Acuario
Capítulo 32
Miedo. Con él me fui a dormir y con él desperté. Mi madre había encontrado otra manera de separarme de mi abuelo. Él se negaría a firmar, y así todo sería culpa suya.
Steve echándole una mano. Estuvieron con ello hasta bien entrada la noche y luego hasta el mediodía siguiente.
Tenemos que llamar a Shalini, dije yo.
Calma, dijo mi madre. Casi hemos terminado.
Ella y Steve sentados muy juntos a la mesa de la cocina, leyendo lo escrito en el portátil de él.
Creo que ha quedado bien, dijo Steve, echándose hacia atrás con las manos entrelazadas sobre la coronilla. Es una vida nueva. Para ti todo será diferente.
Perdona, dijo ella. Deja que acabe de leer. Tenía la nariz pegada a la pantalla, como si buscara algo, la boca abierta. De acuerdo, dijo al fin. Creo que vale. Se volvió hacia Steve, le dio un beso. Gracias.
Tenemos que llamar a Shalini, dije.
Que sí, que sí. La llamo, vamos a imprimir esto, pasamos por el acuario y buscamos una notaría.
Tú explícale que habrá otro contrato, dijo Steve, en cuanto un abogado le haya echado un vistazo a este. Pero yo lo veo bien.
Yo estaba como a un metro y medio de mi madre y Steve, pero no existía. A él le daba igual que no llamáramos a Shalini, le daba igual que mi abuelo se viera obligado a firmar, le daba igual que yo pudiera perderlo.
Shalini, dije.
Siempre jodiendo, dijo mi madre. Ahora la llamo. Se acercó al teléfono y buscó el número. Cuando alguien contestó en casa de Shalini, mi madre no se entretuvo en dar explicaciones.
Ha surgido algo, dijo.
Me pongo yo, dije, pero mi madre hizo un gesto para que no me acercara y luego colgó.
No pongas cara de pena. Vas a conseguir todo lo que querías.
Subimos a la camioneta de Steve, una Nissan de color rojo. Yo me acomodé como pude en uno de los asientos reclinables de la cabina doble, sentada de lado, los pies apoyados en unos altavoces compactos, la música rechinando a volumen alto, una especie de hard rock. «Black hole sun, won’t you come, and wash away the rain…».
Cuando pasamos de largo la salida para ir al puerto de carga, mi madre hizo una peineta.
Que os jodan, gritó, y Steve sonrió abiertamente.
Pasamos también de largo la salida para Gatzert y el acuario, y no mucho después nos desviamos y aparcamos, y cuando la música dejó de sonar, los oídos me zumbaban.
Será un momento, dijo Steve. Entro, lo imprimo y ya está.
¿Vives ahí?, pregunté.
Sí.
Quiero ver cómo es.
Steve sonrió otra vez.
Bueno, teniendo en cuenta que es como un palacio, creo que merece una visita.
Dentro era como un garaje, trastos por todas partes. Esquíes y cañas de pescar, cubos, botas de pescador, bicis, cascos, cuerdas. En la pequeña sala de estar un banco para levantar pesas ocupaba casi todo el espacio, compitiendo con los enormes altavoces del equipo de música. Bolsas del supermercado, llenas, la compra sin guardar. Una impresora sobre la mesa de la cocina, papeles amontonados, y Steve se sentó allí con el portátil, mi madre de pie detrás de él.
La vivienda olía como el mar, a agua salada y algas y podredumbre. Lo que olía más fuerte era una nasa de pescar cangrejos. Al lado redes y boyas.
¿Tú ya habías venido?, le pregunté a mi madre.
¿Yo? Claro.
¿Cuándo?
No sé. He estado varias veces.
Lo dijo sin mirarme. Fui al dormitorio, encendí la luz y era más de lo mismo, montañas de cosas por todas partes, una pila de ropa sucia, prendas negras en su mayoría. Cama sin hacer, y las sábanas tenían un tacto húmedo con el frío, no estaba puesta la calefacción. Olía a sudor y a desodorante. Mi madre había estado allí, pero ¿cuándo? ¿Mientras yo la esperaba después de clase? Y el día que estuve en casa de Shalini. Ahora podría venir siempre que le apeteciera.
Vamos, dijo Steve. Una diligencia nos espera, con mucho oro. Mucho dinero.
Ay, ay, ay, aaay, canturreó mi madre.
Estaban los dos excitados. Steve agitaba los papeles brazo en alto.
Nieve blanca cayendo y nieve sucia en el suelo cuando fuimos en el Nissan hasta el acuario, la música a todo volumen. Yo deseando que mi abuelo no estuviera. Quería salvarlo de los ladrones de bancos.
Dejad que entre yo primero, dije cuando Steve estacionó en el aparcamiento de enfrente.
Entramos todos juntos, dijo mi madre.
Por favor, déjame que hable con él. No entréis. Esperad aquí hasta que salgamos. Y yo le enseñaré el contrato.
Quizá deberíamos pegarle un tiro en cuanto haya firmado, dijo mi madre. Así nos quedamos con la casa y el dinero, y para él nada de nada.
Sheri, dijo Steve.
Vale, está bien. Le perdonamos la vida. Pero sigue quedándose con la mejor parte del pastel. Las cláusulas de este contrato nunca podrán ser lo bastante duras.
Yo creo que es buena idea que entre Caitlin sola, dijo Steve.
Está bien. De todas formas, no es que me pirre por verle otra vez.
Espíritu navideño, así me gusta, dijo Steve.
Creo que eso es lo que más me jode, que le caiga este regalo justo antes de Navidad.
Ya, pero tú el lunes no quieres ir a trabajar.
Eso es verdad.
Agarré el contrato que mi madre tenía en la mano y me apeé. No había señales del coche del abuelo, pero eso era de esperar, sabiendo en qué estado había quedado.
Entré a toda prisa. El personal del acuario pareció sorprendido de verme. Yo nunca iba por allí los fines de semana.
Lo encontré arrodillado ante un tanque, la frente muy cerca del cristal mirando a un trambollo peludo como hechizado, una suerte de comunión entre ambos. Pelusa rala en la cabeza del bullón, me hizo pensar en un viejo.
A ese pez nunca le ganarás a ver quién pestañea el último, dije.
Caitlin.
Me abrazó, la cabeza a la altura de mi estómago.
Ay, Caitlin. No pensaba que te vería hoy, y ayer estuve esperando, pero supuse que no habías podido venir.
No fui al colegio. Estuvimos en casa.
Se incorporó entonces, me tomó por los hombros y me miró.
Cuánto me alegro de verte otra vez. Creí que ya no te vería más.
Me atrajo hacia él y yo le rodeé con mis brazos.
¿Qué son esos papeles que traes?, preguntó. Había temor en su voz.
Un contrato. Mi madre ha dicho que podemos ir a vivir contigo y que ella volverá a estudiar, pero quiere dinero.
A ver, echemos un vistazo.
Fuimos hasta un banco, nos sentamos y él me cogió los papeles.
Siento lo de tu coche.
Es un coche y nada más.
Pero me dijiste que con ese motor llegarías hasta el final.
No importa. Oye, no leo bien con esta luz. Tendré que acercarme a un tanque. Busca uno que esté bien iluminado.
Lo guie hasta uno de peces ballesta. Parecían trabajos hechos con tiza azul para la clase de plástica.
Las Bahamas, dijo. No me importaría vivir allí. Una casita en la playa y todo el día nadando entre los peces.
Los peces ballesta pueden comer erizos de mar, dije. Soplan agua para darles la vuelta y luego picotean lo de abajo.
Cuando vayamos a bucear, tendremos que llevar walkie-talkies o algo así, para que me vayas contando cosas.
Mi abuelo se puso a leer el contrato, y yo nos imaginé a los dos en un paraíso tropical con palmeras y arena blanca, nadando en un agua luminosa y azul con nuestros walkie-talkies. Gorgonias violetas y coral cerebro verde, anémonas de mar naranjas y blancas y peces ballesta pintados de azul. Peces loro con dibujos de color turquesa o rojo. Tiburones nodriza durmiendo en el fondo unos encima de otros. Todo apacible y cálido y agradable, mi abuelo y yo pululando tranquilamente por allí.
Bien, dijo. Adiós a la seguridad. Tendré que volver a trabajar, y eso significa que no estaré aquí cuando salgas de la escuela. Claro que podría empezar a primera hora y así me daría tiempo. A lo mejor me lo conceden. La empresa y yo quedamos más o menos como amigos.
Lo siento, dije. Mamá es mala.
No, no, Caitlin. Soy yo el que no estuvo a la altura. Tu madre no ha hecho nada. Y considero que es una suerte tener otra oportunidad. El contrato no es más que dinero, y el dinero, al final, no vale nada. Toda mi vida ha girado en torno al dinero, y ahora que tengo una posición más o menos desahogada, me doy cuenta de que el dinero carece de importancia. Lo que cuenta es la oportunidad de estar contigo, y de aprender a conocer a tu madre otra vez. Me vería capaz de firmar cosas cien veces peores.
Entonces ¿lo vas a firmar?
Claro que sí.
No pude evitarlo, me puse a dar brincos. Él se rio y dijo:
Eso solo ya vale tres casas juntas.