Acuario
Capítulo 28
Farolas encorvadas, tenues conos de luz y espacios oscuros entre una y otra. Apreté el paso por la acera, el mentón remetido y las manos hundidas en los bolsillos. El frío enseguida un dolor sordo en las piernas. Casi me notaba los huesos.
Pensé que estaría todo en calma, que no habría nadie más despierto, pero pasó una furgoneta blanca, y después otra, y un coche en sentido contrario. Camino de Boeing Field, pensé, allí debían de madrugar.
No sabía dónde encontrar una tienda abierta. Iba buscando un 7-Eleven o una estación de servicio. Mi madre quería un analgésico y algo que le quitara las ganas de vomitar. Me dijo que ella hacía estas salidas nocturnas cada dos por tres.
Corson Avenue South se había convertido en parte de un campo blanco indistinguible de las aceras, los patios delanteros y los aparcamientos salvo por la doble hilera de luces y por las delgadas huellas negras que los escasos coches dejaban a su paso. A la altura de South Harney Street crucé para ir a Airport Way South, pensando que allí habría comercios o alguna estación de servicio, pero solo encontré almacenes sin ventanas, complejos de oficinas, varios bares cerrados. Una panadería, pero incluso eso estaba cerrado aún. La interestatal 5 un corredor de luz, camiones llegando temprano a la ciudad, venidos de cualquier parte.
No sé por qué, pero no tuve miedo. Quizá fue por la nieve. Llegué otra vez a Corson, en la parte alta de Airport Way, a la altura de un paso elevado que parecía una pista de aterrizaje. Camiones viejos, herrumbrosos y abollados, coches destrozados al otro lado de la calle, siempre podía hacer falta alguna pieza de recambio. La calle, bajo el paso elevado, oscura como una cueva, pero me metí dentro y no encontré a nadie. Más allá un parque, protegido por una cerca de alambre. Seguí por Corson en dirección a casa. Entonces vi que alguien venía hacia mí, otra persona encorvada y arrebujada, apresurándose al verme, y yo me detuve, confusa, sin saber si debía echar a correr, pero mi madre gritó:
¡Caitlin!
Me quedé donde estaba. No corrí hacia ella. De hecho, miré a mi espalda, hacia la cueva bajo el paso elevado, el instinto de huir. El ímpetu de ella, su peso, nieve saliendo disparada conforme sus botas araban el suelo. Una silueta salida de un cuento, dispuesta a rescatar o a destruir. Como si viviéramos en el bosque, sin asfalto bajo el manto blanco, el paso elevado la curva de una montaña, recubierta de peñascos. Cada almacén una oscura arboleda con campos en medio, pequeños claros. Y yo no era lo bastante veloz. No podía moverme. En los cuentos, nunca puedes escapar.
Me alcanzó y me rodeó con sus brazos.
Caitlin, dijo. Mi pequeña. Perdóname. Besándome la frente y acunándome. No debes estar aquí.
Hay lobos, podría haber añadido. Pero lobos no había.
Yo solía ir andando por la autovía, dijo. De día o de noche, sola. Ni siquiera puedo pensar en ello. Hace que me vuelva loca. No vengas por aquí nunca más, ¿entendido?
Sí, dije.
Hay hombres por aquí. Siempre hombres. Te violarían. Nos violarían a las dos, si nos encontraran ahora. Tenemos que volver.
Me agarró de la mano y corrimos juntas por la nieve, como si una jauría de hombres nos pisara los talones. Subimos las escaleras a toda prisa y mi madre sacó las llaves y abrió la puerta y por fin estuvimos a salvo, dentro.
Todo lo malo de este mundo es por los hombres, dijo mi madre. Es algo que debes saber. La violencia, el miedo, la esclavitud. Todo lo que nos aplasta.
Nos sentamos en el suelo de la cocina, la espalda contra la puerta a modo de barricada. Las luces apagadas, para que nadie nos viera.
Lo siento, dijo. He ido demasiado lejos. No le cuentes a nadie que te envié a comprar bajo la nieve. De noche, y en un sitio como este. Y no le cuentes a nadie que te hundí la cabeza en el agua. Eso no se lo digas a nadie.
No lo haré, dije yo.
Y pensé: ¿A quién se lo voy a contar? Solo a mi abuelo o a Shalini, y a él no se lo contaría porque quería que se llevara bien con mi madre. Así pues, solo quedaba Shalini, ¿y cuándo volvería a verla? De repente la eché de menos con un dolor profundo y hueco en el pecho. Deseé tenerla encima de mí, besarla y sentir su piel en la mía. Y deseé poder decírselo a mi madre.
Echo de menos a Shalini.
Pues hoy no vas a ir al cole.
Pero hoy es viernes. Eso significa que no la veré hasta el lunes.
No me lloriquees. Tienes que acostarme y procurar dormir un poco. Te queda mucho trabajo por delante.
Shalini es la mejor amiga que he tenido. Es diferente de todas las demás.
Me importa un bledo Shalini. Dentro de un año te habrás olvidado de ella por completo. O quizá dentro de una semana. Concéntrate. Tú ahora eres Sheri. Vas a aprender lo que es el agotamiento y la desesperación.
De Shalini nunca me olvidaré.
Vale, sí. Tienes doce años. Ahora todo te parece importantísimo. Cosa de vida o muerte, el mundo entero conteniendo la respiración. Venga, llévame a rastras a la cama.
Me puso furiosa, pero mi madre tenía el poder de hacer que yo no viera nunca más a Shalini ni a mi abuelo. Su poder era ilimitado. Ella podía decidir que nos mudáramos a otra parte del país. O desaparecer para siempre. No me quedó más remedio que agacharme y tirar de ella hacia el dormitorio.
No tengo que volver al trabajo hasta el lunes, dijo. Queda todo el día de hoy y otras tres noches. Es lo máximo que puede durar. Más vale que aprendas rápido.
Ni Shalini, ni colegio, ni acuario, ni abuelo. Me lo quitaba todo. Noté la espalda tensa, rígida por el esfuerzo de arrastrarla. Y cuando llegamos a la cama, tuve que levantarla en vilo y caímos las dos sobre el colchón.
Duerme, dijo ella. Duerme mientras puedas. Olvida dónde estás y olvida la montaña de los días. Todos ellos enormes, perdida en un bosque sin fin, pero entonces la linde volverá a aplanarse y estarás caminando por lo que antes fue cielo y ahora es solo lecho de otro bosque, una capa más, y puedes sentir el peso de todas esas capas, cientos de ellas. Imagínate una hormiga que trepara por sucesivos túneles y la montaña no acabara nunca. Piensa en eso. Más de mil días, y cada uno interminable.
Mi madre boca abajo, bostezando ahora contra la almohada, durmiéndose. Ella no había abandonado aquella montaña de días. Su madre murió, pero el bosque no había terminado ahí. Liberarla era lo que yo más deseaba.