Acuario

David Vann · Capítulo 29 de 43

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Acuario

Capítulo 29

Sheri.

Al principio no entendí, pero luego supe que era mi madre que me llamaba.

Sheri.

Abrí los ojos con esfuerzo y enseguida noté olor a orines, y a algo más. El horroroso y apabullante olor a mierda, allí presente, en nuestra cama.

¡Ah!, jadeé. Creí que iba a vomitar.

Límpiame, Sheri. Mira que dejar que tu madre muera en su propia mierda, como un animal…

¡Basta! No sigas con eso.

Ojalá pudiera. Ojalá pudiera dejar de morirme, te lo aseguro. Ojalá te murieras tú y no yo. El cáncer empezó por ti.

¡Estás loca!, grité.

Había saltado ya de la cama y salí corriendo de la habitación.

Vas a venir ahora mismo a limpiar esto.

Abrí la puerta y salí a la calle en ropa interior. Seguía nevando. Todo cubierto por un manto salvo los laterales de los edificios, y delgadas huellas en la calle. La montaña de barreras de tráfico todavía naranja. Tragué aire frío a bocanadas, los pies descalzos me dolían ya. Podía correr, sí, ir corriendo a casa de cualquier vecino y refugiarme en la del primero que me acogiera.

¡Sheri! No me hagas oler esto. Es repugnante. Pero ¿qué has hecho?

La piel tirante, todo el calor extinguido. Mi cuerpo flaco y pálido tiñéndose de rosa. Un largo camino, a simple vista, desde la cabeza hasta los pies. Qué cosa tan rara, un cuerpo, tanto su forma como lo frágil que era, vulnerable.

Fui derecha al cuarto de baño, me envolví las dos manos en papel higiénico y de vuelta en el dormitorio retiré la sábana encimera. Mi madre se había movido y tenía toda la parte de atrás embadurnada de mierda. Noté una primera arcada, pero pude contenerme. Agarré dos puñados, barriendo la sábana con mis mitones de papel higiénico, y los llevé al cuarto de baño. Tiré de la cadena, me envolví las manos otra vez.

No quería tocarla, pero tuve que ahondar entre sus piernas, y estaba la inclinación respecto a la sábana, y además el papel higiénico era demasiado fino.

No frotes tan fuerte, dijo. Me haces daño.

Procuré limpiar con suavidad la cara posterior de sus muslos y el culo y la entrepierna y la sábana, pero no había manera de dejarla limpia y el olor no se iba ni a tiros.

Toallitas infantiles, dijo mi madre. Toallitas infantiles y luego polvos de talco para bebé. Tienes que ir a comprar eso, o conseguirás que me salga un sarpullido.

No pude decir nada. Seguía tratando de no vomitar, la boca bien cerrada. Cogí una toalla de manos, la empapé de agua tibia y luego la escurrí bien. Empecé a limpiarla y ella se quejó.

Me haces daño, Sheri, caray. Al final me arrancarás la piel.

Yo hice caso omiso, enjuagué la toalla en el lavamanos, una cosa increíblemente sucia, algo que jamás pensé que tendría que ver, pringándome las manos, y luego volví al dormitorio para repetir la operación hasta que la dejé limpia. Saqué las esquinas de la sábana bajera, la empujé a ella con cuidado hacia el otro lado de la cama e hice una pelota con la sábana.

Lo de hoy pero cien veces, dijo ella. ¿Te imaginas? He dicho cien, ni una menos. La mierda va empapando el colchón. No hay modo de eliminar el pestazo. Pruebas con lejía y jabón y champú, una vez hasta con gasolina. Hay dos camas, y al principio simplemente le das la vuelta al colchón de ella. Después usas el tuyo, por un lado y por el otro. Pero eso no ha hecho más que empezar. Pasa otras muchas veces. Si tuvieras dinero, comprarías pañales para adultos, pero no es el caso. Intentas fabricar unos con toallas, pero no hay goma elástica y la cosa se desborda. Y casi siempre es diarrea. Una especie de baba marrón, grumosa, con trocitos rojos, a veces sangre. Y huele a azufre. No como mi mierda de ahora. Esto no es nada, en comparación. Esto es saludable. Pero cuando alguien está enfermo, ese olor a azufre, el olor de la pólvora o de los huevos podridos, ese olor lo invade todo, y es lo que impregnaba los colchones, olor a enfermedad y a muerte.

Lo siento, dije.

Hazte cargo. Ese olor me acompañó durante años cada vez que me acostaba. Mi cama debería haber estado aparte. Alguien debería haberme ahorrado todo aquello. Y es precisamente lo que él no hizo, ahorrarme aquello. No se me ocurre mejor manera de decirlo.

Me hago cargo. Y él debería haber estado allí, en vez de marcharse.

Bien, Caitlin. Muy bien.

Nada que él pueda hacer te compensará por lo que tuviste que pasar.

Exacto.

Aguantaste cosas que nadie debería aguantar.

Sí.

Lo perdiste todo, y es algo que no se puede recuperar. Tu vida nunca será lo que debería haber sido.

Mi madre se incorporó entonces.

Caitlin. Estoy orgullosa de ti. Eso es bueno.

Y tu madre murió sin su marido. Él cometió un crimen.

Sí.

Y eso ya no puede remediarlo, porque su mujer murió.

Sí.

Es un monstruo. No tiene perdón. Se merece el odio. Merece no tener nada y morir solo.

Caitlin. Sí.

Mi madre parecía entusiasmada, como si acabáramos de descubrir algo, como si hubiéramos emprendido una aventura.

Pero aun así es mi abuelo.

Se dejó caer otra vez sobre la almohada. Yo me quedé allí de pie, esperando, pero mi madre no dijo nada.

¿Me vas a gritar?, pregunté.

En la habitación luz gris de día. La espalda de mi madre casi del mismo blanco que el colchón, tendida en su cama diecinueve años atrás, cuando ella era yo. Esperé.

En el reloj era casi la una.

Voy a preparar la comida, dije.

Metí las sábanas en la lavadora junto con las otras y seleccioné el programa de máxima potencia. Puse el detergente y añadí un poco de lejía. Aquello iba a ser un batido de mierda, y di por hecho que tendría que lavarlas un par de veces más. Llené un cubo con agua y un buen chorro de lejía, cogí otra toalla pequeña y me puse a fregotear la mancha de la cama. Mi madre no abrió la boca. Cuando hube terminado, no acerqué la nariz para oler. Pero olí a mi madre. No estaba limpia del todo.

Te prepararé la bañera.

No hubo respuesta, pero yo fui al cuarto de baño y esta vez procuré acertar con la temperatura. Eché un poco de champú al agua.

Fui a la cocina y busqué algo que fuera rápido. Encontré unas latas de chile. Podía enfrentarme a ella. Me sabía lo bastante fuerte como para eso. Capaz de aguantar hasta el lunes. Abrí las dos latas y vertí el contenido en un cazo, lo puse a fuego lento.

Fui a ver a mi madre. No se había movido. Los ojos abiertos, sin dormir, como un autómata.

Cuando el baño estuvo listo, la empujé hasta ponerla boca abajo sobre la parte central del colchón, me coloqué detrás para pasar los brazos y levantarla. Menos de veinticuatro horas y ya teníamos unas pautas repetidas. Mil días seguidos se me antojó una tortura. No quería saber lo mal que lo había pasado mi madre entonces.

La introduje en la bañera, coloqué sus flácidas piernas y brazos y cabeza y ella se quedó mirando hacia abajo, al agua, pero no me pareció que pudiera hundirse.

El chile ya estaba caliente y le llevé un bol. No levantó los brazos, de modo que le fui dando cucharadas y ella se limitó a abrir un poco la boca y masticar, como un zombi medio resucitado. Normalmente habría estado trabajando a aquellas horas, bajo la nieve y los reflectores, en su puesto fronterizo dominado por estrépito de metales y acelerones de motor diésel funcionando todo el año sin parar, tanto de día como de noche. Un sitio donde ella ya no era ella, sino solo un cuerpo ejecutando tareas, una especie de robot que recordaba a una persona. En la bañera, sin embargo, era todo lo contrario, muerta por fuera y abismada dentro de lo que solo podía ser ella, recordando cosas.

Cuando se terminó el bol, yo me fui a la cocina a comer. Intentaba imaginarme a mi abuela. No teníamos fotos. Mi madre lo había borrado todo. El silencio adueñándose de la casa, días y días sin cruzar palabra. Yo la veía mayor. No me la imaginaba con la edad de mi madre. Rostro arrugado, y no pude imaginarla cruel, solo triste. Sonreía al decir que sentía estar muriéndose, que lamentaba irse y no poder ser testigo de cuanto sucedería en años venideros, que lo sentía por todo cuanto no iba a ser posible. Esa fue la única abuela que me vi capaz de imaginar, una mujer apenada y todavía llena de amor.