del caballito en el tanque de las gorgonias, me había hecho comprender lo fácil que sería perderla. Cada dos por tres tenía la pesadilla de que mi madre estaba junto a una grúa del puerto y que uno de aquellos descomunales contenedores se bamboleaba en el aire por encima de ella. Sabemos que los peces están siempre en guardia, ocultos a la entrada de una cueva o entre algas o aferrados a un coral, tratando de pasar desapercibidos. Su final podía ocurrir en cualquier momento y por mil y una causas, una boca más grande surgida de las tinieblas y adiós a todo. ¿Y acaso no ocurre igual con nosotros? Un accidente de coche, un ataque al corazón, una enfermedad grave, un contenedor que se desprende y nos cae encima, mi madre ni siquiera levantaría la vista, no notaría ni vería nada, solo el fin.

El viejo apoyó una mano en mi hombro.

No te preocupes, dijo. Tú estás a salvo.

Recuerdo bien que dijo eso. Que yo estaba a salvo. Siempre decía la frase precisa. Entonces le eché los brazos al cuello y le abracé fuerte. Necesitaba alguien a quien agarrarme. Sus cabellos como hierba reseca, los hombros huesudos, nada blando, tan acorazado como un caballito de mar e igual de feo, pero me aferré a él como si fuera mi particular rama de coral.