Cirujano del aire

Frank G. Slaughter · Capítulo 10 de 27

Páginas del PDF

Cirujano del aire

Capítulo X

 

 

LAS agujas luminosas del despertador estaban casi juntas sobre las doce de la noche, cuando Craig descolgó su teléfono, que sonaba. Respondió con la fórmula usual de la Armada:

—Al habla el comandante Thomas.

—Aquí, Cramer.

—Sí, capitán. ¿Waller?

—Semiconsciente ya, señor. He pensado que usted desearía verle.

—¿Alguna indicación precisa?

—Creo que sí, señor. Y no del todo buena.

Craig no se paró a pedir más detalles. Cramer era un hombre de valor, bien acostumbrado al hábito militar que le prohibía comunicar a un superior su propio diagnóstico mientras no se lo pidiera.

—Voy enseguida.

Sólo algunas luces, de trecho en trecho, alumbraban los largos corredores del hospital, pálidos pasadizos que seguían los tubos de la calefacción central y los extintores de incendios. Craig llegó rápidamente a la sala de guardia de tos oficiales. A Cramer le encontró a la entrada.

—Ha empezado a hablar de modo incoherente y, al mismo tiempo, a moverse un poco.

—¿Presión sanguínea?

—Mejor.

Un técnico movilizado que estaba sentado cerca de la cama de Waller se levantó. En un rincón, un cabo se levantó asimismo, teniendo una agenda y lápiz en la mano. Waller movía sus hombros a derecha e izquierda, y contorsionaba su rostro en grotescas muecas. No llevaba más que un pijama que se le había puesto deslizándolo bajo él, después de haber cortado su uniforme al quitárselo para evitar sacudidas.

—¿Han podido obtener alguna indicación de sus palabras?

—No hace más que llamar a Mary, señor. Y ha dicho algo, que no hemos podido entender, relacionado con Tejas.

—¿Se ha movido de otro modo?

—No, señor; sólo la cabeza y los brazos.

—¿Las piernas no?

—No, señor.

Cramer hizo un elocuente ademán con los hombros; era el mal signo aludido lo que Craig había temido. El cuerpo de Chuck estaba húmedo y caliente. Era un hombre musculoso, según comprobó Craig al bajar la ropa de la cama, desde el torso hasta los pies. Sus brazos eran gruesos y vigorosos, y el cirujano, dando juego a lo que había permanecido intacto, sintió una clara resistencia muscular. Pero cuando levantó una pierna del aviador y la flexionó de manera que el pie se acercara al cuerpo, hubo una absoluta falta de reacción, como si aquel miembro no perteneciese al hombre que allí estaba estirado. Tiró suavemente de la pierna, que volvió a caer sobre el lecho completamente inerte. La misma tentativa con la otra pierna dio un resultado semejante; la misma falta de vida en ambas.

Mientras su mano buscaba la parte de detrás del tobillo para encontrar la arteria, preguntó:

—¿Examinó usted la circulación?

Cramer asintió con un gesto.

—El pulso es muy bueno en cada pierna.

La corriente sanguínea batía ahora contra la yema de los dedos de Craig. Por alterado que estuviese el dominio nervioso, aun en su totalidad, la circulación sanguínea no se hallaba en absoluto afectada. Craig golpeó al instante sobre la rodilla, y también detrás del tobillo, con el martillo de goma usado para el examen de los reflejos; acabó por hallarlos, pero casi imperceptibles. Todo se insertaba exactamente en el cuadro y lo completaba.

—Deme el instrumento para comprobar la sensibilidad.

El capitán Cramer le alargó un pequeño cepillo cuyo mango terminaba en una aguja; ésta, para probar la reacción al dolor; el cepillo para examinar la sensibilidad ante el roce.

Craig hundió ligeramente la aguja en una mano, que súbitamente, se apretó. El mismo ensayo en el pecho y en la cara.

Chuck abrió los párpados y giró los ojos, azorado.

—Ánimo, subamos —dijo distintamente; después cerró los ojos.

A partir de la zona baja del abdomen y a todo lo largo de las piernas, el roce del cepillo no produjo en absoluto la menor reacción en la piel, y la aguja fue hundida profundamente sin que un solo músculo respondiera.

—¿Cree usted, Cramer, que una nueva radioscopia podría facilitamos datos más claros?

—No, señor. Las pruebas que usted ha visto son inmejorables. No podríamos obtener otras superiores.

—¿Querrá usted hacer poner en marcha los esterilizadores en la sala de operaciones?

Llamó a Paul Blount. Y después pidió el departamento de Joan y Larry; la voz de loan respondió enseguida.

—Aquí es Craig. Creo que debemos operar. ¿Querrá usted ver lo que se puede hacer cerca de Mary Waller?

—Vamos todos sin tardanza, Craig, ¿es grave?

—Médula espinal, según parece. Puede ser muy grave.

—¿La espalda rota?

Parece ser que una vértebra fue dislocada, volviendo por sí sola a su lugar, pero dañando la médula.

—Es horrible. Llegamos enseguida. ¡Oh, Craig! —Hizo una corta pausa —. ¡Qué terrible carga saber que contamos tan en absoluto con usted!

—¡Ah! —dijo él, colgando el receptor.

En el despacho de la enfermera-jefe dijo:

—Creo que voy a tener que hacer una operación de médula espinal. Querría una excelente… ¿Quién hay de servicio?

—A esta hora, aquí, comandante Thomas, no tenemos a nadie. ¿Llamo a la señorita Marrell, señor?

—¿Marrell?

—Tenemos los mejores informes profesionales respecto a ella. Y se nos ha ofrecido para secundarle a cualquier hora que sea, señor.

Reflexionó que la rivalidad entre enfermeras era cosa corriente en los hospitales cuando se trataba de trabajar con cirujanos de alguna reputación. Por otra parte, no conocía otra mejor en aquel lugar.

—Bueno, llámela —dijo.

Paul Blount llegaba a lo largo del corredor.

—¿Qué sucede, Craig? Me ha interrumpido usted en medio de un sueño lleno de rubias, el mejor sueño que jamás pudo conocer Freud.

—El piloto que se ha estrellado esta tarde: Chuck Waller. Quisiera que usted le examinara. Está en el cuarto del fondo. Me encontrará en el despacho de los oficiales de guardia cuando haya terminado.

En el ejercicio civil de su profesión, Paul Blount había sido un neurólogo extremadamente apreciado. Cuando volvió al lado de Craig, la expresión de su rostro era grave.

—¿Es que los rayos Roentgen no han revelado nada?

—Un ligero embote del borde de una vértebra. La primera lumbar. Ha recobrado el sentido hace poco. Entonces me di cuenta de que había quedado paralítico desde la cintura hacia abajo.

—Por desgracia, todo parece concordar —exclamó el capitán Paul—. Lesión transversal de la médula espinal al nivel indicado. Conmoción grave también, seguramente.

Craig movió la cabeza. Pensaba lo mismo. Y Paul concluyó:

—Ha tenido suerte aún de estar como está. Incluso con una lesión en la médula espinal.

—Vivo, pero paralítico para toda la vida; no creo que él llame a eso tener suerte —respondió Craig, saliendo—. Voy a abrir una ventana en esa vértebra y a mirar en su interior —agregó.

Cuando llegaban a la sala de operaciones, Siz Marrell retiraba los instrumentos de la vitrina. Ninguna indolencia reflejaba durante el trabajo. Nada había de perezoso en sus ademanes, excepto su voz, a la que voluntariamente imprimía aquel deje lento y arrastrado. Actuaba con premura, su uniforme blanco era impecable, y nada indicaba que acababa de dejar el sueño.

—¡Maldita muchacha! —murmuró Paul—. Su material está preparado, Craig. Y ella sigue siendo mi deseo y ambición predilecta.

—He preparado los instrumentos usuales para una [13] laminectomía,

comandante Thomas. ¿Necesita usted alguna otra cosa?

Craig hizo un signo negativo.

—En ese caso —dijo ella—, estaremos preparados dentro de quince minutos.

En el lavabo, donde ritualmente se lavaban manos y brazos, Paul proseguía sobre el asunto que le llevaba de cabeza:

—Debería usted mirarla, Craig; mirarla bien. Usted conoce la anatomía femenina como el mecanismo de un reloj. ¿Ha visto alguna vez un reloj más bonito, mejor construido y que marche mejor? Tengo el presentimiento de que si usted se lo propusiera, ella haría alegremente tictac. En cambio, no estoy seguro de que lo hiciera por mí.

Siz se lavaba las manos en una jofaina cercana.

—Ha sido muy amable viniendo —dijo el comandante Thomas. E hizo al mismo tiempo un correcto saludo.

Por la abierta puerta se veía a otra enfermera ya preparada, vestida también de blanco, que se afanaba en torno a las mesas esterilizadas y los portacubetas, repartidos de modo que parecía arbitrario por toda la sala, pero colocados, efectivamente, en los sitios calculados para la máxima comodidad. Sus manos, embutidas en guantes de goma, disponían los instrumentos sobre la mesa más grande, para tenerlos a la mayor prontitud. Los que no puso allí estaban en los varios soportes auxiliares, colocados sobre bandejas cromadas, con las cuales habían sido juntamente esterilizados y en un orden previsto de tal modo que cualquier instrumento de un tipo especial pudiera ser hallado inmediatamente. Siz Marrell, después de haberse lavado a fondo, se colocó una blusa esterilizada que le alargaban, deslizó las manos en el interior de unos guantes de goma esterilizados que le eran ofrecidos por manos enguantadas, mientras otras manos, también enguantadas, anudaban a su espalda los cordones de su blusa y delantal. Enseguida se cuidó de las agujas.

—Es estupenda —suspiró Paul.

Los cirujanos, ya preparados, entraron a su vez en la sala de operaciones a la cual fue llevada una mesa con ruedas sobre la cual, respirando pesadamente, Chuck Waller estaba extendido con el rostro hacia abajo. Cramer le había dado ya un somnífero, pues Craig se proponía actuar delicadamente a base de novocaína, no siendo posible la anestesia general a causa de la conmoción.

Todos los detalles preparatorios se sucedieron; la espalda entera, de los hombros a los riñones, fue pintada con mercurio-cromo, colocando luego sobre ella toallas asépticas dispuestas en rectángulos y, encima, una gran tela cortada en el centro, que no permitía ver sino la zona de piel inyectada de novocaína, encima de la vértebra sospechosa.

—Escalpelo.

La hoja pasó de la mano de Siz a la de Craig. Después de unos o dos ensayos para fijar con exactitud el lugar preciso, hundió el escápelo, trazando un seguro y largo corte; la piel se dividió. Y a partir de ese instante los dedos hábiles y rápidos no se detuvieron ya, no tuvieron ni un falso movimiento ni una vacilación; colocando las pinzas de separación, nuevas toallas esterilizadas, a fin de que ningún microbio —si quedaban algunos vivos sobre la piel— pudiera penetrar en la carne abierta. Los dedos del cirujano tomaron sucesivamente de la mano de Siz los instrumentos necesarios, y en un lapso de tiempo superlativamente corto pusieron a la luz del día tres espinas óseas en el centro de la incisión rectangular que se hundía dos pulgadas en la espalda de Chuck.

—Ningún desplazamiento de vértebra —dijo Craig a Cramer, incorporándose—. Voy a cortar el ligamento entre la primera y la segunda lumbar… Hay hemorragia por aquí… Es preciso levantar la cima de la primera lumbar.

Y de nuevo se sucedieron los minutos de intensa concentración, de trabajo minucioso y rápido. Habiendo el piloto lanzado un gemido, Craig se detuvo para tomar una jeringa con una larga aguja e inyectarle novocaína profundamente, para aislar las raíces nerviosas.

—Hay hemorragia a lo largo de toda esta zona —dijo extrayendo muchos coágulos oscuros y filamentosos—, e indudablemente hace presión sobre la médula.

—Pero ¿cómo está la propia médula?

Craig alzó sus ojos, llenos de una seriedad deliberada, como frecuentemente hacía en el curso de una operación. Pues sus propios nervios tenían también necesidad de ayuda, y dar una impresión de calma a los demás le devolvía efectivamente su propia tranquilidad.

—Dentro de un instante lo sabré. Voy a abrir la membrana para verlo; pero, ante todo, quiero contener la hemorragia.

Y mediante la ayuda de cera de hueso, llamada técnicamente de Mosetig-Moorhof, suave y muy maleable, la aplicación de pequeñas esponjas mojadas y calientes, y adosando minúsculos fragmentos de tejido muscular, que se adhirieron pronto, Craig contuvo la pérdida de sangre por los más pequeños vasos. Cuando tuvo seco y limpio todo aquello dijo:

—Podemos cortar la primera membrana.

Fluido mezclado con sangre apareció apenas fue hendida aquella espesa piel interior. Y Blount lo recogió con el aparato de succión, que no había dejado de funcionar desde el principio de la operación.

Un gran silencio se hizo; una especie de rigidez se apoderó de cada una de las personas allí presentes; el movimiento siguiente revelaría si el aviador estaba salvado o condenado. Craig alzó un momento la cabeza para hacer que le aflojaran el cordón, demasiado apretado de su nuca y que aumentaba su extrema fatiga. Vio la gran boca generosa de Blount reducida a una línea dura, sus cejas unidas bajo el efecto de la tensión interior. Con el mayor cuidado, levantó la cuerda blanquecina, miró debajo, retiró algunos pequeños coágulos, dejó reposar dulcemente la médula en su canal de vértebras y, dando la vuelta a la mesa, hizo exactamente lo mismo desde el otro lado. Finalmente, después de haber estudiado con atención ansiosa la superficie inferior de igual modo que la superior, reinstaló el cordón medular en su posición normal.

Durante interminables momentos, estudió y examinó, intentando ver con claridad la médula espinal en las zonas anterior y posterior a la descubierta.

—Está intacta —dijo—. Aparte de imperceptibles hemorragias, no veo ninguna lesión en la misma médula.

—¡Ah! He aquí una buena noticia —suspiró Paul Blount.

Y otros suspiros de alivio hicieron eco al suyo. Todos los rostros se relajaron, se iluminaron de sonrisas. Las aclamaciones no son algo adecuado en una sala de operaciones, y el cirujano no puede ser triunfalmente llevado en hombros por sus estusiastas. Pero los corazones se manifiestan. Todos los que se encontraban allí sabían que una lesión en la médula espinal significa la parálisis definitiva, mientras que la extracción de los coágulos que la comprimían significaba la casi seguridad de curación total.

Craig pasó a lavarse las manos enguantadas en una jofaina próxima a la mesa.

—Ahora lo cerraremos —dijo—. El [14] catgut, por favor, señorita Marrell.

Por importante que fuera el resto, la excitación general decrecía. Por tumo, los huesos, los músculos y la piel volvieron a su lugar. La llaga iría curándose lentamente y no dejaría más que una débil cicatriz.

Finalmente, Craig Thomas se apartó de la mesa de operaciones y comenzó a quitarse los guantes, cuando se acordó de algo.

Y, alzando la ropa que tapaba los pies de Chuck Waller, pinchó con la aguja en plena carne, sin que este golpe rápido provocara reacción. Un segundo pinchazo, hundiendo la aguja más profundamente, produjo una contracción de la piel y un claro movimiento de defensa.

—La función retorna —observó—. Todo debe marchar bien.

Paul Blount le estrechó la mano y se la apretó con el vigor de una máquina. Siz le miró con los ojos brillantes y los labios entreabiertos, dispuesta a hablar.

Él la contuvo.

—Gracias. Advierta que su servicio no se reanudará hasta pasado el mediodía.

Desconcertada, ella levantó los hombros.

Craig encontró a Joan, Larry y Mary Waller en la pequeña sala de espera, al extremo del largo corredor.

—Dame un cigarrillo, Larry. Las noticias son buenas. Muy buenas incluso.

—¿Quedará bien?

—Sí.

—Comandante Thomas, ¿cómo podremos pagarle nunca? —preguntó Mary Waller—. ¿No conservará huellas del desastre?

—Quedará intacto —repitió Craig—. Algunos coágulos comprimían la médula, y han sido extraídos. Una vez desembarazada ésta, todo irá bien.

La mujer del aviador se llevó el pañuelo a su boca, temblorosa.

—Craig, nos dio usted miedo cuando entró —dijo Joan, que le miraba atentamente—. Está usted muy fatigado. ¿Ha sido un trabajo muy duro?

—No —respondió él con voz queda—. Caso extremadamente interesante.

—¡Comandante Thomas! —Era de nuevo la señora Waller—. ¿Habló Chuck ya? ¿Qué dijo?

—No hizo más que llamar a una cierta Mary…

Ella pasó su brazo en torno a los hombros de Joan y sollozó, apoyada a ella. Craig y Larry se hallaban emocionados y no miraban a las mujeres sino a sus cigarrillos.

—Buenas noches a todos —dijo severamente Craig, dando la vuelta y saliendo.