Cirujano del aire

Frank G. Slaughter · Capítulo 15 de 27

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Cirujano del aire

Capítulo XV

 

 

EL soldado de segunda Henry Smith cantaba bajo la ducha. El trabajo del día estaba terminado y podía disponer de su tiempo hasta el toque de diana. Dolly le esperaba en su carro, bautizado con el nombre de La Solitaria, pero, si dependía de él, ella no estaría solitaria con frecuencia.

—¡Eh!, dime, Bing Crosby —exclamó un soldado bajo la ducha vecina—,

¿quién te ha metido un níquel en la ranura[18]?.

Henry sonrió largamente, se enjugó los cabellos y, con el albornoz anudado en torno a la cintura, subió a la plataforma de cemento que conducía a la extensa hilera de tiendas. Algunos soldados estaban alojados en las edificaciones hechas con madera y pesado cartón de construcción, pero las tiendas resultaban preferibles en verano. El aire circulaba por ellas con mayor facilidad y el calor no era tan grande.

Henry se puso un uniforme fresco, impecable, con los pliegues perfectamente alisados y el cuello liso y bien planchado. Se anudó la corbata y pasó sus dos extremos entre el primero y segundo botón por debajo del cuello, tal cual lo prescribe el reglamento. Apartó sus gruesas botas de trabajo y se puso un par de zapatos bajos de su propiedad particular, los cuales limpió hasta que el cuero estuvo igual que un espejo; se adosó el gorro en el ángulo que le pareció más conveniente y se admiró en el espejo colgado de un clavo, en un piquete de sostén. Después salió. Sobre la colina donde se levantaba el mástil de la bandera, el toque de retreta había sonado ya, el clarín había lanzado las notas reglamentarias, y la bandera arriada por un hombre destacado de la guardia, había sido doblada exactamente cuatro veces en el sentido de profundidad, diez veces a través y, por último, una al sesgo, dándole la forma de un tricornio, siendo depositada en el puesto de guardia.

El sol del día siguiente la vería otra vez en el mástil, después del ceremonial acostumbrado, mientras los hombres presentaban armas y los oficiales saludaban. Pero, hasta aquel momento, Henry estaría al lado de Dolly.

Por doquier, los hombres de la base se dedicaban a vagar a su placer, en pantalón y camiseta; unos leían, otros jugaban a las cartas. Del campo de deportes llegaban los gritos de los jugadores de base-ball y el zinng agudo de las raquetas de tenis golpeando la pelota. Henry pensó que aquél era un lugar verdaderamente estupendo y se asombró de haber podido encontrarlo lúgubre. La comida era buena y suficiente, los oficiales se portaban bien y eran razonables si se hacían las ordenanzas. Si se faltaba a ellas o no se hacía nada, o las cosas se realizaban mal, caían inevitablemente sobre quien incumplía, pero no se podía negar que ello era justo. Henry no veía, en modo alguno, nada que pareciese pedir una mejora.

Era pronto aún. Henry decidió recorrer a pie los pocos kilómetros que le separaban de Boomtown. No podía reunirse con Dolly antes del crepúsculo (ella le había hecho aprender bien esa lección, deseosa como estaba —se lo había dicho— de salvaguardar su reputación). Cuando recorría la carretera que conducía a la salida del campo, se cruzó con muchos oficiales que se dirigían al club o se preparaban a dejar el campo por la noche. Saludó a cada uno de ellos con exactitud y precisión, el brazo derecho perfectamente horizontal, el antebrazo formando un ángulo de cuarenta y cinco grados, la mano extendida, con la palma hacia el suelo y la extremidad de los dedos tocando el gorro, justamente por encima del ojo derecho. La mano bajaba luego rápidamente de un modo seco, en movimiento de retorno, una vez que la respuesta había sido dada. No porque el soldado debiera saludar el primero había de hacerlo peor.

En el portal de la base, Henry mostró su permiso y pasó. Muchos soldados esperaban impacientes el autobús, pero él prosiguió, a lo largo de la carretera, hacia la ciudad, procurando evitar que el polvo ensuciara sus brillantes zapatos.

Cuando llegó a la esquina del Aligátor y tomó el camino estrecho que conducía al campo de los carros, las pequeñas luces de neón se encendían y apagaban por todas partes, indicando las industriosas disposiciones de los propietarios de los diversos locales, prestos al trabajo nocturno. Pero, en la vivienda de Dolly, la pequeña luz no brillaba. Experimentó una alegría infantil. Aquella llamativa enseña que emitía su Lonely One (La Solitaria) al corazón de la noche, tenía el don de ahogar en sus labios su alegre silbido. Golpeó dos veces en la puerta como Dolly le había dicho que hiciera.

Ella se había hecho un peinado nuevo, consistente en una serie de dibujados bucles; llevaba un pantalón de estar por casa de color verde pálido y levantó un pie para que él viese la sandalia del mismo color.

—Armonizan, ¿verdad? —dijo ella con satisfacción—. Me gusta mucho que todas las cosas vayan bien entre sí. ¿Y a ti? ¿Te gustan?

Ella estaba más bonita que nunca y, desbordando de una felicidad admirativa, él buscaba con entusiasmo las palabras capaces de expresar lo que sentía.

—¡Me trastornas, Dolly!

Cuidadosamente, ella colocó un cigarrillo al extremo de la larga boquilla cuyo manejo le gustaba.

—Tengo una cosa para ti.

—¿Para mí?

Henry resplandecía.

—¡Oh! ¿Qué es?

—Sobre todo, no te rías. Un pijama. Y un cepillo de dientes. Y una maquinilla de afeitar, con su crema.

Él pasó la mano sobre aquellos cabellos rojos que tanto le gustaban y la abrazó de nuevo.

—Es magnífico, pero no deberías haberlo hecho.

Ella abrió un paquete y extendió el pijama, colgándolo de su brazo. Era de seda roja con unos pájaros amarillos. Henry pensó que le habría costado cinco dólares o más.

Dolly rió al ver su expresión.

—Ya sé que es maravilloso. El cepillo de dientes es rojo también. Armoniza.

Suspiró teatralmente y continuó:

—Pero con esto se acaban las buenas noticias. Las otras son malas.

Su mirada consternada llenó a Henry de inquietud.

—¿Qué sucede, Dolly? ¿Qué quieres decir?

—Simplemente, que no podremos continuar como hasta ahora. Has venido cuatro noches enteras seguidas, Henry.

—Claro. Y mañana también tengo permiso. ¿Es que no puedo venir?

Ella se pasó por la frente su cuidada mano y la retiró con los dedos entreabiertos.

—¡Y yo sin ir al Aligátor! Naturalmente, las otras chicas hablan…

—Que hablen. Déjalas decir —exclamó él con violencia—. ¿Es cuestión de dinero, Dolly? ¿No he hecho bien las cosas?

—Las has hecho estupendamente, Henry. No podría estar mejor, aunque hubieras sido sargento o algo parecido.

—Pronto ascenderé —repuso él con voz sombría.

Ella alzó los hombros.

—Es el carro, Henry; el alquiler.

Viendo su rostro perplejo y apenado ella prosiguió:

—Doblan el alquiler. Me será preciso tomar otra chica conmigo.

—Pero, Dolly —protestó él—. ¿Y las horas que pasamos juntos? Eso casi es ya un hogar para mí. Tú no puedes vivir con una compañera aquí.

—Lo sé —dijo ella con resignación—. Cuando me enteré de la noticia, me puse tan furiosa que compré medio litro de whisky para olvidar… Voy a preparar el whisky con soda, Henry.

Él mantuvo el vaso en la mano, con aire desventurado.

—Es un descaro insensato. ¡Veinte dólares por semana! Sería necesario que no parase de entrar y salir.

Después de decir estas palabras, ella le miró atentamente; luego contempló a través de la ventana el letrero luminoso del Aligátor, el cual se encendía y apagaba muy cerca de allí.

—¡Lo que llego a odiar a ese aligator verde! —exclamó con voz trágica.

—Tú vales demasiado para estar allí. De un modo u otro, era preciso que lo dejases. Tal como soy y con mis sentimientos hacia ti, creo que el primer tipo que viera salir de este carro iría a despertar al hospital.

—Eres bien capaz —repuso ella, en un impulso de admiración—. Henry, terminemos de preocuparnos. Conformémonos con ser dichosos por el momento.

—¿Dichosos? —preguntó él, con un súbito deslumbramiento—. ¡Ochenta dólares al mes por un carro! ¿Cuánto costaría un departamento?

—Henry, ¿es que quieres hacerme una proposición?

—Quisiera alejarte de esto. Voy a decirte lo que vamos a hacer. Iremos a la ciudad —su tono adquirió autoridad—. Comeremos bien. Veremos una película, si quieres. Y luego daremos una vuelta a ver algunos departamentos, y comprobar qué aspecto tienen. Hay algo que no sabes; tengo una renta de sesenta y cinco dólares al mes, que una tía me legó.

La idea de poseer un departamento y vivir en él con Dolly, como marido y mujer, a él, que una semana antes tenía miedo de las mujeres, le hacía tambalearse ante su propia audacia.

—Anda, date prisa. Dan una buena película del Oeste en el «Orfeus».

Hablaba como jefe y esto le regocijaba profundamente.

Ella le pasó los dedos por los cabellos.

—Eres verdaderamente amable conmigo, Henry. Voy a darte un segundo whisky mientras me visto. Ten una revista.

En el autobús, algunos soldados los observaron con curiosidad patente. Henry no se preocupó de ello y Dolly se sentó, digna, rígida, en la actitud conveniente, con las manos juntas sobre las rodillas y teniendo en el rostro esa expresión de frialdad superior que había estudiado con frecuencia en Greta Garbo. Henry le lanzaba rápidas ojeadas, volviendo a hallar en ella la primera expresión que le había visto, cuando entró en el Aligátor, desde cuyo momento su vida había cambiado. «No empleaba nunca esa expresión cuando estaban solos, pero ante el público era una excelente idea», —pensaba Henry.

La llevó a un restaurante italiano —pollo frío y spaghetti— y bebieron vino tinto durante la comida.

—No tengo ganas de ver esta película del Oeste —declaró Dolly—. Todo se mueve en esas cintas y demasiado deprisa. Hace daño a los ojos.

Buscaron un departamento. Un chico vendedor de periódicos había pasado por el restaurante con las hojas de la tarde y ellos habían anotado pequeños anuncios.

—Nada nos costará pasar a verlos —dijo Dolly—. Pero, después del carro, no tendrán el aspecto de ser una gran cosa. Tú hablarás, Henry. Yo diría tonterías.

Henry apretó la mano de ella sobre el mantel en una expresión de confianza que estaba lejos de experimentar. Pero mientras marchaban juntos, y miraba su bonito rostro, y su deliciosa silueta, se sentía desbordante de orgullo, algo angustiado, sin embargo, al pensar en sus relaciones, tan secretas hacía sólo pocas horas.

Subieron muchas escaleras. En todas partes eran recibidos por una señora ya de cierta edad, que los examinaba de cerca, les conducía hasta un cuarto cuyo papel estaba casi descolorido, con un fogón de gas en una alacena y una reducida alcoba que servía de cocinita; decía el precio, siempre demasiado elevado, y les indicaba el cuarto de baño al fondo del corredor. Henry soñaba con un lugar limpio y claro donde Dolly pudiera cultivar flores sobre el alféizar de la ventana.

—El carro estropea el gusto para luego vivir en un departamento — comentó sombríamente Dolly—. El carro es limpio y práctico; una vez que las cosas están bien colocadas en él y cuánto tiene asas está colgado, se halla todo a mano.

—Creo, desde luego, que desde ese punto de vista, un carro es difícil de superar. Pero no deseo que vuelvas otra vez allí.

—Pienso, en cambio, que deberíamos volver enseguida. Has tenido una idea delicada y gentil, pero que tiene todo el aire de no ser más que un bello ensueño.

Habían llegado al extremo de la ciudad, ante una pequeña torre, con el pórtico encuadrado por viñas.

Henry pensaba en el carro confortable y abrigado, y en los instantes que iban a pasar en el asiento del fondo; uno al lado del otro, fumando un cigarrillo y tomando una taza de café, y, después, en la cama.

—Lo temo —repuso.

Una mujer baja y gorda salió del pórtico por la pequeña avenida y llegó hasta la calle.

—¿Buscan ustedes el camino? —preguntó amablemente—. Veo que están ustedes parados ahí.

—No, gracias —respondió Henry—. Buscábamos un departamento, pero inútilmente; volvemos hacia la ciudad.

—No hay muchos departamentos —hizo notar la señora.

—Los que hay no están muy limpios —exclamó Dolly con el aire de estar ligeramente fastidiada y afligida.

—Tengo un bonito sitio por alquilar encima del garaje —indicó la mujer —. Voy a buscar la llave y se lo enseñaré.

La siguieron por una escalera exterior. Abrió una puerta y dio la luz.

—Un oficial y su mujer lo dejaron ayer —dijo con una sonrisa de duda—. El estado en que lo encontré me sorprendió algo, pero acaso no tuvieran tiempo… ¿Es usted oficial?

—No, señora.

—Está en la aviación —explicó Dolly, que examinaba el minúsculo piso. Una cama plegable, una vez extendida, transformaba el estudio en dormitorio. La parte destinada a cocina contenía una nevera eléctrica y un horno de gas. Sobre el alféizar de una ventana había peonías que crecían en su tiesto. En el pequeño cuarto de baño había una ducha con toda su instalación.

—Hay una vajilla y la necesaria batería de cocina. Cambio la ropa cada semana.

—Está bien —dijo Henry.

—¿Qué precio? —interrogó Dolly.

—Cuarenta dólares al mes.

Henry repitió:

—Está bien.

—Es un departamento limpio y tranquilo —dijo la gruesa propietaria—. ¿Quiere usted discutirlo con su señora? Puedo volver a la casa y ya vendrán ustedes a decirme algo y traerme la llave.

Henry hizo unos signos, dirigidos a Dolly, decididamente aprobatorios.

—¿Podríamos venir mañana? Por esta noche permaneceremos en el hotel.

La mujer sonrió a Dolly, que acababa de hablar.

—¿Mañana? Muy bien. Por la mañana lo limpiaré todo y cambiaré la ropa. Debo advertirles que hay que regar las peonías un día sí y otro no; si no, morirían.

—Voy a pagarle un mes por anticipado —dijo Henry.

No era tan difícil, y estaba deslumbrado. Sin embargo, fue un verdadero alivio volver a encontrarse en la calle con Dolly.

—Me pregunto cómo será posible eso —dijo ella, apretándose contra su hombro—. No puedo creerlo todavía. ¿Y tú?

—Es un poco súbito —admitió. Pero el asombro que le producía su propia conspiración, sus proyectos para el porvenir, le llenaban de una altanería optimista—. Nos llevaremos perfectamente —agregó—. Será magnífico. Subamos a un taxi.

Con un brazo en torno a ella, durante el trayecto de regreso, Henry repasaba mentalmente el número de permisos nocturnos que podría conseguir. Si le fuera posible declarar que estaba casado, obtendría cada día la necesaria autorización para la noche, no teniendo obligación de presentarse hasta la mañana siguiente, después del desayuno. A pesar del ardor de su deseo no se atrevía a mentir a la Armada por una cosa como aquélla.

Dolly preparó whisky, tostadas y huevos revueltos.

—¡Cocinar para un muchachote como tú!… —murmuró ella—. No sabía que fuera capaz de hacerlo, de ser una mujer hacendosa. Pero estaré contenta… —Se interrumpió, poniéndose a inspeccionar lo que encontraba—. Esta botella de salsa de tomate —decidió bruscamente—, puede desaparecer.

—Sobre todo, ten en cuenta que no quiero verte cargando cosas pesadas. Toma un taxi para llevarte lo que necesites.

Era una sensación formidable la de poder decirle a ella lo que tenía que hacer. ¿Qué diría el cabo Tyce si supiera la evolución del soldado de segunda Henry Smith? Pero, ciertamente, no pensaba hablar de ello a Tyce, pues no tenía deseos de oír ninguna de sus sucias frases.