Acuario
Capítulo 35
Mi mochila, la maleta, una caja con lo de la cocina y las bolsas de basura donde iba la ropa de mi madre. Nada más. Eran todas nuestras posesiones, sin contar el coche de mi madre. La tele y los muebles viejos los venderíamos.
No necesitábamos tres coches para la mudanza. Cabía todo en el asiento de atrás y el maletero del nuestro. Pero arrancamos, mi abuelo en cabeza, detrás mi madre y yo, Steve el último. Por Alaskan Way y luego hacia East Madison, una autovía. Tomamos la salida de East Olive. La casa del abuelo estaba a solo una manzana o dos de concesionarios de coches, bloques altos de pisos y la autovía, muy cerca de un YMCA, un barrio no mucho mejor que el que dejábamos atrás, pero te metías en su calle y era otro mundo. Estaba un poquito apartada, las casas más próximas también eran bonitas y había árboles suficientes como para protegernos de los vecinos. Un pequeño paraíso. Y, sobre todo, no pasaban aviones atronando al poco de despegar.
Mi madre aparcó en el camino de entrada detrás de mi abuelo, pero no apagó el motor.
No sé si me veo capaz, dijo. Lo estoy intentando por ti, Caitlin. Estoy haciendo un esfuerzo porque sé lo mucho que has deseado tener más familia.
Gracias, dije.
Y más cosas le habría dicho, como que ella ganaba una casa gratis, que mi abuelo renunciaba a todo y accedía a todo, pero no me atreví.
Nosotras tampoco estábamos tan mal, dijo. Siento no haber podido comprarte una flauta, aunque lo necesario siempre lo tuviste. Será bonito tener más cosas, pero a ti nunca te ha faltado lo necesario.
Mi abuelo pasó de largo sin atreverse a mirarnos. Subió los escalones y abrió la puerta.
Muy bien, dijo mi madre, apagando el motor. Vamos a ver qué pasa.
El día frío, el cielo como un techo bajo, blanquecino, pero dentro de la casa se estaba muy bien.
Bienvenidas a vuestro nuevo hogar, dijo mi abuelo, y me guiñó un ojo.
Fue igual que cuando Charlie hereda la fábrica de chocolate y por fin Willie Wonka se vuelve simpático después de haber sido tan malvado, aunque mi abuelo nunca fue malvado. Pero la sensación fue exactamente la de heredar de pronto el mundo entero y ver abrirse un sinfín de posibilidades, borrados todos los límites y la pobreza y el miedo.
Fui a mi cuarto y cerré la puerta. Quería tenerlo un momento para mí sola. Hasta la iluminación era cálida. Una pequeña araña en el techo y una lámpara de pie en un rincón, junto al diván. Me recliné en él como si fuese una actriz de Hollywood y contemplé la cama enorme y las vigas en lo alto. Esta soy yo, dije en voz baja. Mi vida va a ser esto. Me la estaba probando, esa vida nueva, como quien se prueba un vestido nuevo, algo que te cambia y que hace que no puedas volver a verte otra vez igual. Supe que recordaría ese momento toda la vida, y en efecto todavía ahora conservo la imagen exacta de los árboles y el cielo al otro lado de la ventana, aquel panorama amortiguado, sereno, sin viento, los alféizares nevados, un reluciente y perfecto blanco leche, nuevo, y las paredes no azules sino empapeladas de un tono canela, dibujos que cambiaban con la luz, dibujos que formaba la textura, sedosos remolinos sobre una superficie por lo demás mate. Con los años, llegaría a ver de todo en aquel papel de pared, las propias paredes una suerte de espejo, y ese primer día tuve la certeza de que así iba a ser. Supe que podía zambullirme en aquellas paredes una y otra vez, en las vigas del techo, la cama mullida y su suave colcha, el diván en que me encontraba, y supe que el suelo, por ser tan vieja la madera y tener dibujos de nudos y agujeros viejos de clavos, cambiaría al mirarlo yo y nunca sería dos veces el mismo. Un hogar en vez de una caja, infinita tanto como pudiera serlo la combinación de beis, marfil y marrón, tan infinito como todo lo que Charlie o cualquier príncipe o princesa hubieran conocido. Y algún día sé que volveré a vivir en esa misma habitación, cuando mi madre ya no esté. Quiero terminar mi vida allí. Esa será la habitación que presencie mi final, el hogar que nos regaló mi abuelo. Él ya murió, pero nos dejó algo, un sitio para que lo recordáramos. Todas las superficies acabadas con sus propias manos mientras soñaba con nosotras.
Pero aquel día solo estaba instalándome y pensaba que mi abuelo viviría siempre. Al salir de la habitación me lo encontré de frente, sonriéndome, tan feliz como yo con mi nueva casa.
Gracias, abuelo, dije.
Él no dijo nada, solo me abrazó.
Mi madre y Steve estaban colocando cosas en la nueva habitación de ella. El abuelo y yo fuimos a sentarnos en los sofás que había junto a la ventana de delante.
¿Tengo más parientes?, pregunté. ¿Primos, tías o tíos?
No, Caitlin. Lo siento. Tu abuela tenía una hermana, pero perdí el contacto con ella hace ya muchos años y no sé si llegó a casarse o si tuvo hijos. Diría que no. Y yo no tenía hermanos. Los dos veníamos de familias de pocos miembros. Nos mudamos aquí ella y yo solos.
¿De dónde era la abuela?, pregunté.
Estaba encantada de que me hablase de todas aquellas cosas. Mi madre apenas me contaba nada.
De Luisiana, igual que yo. Siete años más joven. No teníamos dinero, y trabajo solo de vez en cuando, así que decidimos marcharnos. Queríamos empezar una nueva vida. Yo tenía entonces treinta y seis y ella veintinueve. Te hablo de finales de 1958, o principios del 59. No sabíamos que aquí haría tanto frío. Buscábamos un lugar donde nadie nos conociera, pero ella se quedó embarazada muy pronto y las cosas se pusieron difíciles. Nunca llegamos a disfrutar de la libertad.
Yo intentaba abrir bien los oídos, pero ya no me acuerdo de todo lo que dijo. Vidas que quedan muy lejos en el pasado, y una abuela que yo siempre me imaginé vieja pero que no llegó a serlo.
¿Tienes alguna foto de ella?, pregunté.
Lo siento, Caitlin, dijo. Me marché a toda prisa y no conservé nada. Yo solo quería olvidarme de todo y empezar de nuevo. Y tampoco era la primera vez que me pasaba.
¿Cuándo fue la primera?
Cuando me alisté. Y la segunda cuando volví del frente. Y después cuando nos mudamos aquí a Seattle con tu abuela, esa fue la tercera vez que salí huyendo. La cuarta fue cuando la abandoné a ella, y la quinta cuando regresé aquí después de volver a Luisiana. Me he pasado la vida huyendo, pero te prometo que eso se acabó. Esta vez me quedo hasta el final, pase lo que pase. Puedes contar con ello. De ti no voy a huir jamás, Caitlin. Sé que aquel día en el acuario lo hice, pero no volverá a suceder.
Yo estaba recostada contra mi abuelo y él tenía un brazo sobre mis hombros, tan a gusto los dos. Me acordé de la agente de policía y todas las preguntas que me hizo, y pensé que a mi madre tampoco le gustaría ver esa escena, de modo que me puse de pie como si quisiera mirar por la ventana. Me acerqué al cristal y contemplé el largo patio delantero cubierto de nieve.
¿En qué guerra fue eso?, dije.
En la Segunda Guerra Mundial.
¿Tan viejo eres?, pregunté. Me volví para mirarle y no me lo podía creer. Esa guerra sale en las pelis muy antiguas, dije.
Rio un poco.
Sí. Soy un pedazo de historia viviente. Tenía diecinueve años cuando me alisté, o sea que era de los más jóvenes.
¿Qué pasó?
Uf, más vale que no lo sepas.
Es que no me imagino nada.
Yo era mecánico, igual que ahora. Me ocupaba de los motores diésel de carros de combate y camiones, incluso de algunos barcos pequeños. Imagínate un mecánico pero vestido como los soldados que has visto en el cine. Nada de escenas excitantes, solo barro y aceite y herramientas, y carros de combate averiados la mayor parte del tiempo. Reparaciones y demoras, eso es la guerra básicamente, y estar siempre yendo de un lado a otro. Como los primeros minutos de la película, solo que repetido hasta la saciedad.
¿De qué estáis hablando?, preguntó mi madre.
Había aparecido de repente, con Steve.
Oh, dijo mi abuelo. De nada. Caitlin me preguntaba sobre cuando estuve en la guerra, pero no hay gran cosa que explicar. Solo arreglé unos cuantos motores.
Creía que tú nunca hablabas de la guerra. Mamá solía decir que no querías hablar de ello porque pasaste momentos horribles y eso te dejó marcado. ¿A qué viene que ahora le hables de la guerra a mi hija, sea lo que sea lo que te haya preguntado?
Lo siento, Sheri. Malos momentos los hubo, pero procuro no acordarme, tienes razón, y naturalmente no pensaba contarle nada de eso a ella.
Pues va siendo hora de que lo cuentes. Yo quiero saberlo. ¿Cuáles fueron los momentos malos?
Sheri, estamos en 1994. Mi abuelo había extendido los brazos abarcando cuanto nos rodeaba, todo un mundo. Es sábado. Os estáis instalando. Tendríamos que salir a cenar, nadie quiere oír historias de guerras remotas.
Yo sí. Quiero todo lo que no nos diste en su momento.
Mi abuelo con la boca abierta pero sin decir nada.
Es que no sabría ni por dónde empezar, se excusó finalmente.
Empieza por lo que te explica a ti. Eso debería explicar por qué te fuiste. Algo sucedió en la guerra, o incluso antes, que te empujó a huir. Necesito encontrar la manera de no odiarte tanto. Te estoy dando una oportunidad, ¿entiendes?
No hay historias de esas, nada que explique nada. Fui un cobarde y hui. Hice algo imperdonable, sé que no podré compensarte por eso y lo siento.
No es suficiente. Vas a buscar hasta que encuentres algo que lo explique, y me lo vas a contar. Venga, empieza.
Sheri. Por favor.
O lo haces o nos marchamos. Dame alguna excusa para solidarizarme contigo ahora que estoy en esta bonita casa, toda tan bien pintada y empapelada, y piensa en el desastre de casa donde nos dejaste, con sus goteras y sin calefacción ni aislamiento ni nada. Cuéntanos tu penosa historia sobre la puta guerra, lo que sea que mi madre pensara que te afectó tanto.
Mi abuelo cerró los ojos.
No hay historia que justifique nada, pero te daré lo que pides. Creo saber el momento que quieres oír, porque tomé una especie de decisión. Hubo un cambio, por decirlo así. Pero no puedo empezar desde el principio. Nunca he sabido hacerlo. Tengo que empezar por el final e ir retrocediendo, y la cosa no termina nunca porque no puedes retroceder toda la vida.
Adelante, dijo mi madre.
Creo que Caitlin no debería oírlo.
Sí que puede.
De acuerdo. Tú eres su madre.
Exacto.
Bien. No entraré en detalles, pero yo estaba tendido entre un montón de cadáveres. Amigos míos. Los mejores que he tenido nunca. No estaban allí amontonados a propósito, sino que acabaron así porque yo estaba tumbado en el suelo trabajando en el eje de un camión. Y el caso es que la guerra había terminado. De eso hacía ya días, estábamos riendo y contando chistes, un poquito bebidos. Poco después cada cual tomaría su camino y eso se nos hacía casi insoportable. No queríamos marcharnos, en el fondo. Nos alegraba que la guerra hubiese terminado, pero no queríamos que se terminara lo que había entre nosotros. Creo que todos presentíamos que nunca volveríamos a estar tan unidos con nadie, y que nuestros respectivos familiares nos parecerían unos extraños.
¿Y ya está? ¿No fuiste un padre ni un buen esposo porque no habías superado aún la fase colega?
No, no. Es por cómo pasó, en un momento en que nadie pensaba que hubiera peligro. Por fin estábamos a salvo después de años con el miedo en el cuerpo las veinticuatro horas del día, y fue justo entonces cuando llovieron las balas y vi cómo mis amigos me iban cayendo encima, uno por uno, moribundos. Es eso. Estábamos a salvo, ¿no? Y con tu madre me pasó lo mismo. Se suponía que estaba a salvo. Tenía esposa, una familia. La anécdota en sí carece de sentido a menos que conozcas los momentos previos, todas las veces en que pensamos que íbamos a morir, todas las veces que corrimos peligro. No sirve de nada que te lo cuenten. Hay que estar allí, sentir lo larga que puede ser una sola noche y luego sumarlas todas, centenares de noches, y más todavía, y de alguna forma se establece un pacto, un trato con Dios. En la guerra uno hace cosas horribles, y aguanta cosas, porque hay un pacto. Y luego, cuando Dios dice que se acabó el pacto, después de que tú ya has pagado, y ves a tus amigos acribillados, saltando como marionetas, un día en que se suponía que no había peligro, y más adelante te enteras de que tu mujer va a morir joven y que te tocará ver cómo agoniza, algo que, igual que en la guerra, va a durar centenares de noches, ya no hay trato que valga. No le debes nada a nadie.
¿Eso es todo?
Mi abuelo parecía derrumbado, sentado allí en el sofá con la cabeza baja y las manos colgando.
Sí, dijo. Olvidé que estaba en deuda contigo, que eras una niña y que merecías tenerlo todo. Olvidé que a mi mujer también se le debía algo, que mis tratos no eran solo con Dios, que los tratos no me implicaban solo a mí. Una cosa horrible de olvidar. Fui egoísta y lo siento. Pero debo confesar que entiendo por qué me marché y que me perdono por haberlo hecho. Tal vez no me había dado cuenta hasta ahora mismo, al tener que hablar de esto, pero sí, me perdono. O, al menos, entiendo por qué lo hice, y eso probablemente viene a ser lo mismo.
Vaya, dijo mi madre. Enhorabuena.
Mi abuelo esbozó una sonrisa lúgubre, muy extraña.
Sí. Enhorabuena. La experiencia de uno no sirve para conocer la de otros.