Acuario

David Vann · Capítulo 33 de 43

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Acuario

Capítulo 33

Mientras estábamos dentro, el viento había arreciado y ahora la nieve caía racheada, nubes de nieve que tapaban la vista un momento y desaparecían después. Formaba torbellinos alrededor de las farolas y los indicadores, tolvaneras blancas. Mi abuelo llevaba los papeles por dentro del abrigo y caminaba encorvado hacia delante con la barbilla remetida.

 

Mi madre abrió la puerta del lado del acompañante y nos miró. El motor de la camioneta al ralentí y la calefacción a tope.

Gracias, Sheri, dijo mi abuelo. Será un placer firmar los documentos. Gracias por darme esta oportunidad.

Tienes que firmar hoy ante notario. Y un abogado nos hará un contrato nuevo, que también deberás firmar.

No hay ningún inconveniente.

Faltaría más, joder. Consigues todo lo que querías.

Sheri, dijo Steve.

Muy bien. Pero nunca olvidaré lo que hiciste. Nunca olvidaré lo que eres.

Ni yo, dijo mi abuelo. Te lo aseguro. Sé muy bien lo poco que valgo. Nadie lo sabe mejor.

Yo sí.

Sheri, sé que nunca podré compensarte, pero de todas formas lo voy a intentar. Pondré la casa a tu nombre, todo mi dinero será para ti y para Caitlin. Te daré todo lo que soy y todo lo que tengo. No puedo ofrecerte más.

Mi abuelo a merced de la nieve y el viento, los brazos separados, haciendo su ofrenda a un dios.

Pues con eso no basta, dijo ella. Nunca será suficiente.

Luego se bajó y él dio un paso atrás.

Sube, Caitlin, dijo mi madre, echando el respaldo del asiento hacia delante.

Me monté detrás.

Síguenos, le dijo a mi abuelo.

Y luego volvió a subir y cerró la puerta. La ventana estaba empañada y no pude ver al abuelo.

Has sido muy dura, dijo Steve.

Tú te callas, dijo mi madre.

Vi que Steve apretaba las mandíbulas. Luego puso la primera y condujo despacio hacia la salida del aparcamiento, mirando por el retrovisor.

Debe de ser él, dijo. Un turismo de alquiler.

Entonces vamos, dijo mi madre.

Yo también tengo límites, dijo Steve.

Mi madre guardó silencio. Steve recorrió unas cuantas manzanas y aparcó delante de un Mail Boxes Etc. Entramos los tres y al poco rato lo hizo mi abuelo.

Ahora mi banco está cerrado, dijo. Pero el lunes vamos y pondré la casa a tu nombre. Tú ya constas en mi plan de pensiones y en el seguro de vida.

¿Ah, sí?, dijo mi madre. ¿Desde cuándo?

Desde hace años.

Llevas mucho tiempo, años, viviendo aquí en Seattle. ¿Por qué ahora?

Sheri, la verdad es que no te lo sé explicar.

¿Siempre has estado aquí?

No. Volví a Luisiana y estuve viviendo allí once años.

Pero ¿llevas aquí ocho?

Sí. Lo siento. Quise ponerme en contacto contigo nada más volver, pero sabía que estarías muy enfadada.

Ocho años.

Siento interrumpir, señores, dijo la notaria. Sin duda se estaba impacientando. Necesito que firmen ahora, si es que vamos a hacerlo. Son diez dólares por firma.

Mi abuelo firmó el contrato y en el libro de registro, y luego lo hizo mi madre. Nos quedamos esperando.

Si queréis, vamos ahora a mi casa, dijo mi abuelo. Y podéis mudaros cuando os venga bien, no hay ningún problema.

¿Has tenido otra familia?

Hijos, no. Eso no. Pero en Luisiana me volví a casar.

¿Y qué ha sido de ella? ¿Pilló un catarro y te largaste cagando leches?

Sheri, dijo Steve.

Mi madre lo fulminó con la mirada, pero esta vez se contuvo.

Me abandonó ella, dijo el abuelo.

¿Era más joven que tú?

Sí, casi veinte años.

Santo Dios.

No tiene por qué confesarlo todo, dijo Steve.

Si no pasa nada, dijo mi abuelo. He decidido no esconderme más. Estoy dispuesto a explicar lo que sea necesario.

Eres todo un héroe, dijo mi madre.

Veinte dólares, dijo la notaria.

Steve sacó su cartera.

No, dijo mi madre. Que pague él.

Pagaré yo, dijo Steve, y sacó un billete de veinte. Vámonos.

Esta vez seguimos nosotros al pequeño turismo blanco que mi abuelo había alquilado. Tomamos por East Yesler Way, dejamos atrás mi colegio, y un trecho más adelante giramos al norte por la avenida Veintitrés, pasamos el instituto y zonas residenciales y un centro comercial y una subestación eléctrica y luego torció a la derecha por East Pine. Casas grandes, individuales, mejor que donde vivíamos mi madre y yo.

Es bonito, dije.

Pasada una manzana, giró a la izquierda, por la Veinticuatro.

Más vale que no viva en una casa grande porque lo mato, dijo mi madre.

Ahora la casa es tuya, dijo Steve. Grande o pequeña.

Lo mato igual. Ocho años… ¿y dónde he vivido yo estos ocho años?, ¿o los últimos diecinueve?

Mi abuelo se desvió por un camino particular sin pavimentar. La casa era pequeña, preciosa, mucho espacio alrededor, una parcela muy grande. A ambos lados casas mucho más grandes, pero a mí la pequeña me pareció ideal.

Caray, dijo Steve. Estilo victoriano. Solo una planta, pero mucha personalidad.

Era azul oscuro, con detalles de color crema en las ventanas y el tejado a dos aguas, y una puerta azul cielo con marquesina. Parecía una casita de cuento.

Steve siguió al abuelo y aparcó la camioneta junto a los escalones de entrada. En uno de los lados otro tejadillo y una ventana salediza.

Sheri, dijo. Esto está muy bien.

Mi madre no dijo nada.

Mi abuelo empezó a subir los escalones, abrió la puerta principal y se quedó allí de pie bajo la nieve.

¿Sheri?, dijo Steve.

Esto está pasando muy rápido, dijo ella. ¿Unos pocos días y todo cambia? ¿De repente tengo una casa, no trabajo y voy a vivir con mi padre, que nos abandonó?

Nos quedamos esperando en la cabina, el aire se enfriaba. Al rato mi abuelo se metió dentro y cerró la puerta. Seguramente tenía ya mucho frío. Yo quería que saliera otra vez y se acercara a la camioneta, pero comprendí que no lo hiciera. Cerré los ojos deseando saber rezar, pero para mí no había un dios conocido, solo los peces. Quizá el mola mola, con su boca abierta en éxtasis, como había dicho el abuelo. Una sombra que se acerca apenas un momento y desaparece después. Presente, pero no visible.

Ayúdanos, se me ocurrió pedirle.

Luna creciente propulsada por aquellas grandes alas oscuras.

No es justo para mi madre, dijo mi madre. Si subo y cruzo esa puerta, será como si todo lo pasado no hubiera ocurrido nunca. Como si lo hubieran borrado. Y ella podría haber tenido un final mejor. Que él se marchara hizo que terminara su vida como peor persona. Si él hubiera estado allí, ella podría haber sido mejor.

¿Y no crees que a tu madre le gustaría que tú vivieras mejor que ahora?, preguntó Steve.

Mi madre no pudo responder. Yo le puse una mano en el hombro y ella subió el brazo y me la agarró con fuerza. Después expulsó el aire.

Está bien, dijo, de acuerdo. Gracias a los dos.