Cirujano del aire

Frank G. Slaughter · Capítulo 26 de 27

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Cirujano del aire

Capítulo XXVI

 

 

EL soldado Henry Smith había vuelto a su consideración de héroe, en el lecho del hospital. La vez anterior tenía las manos quemadas; en esta ocasión era su cráneo, el cual presentaba una larga cicatriz y una hinchazón grande como un huevo de oca; le parecía que, para ser héroe, era indispensable tener alguna parte del cuerpo envuelta en gasas y vendas. Sus visitantes eran numerosos, más todavía que cuando el accidente del teniente Waller, porque todos los mecánicos de aviación venían con detalles documentales, como consecuencia de su pelea con el cabo Tyce. Y Chuck Waller mismo, en su sillón de ruedas, fue a hacerle una larga visita y a darle las últimas noticias del teniente Thomas que estaba aún, en aquel momento, en el hospital de Rand Field.

Todo aquello estaba muy bien, pero, en su interior, Henry sentía el deseo de que Dolly hubiera podido verle una vez aureolado de gasa blanca. El sargento, que, cuando tenía el brazo vacunado, le había puesto al fin y al cabo en el camino del heroísmo dándole aquella tarde permiso para ir a pasearse, era el más importante de sus visitantes, de entre el equipo de tierra. Fue también el primero, pues pasó a verle desde el primer día, al acabar el trabajo.

—Smitty —decía—. Fui uno de los que arrancaron a Tyce de encima de ti. Él llevaba la intención de matarte, pondría la mano en el fuego. ¿Y sabes lo que he oído decir? Es un informe que viene en línea recta del despacho del coronel. ¡Trabajaba para los alemanes! ¿Sabes cuánto le daban? He oído comentar la cifra de quinientos dólares por avión, otros dicen que mil. ¿Hubieras podido creer semejante cosa? ¡Esa rata!

—Ayer no hubiera podido creerlo. Hoy me parece posible todo.

—Le han obligado a decirlo. Lo han conseguido, ¿comprendes?, mediante esos trucos con los cuales la Armada no bromea. Se asegura que ha hecho una confesión completa. Ni siquiera está aquí ya. Tú seguramente creerías que había sido encerrado en una prisión… pues no ha sido así. Ha partido de aquí.

—¿Fuera de aquí? ¿Adónde?

El sargento tomó un aire misterioso:

—La Armada no da explicaciones sobre esas limpiezas. Nada se leerá en los diarios. Salió de aquí, en un coche. Habrá un Consejo de Guerra en cualquier parte. El coronel irá. Tal vez vayas tú también, Smitty. Acaso tomen tu declaración por escrito. A la mañana siguiente, se oirá una descarga. Se cavará un hoyo. Y eso es todo. La Armada no facilita comentarios sobre historias de ese estilo.

Era algo como para hacer temblar, sí. El cabo que se había burlado tanto de él, hostigándole, y que le había contado tantos éxitos con las mujeres, iba a tener seis pies de tierra sobre su cuerpo. Pero el temblor de Henry no duró mucho.

—Es demasiado poco para él —dijo.

—Tienes razón, Smitty. No te reprocho que no descubrieses lo que él era. Yo mismo no adiviné nada. Pero siempre observé en él algo extraño.

—Extraño sí lo era.

—Le hubiera vigilado y entonces descubierto alguna cosa, pero no era alemán. Y me parecía imposible que quien no fuese alemán pudiera trabajar para ellos. ¿Sabes lo que se encontró buscando entre sus papeles? Coleccionaba fotos de accidentes de aviación. Una curiosa porquería, ¿no es así?

—Las enseñaba, a veces. Usted las había visto, sargento.

—Si no era alemán, era un chiflado —concluyó con firmeza el sargento —. Solamente un chiflado se divertiría destrozando buenos pilotos americanos. ¡Dios del cielo, Smitty, y ese tipo convivía con nosotros! ¿No es terrible?

La misma sacudida conmovió tan violentamente a todos los hombres del equipo de tierra, que el segundo día hicieron una colecta a favor del soldado Smith, que había descubierto el sabotaje. Tres delegados se acercaron a él con ciento veinte dólares, al mismo tiempo que llegaba a verle Dolly Varn.

A causa de que una carta era demasiado lenta y no había ningún mensajero al que pudiese confiar sus asuntos, había rogado a la enfermera que enviara un telegrama a Dolly.

—No sabía que estaba usted casado —le hizo notar la enfermera.

—Nadie más lo sabe —reconoció él—. Y desearía que guardara el secreto.

La enfermera le miró largamente; luego prometió lo que le pedían.

Dolly Varn y los tres soldados del equipo de tierra entraron, pues, en la habitación de Henry al mismo tiempo. Ellos le lanzaban miradas de admiración y se miraron unos a otros con la vista baja, mientras ella pasó sus brazos en torno al cuello de Smith. Nunca le pareció ella tan vivaz, tan animada y llena de color, danzando casi de excitación.

—¡Henry! ¿Cómo va la cabeza? —exclamó Dolly—. He oído a estos tres señores hablar de ti ahí fuera. Encuentro que ha sido magnífico, Henry, y todo el mundo está orgulloso de ti.

La enfermera entró para advertirles que no le excitaran ni le fatigasen.

—¡Oh, no tuvo nada de extraordinario! —dijo Henry, mal de su grado—. No hice más que pegar hacia arriba. He aquí la señorita Vara —agregó, presentando a la chica a los tres muchachos. Pero sentía zumbidos en la cabeza y como si le golpearan.

Un cabo llamado Clafter le entregó un sobre, diciendo:

—Me encargaron que hiciera un pequeño discurso, Smitty. Pero esta dama me ha hecho olvidar todo lo que había preparado. Los chicos hicieron pasar el gorro. Y he aquí el resultado. Puedes hacer con ello lo que quieras al salir de aquí. Y, como la señora ha dicho, estamos orgullosos de ti.

—Gracias. Denles las gracias a todos, ¿quieren? —dijo atropelladamente Henry—. Pero cualquiera hubiese hecho lo mismo que yo. No hice más que golpear para arriba.

—Usaste el cerebro —dijo Clafter—, y eso es lo que vale.

Y ahora, ¿cómo te encuentras? ¿Cuándo saldrás de aquí? ¿Has oído decir que aquel cerdo cobraba mil dólares por avión?

—Lo he oído decir, sí —exclamó Henry.

—Es para vomitar, ¿no? —preguntó el soldado Diamond—. Nos gustaría oír tu explicación, que nos contaras la historia tal como pasó, con detalles. Cuéntanoslo, Smith. Cosa por cosa.

Dolly miró coquetamente a Henry. Puso suavemente la mano sobre uno de sus hombros e hizo que la mirara frente a frente.

—Ellos no lo saben todo, ¿no es así? ¿Te acuerdas de lo que yo te había dicho, Henry? ¿Tenía razón?

Bajó un poco la voz, pero no demasiado y agregó en el tono justo:

—El hombre del FBI.

—Escucha —protestó Henry—. Tengo dolor de cabeza. Verdadero dolor de cabeza.

—Nos iremos —dijo el soldado Diamond—; tienes que descansar, Smitty. Sabíamos a qué atenernos a propósito del cabo. ¿Fue por eso por lo que saltaste sobre él y le pegaste, Henry?

—Escuchad, el chico tiene dolor de cabeza, y hay que dejarle reposar — indicó el cabo Clafter—. Pero deberías permitir, Smitty, que la señora viniera con nosotros y contase a los chicos cómo sucedió todo.

—Tengo que hablar con ella —exclamó Henry exasperado—. No, ella no puede ahora irse con vosotros. Quiero hablarle. Ya os contaré…

Dolly asintió con el gesto, diciendo:

—Es un secreto militar.

Por tumo, estrecharon la mano a Henry y, bien a disgusto, se despidieron de Dolly. El soldado Diamond dejó caer una última advertencia al alejarse:

—Será absolutamente preciso que nos cuentes esa historia del FBI, Henry. Si no tuvieras dolor de cabeza… Volveremos a verte.

—¡Henry! —exclamó Dolly, con una mirada de entusiasmo extasiado—. ¡Henry, eres un héroe! ¿Saldrá esto en los diarios?

—¡Qué contento estoy de verte, Dolly! ¿Quieres calmarte un poco?

El humor de la bella y su carácter, hijo de su cabellera roja, ardieron de súbito.

—¿Crees que digo despropósitos? Es eso, ¿eh?

—Claro que sí. No podemos contar tales historias a ésos. Quiero decir que son buenos muchachos, desde luego, pero ¿a qué fin he de contarles lo del FBI? ¿Secretos militares? Un secreto militar…

—Eres un hombre calmoso y reservado, Henry —repuso ella, calmándose también—. ¿Crees que es divertido pasarse el día sin decir palabra en el piso, sin tener nada que hacer durante todo el tiempo? ¿Es que acaso, sólo porque eres un héroe, no tenemos derecho a hablar de ello? ¿No lo había yo descubierto todo a propósito del cabo? ¿Es que no he realizado un servicio a la patria? Has de reconocer que acerté en todo.

—Sí, Dolly, no hay duda. Está muy bien. Verdaderamente, señalaste algo notable. Sólo que… Pero, bueno. Hablemos de otra cosa.

—Debe de haber algún medio para que yo saque algún provecho del asunto, Henry. Una chica no puede «dejar ir» una oportunidad como ésta. ¿Por qué razón no facilita la Armada una información a los periódicos?

—Se guarda mucho de hacerlo, a Dios gracias.

Dolly sacudió la cabeza, perpleja y desorientada.

—Me gustaría tener un álbum de recortes de Prensa. Nunca he visto mi fotografía en los periódicos. ¿Y tú?

—¡Dolly! —suplicó él—; no pienses en cosas de ese género. Vas a ocasionar graves disgustos que nunca terminarán. De todas maneras, la Armada lo negaría y desautorizaría semejantes declaraciones. Por consiguiente… olvida eso. Ya sé que nosotros no lo olvidaremos, pero haríamos mejor no hablando de ello. Tú has hablado demasiado ya.

—Si es esto lo que decides… —dijo ella con una voz que indicaba molestia, mientras le acariciaba la frente prosiguió—: ¿Cuándo podrás salir de aquí otra vez?

—Dentro de unos días. Entonces haremos una fiesta y celebraremos cuánto quieras. Guarda el sobre que me trajeron aquéllos y piensa en el medio de celebrarlo dignamente, del modo que te cause más placer.

—Es necesario que sea algo que esté bien —observó ella—. Es lo menos que pueden hacer por nosotros, por lo demás. En este momento, podrían continuar perdiendo oficiales y pilotos. Deberían hacerte oficial, Henry; sí, eso es.

Entonces, ella sonrió con aire soñador, a la manera de otros tiempos, mirando al techo, como lo había hecho en la tarde de su primer encuentro en el Aligátor.

—Eso valdría la pena —murmuró—. Te he traído algunas cosillas, Henry. —Sacó de su bolso golosinas y cigarrillos—. ¿Te parece bien? Me gustaría mucho ser tu enfermera.

Cuando se hubo marchado, él se dejó caer sobre la almohada y a su vez se quedó mirando al techo. Maldijo la mala suerte que hizo que ella se encontrase con sus compañeros. Se había sentido muy nervioso, al presentársela. Probablemente, ninguno de ellos la conocería, pero todos iban a Boomtown, de vez en cuando. Cerró los ojos con un gesto de cansancio. Dolly era maravillosa. Pero con frecuencia también impulsiva y ligera, y cada vez que pensaba en lo anterior, sentíase como ahogado.

—¿Necesita algo? —preguntó la enfermera.

—Quisiera algo para dormir.

Ella sacudió la cabeza y repuso:

—¿La vida conyugal no le va bien?

Dolly no volvió al día siguiente. Mientras los mecánicos rodeaban su lecho y transcurrían las horas de la visita, él miraba con pánico creciente en dirección a la puerta. Ella volvería. A menos que algo le hubiera ocurrido. Cuando se hubo cerrado la sala a los visitantes, evocó las distintas posibilidades: enfermedad, accidente de auto. Acaso llegara tarde. Recordó haber estado duro y antipático con ella y se preguntó si se habría enfadado. Llamó a la enfermera y le rogó mandara otro telegrama.

Al otro día, ella llegó, resplandeciente, con una permanente recién hecha y las uñas pintadas.

—No pude encontrar taxi —dijo—. Y después se hizo demasiado tarde.

Ella mantenía su mano cogida y súbitamente los ojos se le llenaron de lágrimas.

—¿Cómo sigue la cabeza, Henry? ¿Me has echado de menos?

—Terriblemente. Estaba asustado. Pensaba que te habías herido, que un auto te había atropellado. ¡No lo hagas más, Dolly! ¿Has pensado el medio de celebrar nuestra fiesta?

—He comenzado ya —dijo ella—. ¿No notas la diferencia? ¿Cuándo saldrás de aquí, Henry? No puedo estar sola, esperándote todo el día en el departamento.

—No quieren decirme nada —se lamentó él—. Me encuentro muy bien. ¿No podrías ir al cine? No puede durar mucho esto, Dolly. Si tan sólo me dejaran ponerme ese albornoz rojo, me escaparía por la ventana. Siento deseos de pedir al comandante Thomas que me deje marchar.

—Saldrás pronto —repuso ella.

—Cuida las peonías por mí.

Sin embargo, cuando ella se fue, Henry permaneció ansioso, turbado, lleno de sospechas. Acaso ella no encontrara taxi el día anterior, pero tal vez no lo buscara demasiado. Unos celos impotentes y desesperados se adueñaron de su ánimo. Posiblemente aquella historia del sabotaje la excitaba con exceso para que pudiera permanecer sola. Intentó recordar si ella había estado distinta. Pensó que sí. Había aquella nueva manera de arreglarse, que la cambiaba. ¿Por qué, para hacerlo, no habría esperado Dolly a que él estuviese a punto de salir? Llamó de nuevo a la enfermera.

—¿Cuándo cree usted que me darán de alta? Me encuentro bien ahora. Cualquiera podría darse cuenta.

Era una mujer pequeña y morena con inteligentes ojos negros que bizqueaban un poco.

—La guerra no ha terminado —le contestó—; y yo no soy el jefe.

Pero a la mañana siguiente, el médico militar le declaró apto para salir.

—Vuelva cuando quiera, Smith —le dijo riendo y estrechándole la mano —. Siempre habrá una plaza reservada para usted.

Y ahora, buena suerte.

Henry Smith volvió a ponerse su uniforme y cuadró sus hombros. Hubiera querido ir al lado de Dolly antes de volver al aeródromo, pero le advirtieron que se presentara enseguida.

Y allí, el sargento le dijo:

—Al despacho del coronel. Creo que va a darte un cigarro.

Henry Smith se dirigió allá con una ancha sonrisa. Todo lo que había dicho Dolly, que no había obtenido ningún ascenso porque estaba en observación, le pareció lógico. Pero, al presente, ninguna sospecha gravitaba sobre él y tenía otras notas favorables. Le fue necesario esperar más de una hora, mientras los oficiales iban y venían. Cuando, finalmente, entró, se había apoderado nuevamente de él el nerviosismo de siempre. Saludó con la mayor corrección del mundo.

El coronel Flynn sonrió y le preguntó:

—¿Cómo va la cabeza, Smith?

—Muy bien, señor.

—Duro de pelar, ¿eh? Siéntese.

—Gracias, señor.

—Smith, ¿es usted casado? —inquirió el jefe.

Henry balbuceó:

—No, señor.

El coronel pareció referirse a un papel que tenía ante él.

—¿Está seguro de ello, Smith? La cosa es importante para usted.

—No me he casado todavía, señor.

—Tenía la impresión de que vivía en una especie de arreglo matrimonial, Smith. Y usted no cobra paga de hombre casado, ¡eh!

Parecía plantear una cuestión, prescindiendo de interrogaciones.

—Señor —repitió Henry—. No estoy casado. Aún no.

—Pues sería difícil hacerlo con una paga de simple soldado, ¿no es así? ¿Cómo se las arreglaría para pagar el alquiler?

Entonces Henry se dijo que el informe del desconocido que Dolly había dicho pertenecer al FBI debía de estar sobre la mesa del coronel. No veía a éste sino en las ocasiones en que sus compañeros le decían que merecía un ascenso, pero cada vez la cosa se presentaba más erizada de dificultades.

—He heredado una renta de sesenta y cinco dólares mensuales, señor.

—¿De verdad?

El coronel sonrió y pareció haberse quitado un peso de encima.

—No tengo por qué mezclarme en sus asuntos personales, Smith. No sé qué razón me había inducido a creer que era usted casado. La Armada tiene una deuda con usted, Smith. He hecho comprobar su hoja de servicios. Usted se examinó para piloto y fue rechazado.

—Sí, señor.

—¿Por qué? ¿Cometió demasiadas equivocaciones? ¿Verdaderamente no supo contestar a las preguntas?

—Señor —repuso Smith—. No sé lo que me pasó. Apenas había salido de la habitación cuando las respuestas exactas se me ocurrían. Podría pasar ese examen ahora mismo sin miedo a fallar, si esa oportunidad me fuera dada.

—Esa oportunidad no puede darse a los hombres casados. Por eso insistía en ese punto. La semana próxima, un grupo pasará examen en el aeródromo MacDill. ¿Querría usted volar hasta allá y probar de nuevo?

—¡Oh, señor! ¿Si querría? Desde luego, señor. Es lo que más deseo desde que me enrolé en esta Armada.

—Muy bien. Daré instrucciones para que le reserven una plaza en un avión. Serán severos con usted, Smith, puesto que una vez no pudo aprobar. Pero creo que saldrá con éxito. Estoy seguro de que lo logrará.

Le tendió la mano y agregó:

—Buena suerte, Smith. Tenga mucho cuidado con sus relaciones y triunfará en «esta Armada».

—Gracias, señor. Aprobaré el examen. Triunfaré en esta prueba. Muchas gracias.

Acaso hubiera un reproche velado en las palabras del coronel. Henry tenía la impresión bastante clara de que era así. Pero, en aquel momento, otros muchos pensamientos ocupaban su mente. Salió del despacho y contempló largamente dos aviones escuela que volaban en círculo en torno al campo para regresar y aterrizar, y todas las preguntas del examen volvían a su mente.

—Smith —se informó el sargento—, ¿el coronel le ha dado un cigarro? ¿Cuál es su grado actualmente?

—Pasaré el examen de vuelo en MacDill la semana próxima. El coronel me envía en avión.

—¡Ah! —gruñó el sargento—. Tendré que ser yo el que acabe por saludarle. Pero está muy bien, Smith. Espero que sea así. Sin embargo, no empezaré aún a hacerlo. Vaya a cambiar el aceite del avión que se halla al extremo del cobertizo.

Una vez terminada su jornada de trabajo, Henry tomó el autobús a la puerta del campo, con un permiso de noche en el bolsillo. Y en la ciudad tomó un taxi hasta el departamento. Lo halló cerrado y gimió súbitamente, dándose cuenta de que había olvidado advertir a Dolly de su salida del hospital y, con toda seguridad, ella se había cansado de esperarle. Abrió con su propia llave y encontró las cosas impecablemente limpias, pero con un poco de olor a cerrado. La ficha de poner en marcha la nevera eléctrica estaba en el suelo. El armario estaba vacío.

Allá donde Dolly se había movido con su ligera gracia, donde le había abrazado, sonreído y reído alegremente, no quedaba sino un departamento vacío, silencioso como la muerte. Un lamento se escapó de su pecho; sentóse con el rostro entre las manos. Dieron un golpe en la puerta.

La rechoncha propietaria entró y le miró con curiosidad.

—¿Cuándo se marchó ella? —preguntó a la mujer.

—Hace dos días. Quería que le devolviera el sobrante del alquiler. Esto no suele hacerse. Usted alquiló el departamento por un mes. Quería convencerme. No me gustan las discusiones, señor Smith. Me complace que todo suceda cordial y pacíficamente. Pero ella me dio tantas razones… Es una cosa que le concedo, ¡tiene una retórica!… Después de este golpe, miraré mejor a quien alquilo las habitaciones. No tengo nada contra usted, señor Smith. Usted es un señor, según creo. Llegué casi a decirle que no creía estuviesen ustedes casados. Nunca sucedió nada semejante en mi casa y aún no sé qué pensar de ello. Todo lo que hacía durante el día era pasear arriba y abajo fumando cigarrillos. Podía verla pasear desde mi ventana. En mi vida he visto a una mujer fumar tanto. Me pregunto por qué tomaron ustedes un departamento para los dos.

—Yo estaba en el hospital —repuso Henry—. ¿Adónde ha ido ella?

—No lo sé. No quiso decírmelo. Ha retirado el depósito de garantía de la Compañía de electricidad. Dejó su maleta en mi casa y tomó un taxi. Dijo… ¡Ah!, verdaderamente no puedo repetir lo que me dijo de mis peonías.

—Yo no tenía maleta —dijo Henry, devolviéndole la llave.

—Desde el principio, no he sabido qué pensar —señaló la propietaria—. Es como el asunto del hombre que vino a hacer aquellas indagaciones sobre los pisos. No soy la única que alquila un departamento y él no preguntó nada a ninguno de mis vecinos. Todo eso no parece natural. Espero que no estará usted enredado en malos asuntos.

Henry sacudió la cabeza sin decir palabra y salió.

—Venga, que le daré la maleta, señor Smith.

Fue a buscarla a su casa, una maleta de avión, flamante y nueva, sobre la cual sus asustados ojos vieron brillar sus propias iniciales, doradas.

—¿Tampoco le dijo a usted adónde iba? —le preguntó la mujer.

Henry, sin responder, tomó la maleta y dijo: «Gracias, señora». En la calle la abrió, esperando encontrar una carta. No contenía más que sus trajes de casa nuevos, el pijama rojo que ella le había regalado, el cepillo de dientes del mismo color y la maquinilla de afeitar. Volvió al campo y colocó la maleta bajo su cama.

—Smitty, no tiene usted muy buen aspecto —le dijo un vecino de tienda, levantando la mirada del diario que leía—. Acaso le hayan dado de alta demasiado pronto. ¿Cómo va su cabeza?

—Todavía me molesta un poco —repuso Henry, echándose sobre la cama.

—Habría de ir con cuidado durante dos o tres días.

Henry permaneció inmóvil, estirado, esforzándose en dominar la indignación. Dolly se había marchado con el dinero que para él habían reunido los muchachos. No debió dejárselo para que lo guardara. Era demasiado, y eso la había trastornado.

Además no podía pensar en casarse con ella, en vista de sus esperanzas de pilotaje; en el fondo, posiblemente, no había tenido nunca tal idea, pues el espectro del carro se perfilaba en su memoria como algo inevitable. Pero, al pensar en sus apretados abrazos y en sus cálidos besos, se retorcía de celos impotentes.

Por la noche se dirigió a Boomtown, y recorrió el sendero sembrado de serrín que conducía al carro «Lonely One». La luz brillaba en el interior; podía verse a través de las cortinas y se oían pasos cortos y rápidos. Súbitamente, la luz se apagó, se abrió la puerta y salió por ella una chica cerrando tras sí. Una muchacha alta, rubia, delgada.

—¡Hola, soldado! ¿Busca compañía?

Henry giró sobre sí mismo y se encaminó hacia la muestra verde del Aligátor. Tal vez ella hubiera ido allí y le hubiera dejado unas palabras escritas o un recado. Tal vez estuviera en aquel lugar el día en que no fue a verle al hospital. El Aligátor estaba invadido por una gran multitud y su atmósfera por torbellinos de humo. Una música salvaje se escapaba del piano mecánico. La pista de danza estaba llena, como siempre, de soldados que arrastraban los pies y de chicas con los hombros desnudos. En el bar, Henry pidió cerveza.

—¿No ha visto usted a la señorita Varn recientemente? ¿La señorita Dolly Varn?

El camarero sonrió:

—¿Dolly? Estaba de vacaciones, pero acaba de regresar. Permanezca aquí. Puede llegar de un momento a otro.

El corazón le desfallecía. Nada le restaba sino una inmensa debilidad. Se dirigió hacia los veladores; el que había encontrado el primer día estaba ocupado, el siguiente estaba libre; se instaló ante él.

—Cerveza —dijo—. Y sus miradas se dirigieron hacia la puerta.

Entonces se incorporó y permaneció sentado, en rígida actitud. Pues Dolly acababa de entrar. Estaba en el umbral, con una vaga sonrisa en los labios, paseando su mirada en torno a ella y fijando un cigarrillo en el extremo de su boquilla. Lo encendió y, con un bonito ademán, sacudió ligeramente sus cabellos. Luego, con aquel modo de andar que combinaba la ondulación y el deslizarse hacia delante, y evocaba los pasos de las artistas en la escena, se acercó al bar.

—Buenas tardes, George —dijo al mozo.

—Buenas tardes, Dolly —dijo él—. Alguien acaba precisamente de preguntar por usted. —Y, con un signo de cabeza, le indicó a Henry. Ella miró en la dirección que le señalaban, palideció un poco, pero fue derecha hacia él y se deslizó a su lado en el pequeño sofá.

—¡Henry! ¿Estás bien ya? ¿Cuándo saliste?

—¿Qué desea? —preguntó el mozo.

—Cerveza —dijo Henry.

—Un jugo de naranja —exclamó Dolly, arrepintiéndose enseguida—. No. Mejor cerveza. ¿Henry, volviste allá? ¿Tienes tu maleta?

—La tengo, sí.

—¿Te gusta? Es muy cara. Gasté en ella una parte del dinero que te dieron. Tengo la idea de que gasté para mí algo más, pero puedo devolverte el resto.

—Guárdatelo —repuso él.

Ella bajó los ojos y suspiró.

—Me imagino que debes de estar furioso, Henry. Pero yo no podía durar mucho de aquel modo. Me parece que soy demasiado joven para establecerme de una manera fija. Además, no podía soportarlo.

Henry bebió su cerveza en silencio, pues sufría al mirar a Dolly.

Ella alzó los hombros con un aire de trágica fatalidad.

Agregó:

—No he sido hecha para eso, Henry. Y ahora, quisiera que te fueras. Es preciso que trabaje y me pone nerviosa saber que estás aquí. Voy hasta la puerta contigo.

Le tomó de la mano para arrastrarle afuera.

Henry miró los sedosos cabellos rojos que le acariciaban el hombro y las dulces curvas del joven rostro.

—¡Señor! ¡Dolly! —suspiró.

—Sal conmigo, Henry.

Le llevó más allá de las luces cegadoras y le pasó los brazos alrededor del cuello para abrazarle. Le quitó el gorro y le alisó los cabellos, diciéndole:

—Eres lo mejor que he conocido en mi vida, Henry. Pero ahora márchate…

Él la mantenía apretada contra sí, no hallando nada que decir.

—Podrás siempre venir a verme, Henry, cuando gustes.

Y eso nunca te costará nada —dijo ella besándole—. Tengo otro carro, de aluminio. Se llama «Gola Roja».

Entonces, ella le dejó. Él la siguió con la mirada y vio cómo penetraba en el Aligátor, con su pequeña silueta redondeada contra la viva luz. La vio hacer una pausa, en el interior, y fijar un cigarrillo en su boquilla. Volvió él la cabeza y regresó al campo. Andaba con la cabeza baja, arrastrando pesadamente los pies, pues un mundo de cálida y dulce claridad acababa de terminar. Cuando se acercaba al campo, un motor zumbó sobre su cabeza. Miró las luces del avión, una roja y otra verde, que corrían por el cielo. Estaría allá arriba él también. Pronto.

Y los de tierra le saludarían cuando descendiese de su aparato él, Henry Smith, que había terminado con las mujeres.