Acuario
Capítulo 30
En tan poco tiempo, el agua de la bañera se había enfriado, y ella estaba allí metida, probablemente cogiendo frío pero sin decir nada. Era peor aún que cuando me chillaba.
Tengo que sacarte de aquí, le dije. Perdona.
Mi intención había sido enjabonarla a fondo, pero pensé que bañarse en champú sería suficiente.
Tiré para sacarla y era un peso totalmente muerto. No pude secarla bien, tuve que arrastrarla chorreando todavía hasta la cama, hecha con las últimas sábanas limpias que quedaban. La acosté en mi lado y la fui secando con la toalla, lo último de todo la entrepierna, algunos puntitos marrones todavía, y después la hice rodar hacia el otro lado y la arropé con la sábana de arriba y la colcha.
Ya estás limpia y calentita, dije. Ahora duerme.
Ella cerró los ojos pero no dijo nada.
Cuando levanté la tapa de la lavadora y olfateé, me pareció que la ropa estaba limpia. Solo olí el detergente, pero eché un poco más, con otro chorro de lejía, metí también la toalla y puse la máquina en marcha otra vez. Luego me tocó vaciar la bañera y limpiarla, fregar el suelo. A continuación los platos.
Estaba agotada. Me fui a mi cama esperando no tener que despertarme rodeada de orines o de mierda. Debí de quedarme dormida al instante. Me despertaron unos golpes.
Miré el despertador. Eran ya las seis y media de la tarde, fuera estaba oscuro, se había hecho de noche y alguien llamaba a la puerta.
Mi madre no contestaba. Conseguí despertar del todo y me levanté para ir a verla. Estaba tal como yo la había dejado, no se había movido ni un pelo, y tenía los ojos abiertos.
¿Voy a abrir?, pregunté.
Ella como si nada. Fui a la puerta y dije:
¿Quién es?
Steve.
Qué alivio sentí al oír su voz. Steve podría romper el hechizo.
¿Dónde está tu madre?, preguntó cuando le abrí la puerta.
Parecía una persona normal, amistosa, que hablaba, que no fingía ser otro, una persona vestida y limpia, no meándose encima. Traía una bolsa de supermercado y una rosa.
En la cama.
¿En la cama? ¿Puedo verla?
Señalé la habitación con el dedo y él dejó la bolsa sobre la encimera de la cocina y fue para allá. Yo detrás.
Aquí huele mal, dijo. Como a mierda. ¿Qué ha pasado?
Mi madre no se había movido.
Márchate, dijo. Caitlin y yo estamos pasando el fin de semana juntas.
Hoy no has ido al trabajo, dijo él. He pasado por allí a mediodía y me han dicho que estabas de baja.
Márchate, haz el favor.
No es tan fácil. He decidido que no me voy a marchar, que no dejaré que me eches. Porque sé que tú quieres que me quede.
Caitlin, dijo mi madre. Tengo que hacer pis.
La llevé a rastras, desnuda, de la cama al inodoro.
¿Qué es esto?, dijo Steve. ¿Qué ha pasado? ¿No puedes andar?
Su voz tan baja que era solo aire. Estaba asustado.
Se encuentra bien, dije, esforzándome por hablar mientras la arrastraba. Solo quiere enseñarme lo que significó cuidar ella sola de su madre.
¿Qué?
Caitlin no se cree lo que yo viví. Quiere disfrutar de su abuelito y no se cree todo lo que ocurrió cuando nos dejó tiradas. Por eso se lo enseño.
Estás como una cabra. Y desnuda.
Vete a tomar por culo.
Esta vez me quedo.
Yo la tenía por fin sentada en el inodoro, y ella meó mientras Steve miraba desde la puerta.
¿Qué?, dijo mi madre. Me tiré años cuidando de ella. Nadie puede saber lo que fue eso, pero unos cuantos días no le harán daño.
¿Cuánto hace que dura esto?
Desde ayer, dije yo. Por la tarde. Después de hacer polvo el coche de él con la llave de ruedas.
¿Has visto a tu padre?
Si supieras…, dijo ella. Están haciendo planes los dos. Se supone que nos iremos a vivir a su casa, la pequeña familia feliz. Nuestro viejecito con pasta rescatando a Cenicienta. Él vuelve a trabajar de mecánico, va a ver peces con Caitlin al acuario y yo mientras tanto vuelvo a estudiar y en mi tiempo libre salto y brinco por el prado. A ti te toca hacer de príncipe. Caitlin lo tiene todo pensado.
¿Qué?
Él volvería a trabajar, dije. Estoy segura. Y ya nos dijo que podíamos vivir con él y así nos ahorrábamos el alquiler. Y que ella podría volver a estudiar.
Es como para pensárselo, dijo Steve.
Yo no voy a pensar nada, dijo mi madre.
¿Y por qué no? No te gusta nada tu empleo, y me consta que si te dieran la oportunidad podrías hacer algo mejor. Al menos piénsatelo, ¿no te parece?
Sécame.
Sequé a mi madre y luego la agarré por detrás otra vez.
¡Para!, chilló Steve. ¿Qué coño estáis haciendo?
Oh, sí, es terrible tener que llevar a una persona sana a rastras. Ahora imagínate si la persona se está pudriendo por dentro.
Steve nos siguió cuando fuimos otra vez al dormitorio.
¿Por qué huele tan mal?
No era exactamente este olor. En realidad olía a azufre, día y noche, como si las entrañas de la tierra se resquebrajaran, como si viviéramos en el infierno. Cuando hablan del Apocalipsis, a mí me viene a la cabeza la habitación de mi madre. Y siempre con alguna nueva tortura añadida por su parte, que si estaba enferma por mi culpa, que si había conseguido que todos nos abandonaran, que si no la quería…
Acosté a mi madre en la cama y la tapé con la sábana de arriba y la colcha.
Ahora dejadme sola. Haz la cena, Sheri.
¿La llamas Sheri?
Ya ves. Trato de domar esa cabecita egoísta.
Caitlin no es egoísta.
Es una niña, y los niños son egoístas. Además, ¿qué sabes tú? No has tenido hijos. Te lo explicaré. Para ella no somos reales. No tenemos sentimientos ni pensamientos que no sean en relación con ella. Ella no cree que existiéramos antes de su nacimiento. Por eso la obligo a vivir esa época, para que la experiencia forme parte de sus propios recuerdos. Entonces sí creerá.
Estás loca.
Como me lo digas otra vez, te rajo con un cuchillo.
Vale, perdona. Pero acaba ya con esto, ¿no? ¿Por qué no lo dejas correr?
Porque yo no pude ser egoísta.
Steve se arrodilló junto a la cama. Ella estaba acurrucada y él le puso un brazo encima.
Sheri, dijo. Te quiero y no pienso abandonarte. Y Caitlin siempre te querrá más que a nadie en el mundo. Siempre está pendiente de ti, y lo que tú puedas sentir en un momento dado es lo que determina si el mundo es bueno o está a un paso del fin. Es tu hija.
Apoyó la cabeza en la de mi madre, abrazándola, y vi que ella se retorcía entre las sábanas, breves sacudidas de llanto pero sin sonido alguno. Corrí hacia ella y la rodeé también con mis brazos.
Sheri, dijo él. Las cosas serían más fáciles para ti. No pongas trabas a eso.
Pero es que le odio tanto…
Quizá es porque le quieres. Algo que ha quedado…
Qué cabrón eres.
Vale. Estoy dispuesto a ser lo que tú digas.
Mamá, dije yo. Lo siento.
Noté que mi madre se convulsionaba en silencio otra vez y la abracé con todas mis fuerzas.
Lo sientes, dijo al fin. Después de las putadas que te he hecho. Bueno, supongo que con eso está todo dicho. Joder. No puedo creerme que ese pedazo de mierda vuelva a salirse con la suya. No es justo.