Cirujano del aire
Capítulo II
LOS ojos de aquel hombre habían sido vendados, a fin de que no pudieran escrutar el rostro del médico ni seguir la marcha del escalpelo con mirada desorbitada, semejante a la del cordero que tiene un cuchillo clavado en el cuello.
—¿Hace daño? —inquirió Thomas.
—Un poco —refunfuñó, respondiendo, el soldado—. Pero no se inquiete usted por mí, doct…, quiero decir, comandante.
La voz tenía una particular resonancia, como si le hubiera faltado sonreír. Pero el hombre había olvidado cómo se sonríe, pues su labio, deforme por un antiguo accidente de jeep, horrorizaba más en movimiento que en reposo. Desde el instante en que Craig le había tomado bajo su mano con el designio de rehacerle un labio normal, él había llegado a ser casi un tipo psicopatológico. En el primer examen había opuesto una objeción inmediata:
—Al diablo todo, doctor. Ya estoy bastante afeado tal cual quedé.
Craig Thomas, de primera intención, no había sentido gran afecto hacia aquel alto y enflaquecido muchacho que, para defenderse, había adoptado una actitud de mohína indiferencia.
Había olvidado el «afeado» furioso que había aflorado espontáneamente a los labios del soldado, porque una discusión hubiera disminuido su autoridad. Sintió deseos de dejarlo tal como estaba, pero luego se impuso a su espíritu la idea de que la deformación moral no era sino consecuencia de la deformación física de que aquel hombre había sido víctima. Sin embargo, un paciente que exhibía tal repugnancia, que se sometía tan visiblemente a la fuerza, le era desagradable al extremo de que, faltando a la regla que se había impuesto a sí mismo, discutió el caso con el sargento de cara de halcón que conducía el destacamento de los movilizados a la sala de operaciones.
—Hombre útil —había dicho éste con absoluta indiferencia al hecho de que el interesado se hallara presente—. Los reglamentos deberían ser más explícitos en casos como el presente. Meter en cama a un hombre y derrochar el tiempo de la Armada simplemente para fabricar un guapo chico, ¿es justificable? Lo pongo en duda.
—Es la Armada la que me ha hecho esto —dijo salvajemente el otro—. «¡Ve! ¡Y bátete por el país!». Eso me dijeron. ¡Al diablo el país!
Un comandante no podía escuchar monsergas de tal género, pero el hombre estaba al borde de una crisis nerviosa, y Craig, sin hacerle caso, prosiguió, dirigiéndose siempre al sargento:
—Caso problemático, en suma. La intervención no estaría justificada si no se tratara de un soldado excelente. Búsqueme su hoja de servicio y enséñemela, a fin de que decida lo que haya de hacerle la semana próxima. ¡A ver! El siguiente.
—¡Que el diablo se lleve la hoja de servicio! —bramó el soldado. Pero cuando Craig se volvió para mirarle atentamente, su voz, de súbito, tembló de desesperación—. Por Cristo, doctor. Si le es posible arreglar mi cara, hágalo. Fabríqueme una boca que se pueda mirar sin horror, y yo le prometo Segar a
ser un maldito sargento York[5]. Por Cristo, doctor. —El muchacho, desagradable y malhumorado, se deshizo en lágrimas.
—Comandante —rectificó severamente Craig.
—Comandante.
El caso presentó dificultades que complicaron la tarea de Craig, pero el soldado soportó pacientemente el largo y lento proceso de la refección. Y por ello, Craig llegó a sentir cierta simpatía hacia él.
—Voy a poner un poco más de novocaína —dijo.
Era necesario ir con cuidado, pues un exceso de anestesia deforma los tejidos, y las líneas de incisión pueden desviarse hacia donde no se desea que vayan.
Un fragmento de costilla extraído al paciente e injertado con la precisión propia de una labor de incrustación, había servido para recomponer una parte de la mandíbula. Las cicatrices que tenía en el cuello habían obligado a extraer tiras de piel de su pecho, que sirvieron también para reparar el labio, tarea que, precisamente, Craig acababa de terminar.
—Joven —dijo el comandante—, acaba usted de perder su vieja cicatriz.
El paciente dio un papirotazo alegremente, con tal fuerza que pareció un petardo.
Las enfermeras seguían con un respeto emocionado los movimientos casi insensibles de la mano que hacía avanzar la diminuta aguja. Una capa de tintura, otra de lavado. Dijo:
—Será preciso que conserve baja la cabeza durante un par de días, hasta que podamos levantar el apósito.
—Gracias, comandante —murmuró el otro—. Tengo ya la costumbre de llevar baja la cabeza.
Para levantar la moral de su protegido, Craig comentó:
—Este caso estará dentro de poco resuelto completamente. Y, hasta en este mismo momento, tiene ya mejor aspecto.
Lo cual era rigurosamente inexacto.
El joven teniente acompañó a Craig al cuarto de vestirse.
—¡Qué hermosa labor acaba usted de realizar, señor! —le dijo con admiración visiblemente sincera, mientras se quitaban los trajes blancos de trabajo y se ponían los caquis uniformes de verano.
Craig dio las gracias con un ademán, frunciendo las cejas. Las alabanzas, así como la gratitud, le disgustaban. Salió de la habitación y atravesó los largos corredores del hospital, entre sus tabiques de pino. De un extremo a otro de la línea de pabellones, no había mucho más de un kilómetro. Y la hilera de pabellones representaba como una tercera parte del conjunto. Todos los edificios habían sido establecidos bajo el mismo modelo: salas para enfermos, salas de operaciones, rayos X, laboratorios, clínicas de otorrinolaringología se sucedían de manera inmutable. Y en las salas, todos los lechos tenían seis pulgadas de sábana doblada sobre la colcha; los albornoces y las toallas pendían de ganchos simétricamente situados a la cabecera de las camas, y las zapatillas estaban colocadas bajo cada mesilla de noche. Los suelos, frotados cada día con arena, eran de una blancura irreprochable. Y, bajo los grandes pórticos, había sillones en torno a mesas de juego.
Todo el que no se hallara demasiado enfermo para ello, tenía, que trabajar, de forma que aquellas estructuras rápidamente levantadas de planchas de pino estaban tan limpias o más que las paredes de un hospital municipal.
Sin embargo, Craig pensaba a veces, bajo una opresión interior, en su propio despacho y su clientela. Cuando, no hacía mucho, cambió por un espartano pupitre militar de encina su mesa de despacho, de sobria pero vistosa caoba antigua, Craig Thomas experimentó un verdadero sentimiento de sacrificio. La opresión que sentía era exactamente nostalgia, a pesar de que su clientela era del tipo que se siente abandonada si los cuidados prodigados a su salud no son tan costosos como exige la reputación de todo médico que actúe entre las clases acomodadas. En su gabinete, la cirugía plástica que la Armada había facilitado gratuitamente al joven soldado —después, es verdad, de haberlo desfigurado— hubiera valido muchos miles de dólares de honorarios.
Los operados convalecientes que se paseaban por el hospital, con un albornoz marrón donde figuraban las letras M. D. (Medical Departament) y U. S. A. colocadas en el lado izquierdo del pecho, constituían un material humano mucho más vigoroso y apto para soportar la tarea de cirujano. Se acordaba de ciertos clientes, profunda y dispendiosamente excéntricos, cuyas fantasías bien podían aumentar, o también disminuir y hasta poner en peligro, su prestigio, dada la influencia de los nervios sobre el organismo. Sin duda, había sido vivificante comprobar, en la Armada, que los problemas médicos podían ser sometidos y tratados como tales, sin más complicaciones.
Craig Thomas se desayunó con un bocadillo y un vaso de leche en la ruidosa «Cafetería del Puerto». Oficiales y soldados ocupaban indistintamente las mesas, pues el establecimiento era un lugar de comunidad. Eran numerosos los que llevaban el atuendo marrón granate, llamado «de convalecencia», y, libres de obligaciones por el momento, se aburrían no sintiéndose ni civiles ni militares. Muchos de ellos pretendieron cruzar su mirada con la de Craig, dirigiéndole un saludo sonriente. Él correspondía, frecuentemente sin recordar su rostro ni tener la menor idea de su nombre, aunque, sin vacilar, hubiera reconocido su ficha de temperatura o su cicatriz.
En la estación, el tren llegaba con retraso; costumbre de guerra debida a los movimientos de tropas. Craig tuvo tiempo de telefonear al hospital para recibir noticias del herido que había operado por la mañana. Cuando volvió a su coche, el conductor interior del coronel Flynn estaba a su lado, con la señora Flynn instalada en el departamento posterior. Ella entreabrió la portezuela, invitándole con el gesto a entrar.
—Comandante Thomas. Agradable sorpresa. ¿Espera usted a alguien?
—A mi hermano Larry.
—¡Ah! Es verdad; lo recuerdo.
—Y a su esposa —agregó Craig sonriendo.
—¿Sí? ¿Casados? ¿Desde cuándo?
Menos de una semana sin duda, pero como no hubiera podido indicarlo con exactitud, salió del paso con una imprecisión:
—Hace unos días.
Los ojos de la señora Flynn pestañearon hacia el techo del automóvil.
—¿Realmente? ¡Oh!, es encantador. Espero que serán dichosos aquí. ¿Dónde se instalarán?
—No sé si habrán pensado algo.
—Pues la cuestión es seria —exclamó ella—. Esto no es una preocupación para ustedes, no lo dude, los solteros, comandante Thomas. Pero los pisos de alquiler están tan escasos… Y una recién casada todavía… Bien es verdad que una recién casada… Pero voy a pensar en qué lugar podrían… Hay tan pocos departamentos…
El tren se detenía rechinando. Thomas ayudó a la señora Flynn a descender de su coche.
—Es preciso que le deje —dijo ella, separándose de él—. Mi sobrina no tiene más que catorce años y, si no me encontrara, se asustaría.
Le sonrió una vez más y se alejó taconeando.
Paisanos, entre los cuales había muchas mujeres que iban a visitar a los parientes que tenían en el campo, y soldados que regresaban de permiso brotaban de los primeros vagones. Más lejos, donde descendían los pasajeros
del [6] pullman, Craig vio la resplandeciente cabeza de Larry, en la que el gorro de campaña, de color azul ultramar, estaba briosamente ladeado. Cuando llegó adonde estaban los jóvenes, éstos habían bajado del tren sus equipajes y miraban hacia el otro lado.
Alto, ancho de espaldas, Larry, con la cabeza inclinada, mantenía en la mano el codo de su joven esposa. Craig recordó entonces que los pertenecientes a la familia Halstead eran más esbeltos y de talla más alta que el término medio. Desde las piernas, firmes, hasta el absurdo y pequeño sombrero en forma de bandeja sobre los rizados cabellos de rojizo reflejo, él recorrió de una ojeada la juvenil silueta de Joan. Y como las espaldas pueden ser tremendamente expresivas, sintió placer advirtiendo su delgado busto y la bella línea de sus hombros bajo su traje sastre bien cortado.
—¡Larry! —dijo.
—¡Ah! ¡Aquí está! Esperaba que estuvieses. Joan, ¿te acuerdas de Craig?
Y sacudiendo vigorosamente la mano de Craig, Larry exclamó, no sin un matiz de chanza:
—¡Caramba, doctor!
—¿Me recuerda usted un poco, Craig? —preguntó la muchacha. Su voz era rica, pálida y lenta, contrastando con la tranquila calma de sus grandes ojos grises.
—No. No la recordaba —respondió él, notando que sus palabras eran poco afortunadas y surgían torpemente. Se hallaba desconcertado, pues había creído que encontraría a una adolescente desgarbada de voz aguda.
—Yo tampoco le recuerdo del todo.
Tuvo la repentina impresión de haber rozado su sensibilidad, y leyó en los ojos de ella una contrariedad que se desvaneció enseguida. Nuevamente se censuró por la torpeza de sus palabras y por su hábito de mirar de hito en hito a las personas.
—Puedes creerme, bajo palabra de honor —afirmó Larry—. Es Joan Halstead. Me temo, Joan, que Craig esperaba ver la edición de mil novecientos treinta.
—Me acuerdo de una muchachita de largas trenzas —confesó Craig, que se contuvo a tiempo, antes de mencionar los otros detalles registrados por su memoria: las piernas de garza y el aparato para enderezar los dientes. La sonrisa de Joan mostraba una dentadura perfecta. Y la memoria de Craig completó el rostro de otros tiempos; la chica tenía ya entonces grandes ojos llenos de expresión.
—Quisiera que vinierais conmigo a tomar un cocktail —dijo Craig.
—Es un buen médico —aseguró Larry.
—Tengo que saber cómo ha sucedido esto. Esa boda…
—Procuraremos explicarlo —dijo Joan—. ¿No es así, Larry?
La mirada de Joan, mientras sonreía a su marido, se detuvo sobre el lugar que Craig había ya notado, bajo el ojo izquierdo. La sonrisa se hizo tierna y clara, pero una sombra de preocupación pasó sobre el rostro de la joven. Una contusión azulada descendía bajo el ojo de Larry y marcaba perceptiblemente el contorno del pómulo. Sobre ella se habían puesto polvos, cuyo grano se distinguía netamente al sol, disimulando mal la contusión, pero subrayando bien el esfuerzo para esconderla. Brutalmente, aquello había sido llamado un ojo a la funerala. Larry le miró con violencia y desafío. Craig bajó la mirada hacia las maletas, tomó la de la chica y se dirigió hacia su coche, mientras el «Gracias, Craig», flotaba en sus oídos.
Él pensaba: «Joan Halstead, Joan Halstead, Joan Halstead». Era increíble. Le parecía que hasta aquel instante, nunca nadie le había dado las gracias. Se maldijo interiormente por una turbación que probaba inútilmente por explicarse, no sabiendo qué es lo que podía haberla originado. Se obligaba a pensar en la contusión del pómulo de Larry. Era demasiado visible la señal de un golpe para que un joven oficial pudiera presentarse con ella a su nuevo servicio, pero los dos muchachos actuaban como si no se diesen cuenta de ello. Sin embargo, Joan, que debía de poseer un gran dominio sobre sí misma, había tenido aquella sombra de inquietud…
Craig decidió que haría considerar a Larry como exento de servicio por dos o tres días. Le sería preciso para obtener eso efectuar una gestión del tipo que había evitado cuidadosamente, pero la exención de servicio no dependía de las autoridades médicas, sino de las administrativas. Era igual. Se entrevistaría con Brockton si era necesario, y Brockton lo arreglaría. Barridas así sus preocupaciones, Craig se sintió fuerte e inexplicablemente feliz. Ante todo, Larry tenía que ir a anunciar al jefe de día su llegada al campo. Entonces, Craig recordó a la señora Flynn y su coche y quiso dejarle tiempo para que se marchara.
—Tengo —dijo— que llamar por teléfono. ¿Queréis esperarme un minuto?
Desde el interior del locutorio, donde su ficticia comunicación le mantenía encerrado, él los contemplaba de pie sobre el andén, bella pareja en verdad, a pesar de la ennegrecida mejilla de Larry. Y, súbitamente, descubrió que jamás, en toda su vida de una actividad ordenada, se había encontrado en situación semejante, y para una cosa tan perfectamente lógica como era la conferencia telefónica inventada.
Larry encendió un cigarrillo, y Joan, con su pequeño pie moviéndose lentamente sobre el suelo, le hablaba sonriendo. Existía cierto parecido entre ella y su hermana, apenas olvidada, pero Bet no había poseído nunca aquella emocionante calidad de voz, ni aquella mirada de tranquilas profundidades.
«Dichoso muchacho Larry —pensó Craig, añadiendo inmediatamente respecto de sí—: ¡Qué locura!».
El cigarrillo de Larry se había consumido. La conversación de Craig podía terminar. Salió y vio a una bella muchachita, provista de una raqueta de tenis, que miraba con ojos tímidos la puerta del locutorio contiguo, la cual se abrió con alegre y gozoso «hasta la vista». La señora Flynn apareció y puso la mano sobre el hombro de la chica (que tendría un poco más de la edad de Joan Halstead en la época en que ella aparecía en los recuerdos de Craig).
—Comandante Thomas, he aquí a mi sobrina Margaret.
Craig saludó con una seria sonrisa, pues las mujeres, aun las de edad tan tierna, pertenecían a la mitad del mundo que él acogía sólo con entera cortesía. Observó que Larry, viéndolos aproximarse, hablaba con señalado disgusto a Joan, la cual le contestaba con una sonrisa tranquilizadora. Respondiendo a la muda pregunta de Margaret, que levantó hacia él sus ojos ansiosos, Craig declaró: «Me parece muy bien que juegue al tenis», y la adolescente bajó la mirada, ruborizándose, mientras la señora Flynn parecía satisfecha.
Había deseado evitar este encuentro a Joan y era precisamente su ridícula iniciativa la que lo había provocado. Se sentía seriamente disgustado de sí mismo, pero ya Joan estaba allí, ofreciendo una tranquila bienvenida.
—Éstos son los recién casados —murmuró Craig. Y añadió—: Quisiera presentar a usted a mi hermano y a su esposa, señora Flynn. Teniente Thomas y señora. Ésta es Margaret —dijo, dirigiéndose a los otros.
—Hemos oído hablar de ustedes —dijo graciosamente la señora Flynn—. El coronel Flynn está muy contento de tener al hermano del comandante Thomas entre nosotros.
Su mirada maternal se detuvo un instante, perpleja, sobre la contusión de Larry, antes de volverse hacia la joven esposa para tender sobre ella una sombra protectora. Pero Craig sintió que la frase de acogida de ella no había estado muy acertada, no ya por haber mencionado la jerarquía de su esposo —pues las mujeres de los militares lo hacían con mucha más frecuencia que sus maridos—, sino porque, desde el primer momento, Larry se había encontrado de nuevo en plan de inferioridad frente a su hermano. Con alegría comprobó el aplomo y la inmediata recuperación de equilibrio de Larry, después de su contracción instintiva, por la galantería de su saludo. Larry tenía con las mujeres la seguridad de que Craig estaba desprovisto.
—Querida, el problema que tenemos respecto al alojamiento… — explicaba la señora Flynn.
Craig y Larry caminaban delante.
—¡Jesús! —suspiró Larry.
Cuando llegaron a sus coches, la señora del coronel decía:
—Frecuentemente llegan a mis oídos noticias de uno u otro lado. Si, por donde sea, llego a saber algo que pueda interesarles…
Los reunió en un grupo y su mirada fue a chocar con la mejilla de Larry.
—No dudo —indicó— que el comandante Thomas esté encantado de tenerlos aquí. Es un hombre extremadamente precioso para nosotros, deben ustedes convencerse de ello —sonrió a Craig—. Pero se confina estrictamente en su trabajo y su compañía —sus ojos se empequeñecieron un poco, deteniéndose de nuevo sobre la negra señal del pómulo de Larry— será tan agradable para él como para nosotros. Bien, ahora es preciso que me lleve a Margaret.
Craig notó que Joan tomaba una resolución; su mirada, detenida con indulgencia en Larry, fue divertidamente hacia la señora Flynn.
—El problema del alquiler —dijo— no podrá ser peor ni más difícil que en el tren. Lo mejor que pudimos obtener fue una litera alta.
—¡Oh! —exclamó la señora Flynn—. ¡Con lo incómodas que son!
—Larry no me lo perdonará jamás —dijo Joan, con una pequeña risa nerviosa—, pero si se ha fijado usted en su mejilla… Tiene mal aspecto, Larry.
Larry se enderezó, con una actitud estrictamente militar, mientras pensaba que se hallaba en el deber de sonreír por lo que probablemente iba a seguir. Craig y la señora Flynn estaban algo forzados los dos, con la mirada tensa, atendiendo a Joan, que hablaba con una expresión de gracia indefensa.
—Es completamente ridículo —agregó ella, ruborizándose—. Pero Larry es tan… grandote que… al intentar dormir en la parte exterior…
Se detuvo, mirando a Craig con expresión implorante. La señora Flynn insistía:
—Querida, no es preciso hablar de ello.
—Larry… Pues bien, Larry cayó abajo.
—¡No!
La señora Flynn se esforzaba para no reír, pero sus ojos pestañeaban de contento. Joan, enrojecida como una peonía, dijo con la mayor severidad:
—Se ha llevado el gran golpe, ¿sabe usted?
—¡Qué mala suerte! —dijo la señora Flynn—. Pero, como usted misma ha dicho, ¡habrá sido tan chusco! En fin, me alegra que no haya sucedido nada peor —añadió, dirigiendo una larga sonrisa a Larry. Después se volvió hacia Craig—: En mi vida he oído una historia más graciosa.
Después de decir lo cual entró con su sobrina en el coche, y todavía hizo, mientras el chófer maniobraba, un gesto de adiós; su cara resplandecía de contento.
—Bueno —dijo Joan—, todo sea por la mujer del coronel.
—¡Dios mío! —repuso Larry con moderación—, Dios mío, Joan, por la mujer del coronel, la cual se encargará de esparcir esta anécdota, Señor…
—Vamos a tomar un cocktail —cortó Craig. Sentía crecer la cólera dentro de sí pensando en el idiota de su hermano apisonando a la muchacha en la litera alta del vagón. Metió las maletas en el portaequipajes del coche, subieron y se pusieron en marcha. Mientras maniobraba para dirigirse a la gran avenida, el espejo retrovisor le mostró a Larry, el cual miraba fijamente a su mujer que, todavía ruborosa, le contemplaba de igual modo, con las manos cruzadas sobre las rodillas.
—Craig —dijo Larry—. ¿Qué te ha parecido todo eso? Pues no está incompleta la historia. Joan estaba en su litera, pero yo iba sentado en el departamento de fumadores. —Craig sintió deshacerse su cólera—. Había por allá un borracho que se obstinaba en querer dormir sobre mi hombro. Cada vez que caía sobre mí, yo volvía a colocarle en su sitio, hasta que se puso desagradable y tuve que apartarlo con violencia. Él empeoró de tono, le golpeé, me largó un swing, y…
—También tú habías bebido —observó dulcemente Joan.
Craig pensaba en los disgustos y complicaciones que inevitablemente seguían a su hermano.
—¡Mira que contarle eso!
—Pues ¿qué querías que le contara?
—Nada en absoluto. Yo lo llevaba muy bien.
Por el espejo, Craig vio a Joan sacar una polvera de su bolso y ofrecerla abierta a Larry.
—Es una preciosidad —observó él, viéndose en el espejito y utilizando la borla de los polvos—. Una historia como ésa, a pesar de todo…
—Era preciso dar una explicación. Completamente necesario. Y no encontré otra mejor para hacerla reír.
—En eso radica el drama: en que la hiciste reír.
—Era preciso hacerla reír para desarmarla, querido hermano.
Craig, siguiendo el curso de su pensamiento, se sintió lleno de admiración; la absurda y original historia tomaba la apariencia de un monumento de tacto.
Había en su rica voz profunda cierto matiz de paciencia que permitía a Craig volver a hallarse ante la jovencita, toda trenzas y piernas. Ella sonrió a Larry y, viendo la tempestad amainar en sus rasgos, estalló en franca carcajada.
—¡Mira que caer de una litera! —dijo él—. Caer de una litera y en viaje de novios, además.
Y súbitamente se puso a reír a su vez, con su risa sonora y cordial; la risa de Larry tenía siempre algo verdaderamente alegre e irrefrenable.
—¡Caer —Larry se ahogaba de risa—, caer de una litera alta!
Craig Thomas contuvo su hilaridad hasta el momento en que, encontrándose con los ojos de Joan en el espejo, se dejó arrastrar él también a una risa resonante y profunda. Era un hombre que apenas se reía; por eso mismo se extrañó al comprobar que había hecho eco a la alegría de su hermano.
—A pesar de que esta señal es muy bonita, Craig, no tengo muchos deseos de mostrársela, así, de golpe, al jefe de día. Debes de conocer algún medio para hacerla desaparecer rápidamente, ¿no?
—La medicina y la cirugía pueden realizar milagros, pero aunque un tratamiento a base de ondas cortas puede activar la curación, un ojo descalabrado es un ojo descalabrado, lo mismo hoy que en la Edad Media.
—Pomadas, cosméticos.
Casi al momento de decir esto, Craig detuvo el coche ante una farmacia, bajó y pidió un producto llamado «Covermark». Aplicó en la mejilla de su hermano la pasta rosácea y la amasó con suavidad, no dejando sino un delgado espesor en la zona afectada. Buscó entonces en su imaginación una frase sarcástica que prodigar, una galantería que decir, y, no hallándola, volvió a su puesto en el asiento delantero del coche. Con pequeñas exclamaciones, Joan palpaba la mejilla golpeada, pues una mujer no sabría prohibirse el tocar un maquillaje, ni una esposa querría dejar de colaborar en la reparación de su marido.
Larry tomó de nuevo el espejito, y silbó con aprobación.
—¿Qué te parece esto, Joan? Dime qué ojo era. ¡Maravilloso! Un truco de Hollywood.
—No te laves la cara —advirtió Craig.
Los llevó hasta el campo y paró el coche ante un cuadrado edificio de mampostería, ante el cual un centinela hacía la guardia.
—El edificio de la Administración, Larry. Aquí encontrarás al jefe de día.
—Sí —replicó el aludido—. Y le sostendré firmemente la mirada. — Dicho lo cual se alejó muy seguro de sí mismo, con los hombros bien echados hacia atrás y el gorro de campaña briosamente ladeado. Joan le siguió cariñosamente con la vista, haciendo al tiempo un perplejo movimiento de cabeza. Y como Craig se volviera hacia ella, le dijo:
—Larry me trastorna. Todo entre nosotros sucede de pronto y por saltos. Nuestra vida no es otra cosa sino una continua improvisación. Es un gran muchacho, Craig, y creo que verdaderamente ha nacido para la Armada.
—Sí —respondió él, acordándose de que Larry tenía a la sazón veintiocho años—; es un gran tipo desbordante de vitalidad.
No obstante, pensaba que, por una vez, su hermano había tenido una suerte inconcebible. Hubiera querido dirigir un pequeño y gentil discurso a la recién casada, pero sabía bien que él no hacía tales cosas con naturalidad, sino con una formal cortesía un poco hinchada. Por esta razón, el fervor de su propia voz le sorprendió en extremo, así como la facilidad con que las palabras le acudieron por sí mismas; creyó estar escuchando hablar a otro cuando dijo:
—Yo he de felicitaros a los dos. Pero el mundo entero felicitará a Larry.
—¡Oh, Craig! —repuso ella, levantando la mano para protestar—. Esto es encantador, pero extravagante.
Sin embargo, estaba contenta. Miró el portal por donde Larry había desaparecido y comenzó a esperar su regreso. Craig se sintió extraordinariamente solitario.
Larry reapareció y subió al coche con un suspiro de alivio.
—Todo va bien. He firmado en el libro de llegadas y no tengo que presentarme al jefe antes de mañana.
Craig los condujo a un lugar tranquilo. Muchas veces se había sentado con Larry en un rincón semejante para escuchar la enredada historia de algún acto impulsivo y ser requerida, mal de su grado, una indispensable asistencia.
Levantó su vaso y dijo sencillamente:
—Por los dos.
—Por Joan —respondió Larry, enlazando con su brazo los hombros de su mujer.
—Por todos nosotros —dijo ella.
Ellos sonrieron ante tanta solemnidad, y Larry añadió:
—Por la guerra. Véase qué esposa le adeudo. Al uniforme. Es el uniforme el que la sedujo. Pero yo estaba dentro.
—Su hermano —explicó Joan, con un resplandor de animación sobre su rostro— me presentó nuestro matrimonio como deber patriótico. Toda demora era pura traición.
—Atacar, atacar y siempre atacar. He ido hasta el final de la línea Maginot y la he doblegado.
—Y eso, a buen seguro, no era justo —dijo ella, riendo.
—Es la guerra.
Craig notó que cuando estaba con Larry, ella adquiría una ligereza y frivolidad que no le eran naturales. Sentía que ella bromeaba mucho más de lo que lo hubiese hecho por impulso propio. Pero, al mismo tiempo, éste era uno de los síntomas de la guerra y de la vida tumultuosa que originaba. Joan, siempre dulce y calmosa, explicó:
—El permiso de Larry era muy corto. Me llevó con él y los dos huimos.
—Un capitán de infantería estaba poniéndole sitio —refunfuñó Larry—. ¡Que no me hablen del Ejército de tierra! Empleaba armas pasadas de moda, anticuadas incluso, tales como flores y golosinas.
Satisfecho de sus comparaciones y metáforas, Larry calló, y Craig se preguntaba cómo y por qué, en nombre de semejantes inmerecidas inspiraciones, el muchacho había conquistado a la chica de claros ojos grises, de voz turbadora y rostro sensitivo, donde se disimulaban las emociones.
—Bombardeé a Joan en picado —explicó Larry—. No la dejé tiempo para reflexionar, ¿verdad, cielo?
—Llega un momento en el que una mujer no tiene necesidad de reflexión —protestó Joan, sonriendo—. Larry intenta hacerme pasar por una prisionera de guerra.
—Lo eres.
—Larry, piloto —dijo ella con un leve matiz de orgullo—. Me hubiera gustado mucho hacerle esperar durante unos meses. Pero cuando se me presentó aquel día diciendo que se marcharía pronto y que… mis intenciones… —Ella posó su mano sobre la de Larry y la estrechó—. Mis intenciones…, aquí estamos. Acostumbraba antes a creer que era preciso tener un plan de vida, y hoy ni sabemos siquiera dónde podremos vivir.
Craig rió. Nada de aquello era broma ni pretendía serlo. Pero en la medida en que veía pasar las sucesivas expresiones por aquella fisonomía, a la vez en calma y animada, el júbilo brotaba dentro de él. Y como si hubiera descubierto en sí un humor que ellos habían de apreciar también, sus risas respondieron a las de ella. La risa de Joan tenía la misma emocionante calidad que su voz. Craig se detuvo instantáneamente, con la sangre helada de pánico en las venas. Para ocultar su confusión encendió un cigarrillo, pero su mano, tan precisa, tan firme y dueña de sus movimientos cuando operaba, temblaba al abrir el encendedor.
—Es preciso, sin remisión, que vaya al hospital —dijo precavidamente—. Podría dejaros en el hotel.
—Joan —dijo Larry—, querría tener unos minutos de conversación a solas con Craig. ¿Nos lo permites?
Ella se puso en pie, ligera, con el bolso en la mano. Ellos, se levantaron al mismo tiempo. Ella les sonrió.
—Hermanos —dijo— nunca tuve. Es bonito veros juntos.
El pecho de Craig Thomas se llenó de un suspiro profundo.
—Hablando delante de ella, acaso la hubiera molestado —dijo Larry, sentándose de nuevo—. Pero la cosa es ésta: he gastado mucho estos días, y quisiera llevarla a un sitio bueno, pero de hoy al cobro faltan diez días. ¿Podrías darme un cheque de cien dólares?
Sin comentarios, Craig extendió uno de doscientos.
—¡Craig! —exclamó Larry—. Esto es asombroso. Pero ¿no te hará ir mal a ti? Quiero decir, entendámonos, hasta que pueda devolvértelo, pero…
—Es preciso que encuentres un sitio bueno —dijo Craig.
—Estoy muy conmovido, Craig, y Joan también lo estará.
—¿Qué necesidad tiene ella de saberlo?
Craig planteó la cuestión tan rudamente, que Larry enrojeció de sorpresa.
—No es indispensable —dijo.
Durante todo el trayecto hacia el hotel, Craig no miró ni un solo instante el espejo del coche, y mantuvo los ojos fijos sobre la ruta, luchando contra una sofocación que le apretaba el pecho. En otros momentos se hubiera interesado profundamente en dilucidar cómo un estado mental era capaz de producir tales trastornos físicos y aquella contracción nueva para él, desconocida, solamente anhelaba irse lo más pronto posible y estar solo.
—¿Querréis hacerme saber si puedo seros útil en algo? —Oyéndose hablar detestaba la forma solemne de su frase—. Es necesario que volvamos a vemos pronto. Buena suerte.
—He aquí a Craig otra vez dentro de su preocupación profesional —dijo Larry, sonriendo—. El estilo médico reaparece.
—Hasta la vista, Craig —dijo Joan—. Nos sentimos muy contentos de que haya podido estar con nosotros desde la llegada.
Partió con aquella voz en los oídos y aquel rostro parecido a un sonriente espejismo en el espíritu; su piel estaba fría como un bañador mojado. De inmediato viró en torno a la esquina del hotel y se detuvo junto al bordillo de la acera. Invocaba con desesperación una tregua a su obsesión sabiendo que no la habría. La jovencita toda piernas y trenzas era la mujer de Larry Thomas, y era él, Craig Thomas, quien hubiera debido casarse con ella. Juzgó criminal esta idea, indigna de ser pensada por un hombre dueño de sí mismo, el cual debería aniquilarla en su interior. Pero su admonición se deshizo ante la certidumbre de que él no había sido ni sería nunca un hombre fuerte. Haría enviar flores a su habitación. Ella estaría contenta. Su faz se iluminaría con una dulce luz. Y le diría a Larry…
Craig Thomas sacudió su zozobra, descendió de su coche y, con su actitud más militar, penetró en un establecimiento de tabacos. Dos soldados que andaban por allá, no estando obligados a saludar en un interior, se irguieron, sin embargo, ante su aspecto sombrío.
—¿Diga, señor? —preguntó la propietaria.
—¿Dónde está la florista más cercana? —contestó con voz seca.
Al salir se dio cuenta vagamente de que la conversación se reanudaba detrás de él con una risa molesta.
—¡Jesús! —exclamó uno de los soldados—. ¿Este tipo envía flores? ¡Será seguramente para algún entierro!