Cirujano del aire

Frank G. Slaughter · Capítulo 9 de 27

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Cirujano del aire

Capítulo IX

 

—ME procuré una chica guapa ayer tarde —decía el cabo Tyce al soldado Henry Smith.

Le miraba arrastrar una gran lata de aceite con la mano izquierda, porque el brazo derecho lo tenía hinchado a causa de la vacuna. El rostro, tenso por el esfuerzo, se relajó, porque Henry se preparaba a escuchar. Inmediatamente, un resplandor vicioso iluminó los ojos de Tyce.

—Pues, sí. Era una extranjera de no sé dónde. Griega tal vez. No hablaba el inglés perfectamente, pero nos comprendimos muy bien, pues ambos buscábamos la misma cosa.

—Este brazo no marcha bien —dijo Henry Smith, ensayando una lenta flexión que hubo de suspender con una mueca.

—¿Sabe usted lo que quiero significar cuando digo que los dos queríamos la misma cosa?

—Claro está. ¿Y no se fatiga usted nunca?

—Con una sola mujer, podría suceder. Pero me aseguro la variación.

—Se desenvuelve usted muy bien con una paga de cabo.

Tyce, de súbito, arrojó fuego:

—¿Qué significa eso? Venga, desembuche. ¿Qué es lo que insinúa?

Henry Smith se quedó tonto de asombro.

—Pues… he dicho que se desenvuelve usted bien con una paga de cabo…

—Si es gratis, por nada… —lanzó ásperamente el otro—; sobre la hierba, gran idiota.

—Conforme. Entonces, ¿por qué da esos gritos? ¿Qué es lo que le excita de tal modo?

—Estoy nervioso a veces…, no se puede menos; a fuerza de trabajar todo el tiempo con una gallina imbécil, acaba uno por exasperarse. En fin, mientras haga usted conveniente su trabajo, la cosa marchará.

—Gracias, jefe —repuso Henry, a quien su brazo molestaba—, pero yo no he pedido a la Armada que me encomendase este trabajo.

—Creía que pilotaría uno de estos aparatos y que llegaría a ser considerado un as, ¿verdad? —Con un amplio gesto designó el avión de caza en torno al cual se ocupaban—. Hay muchos, antes que usted, que se imaginaron lo mismo.

—Ya me lo suponía —dijo Henry.

—Usted está mejor donde se halla, padrecito. Con los dos pies en tierra. Sano y salvo. El vuelo es demasiado peligroso; por ejemplo, piense en…

—¿Adónde iremos a parar?… —murmuró Henry.

—Piense en cierto número de cosas que yo he visto, las cuales intento explicarle. Procure comprender. ¿Ha visto usted alguna vez cocerse a un hombre en vivo? ¿Ha percibido su olor?

—No siento ningún deseo de ello.

—Ya me lo figuro. Sería usted incapaz de soportar una cosa semejante. ¿Ha visto un hombre decapitado por una hélice?

—No.

—Yo sí. Lo uno y lo otro. Me deslicé rápidamente a esconderme bajo la carlinga de otro avión. ¿Vio usted un hombre aplastado bajo un aparato, exactamente como un crespón ensangrentado, cuya sangre se bebía la tierra? ¿Ha visto…?

—Aguanta firme —respondió Henry, dirigiéndose a sí mismo.

—¿Ve usted? No podría aguantarlo… Yo he visto todo eso. Hasta lo tengo en fotos. Los aviones han sido siempre mi devoción.

—¿Ah, sí? Yo creía que su devoción eran las mujeres…

Tyce lo miró largamente con aire de sospecha. Y después su rostro se iluminó con una sonrisa irónica.

—He reflexionado qué es lo que podría hacer con usted, Smith. Usted es alto, bien parecido. Saldremos juntos una de estas tardes. Esas damas van frecuentemente por parejas. Le haré conocer algo bueno.

Henry Smith suspiró. Había pensado pedir a Tyce que le acompañara una de aquellas tardes. Pero Tyce no le agradaba.

Y temía su pesada ironía.

—Yo le enseñaré cómo se debe uno aproximar —dijo el cabo, volviendo a mirarle atentamente—. Las pollitas no siempre están dispuestas. Hace falta persuadirlas, saber entrar en contacto.

Henry escuchaba, desarmado y fascinado. Todos los detalles y precisiones que Tyce acumulaba en su experiencia se grababan en el espíritu del soldado, sublevándole a veces, produciéndole placer otras, pero haciendo siempre latir más apresuradamente sus venas.

Pasaron a otro avión, y allí se presentó el sargento y dio a Henry un encargo para la ciudad.

—No es posible dejarle exento de servicio por lo del brazo —dijo—, pero tómese el tiempo necesario para ir y venir; esto le servirá de reposo. Disponga de la primera parte de la tarde, pero no lo diga, ¿comprende?

—Gracias —exclamó Henry.

—¿Gracias?, ¿por qué? —preguntó el sargento.

—Nada. Maneras de hablar. Decía que voy a ponerme en camino —dijo Henry, sonriendo.

Decidió que almorzaría en la ciudad. Compraría salchichas calientes en cierto carro-restaurante donde sería servido por una chica de cabellos rizados, del mismo color que el café de la taza que tomaría luego. Alguna vez se preguntó si aquella muchacha saldría con los soldados, pero nunca se había permitido indicárselo a ella… Le gustaría llevarla al cine e intentar que le abandonara la mano en la oscuridad. Decidió que se lo pediría; pero entonces valía más ir allí una vez pasado el atropello del mediodía.

Marchó rápidamente hasta el límite del campo, después tomó la carretera por la dirección más larga, disminuyendo la rapidez de sus pasos y parándose para contemplar las prácticas de los aviones de instrucción, de amarillas alas, que maniobraban en formación simple. Y su rostro se crispó de dolor. Debería estar allá arriba. Para volar estaba en la Armada. Su fracaso continuaba siendo una especie de jeroglífico, exasperante y doloroso. ¿Cómo pudo equivocarse en su examen de aptitud? Las preguntas y los problemas le habían helado de pánico; apenas había dejado la estancia, y las soluciones se le ocurrieron espontáneamente. Lo que le había perdido era el miedo, por el que se sentía agotado antes de empezar. Había concluido por reconocer, con humillación profunda y humildad sincera, que un hombre que reaccionaba de aquel modo ante la dificultad no tenía temperamento de piloto.

Penetró en un bosque y, sentado sobre la hierba, se adosó a un árbol para ver cómo en el cielo evolucionaban los aviadores, hombres que valían más que él. Súbitamente se levantó. Del este llegaba un fragor agudo; conocía el aparato. Era el mismo que últimamente había llenado de aceite y gasolina. En el momento de abandonar el campo había oído cómo los hombres del equipo calentaban el motor del «Thunderbolt» ante el cobertizo principal. El avión tronó por encima del bosque con un ruido ensordecedor; recordaba, en tono más potente, el disparo de un obús corto.

—¡Oh, amigos míos! —dijo en voz alta Henry Smith, siguiendo al aparato con la mirada hasta que se hubo perdido en el cielo. Y se puso en marcha lentamente hacia la ciudad.

La camarera del lugar donde iba a almorzar —y, del mismo modo, cualquier chica de los alrededores— no tendría ojos más que para aquellos que llevaban en el cuello alas de piloto. Pensó en la señora Thomas, y en su marido, que llevaba las alas.

El «Thunderbolt» volvía. A toda marcha. El ruido regular y potente de los cilindros era como un tambor que sonara al lado de los oídos. Pero los árboles ocultaban el aparato. Entonces corrió hacia un claro. Y lo vio, más alto, yendo y viniendo como en una danza serpentina. Mientras lo contemplaba, temblando de emoción, un gran grito se escapó de su garganta, y echó a correr tan aprisa como pudo.

El pequeño avión de caza, que tan audazmente se había lanzado por el cielo, había perdido toda dirección. No respondía al piloto y caía casi a plomo girando locamente, sobre una colina de escasa altura que se encontraría a menos de quinientos metros. El crujido fue como el resonar de una formidable matraca; las abominables fotos evocadas por Tyce danzaron en la imaginación de Smith, mientras se acercaba corriendo a prestar socorro.

Cuando llegaba al pequeño otero, ya las llamas habían aparecido y largas lenguas amarillas lamían el fuselaje, que parecía un acordeón. Una parte del timón había sido proyectada sobre un matorral, y, exceptuando el acre murmullo de las llamas y su dulce silbido en contrapunto, el silencio era terrible.

Smith cubrió el rostro con un pañuelo y corrió hacia la carlinga. Saltando sobre un pie y sobre el otro, en medio de la hierba que ardía, se aproximó y miró al interior; el avión estaba vacío. A menos que el cuerpo del piloto estuviese arrinconado al fondo. Removió rápidamente los escombros para mirar hacia dentro y el metal ardiente le quemó las manos: la carlinga estaba enteramente vacía.

Ahogándose, se alejó velozmente para respirar unos instantes. Sus zapatos y su pantalón echaban humo, pero las llamas no habían prendido en ellos. Volviendo a su anterior impulso se dirigió hacia el montón de restos, buscando dónde pudiera estar el aviador caído, pero no encontró en los alrededores sino esparcidos residuos del aparato.

Volviendo a ponerse el pañuelo sobre el rostro, se acercó de nuevo al mismo avión, donde, en aquel momento, las llamas brotaban por doquier. Pero entre su crepitar y los silbidos, oyó la voz de un hombre quejándose. El piloto estaba bajo un ala desgarrada que había caído encima de él. El calor era espantoso, Henry no tuvo sino el tiempo justo de levantar el borde del ala apoyándolo sobre su rodilla y tirar del cuerpo hacia él; inmediatamente tuvo que huir de nuevo en busca de aire respirable. Regresó otra vez, jadeante, para arrastrar por las correas de su paracaídas al hombre, que era alto, pesado y difícil de manejar como un peso muerto. Tenía, en medio del ardor sofocante, la impresión de no avanzar ni un milímetro en su tarea; hubo de escapar una vez más y regresó para poder, al fin, arrancar la víctima del accidente del lugar donde yacía, y alejarlo una docena de pasos del aparato. Se detuvo para extinguir el fuego que había prendido en la chaqueta de vuelo; se alejó por última vez y, desde aquel momento, a suficiente distancia de los restos ardientes, pudo respirar y arrastrar sin nuevas paradas el cuerpo del piloto, deprisa y de una vez.

Alguien gritó:

—¡Ya! Nosotros lo tomamos. —Y rechazó de lado a Henry, quien se sentó sobre la hierba, respirando con dificultad. Su rostro estaba tenso y quemante, y cuando se miró las manos las vio llenas de sangre.

—¡Vive! —afirmó Craig, inclinado sobre la camilla. Su sorpresa era grande. Tomó la muñeca de Chuck Waller; en torno a él un círculo de hombres contemplaba la escena. Uno llevaba el plegado paracaídas que, a dos tajos, había sido arrancado de los hombros del herido. La ambulancia estaba allí, motor en marcha. Ya la bomba de incendios extinguía el brasero. Varios hombres corrían. Sonaron bocinas de autos. Un enorme zumbido llenaba el cielo, pues todos los alumnos presentes habían sido enviados al lugar del desastre.

El pulso era rápido, pero bueno; ni débil ni irregular a pesar del shock. El brazo izquierdo estaba doblado en un extraño ángulo. Craig notó que un hueso estaba roto.

—¡Tablillas! —pidió. Y las enfermeras de la ambulancia le obedecieron. Los cabellos de Chuck estaban chamuscados, una oreja quemada, pero la frente, ni lívida ni veteada de negro, permitía suponer que el cerebro no estaba dañado. Probablemente, los síntomas de la conmoción se manifestarían en breve, pero hasta el momento nada indicaba aún que existieran contusiones internas.

—¡Extraño! —dijo Craig al capitán Bland, que había llegado en la ambulancia. Pero se detuvo en el acto, pues una de sus reglas de conducta consistía en no permitirse expresiones discursitivas acerca de sus casos.

—Si sale de esto con un brazo roto y el golpe, podremos asegurar que la época de los milagros no ha terminado. ¿Ha podido moverse?

La auxiliar que colocaba las tablillas movió negativamente la cabeza. Después indicó a Smith, detrás del grupo de hombres.

—Ese soldado que está allá. Apartaos vosotros para que el comandante pueda verle. Es él quien lo sacó del fuego.

—¡Smith! —exclamó Craig—. Voy a cuidarme de él inmediatamente.

Pero ya Joan estaba al lado del muchacho, que volvía hacia ella su rostro, cocido como por una insolación.

—¡Comandante Thomas! —Era el coronel Flynn, que separaba la muchedumbre congregada y se aproximaba a la camilla—. ¿Cómo está Waller?

—Todo cuanto puedo decirle, señor, es que vive.

—¿Cree usted que vivirá?

—El pulso es fuerte y regular —dijo Craig con voz afirmativa. E hizo señas a los ayudantes para que pusieran la camilla en la ambulancia.

—Conduzcan lentamente. Eviten la menor sacudida —recomendó—. Digan al oficial de día que voy enseguida. Que aloje al teniente Waller en la sala de urgencia bien abrigado.

—Verdaderamente no sé cómo ha podido salir con vida —dijo Flynn, contemplando los quemados residuos—. Temía que nunca llegáramos a descubrir cómo se produjo esto. Sin duda todo pasó tan deprisa que Waller no pudo darse cuenta. ¡Al diablo, Thomas! Le había dicho que podía poner la máquina a fondo, para que diera de sí toda su capacidad. Había pilotado ya «Thunderbolts»; tenía notas excelentes. Si he comprendido bien, ha sido un soldado quien le ha salvado. ¿Dónde se halla? ¿Podrá tal vez decimos algo?

Joan condujo a Henry Smith hasta ellos, teniendo una mano bajo su codo y la otra en torno a su cintura para sostenerle. Él esbozó una sonrisa pero le dolían sus ensangrentados labios. A decir verdad, no sentía necesidad de que le sostuviesen en pie, pero la cortesía exigía que no lo dejara adivinar, y, además, le era agradable sentir esa solicitud piadosa hacia él. Con su mano ensangrentada y llena de tizne saludó al coronel.

—Calma, buen muchacho. ¿Cómo se llama usted?

—Soldado de segunda Henry Smith, señor.

—¿El teniente estaba dentro del avión cuando usted llegó aquí?

—No, señor. Comencé por mirar en la carlinga. Debió de ser arrojado fuera de ella y luego enterrado en los escombros del aparato. De momento no pude hallarlo. Enseguida…

—¿Vio usted destrozarse el avión?

—No vi su choque contra el suelo, pues los árboles me impedían, pero sí su caída, señor.

—¿Pudo darse cuenta de lo que no iba bien?, ¿qué causa lo originaba? ¿Hacía el piloto algún esfuerzo por evitarlo?

—Descendía horriblemente deprisa, señor. En barrena. Perdida en absoluto la dirección.

El jefe se mordió los labios.

—¿Va usted a poner a este muchacho en tratamiento, Thomas?

Craig asintió con un gesto.

—Vuelvo al campo. Le agradeceré me haga saber cuánto sepa concerniente a Waller. Le deseo buena suerte. Tendremos necesidad de él. Si habla… del avión… es preciso tomar nota. Enviaré a alguien.

—Smith —dijo Craig—, voy a enviarle al hospital en un coche. Ha hecho usted algo magnífico.

Para no hacerse daño en las manos, Henry trepó izándose sobre los codos. Joan se instaló a su lado. Larry, que había permanecido silencioso hasta el momento, preguntó al subir al coche, cerca de su hermano.

—Craig, ¿podrá Waller seguir volando?

—No puedo decir nada todavía. ¡No sabemos nada de nada! Smith, conserve los dedos extendidos hasta que le haya curado, pues si los dobla ahora sufrirá luego, cuando sea preciso estirarlos.

—¡Mary! ¡Pobre Mary! —exclamó Joan con emoción—. ¿Lo sabrá ya, Craig? ¿No sería mejor telefonearle?

Fue Larry quien contestó:

—Hay que telefonearle. Pero, por el amor del cielo, Joan, hazlo tú.

Siguiendo a Craig, penetraron en la sala de urgencia del hospital, donde el oficial de servicio, rodeado de tres médicos, examinaba a Chuck. Craig le tomó el pulso, y, desde lejos, su hermano, Joan y Henry espiaban la expresión de su rostro, a fin de leer en ella si Waller seguía con vida.

El pulso era más débil y mucho más rápido. Chuck, pálido e inmóvil, estaba extendido, semejante a un cadáver, con el rostro sucio.

Craig preguntó:

—¿La tensión?

—Aún no he podido tomarla. Voy a hacerlo. Débil, sin duda alguna.

—Ha sido una terrible sacudida, una conmoción durísima. Mientras lo observo, dele plasma. ¿No se ha movido desde que se le trajo aquí?

—No, señor. No por sí mismo. Y no hemos hecho nada por estimularle.

Craig deslizó la mano bajo el cuerpo inerte y, lentamente, con sus dedos sensibles y diestros, fue palpando una a una, la espina saliente de cada vértebra. Ninguna parecía desplazada. Siendo el examen insuficiente para establecer un diagnóstico infalible, Craig permaneció perplejo, preocupado. No osaba remover a Chuck, antes de saber profundamente cuál era su estado. Esa inconsciencia de la cual no salía el herido, la impresión inerte que daban sus pies cuando los alzaba, le inquietaban.

—Vamos a probar una radiografía, Cramer —dijo al oficial de día—. Déjenlo sobre la camilla y colóquenle de lado con las mayores precauciones posibles para hacer un examen literal. Pónganlo enseguida sobre un cuadro Bradford y háganle una infusión de plasma sanguíneo.

Los hombres que llevaban la camilla desaparecieron detrás de Cramer. Larry y Joan, inmediatamente, se aproximaron escrutando atentamente la fisonomía del comandante.

—¿Sabe usted ya alguna cosa?

Sin responder, Craig sacudió la cabeza. Larry, con los nervios a flor de piel, estalló furiosamente:

—¡Tanto tiempo como pasa, tanta gente que discute en torno suyo, y nadie le ayuda! ¿No puedes hacer nada por él?

—No sabemos con certeza si tiene una fractura de cráneo o de la columna vertebral. Lo que probáramos a favor de lo uno podría ser perjudicial a lo otro. Los rayos Roentgen nos informarán.

—Los riñones destrozados —gruñó Larry—. ¿Sabes lo que te digo, Craig? Si Chuck ha de quedar inválido, valdría más que muriera.

—Ten calma —dijo pacientemente Craig—. Joan y tú podéis esperar un momento. No aquí. Hay una sala de espera…

Una enfermera entró con un mensaje.

—La señora Waller acaba de llegar.

El rostro sensible y agitado de Joan palideció ligeramente. Tomó del brazo a su marido.

—Craig, ¿puedo decirle… que hasta el presente no parece que sea nada verdaderamente grave? ¿Una conmoción?

—Sí, dígale eso.

Larry se volvió, gruñendo:

—Un piloto no debería tener mujer. —Se sobresaltó y miró a Joan. Después se atropelló—: Quiero decir que este género de cosas es mucho más penoso para una mujer.

Y Craig, que cuidadosamente se había constreñido a no considerar sino los problemas de la cirugía y medicina, y no los de las personas, pensó, al ver alejarse la esbelta silueta de Joan, que ella tenía más valor que otra cualquiera.

—Venga, Smith, a que cure sus manos.

Tuvo entonces un repentino impulso e hizo una cosa que era perfectamente extraña en él:

—Siento haberle hecho esperar, Smith. En cambio, usted no esperó para actuar cerca del avión.

Las quemaduras eran en su mayor parte superficiales, pero la carne había sido profundamente desgarrada por las astillas de metal. Con la ayuda de escalpelos esterilizados y de pinzas cortó y separó la piel lacerada, muerta, comprobando con satisfacción que, después de la dramática media hora que acababa de pasar, sus manos continuaban siendo precisas y seguras.

Cubrió con un ungüento amarillo cuadrados de gasa. Al fresco contacto envolviendo la piel dolorida, Smith exclamó:

—Es agradable, señor. Esto va bien.

Antes de poner la venda, Craig dobló el espesor de la gasa. El rostro estaba simplemente enrojecido. Aparte de los cabellos y cejas tostadas, el mal no era superior al producido por una larga exposición al sol.

—Todo esto curará rápidamente. Le tendremos aquí un día o dos. Hágale inscribir, por favor —dijo a la enfermera—, y que se le dé un calmante si siente dolores.

Henry Smith la siguió vacilando, después se volvió hacia Craig:

—Comandante, si verdaderamente he servido de algo a ese piloto, me alegro de que sea uno de sus amigos; del teniente y de la señora Thomas; de su familia, quiero decir.

A grandes zancadas Craig llegó al gabinete de rayos X. En el primer corredor, después de la sala de urgencia, vio, sin mirarlos directamente, a Joan, Larry y Mary Waller, reunidos en un pequeño grupo. Mary, al ruido de sus pasos, se volvió, pero él pasó rápidamente, como si no hubiese visto a nadie.

El capitán Cramer levantaba las húmedas películas; era especialista en rayos X, pero no dejaba de tener su día de servicio, como los otros oficiales.

—¿Qué es lo que ve, Cramer?

El otro sacudió la cabeza, perplejo.

—El cuerpo de la primera vértebra lumbar parece un poco embotado, redondeado por el corte. Acaso signifique esto que ha habido dislocación… Pero está muy poco definida la cosa y no hallo nada más.

—¿Es que una dislocación causada por una sacudida no ha podido reducirse volviendo a su lugar por sí misma al rebote?

Thomas fruncía las cejas al expresar su suposición. Cramer las fruncía también, con su amor propio afectado por el hecho de que la imagen que había obtenido fuera tan poco reveladora. Pero, efectivamente, el accidente pudo producirse, hacer salir de su sitio una vértebra y volverla luego al lugar sin que nada permitiera entonces precisar el daño experimentado por la médula espinal.

Alzó los hombros, preocupado.

—No se sabe aún qué puede salir de todo esto. Acaso esté tranquilo cuando recobre el conocimiento.

Craig movió la cabeza sin responder; no lo creía.

—No hay más remedio que dejarle perfectamente inmóvil y en paz hasta que se produzca algo que nos facilite una indicación. Bien entendido que se me debe avisar en cuanto dé el menor signo de vida.

Se alejó, súbitamente agotado. Las obligaciones que le imponía la rutina cotidiana y que cumplía habitualmente con interés y rapidez, se le aparecieron como inacabables, desagradables y fastidiosas; decidió salir del hospital, andar y acaso ir a acostarse. Una llamada telefónica le alcanzaría tan fácilmente en su cuarto como en el despacho, y, desde luego, más deprisa que si habían de buscarlo por el bosque de largos corredores del hospital, con sus múltiples dependencias. Llamó a una enfermera y le entregó las llaves de su coche.

—¿Quiere tener la bondad de acercarse a la sala de espera? La señora Waller está allí con el teniente Thomas y su señora.

—Con mucho gusto, señor.

No tenía ganas de ver el rostro afligido de Joan, ni sentía deseos de volver a encontrarse con Larry, o de discutir el problema del disgusto de la señora Waller.

—Dígales que utilicen mi coche para regresar a su casa. Continuaré atendiendo al teniente Waller, y les haré saber sin demora toda variación que pueda producirse. Por el momento descansa. ¿Querrá decirles esto?

—Sí, señor.

—Gracias.

Pensó que saldría cuando los otros se hubiesen marchado. Pero cuando vio alejarse a la enfermera, la incertidumbre le asaltó. Después se sintió invadido de vergüenza. Un gemido se le escapó cuando se dio cuenta que no podía eludir aquel deber. Llamó a la enfermera.

—No vaya, por favor. Comprendo que he de ser yo quien lo haga; es inútil que la moleste a usted. Llevaré las llaves yo mismo.

Al entrar percibió un suspiro de alivio de Joan. Larry se preparó a lanzar preguntas, y Mary Waller volvió hacia él una mirada llena de dolorosa y muda interrogación. Tenía los ojos rojos y anegados en llanto, apenas contenido, y su ancha boca roja era una temblorosa mancha.

—Por el momento las noticias son mejores de lo que me atrevía a esperar —anunció. Pero una expresión de cálida simpatía aparecida en el rostro de Joan le hizo reprimirse. Continuó, más fríamente—: Los rayos X no muestran que haya gran cosa estropeada en la espalda.

—¡Gracias a Dios por esto! —exclamó Larry con fervor.

—Reposa bien. Está en paz y duerme. Es todo por el momento. Harían ustedes bien utilizando mi coche y acompañando a la señora Waller. No se debe molestar al teniente, señora, y es posible que no suceda nada nuevo en varias horas; en realidad, esto es lo más probable. Telefonearemos en cuanto sepamos algo más.

—Pero, comandante…

La tomó por el codo y la llevó ligeramente aparte. Sabía que había hablado de manera demasiado esperanzadora. Hubiera valido más y, en definitiva, hubiera sido más caritativo enunciar todas las probabilidades desfavorables. Dar un directo al mentón cuando se está en el asunto, como vulgarmente dicen los médicos. Pero no se sentía capaz de hacerlo. No a causa de la propia señora Waller, sino por la angustia que aparecía de pronto en el rostro de Joan. Y porque todo el peso del dolor de la señora Waller recaería sobre aquélla.

—Ha sufrido una conmoción terriblemente violenta, señora Waller, y va a ser preciso que transcurra tiempo. Pero, por lo que podemos juzgar, hasta el presente, parece ser que Chuck ha tenido una gran suerte.

—¿Cree usted que no le quedarán rastros?

—Lo sabremos cuando hable.

—¿Confía usted en que él pueda hablar? —Tenía una sonrisa temblorosa de esperanza.

—¡Naturalmente que hablará! Pero ahora váyase con Joan. ¿Ha almorzado ya?

Joan, al salir, murmuró en tono bajo a su marido:

—Verdaderamente, es muy simpático.

—¿Quién? —gruñó Larry—. ¡Ah! ¿Quieres decir el viejo aguafiestas?