Cirujano del aire
Capítulo XXVII
LOS dolores de cabeza no terminaban. Larry había oído decir en alguna parte que eran inevitables después de una operación de cráneo. Acaso significaran sólo la cicatrización. Se repetía esta probabilidad para concederse el alivio de una esperanza. Lo cierto era que el dolor interior que sentía, incesante y tremendo, no le había dado descanso desde el primer momento. Acababa por pensar que no existía remedio que pudiera aliviarle y se creía condenado a aquella tortura perpetua, que marcaba sobre su rostro duras arrugas grisáceas.
Sin embargo, Craig le había dado permiso para levantarse y le había quitado el vendaje. Sus cabellos comenzaban a crecer e incluso, cuando se ponía el gorro según de qué modo, las señales de la operación no eran visibles.
Lo cual no impedía que, dentro de su cabeza, el sufrimiento no parara ni un instante. Sentado en su cuarto, esperaba la hora de dirigirse al despacho del capitán Blount para un examen de visión, y el dolor era a la vez tan quemante y agudo que se preguntaba si podría pasar las pruebas que conocía tan bien. Decidió que podía y debía hacerlo; cada paso en esa dirección le acercaba al momento en que le sería dada la autorización para volar de nuevo. No había más que una manera de olvidar el sufrimiento; negarlo o, más exactamente, no hacer caso de su existencia. Si no pensaba en ello, no existía; de esta manera sacaba él provecho a los instantes que pasaba esperando, inundado de sudor frío. Tomó un diario para olvidar a la vez los dolores de cabeza y el rato de espera.
Pero mientras que, sin preocuparse del sentido de las palabras, leía con una determinación feroz, el dolor le atenazaba tan cruelmente que, a pesar de su voluntad de prescindir de él, se pasó maquinalmente la mano sobre la frente, deteniéndola sobre el ojo derecho; acababa de darse cuenta de que los caracteres de imprenta se nublaban súbitamente no formando sobre la página más que una especie de velo ceniciento.
Después de un instante de angustia desatinada, reaccionó y, mirándolo con los ojos, atendió al diario lo más intensamente que pudo. Las dos extremidades del título, saliendo por la derecha y por la izquierda de una mancha central, le indicaron que se trataba de una batalla naval. Entonces cerró el ojo derecho y las palabras se desvanecieron; no quedó sino una indecisa impresión luminosa.
Se dirigió a la ventana y miró al exterior, hacia el castaño y verde de las palmeras, el rojo ardiente de los hibiscos y, más allá, el agua resplandeciente y verde del Golfo. Volvió a poner la mano sobre su ojo derecho y aun todo el espacio entre él y la lejanía se le pareció como una niebla algodonosa y cenicienta.
La enfermera, de pie ante la puerta abierta, le habló:
—Ha llegado la hora de su examen, teniente Thomas. ¿Quiere que le lleve en el sillón de ruedas?
—Iré a pie —repuso él, sombrío—. Gracias.
Mientras se alejaba por los pasillos, recomenzó su experimento; cada vez que cerraba el ojo derecho, los tabiques de pino desaparecían en una bruma vacía.
—No tiene usted buen aspecto, Larry —le hizo notar Paul Blount, a su entrada—. Está usted lívido. ¿No hará usted demasiadas cosas?
—Tengo un dolor de cabeza infernal.
—Es duro, pero es preciso esperar. No persistirá mucho tiempo, Larry — vacilaba al hablar, pues sabía que dolores semejantes habían vuelto a muchos hombres locos furiosos—. ¿Quiere usted pasar la prueba esta tarde, o descansar? Yo le visitaré en el momento en que le vaya mejor.
—No, señor. Gracias. Vamos a ello.
Blount, para el cual tales exámenes eran rutina cotidiana, le examinó rápida y atentamente. Cuando acabó, Larry miró la hoja donde se inscribían cifras y curvas.
—¿Ha observado usted mi ojo izquierdo? —preguntó—. ¿Sabe su estado?
—Sí, Larry. ¿A qué extremo le molesta?
—No puedo ver nada por ese ojo. ¿Es definitivo?
—No hago más que examinar, Larry. Nada podría decirle.
—¿Cree que me impedirá volar?
Paul Blount suspiró sin responder.
—Es preciso que hable con Craig —decidió el piloto—. Tal vez no me digan todo lo que hay. Es absolutamente preciso que le acorrale en las últimas trincheras y que confiese.
—Craig me había pedido que le telefoneara al acabar de examinarle a usted. ¿Quiere que le diga que desea verle?
—¿Querrá hacerlo? Gracias, capitán.
Media hora transcurrió entre el momento en que Larry volvió a su cuarto y la entrada de Craig en el mismo. Joan llegó con él. Entraron tan serios, tan pálidos y rígidos, que Larry palideció al verlos. Se sentó bruscamente y su mirada no era más que una pregunta ansiosa.
—He estudiado la hoja con Paul —exclamó Craig, con una voz estudiada y profesional—. Luego he llamado a Joan. No podíamos tener la seguridad de nada hasta el examen de última hora, Larry.
—¡Sigue!
—Malas noticias. Malas, hermano. Difíciles de oír. —Su voz tembló—. Y difíciles de decir.
Endureciendo la barbilla, Larry respiró profundamente.
—¿Mi ojo izquierdo está perdido?
—Sí, perdido.
—¿No podré volar más? ¿No podré hacer nada en esta guerra? ¿Estoy fuera de combate?
—Fuera de combate en esta guerra, Larry.
Larry escondió el rostro entre las dos manos, repitiendo en incesante murmullo:
—¡Jesús mío! ¡Jesús mío!
Súbitamente, consciente de la especie de silencio que se había hecho, alzó la cabeza y vio a Craig que miraba a Joan, la cual tenía el rostro descompuesto por la angustia y la compasión. Se puso en pie bruscamente, gritando:
—¿Hay otra cosa, Craig? ¿Era eso todo? ¿Hay algo más?
—Sí, Larry. Hay otra cosa. El otro ojo…
—No me digas que está perdido también. No será eso, ¿verdad, Craig? No será eso lo que quieres decir.
—Sí, Larry. Es eso. También está perdido.
—¿Me quedaré ciego?
—Distinguirás la luz. Tus dos ojos estarán como al presente tu ojo izquierdo.
Larry respiraba nudosamente, con un soplo corto y desesperado. Hacía pensar en un animal acosado, cuando se acerca a la etapa final de su caza.
—¡Craig! ¡Craig! ¿No existe ningún medio de impedirlo? ¡Es preciso, Craig, es preciso! ¿Cómo se puede resistir eso?
—¡Larry, sabes bien que yo daría cualquier cosa por poder!… No hay ningún medio…
—Pero…
Y de pronto pareció desplomarse:
—¿Cuándo, Craig? ¿Cuándo?
—Dos semanas, acaso.
—¿Dos semanas? —El gemido de Larry era la desolación misma—. ¡Dos semanas! ¿Y ningún medio de evitarlo? ¿No se puede impedir?
—Ningún medio, Larry. ¡Ah! ¡Cómo quisiera que hubiese alguno!
—¿Lo sabías cuando me operaste, Craig? ¿Lo sabías?
—Tenías una sola probabilidad de salvación total —repuso Craig desesperado—. Sin lo cual… Pero, Larry, era necesario darte esa probabilidad.
—¡Mejor estaría muerto! —gimió Larry—. ¡Maldito avión! Hubiera hecho mejor matándome.
—¡Larry, no! —dijo llorando Joan—. ¡Te tenemos, estás aquí! —Se apretó contra su mejilla, pero él no pareció darse cuenta—. ¡No, Larry! ¡Te tenemos!
—¡Ah! —exclamó él—. ¡Sí, Joan! Joan, valiente —se enderezó completamente—. Sí, a buen seguro. —Entonces dijo una cosa inolvidable y magnífica—: ¿Dos semanas y luego nada? Me echarán la esponja, ¿no? ¿Dos semanas para ver, dos semanas para mirar? Quiero mirarte, Joan. Quiero mirar a Craig. ¡Sólo a vosotros dos; los demás que se vayan al diablo!
Dejó caer su cabeza sobre el regazo de su mujer con sollozos cada vez más desesperados, que no podía dominar. Las lágrimas corrían por el rostro de Joan. Su mano acariciaba los cabellos de Larry. Craig salió de la habitación, cerró la puerta y se apoyó en el tabique de pino con los ojos cerrados.
Una enfermera llegó y se detuvo a su lado.
—¡Comandante! —Hablaba nerviosamente—. ¿Va todo bien ahí dentro? ¿Hay algo que pueda hacer?
—Mi hermano necesita una inyección que le haga dormir —repuso Craig —. Póngasela dentro de un cuarto de hora; no dentro de cinco minutos. Mejor dicho, ahora mismo.
—Sí, señor —repuso ella.
Larry quería ver los aviones también. Cada mañana se ponía el uniforme, el cual, en principio, no hubiera debido vestir aún y se iba cada vez más lejos del hospital, lo que tampoco hubiera debido hacer, y se dirigía hacia el aeródromo. Chuck Waller, fingiendo inquietarse por un próximo arresto, le acompañaba. Chuck, que no sabía la suerte que esperaba a Larry, iba a ser dado de alta de un día a otro y esta circunstancia le ponía de buen humor.
—Entré aquí antes que tú y saldré antes también. ¿No lo encuentras justo, acaso?
—Seguro. ¿Quién es el que gruñe?
—Tú, tú gruñes.
—Bueno, soy yo el que gruñe.
Era todo lo que se decían. La mayor parte del tiempo el silencio reinaba entre ellos, roto solamente por los imprevistos lamentos de Larry. Chuck los atribuía al ininterrumpido dolor de cabeza que le aquejaba. Ambos sabían ya el origen de sus accidentes. Después de una explosión de rabia, en la que indignados exteriorizaron sus resentimientos, no habían vuelto a referirse al asunto, pues su orgullo se sentía profundamente herido; su orgullo profesional. Pero la Base Minafer estaba en mayor actividad que nunca. Se contaban diversas historias. Algunos aviones habían sido modificados para que pudieran transportar bombas. Pilotos de caza se adiestraban con vistas a bombardeos en picado, a baja altura, a fin de que, si la transformación fuese necesaria, pudiera verificarse instantáneamente. Aviones de la Base sobrevolaban diariamente el Golfo para proteger los convoyes de barcos, desde que dos habían sido hundidos por un submarino alemán que había sido avistado por uno de los aviones.
Cada mañana, al despertarse, Larry miraba por la ventana un terebinto, único superviviente de la época anterior del campo de aviación. El largo surco blanco dejado por el hacha, destacaba claramente sobre el tronco castaño. Cada mañana, Larry comprobaba la presencia de esa traza y la veía claramente. Su vida pendía de esa visión. Iba alimentando la secreta esperanza de que acaso Craig y Paul se equivocaran; de que su vista no estaba definitivamente perdida y que la iría recuperando. Comenzó cuidadosos experimentos para comprobar si su ojo izquierdo mejoraba. Pero una semana después de que Craig le hubo puesto al corriente de la cosa, la traza del terebinto le pareció nublada. Al día siguiente había desaparecido. El árbol seguía en su sitio, transformado en vaga columna sin consistencia.
Joan pasaba con él las tardes y volvía por la noche, llevando sus labores de punto y periódicos y revistas para leerle, y ambos se mantenían en una estrecha y dolorosa camaradería, disimulando su pesar, como si todo fuese bien. Larry superó su habitual alegría, el día en que comprobó la desaparición de la señal del árbol, e hizo alusión a su vista:
—Acaso Craig se haya equivocado, Joan. No noto el menor cambio.
—¡Magnífico! —repuso ella—. Estás muy bien, tienes mejor aspecto.
—Ven a la ventana, quiero enseñarte una cosa. ¿Ves ese árbol? Bueno, ahora mira la señal grisácea que hay sobre el tronco. ¿Sabes lo que es? Es una incisión para sacar la yema del terebinto.
Abrazó a Joan; después la retuvo un momento apretada entre sus brazos.
A la mañana siguiente, caminó hasta el aeródromo. En el portal, los centinelas armados se pusieron firmes a la vista de sus alas bordadas y de la insignia de su grado, y saludaron. Larry prosiguió hasta la carretera que atravesaba el campo por uno de sus lados. Dos aviones de caza zumbaban sobre la pista de salida y se elevaron en un ascenso casi vertical. Tres aviones escuela daban grandes vueltas en el aire, esperando que les dieran la señal de aterrizaje. Todo cuanto Larry amaba, estaba allí. No sería nada difícil tomar un avión y volar por encima del Golfo hasta que la gasolina se agotara. Sólo le disgustaba pensar en la expresión que aparecería en el rostro del coronel cuando se enterara de que otro aparato se había perdido, en aquellos instantes en que la nación los necesitaba. Giró sobre sus talones y volvió a atravesar el umbral, en dirección al hospital.
—¿Adónde? —preguntaba Chuck—. ¿Adónde has ido y por qué no me has avisado?
—Me he levantado temprano —repuso secamente Larry— y he ido demasiado lejos para que un enfermo como tú pudiera seguirme.
Se levantó también temprano al día siguiente y vio un avión, semejante a aquél con el cual se había estrellado, aterrizar a una velocidad tal que silbaba como un obús sobre la pista. El terebinto seguía en su sitio. Un hombre al que restaba vista suficiente para verlo, debía aún de poseer la bastante para efectuar un último vuelo, aunque todos los cirujanos del aire hubieran de horrorizarse por ello.
A la mañana siguiente, algo anormal se notaba en el ambiente del aeródromo.
Un extraño tal vez no se diera cuenta de nada, pero Larry, manteniéndose discretamente en un rincón apartado, tenía la impresión de que un conmutador había sido dado, estableciendo el circuito, y que la electricidad circulaba. Un mensajero corría a toda marcha. Tres motores se pusieron a funcionar. Equipos de tierra iban a buscar bajo un cobertizo un carro con bombas. Al lado de uno de los aviones, cuya hélice giraba, vio un piloto con el casco; sus cargadas espaldas y sus torcidas piernas le indicaron que se trataba de Pete Ryan. Larry se apresuró hacia el avión.
—¡Hola, Pete! ¿Qué sucede?
Pete le alargó la mano, contestándole:
—¿Usted, Larry? Creía que había quedado allá abajo. ¡Admire eso!
Varios hombres fijaban tres bombas bajo las alas y el fuselaje del aparato. Después se acercaron al avión siguiente para realizar la misma misión.
—Hemos recibido un S. O. S. a treinta millas al oeste. El coronel llega.
El largo brazo delgado del coronel avisó con el gesto a Ryan y a los otros dos pilotos, mientras decía:
—Excúseme, Larry.
Larry le dirigió su antigua ancha sonrisa. Algo volvió a él de su audaz alegría de otros tiempos, surgiendo de manera tan fuerte y espontánea, que repercutió en un intenso dolor de cabeza, pero, al tiempo, Larry se sintió como separado de ese dolor, viéndolo fuera de él y de su loca alegría. ¡Oh!, a buen seguro, Pete Ryan iba a fastidiarse. No podría criticarle porque se pusiera furioso, pero ya le darían a Pete otro avión. Larry trepó al interior de la carlinga; una rápida ojeada lanzada por encima del hombro le aseguró de que el coronel Flynn y los tres pilotos agrupados a su alrededor estaban demasiado abstraídos en su conversación para fijarse en él. Un mecánico llegó ante el aparato. Larry agitó la mano e, imperiosamente, señaló los calces colocados ante las ruedas del avión. Durante unos segundos tremendos, todo permaneció en suspenso. El hombre parecía perplejo. Larry agitó la mano con un ademán de autoridad furiosa y el soldado obedeció, retirando los calces.
A pesar del rugido del motor, que puso a todo gas súbitamente, Larry oyó los gritos. El mecánico le miró, horrorizado, mientras rodaba a toda velocidad por la pista y Pete Ryan, con el coronel y varios hombres más, se acercaban corriendo.
Como una flecha, el avión atravesó el campo, dejando tras él una larga cola blanca cuando, a media pista, Larry le hizo, de un solo golpe, tomar altura. Luego, volviéndose, Larry advirtió a los otros dos aviones, los cuales se ponían en marcha, persiguiéndole. Miró su brujula. Oeste, había dicho Pete Ryan. Un acto así valdría la Cruz de guerra al piloto que tuviera la valerosa locura de intentarlo. Sobre el rostro de Larry, una sonrisa desesperada se había endurecido.
Pronto los otros dos aviones llegaron a la altura, poniéndose uno a cada lado de él. Y su radio repetía con violencia: «El aeródromo Minafer llama al teniente Thomas. Lleva usted bombas cargadas. Déjelas caer al agua y regrese inmediatamente. El aeródromo Minafer llama al teniente Thomas. Lleva usted…».
Ya, bajo el fuselaje, podía ver cómo el Golfo se extendía verde, transparente, luminoso. Muy cerca, y a cada lado, los pilotos le hacían señas de que regresara dejando caer su carga. Larry les sonrió y les indicó con el gesto que seguía hacia delante.
Repentinamente, se le ocurrió que ellos debían de saber la exacta orientación de su objetivo y aminoró ligeramente la velocidad para mantenerse un poco detrás de ellos. En su radio, la voz cambió: «El aeródromo de Minafer llama al teniente Thomas. —Era la voz dura y seca del coronel Flynn, temblando de furor—. Cumpla su misión, Thomas».
La sonrisa helada de Larry no se alteró; la voz del coronel hervía de promesas de castigo, pero un hecho era cierto. No podía permitirse desperdiciar las bombas. «El teniente Thomas llama al aeródromo de Minafer —repuso—. Gracias, coronel Flynn».
No le quedaban muchas más palabras que pronunciar. Los otros dos aparatos estaban al presente encima de él. Descendía como —según había oído contar— Jimmy Doolittle había hecho en Tokio, pero miraba ansiosamente su altímetro, temeroso de juzgar erróneamente su altura sobre la superficie del mar. Enseguida apareció el barco que había lanzado el S.O.S., agrandándose con una rapidez formidable. Una estela plateada surgió; el humo se escapaba de la boca de un cañón. Larry lo barrió literalmente y, durante irnos segundos, rostros horrorizados aparecieron bajo sus alas. Jadeó de miedo, pues verdaderamente, había descendido demasiado, y volvió a tomar una ligera altura. Antes de transcurrir treinta segundos, el submarino perseguidor apareció ante él. Su largo y delgado cañón de puente tiraba sobre el navío, intentando hundirlo sin desperdiciar los torpedos.
«Thomas llama a Minafer —exclamó—. Submarino a la vista. Desciendo». El cañón se elevó hacia él. Sus enloquecidos servidores corrían en todas direcciones, huyendo desesperados. Era como si el terebinto hubiera subido a su encuentro, mostrando limpiamente su claro surco de trementina. No podía errar. Era exactamente igual que embestir un árbol. «Lo tengo», aulló por su radio, en el instante en que el cañón atravesaba su hélice y su cuadro de bombas.
—Se estaba volviendo ciego y lo sabía —dijo Craig.
—¡Señor! ¡Esto es superior a cuanto se pudiera decir! ¡Parece imposible! —decía uno de los dos pilotos—. No veremos nada semejante durante esta guerra. No, señor.
Miró a Joan, como su camarada y el coronel Flynn la habían mirado. Pero su misma presencia, muy silenciosa e inmóvil, en su silla, con sus ojos grises profundamente hundidos en su pálido y blanco rostro, no bastaba para calmar su orgullos a alegría. Prosiguió:
—Fue perfecto. Les infundió un miedo espantoso. Saltó sobre su cañón, señor, exactamente como si hubiera sido proyectado por el suyo sobre ellos. En el acto todo estalló. Nada de sobresaltos, ni de agonías, ni de hombres debatiéndose en el mar.
Lanzó una nueva ojeada a Joan, y concluyó:
—Fue perfecto.
Agregó, con una voz más baja:
—El submarino se abrió y reventó como un huevo.
—¡Ah! —exclamó el coronel Flynn respirando profundamente, con una expresión de satisfacción total—. Hagan el favor de escribir los dos su informe. Voy a pedir una condecoración póstuma para su camarada. Esta acción da una gran gloria a nuestra Base aérea. Gracias, señores.
El coronel Flynn miró a Craig y a Joan, de pie ahora, uno al lado del otro. Se paseó por el despacho durante algunos instantes.
—Por lo que a mí respecta —dijo súbitamente—, no puedo experimentar mucho dolor; lo que siento es un gran orgullo, ¿comprenden ustedes?
Pasó un brazo alrededor de los hombros de los dos y los condujo así hasta la puerta.
—Comandante, no puedo sino felicitarle por su hermano.
Inclinándose entonces sobre la mano de Joan, que tenía suavemente apretada, hizo un breve saludo correcto, diciendo seguidamente:
—Señora, por su marido… En el caso de las mujeres, evidentemente es distinto. Señora Thomas, lo siento mucho por usted.
Joan y Craig salieron y se dirigieron hacia el coche de éste. Todo había sucedido tan deprisa que no era aún mediodía. Sobre el campo, ante ellos, los hombres discutían en pequeños grupos. Cuando los dos pilotos que, en cierto modo, habían servido de escolta a Larry aparecieron en el campo, un grupo los envolvió, cerrándose en torno a ellos, y otros se dispersaron, corriendo en todas direcciones.
—Son valientes —dijo Craig—. Extremadamente valientes.
Pero el trabajo del aeródromo volvía a adquirir su ritmo, continuaba. Un avión hacía sonar su ametralladora. Una voz de mando hizo que numerosos hombres se dirigieran hacia un cobertizo, de donde hicieron salir un avión. Calentaron el motor. En pocos instantes, despegaba y tomaba altura. Craig tenía a Joan del brazo. Juntos miraron cómo, en las profundidades del cielo, el avión se volvía pájaro, mancha, punto y, finalmente, desaparecía en el azul.
—Sí… Larry —murmuró ella—. Así es como han pasado las cosas, Craig.
Temblaron los dos al subir al coche.
—Lléveme a casa, Craig —dijo ella—. Los dos estamos muy fatigados.
Y apoyó su cabeza en el hombro de Craig.
Terminaste Cirujano del aire
Frank G. Slaughter
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