Acuario
Capítulo 23
Apretamos el paso bajo la nieve por Alaskan Way. Anochecía, una luz difusa, tráfico denso avanzando al paso, neumáticos con cadenas algunos, otros con tachuelas. Migración infinita.
Mi abuelo ligero de pies, quizá más joven de lo que aparentaba. Me abrió la puerta del copiloto, rodeó el coche y se sentó al volante. Giró parcialmente la llave hacia la derecha, no pasó nada.
Bujías de incandescencia, dijo. Calientan el motor veinte segundos.
Giró la llave el resto del recorrido y el motor arrancó. Sonido de tractor al ralentí. Esperé sentada mientras mi abuelo salía a limpiar la escarcha del parabrisas.
Ojalá pudiéramos quedarnos en el acuario, dije cuando volvió adentro, respirando por la boca.
Y que lo digas.
Me gustaría vivir allí. Podría tener la cama en el pasillo y mirar los peces antes de dormirme.
Yo querría estar en ese cuarto de arriba con el mola mola, dijo él, sin aliento. Me haría monje y oraríamos los dos juntos, mirando hacia el cielo.
Lo llaman pez luna, pero a mí me gusta más mola mola.
A mí también, dijo el abuelo. Mola mola suena a dios. A un dios benévolo.
Tomamos por Yesler a paso de tortuga, y yo no quería despedirme de él.
Ojalá pudieras venir a nuestra casa, dije.
Sería estupendo, pero hemos de darle tiempo a tu madre. Me porté muy mal abandonándola. No merezco que me perdone, pero aun así espero que llegue ese perdón, aunque solo sea porque deseo conocerte y también conocerla mejor a ella. Quiero formar parte de una familia. Solo tenemos una vida, así que debemos confiar en ser perdonados.
Cuando llegamos a Gatzert, nevando todavía, vi que había un coche junto al bordillo con las luces encendidas. El de mi madre.
Oh, no, dije.
Tranquila. Esto tenía que pasar antes o después.
Mi abuelo aparcó y ella bajó del Thunderbird vestida con el mono de faena, manchado de aceite. Otro mecánico, se me ocurrió de repente, igual que él. Mi madre con la cabeza descubierta, el pelo suelto y enredado.
Me da igual lo que diga, le susurré al abuelo.
Caitlin, ve con tu madre. No pasa nada.
Abrí la puerta de mi lado y me apeé con la mochila del cole.
Sube, Caitlin, dijo mi madre.
Parecía brillar a la luz de los faros y con la nieve cayendo, el pelo alborotado, una diosa del invierno. Y tan pronto como me moví, ella se plantó en dos zancadas junto al coche del abuelo y dio una patada a la puerta del conductor.
No, chillé yo, pero ella volvió a hacerlo, más fuerte esta vez.
Él, mientras tanto, permanecía sentado, mirándola.
Volví corriendo e intenté detenerla, intenté agarrarla de un brazo, pero ella me tiró al suelo de un empujón, manos y rodillas húmedas en la nieve sucia, y siguió dando puntapiés con la bota de puntera metálica, abollando el coche. Una forma azul oscuro encorvada y enloquecida.
Basta, mamá. Por favor, para.
Pero ella no estaba para escuchar, la rabia le podía. De repente se subió de un salto al capó y empezó a brincar, la chapa cediendo bajo su peso. Tremendas abolladuras. Después se encaramó al techo del vehículo y se puso a saltar con las rodillas bien altas para hundirlo. Una furia con botas caída del cielo, no menos primaria que eso. Aquello no era mi madre. Era algo totalmente desconocido para mí. Más cólera dentro de lo que yo jamás habría podido imaginar.
Mi abuelo con las manos apoyadas todavía en el volante, mirándome, y yo a gatas en la nieve. No pensaba moverse de donde estaba. Que ella rompiera todo lo que le diese la gana. Tenía una expresión muy triste, cuevas en lugar de ojos. El impermeable puesto, y debajo un blazer oscuro y una camisa. Siempre le veía bien vestido. Como para ir a la iglesia. Esperando pacientemente a que empezara la misa.
Ella se había puesto a chillar mientras seguía pisoteando el techo.
No quiero volver a verte, hijo de puta.
Saltó sobre el maletero y resbaló. Debía de haber hielo en la chapa. Aterrizó de espaldas sobre el parabrisas trasero, rodó y fue a caer en la nieve sucia de la acera.
¡Mamá!, grité.
Mi abuelo bajó rápidamente la ventanilla.
¿Sheri?, dijo. ¿Estás bien?
Pero ella se levantó, ilesa, un costado ahora empapado y más oscuro. Echó una pierna hacia atrás y descargó una patada contra una de las luces de freno. Ruido de astillas, plástico y cristal. Sorda explosión de la bombilla.
Qué detalle por tu parte preguntármelo, dijo. Unos diecinueve años demasiado tarde, quizá. Pero gracias por pensar en mí.
Dio un puntapié a la otra luz de freno.
¡Para!, grité.
Espero que el coche te guste, papá, dijo. Espero que le tengas cariño.
Sheri, lo siento.
Ahórrate eso.
Mi madre pasó junto a la ventanilla bajada, se plantó ante el coche y pateó uno de los faros delanteros, pero no consiguió romperlo.
Coño, dijo. Botas con puntera metálica. Deberían servir.
Lo intentó de nuevo, pero nada.
Al carajo.
Fue hacia su coche, y yo pensé que nos iríamos, que había terminado, pero lo que hizo fue tocar un mando, ir atrás para abrir el maletero, iluminado por los faros del coche del abuelo, y sacar la llave de ruedas.
Sheri, por favor, dijo él.
Bien, dijo mi madre. Veo que te importa.
Yo la observé y nada más, igual que hizo mi abuelo. Como un acuerdo tácito de que ella estaba en su derecho, o que era inevitable. Descargó el hierro contra un faro y este explotó. Mi madre lanzó un grito animal, sin palabras, un alarido, y luego hizo añicos el otro faro, continuó golpeando la carrocería por el lado del copiloto y reventó la ventanilla. Él levantó una mano para protegerse de los cristales que salían volando, pero solo eso. Se limitó a esperar mientras ella hundía la siguiente ventanilla, un fuerte estallido en el crepúsculo y ningún interés por parte de los vecinos, tampoco ningún vigilante de la escuela, los tres a solas bajo la nevada. Continuó hasta la ventana de atrás y la hizo añicos golpeando primero desde un lado y luego desde el otro.
Jadeaba y tuvo que tomarse un respiro, brazos y llave de ruedas en el techo del coche del abuelo.
Lo siento de veras, Sheri, dijo él. Si pudiera volver atrás, lo haría. Pero creo que ahora puedo ayudarte. Tengo un poquito de dinero, una casa. Puedo echaros una mano, a Caitlin y a ti. Si quieres os instaláis en casa, no tendrás que seguir pagando alquiler. Yo podría cuidar de Caitlin por las tardes, y así tú dispondrías de tiempo para hacer lo que quisieras.
Mi madre se apartó del coche y se quedó allí plantada con el hierro colgando de una mano. Creí que le iba a atizar, pero no. Sonreía.
Conque eso piensas, ¿eh? Que ahora seremos una familia feliz. Cambias la esposa moribunda por la nieta y bien está lo que bien acaba, ¿no? Precisamente ahora que viene la Navidad.
Descargó un rápido mandoble y él lo esquivó por los pelos. El hierro destrozó la parte de ventanilla todavía subida.
¿Y encima te crees que puedes utilizar a mi hija en mi contra?
Lo siento, dijo él.
Estaba llorando, unos sollozos horribles, de soledad.
Mamá, supliqué.
No. Tú en esto no te metas.
Arremetió contra el parabrisas delantero, cada golpe un grito, abriendo agujeros en el cristal, la superficie estrellada a la luz de las farolas, cediendo. No dejó de gritar hasta que hubo destruido el cristal y luego la emprendió con el salpicadero y el volante. Mi abuelo tumbado en el asiento corrido, yo no podía verle, solo oía su voz, parecía muy confuso.
Deja que te cuente lo que va a pasar, dijo mi madre, respirando con dificultad. Nos vas a dejar en paz o en serio que te hago daño. No vas a volver a ver a Caitlin nunca más. Te haré daño. Y por mí te puedes quedar en tu casa con tu dinero y morirte solito. Nadie estará allí para ayudarte, a nadie le importará. Te pudrirás en esa casa hasta que el hedor alerte a tus vecinos, y luego te meterán en un hoyo y allí no va a haber nadie, ni visitas ni nada. Eso es lo único que te mereces.
Golpeó el retrovisor lateral hasta arrancarlo de la carrocería. El espejo cayó al suelo.
Que tengas un buen viaje de vuelta.
Mi madre tiró por fin la llave de ruedas al maletero y cerró el portón con violencia.
Caitlin, dijo, sube ahora mismo.
Pasé junto al coche pero el abuelo no me vio, seguía tumbado en el asiento. Las luces del salpicadero convirtiendo en un acuario el interior de su coche, trocitos de vidrio de seguridad flotando en olas de guijarros brillantes, azul cielo, un océano vuelto frágil y quebrado, onda expansiva de sonido o de algo más, repentino y devastador. ¿Qué podía hacer él sino permanecer en el fondo y esconderse?