Acuario
Capítulo 22
Corrí otra vez en busca de mi abuelo, corrí hasta que los pulmones me dolieron del frío y hasta notar que mis piernas se volvían frágiles, hechas de cristal. Aún nevaba, una capa de quince centímetros y tan etérea que mis pies se hundían como si la nieve fuera solo aire. La ciudad desvaneciéndose, todos los perfiles suavizados, el cielo lo mismo que la tierra. Solo quedaban farolas y ventanas, y el rastro oscuro que los coches dejaban en el asfalto.
Tuve que aflojar el paso para recuperar el resuello. El corazón a cien y la piel resbaladiza de sudor bajo la ropa. Yo no deseaba una vida de secretos, ocultarle cosas a mi madre. No me imaginaba viviendo así.
Era imposible saber dónde estaba el sol. La tenue luz una emanación que venía de todas partes a la vez, el mar desaparecido, la calle recortada en sus dos extremos y el cielo tan cercano que casi se podía tocar. El sonido de mi respiración.
Corrí otra vez, pero tardé una eternidad en llegar al acuario. Dentro hacía mucho calor y me quité el chaquetón.
Él estaba ante el tanque más grande, y en ese instante un banco de caballas vino hacia nosotros con las bocas abiertas, a la caza de plancton.
Mira, dijo mi abuelo. A través de la boca se puede ver el agua que hay detrás. Esas bocas no van a ninguna parte.
Yo nunca me había fijado. El alimento no les llegaría al estómago. Estarían siempre hambrientas, venga a comer y sin encontrar nada.
Algo falla, dije.
No lo entiendo, dijo él. ¿Con qué comunica la boca?
Lo que vi fueron distintas partes de un pez errando por los océanos cada cual por su lado. Una de aquellas bocas abiertas afanándose por la infinita masa de agua sin un cuerpo detrás, una cola a modo de bumerán lanzándose a sí misma por el vacío espacio azul, un ojo flotando suelto. ¿Y si todo estaba por terminar? ¿Y si todo se había creado incompleto?
Están vivas, dijo mi abuelo. Y nadan muy rápido, o sea que todo les debe de funcionar, pero no entiendo cómo. Y, por cierto, ¿qué es el plancton? Parece cosa inventada, de cuento de hadas. Imagínate una enorme ballena tragando nada con la boca abierta pero al final ahíta.
Yo creo que no están completas, dije. Yo creo que nada está completo.
¿A qué te refieres?
Me sentí abrumada.
No lo sé, dije.
Me parece que entiendo lo que has querido decir. Pensamos que el mundo es como es, que ya está hecho, pero en realidad todavía está en evolución. Dentro de un millón de años, las caballas tendrán una especie de globo abriéndose al estómago a juego con la cabeza.
No, no me refería a eso, dije.
¿Entonces?
A que todavía no estamos montados del todo. Faltan partes.
Así que la primera versión no está terminada, ¿eh? Tampoco es que vaya a haber otras versiones, pero resulta que la primera aún no está completa. ¿Va por ahí?
Sí.
Mmm. Lo entiendo, pero creo que no es verdad, Caitlin. Yo creo que estamos bien hechos. Que estamos terminados. Bueno, llevamos una vida que es un desastre, pero creo que tenemos todo lo que necesitamos.
Las caballas se habían alejado mucho, estaban al fondo del tanque, un grupo de sombras pálidas, efectos ópticos, apenas motas de polvo en el aire. El mar una gran ceguera, demasiado espeso, formas visibles solo en primer plano. Sin previo aviso.
Se aproximó un grupo de bacalaos, pegados a las piedras y algas del fondo, achatados y lentos, sin rumbo fijo, de un marrón amarillento, ojos opacos. Algo así como siluros de mar, esperando solo a ser comidos. Las placas redondas en la cabeza, blindaje, labios gruesos y tristes, un barbillón blanco para localizar alimento en la arena. Quizá sí estaban completos, pero ¿con qué fin?
¿Qué son?, preguntó mi abuelo.
Bacalaos.
Buena cena. No sabía que tuvieran esa pinta. Tan amarillos que el agua a su alrededor parece teñirse también de ese color. No me habría fijado en ellos si tú no llegas a mirarlos.
Levanté la vista hacia donde las caballas estaban dando la vuelta, cabezas plateadas con la boca bien abierta, y sí que el agua a su alrededor brillaba más, era más azul, como decía él.
Tienes razón. Los bacalaos hacen que el agua se vea turbia y amarilla.
Las caballas eran muy veloces, rizos de luz con franjas negras, desaparecieron en un instante.
A la mayoría de estos peces ni siquiera los vemos, dijo mi abuelo. Viene alguien al acuario y se pone a mirar los tiburones, o los cangrejos reales, se fijan en los vivos colores, pero la mayoría de los peces pasa desapercibida, todo lo gris o marrón, todo lo que es lento.
Es verdad, dije. Yo nunca he visto que nadie mirara tanto rato a los bacalaos.
Y los bacalaos estarán aquí para siempre. En cambio, las caballas parece que traten de huir. Como si estuvieran buscando la salida. Probablemente la encontrarán. Pero a los bacalaos no les importa. Están dispuestos a creer que el acuario es el mundo entero. Comerán ellos o nos los comeremos nosotros, es lo mismo.
Me dan pena, dije.
Y a mí. Se les ve tristes. Me parece que no puedo seguir mirándolos. Vayamos a ver otra cosa.
Ya sé adónde podemos ir, dije. Al primer piso. Este mismo tanque, pero arriba del todo, son aguas abiertas. ¿Tú has visto el mola mola?
No sabía que hubiera otro piso en el acuario.
Me puse tan contenta que me entraron ganas de brincar. Podía enseñarle algo nuevo a mi abuelo.
Venga, démonos prisa, dijo. Me muero de ganas de verlo.
Subimos por una pasarela oscura y estrecha provista de ojos de buey, como un submarino.
No mires, dije. Tienes que cerrar los ojos hasta que yo te diga.
Lo tomé de la mano y lo guie hacia el cuartito que daba a un azul oscuro e infinito. Sin formaciones rocosas, sin algas, sin bacalaos ni otros peces de aguas profundas, donde hasta las caballas, las albacoras y los tiburones apenas si se demoraban en sus rondas. Pero al mola mola le encantaba yacer plano en la superficie, expuesto al cielo, con un ojo mirando hacia lo alto. Luego se sumergía y nadaba a ras de agua por todo el perímetro del tanque con su extraño y serpenteante deambular. Mi abuelo aguantaba paciente con los ojos cerrados. Yo esperé hasta que el pez se situó delante de nosotros.
Ábrelos, dije.
Oh, exclamó. Madre mía. Es como mirar la luna.
Y entonces pude verlo yo también. Un cuarto creciente blanco, y la cara mirando hacia arriba.
Esa boca, dijo mi abuelo. Y el ojo blanco. No es el de verdad, que está en la parte oscura, pero esa cosita blanca que tiene justo delante forma otra cara. El ojo de verdad mira con miedo, mientras que con el otro está viendo a Dios, mira extasiado los cielos.
El mola mola giró para alejarse coleando, solo veíamos ya la cara oculta de la luna, negros cráteres y gargantas desvaneciéndose en el azul más oscuro a golpe de poderosas aletas que normalmente no nos es dado avistar, lo que propulsa a cada planeta y cada luna.
Caitlin, dijo mi abuelo. Esto ha sido poco menos que una revelación. Gracias.
Me atrajo hacia él y nos quedamos mirando la sombra que giraba en círculos, esperando a que su órbita se nos acercara otra vez.