Cirujano del aire

Frank G. Slaughter · Capítulo 13 de 27

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Cirujano del aire

Capítulo XIII

 

ERA el último alumno de la jornada. Y el tercer aterrizaje del alumno. Los dos primeros no habían sido sino dificultades, tropiezos y espantadas. Pero éste resultó irreprochable. Perfecto. Una rodadura regular, suave, y de una progresiva disminución de velocidad sobre la pista. Larry se quitó las gafas.

—Un veterano no lo hubiera hecho mejor —dijo y se alejó del principiante, que sonreía lleno de orgullo y de alegría.

Uno de los escasos consuelos que cabían al piloto que tenía prohibido elevarse por su cuenta y realizar misiones de caza sobre el mar o tierra extranjeros, por haber sido destinado al papel de instructor, era el respeto admirativo de sus alumnos. Cada día, la radio y los periódicos daban los nombres y comentaban las proezas de los ases de la aviación. Sin embargo, él tenía que estar allí, siempre al lado de Joan. Algo, no obstante, le regocijaba aquel día; con la ayuda financiera de Craig había podido comprar un coche. Los neumáticos durarían hasta el momento en que fuera enviado al continente, después que hubieran podido hacer servicio a Joan para sus pequeñas excursiones.

Cuando Larry entró en el despacho, el coronel Flynn levantó hacia él sus ojos, que expresaban la bienvenida.

—Usted lo consigue a maravilla, Thomas. Acabo precisamente de puntear las notas.

—Gracias, señor.

—¿Le gusta a usted ser instructor?

Larry hizo una mueca expresiva.

—¿Le gustaría a usted, señor?

El coronel sonrió.

—Lo comprendo bien. Pero este género de labor hará de usted a fin de cuentas un piloto mejor todavía. Siga usted así.

—Sí, señor.

La aprobación de su superior le levantó la moral, y llegó, incluso, a superar el malestar impreciso que le causaba cierta parte vulcanizada del neumático anterior izquierdo y la pieza colocada sobre el estallido del de repuesto.

—¿Qué noticias tiene de su amigo Waller?

—Buenas, señor. Su estado realiza notables progresos. Voy a verle ahora. Lo que le preocupa es el no poder llegar a comprender cómo se estrelló. Las cosas sucedieron muy deprisa, pero cree que los mandos de los alerones no respondieron. No está seguro de nada, pero tiene la impresión de que alguna cosa andaba descompuesta. Es mi opinión también, señor. He volado con él y, realmente, es un piloto de gran clase.

—Estoy convencido de ello. Y desgraciadamente es poco probable que sepamos nunca a qué atenernos sobre el particular. Transmítale mis recuerdos, y que se mejore.

Cuando Larry detuvo su coche ante el hospital, decidió que los cojines tenían necesidad de una limpieza. Pero por suerte, los detalles de ese género perdían toda significación para él en aquel día. En el despacho de recepción no se detuvo; después de hacer un gesto al sargento prosiguió sin detenerse hasta el cuarto de Chuck. Mary Waller y Joan se encontraban ya allí, y el piloto de Tejas descansaba echado, con el oído atento a la historia que leía su mujer.

—¡Hola, Larry! Aquí estoy, dejando pasar el tiempo. ¿Cómo me encuentro?

—Precisamente vengo a informarme.

—Lo que yo me pregunto es lo que dijo Craig. Le habían recomendado espiarme y retener furtivamente mis palabras.

—Él dice que hace usted grandes progresos, Chuck. Y que saldrá de aquí antes de haber tenido tiempo de aburrirse.

—Espero que no —contestó Mary Waller.

—Ella no quiere comprender —se lamentó Chuck—. Le he explicado que fue en el suelo donde me estrellé y no en el aire, que el peligro está en la tierra. Pero no adelanto nada. ¿Cuánto tiempo ha de transcurrir para que Craig crea que tiene uno derecho a aburrirse?

—No es muy preciso al respecto. Antes de dos o tres meses, en un sentido u otro, no quiere comprometerse. Casi dos años de cama; después otro sentado. Y por último otro…

—¡Aguanta firme! ¿Qué dijo?

—No se le saca gran cosa a Craig, ya debería usted saberlo, Chuck. Pero, de verdad, ha dicho que la mejora es excepcionalmente rápida. Y que usted volará de nuevo sin ninguna duda. Le pregunté cuándo.

—Pues eso es precisamente lo que quiero saber, tontaina.

—Me respondió: cuando se halle completamente restablecido.

Chuck Waller gimió chuscamente:

—Éste es el único punto de vista sobre el que los médicos están de acuerdo. Muy bien. Heme aquí aún en tierra. Dígame, Larry: si intentase explicar esta caída, ¿tendrían mis palabras el aire de una coartada?

—Bueno, vamos a ello. Aparte de haber encendido un cigarrillo, ¿qué es lo que sucedió?

—¡Váyase al diablo! —gruñó Chuck—. ¡Caramba, cigarrillos! Había algo anormal en el avión. Estoy seguro de que los mandos no se hallaban en el estado que hubiera sido preciso. De golpe dejaron de responder… Quisiera haber tenido el tiempo suficiente para darme cuenta de lo que sucedía…

—Todos dicen lo mismo, Chuck —notó Larry.

—Muy bien, pongamos que sea una coartada. Usted podrá creerlo, pero yo no. Cuénteme las últimas noticias.

Larry comenzó a contarle las diversas manifestaciones de la actividad del campo, cuando alguien llamó a la puerta.

—¡Entre! —dijo Chuck.

Siz Marrell entró, pero se detuvo al ver a los visitantes.

—Perdóneme. Buscaba al comandante Thomas. El coronel Flynn ha telefoneado.

Se retrasó un momento; después, dirigiéndose, no a Chuck, sino a Mary Waller, preguntó:

—¿Todo sigue bien? ¿Desea que le traiga alguna cosa?

Mary sonrió.

—No, gracias. Nada absolutamente.

—Cuando le haga falta, no vacile —insistió Siz—. ¿Sabe usted? El teniente Waller es la primera figura entre nuestros pacientes.

—¿Ve usted, Larry? —subrayó Chuck—. Nadie desempeña el papel de un piloto cuando vuela. Sólo después que ha capotado…

—Los otros están demasiado lejos, fuera del alcance —respondió Siz, con su lenta sonrisa. Y salió.

—Un poco insistente, ¿no le parece? —Mary, con una ceja levantada, contemplaba a Joan—. ¿Qué opinión tiene usted de esa chica?

—Ya llega la polvareda —interrumpió Chuck—. ¡Y cómo vuela! Creo que nuestras mujeres pueden remover más polvo que un par de hélices, Larry.

Joan no quiso mirar a su marido y sonrió a la señora Waller.

—Aun a riesgo de fastidiar a Chuck, hay que reconocer que lo tiene todo.

—Menos un marido —hizo notar Mary, acerba—. ¿Qué entiende usted por «tenerlo todo»?

—Creo que es una enfermera notable.

—¡Ah!, eso…

—Es muy seductora.

—De eso nada puedo decir —repuso Mary con las cejas fruncidas—. Su línea está bien, evidentemente.

—Sin la menor duda —agregó Joan, riendo.

—No demuestra estar muy poseída de ello.

—Esperemos la polvareda —indicó Chuck, pacientemente—. ¿Es que no tienen la intención de animar un poco el debate?

Su mujer le sonrió.

—Tiene usted razón, Joan; corremos el riesgo de fastidiar a Chuck. Que ella lo tiene todo, se ve a ojos cerrados. Cualquiera puede darse cuenta.

Waller explicó discretamente a Larry:

—Estas señoras no hablarán libremente ante un auditorio como el nuestro. Siz es asombrosa para un tipo con la espalda rota; sus curvas son maravillosas.

—¡Chuck!

Waller rió.

—Hubiera tenido miedo de decir esto a Mary cuando me hallaba en pie sobre mis piernas —repuso—, pero ahora ya no me asusta nada.

Sin embargo, el rostro de Chuck se veló de inquietud cuando la cabeza de Craig pasó por la puerta entreabierta.

El comandante hizo un signo cordial y rápido.

—¿La espalda? ¿Muy mal?

—No mucho. Pero ¿cree usted que este fastidio tendrá fuerzas para durar demasiado?

—Algo largo; no le iría mal un poco de paciencia.

—Es que no siento deseos de holgazanear durante esta guerra. Una de estas mañanas van a exportar a Larry y a los camaradas.

—Quedará bastante guerra para usted —aseguró Craig.

—Entonces tendré paciencia —admitió Chuck—. Tanta, que Larry me incluirá en su lista de ineptos.

—¡Casi dice la verdad —gruñó Larry—, pero peor para usted!

Craig dio la vuelta al lecho, inclinó ligeramente a Chuck para reconocer su espalda, y salió. Joan le siguió, y él cerró la puerta tras ellos.

—Craig, imagino que no ha encontrado nada para mí. ¿No hay posibilidad?

Él la cogió del brazo, soltándola enseguida; después sacudió la cabeza.

—Ha realizado usted una magnífica labor al lado de Mary Waller; la ha ayudado y mantenido la moral a maravilla. No veo otra cosa, Joan.

—Creo —dijo ella lentamente— que no molestaría a usted con mi historia.

—Vamos, Joan. Usted no me molesta lo más mínimo. Sólo que es preciso que lo encuentre. —Añadió, al momento de despedirse—: Hay muchas maneras de hacer la guerra, ¿no? Todo cuenta, todo sirve.

Ella se preguntaba si aquellas palabras no expresaban una reprimenda a su actitud. Probablemente no. Craig estaba perceptiblemente incómodo y deseoso de alejarse. Sus palabras, sus modales tenían una especie de nerviosismo que rechazaban la insistencia.

—Antes de dejarle, Craig —dijo ella, con una voz casi implorante—, quería preguntarle si vendrá pronto a comer con nosotros en casa.

—Me gustaría mucho, verdaderamente, Joan, pero…

—¿El viernes?

—El viernes, acaso…

—Es casi un asentimiento definitivo —dijo ella, riendo—. Quisiéramos llevarle a pasar una velada fuera…

Pero se sentía decepcionada al regresar hacia el cuarto de Chuck, aun cuando se tomaba el cuidado de no dejarlo traslucir. Rió al oír el final de la narración que Larry contaba a Waller, de la mala suerte que tuvo un alumno, el cual aterrizó en plena carretera nacional, para detener a un auto y preguntar dónde se encontraba, pues el coche al cual se dirigió pertenecía al Estado Mayor.

Acabada la historia, Larry dijo bruscamente:

—Querida, es hora ya de irnos. ¿Quiere usted que la llevemos a su casa, Mary?

—Gracias, no. Tomaré un taxi. Voy a continuar cuidando a Chuck unos momentos.

Alejándose por los corredores, Larry cambió de expresión, frunció las cejas, se ensombreció. El excelente humor que tenía al entrar en el cuarto de Chuck se había agotado de pronto. Joan se preguntaba si las reflexiones relativas a Siz le habrían molestado. No quería decirse a sí misma que era esto lo más probable.

—¿A qué ha venido esa conferencia con Craig? —preguntó él—. Si el asunto tiene algo que ver con Chuck, desearía saber de qué se trata.

—No supondrás que iba a llamar a Craig aparte de ti, y sobre todo a Mary, para preguntarle por el estado de Chuck. —Se sentía ofendida y su voz lo dejaba traslucir—. Me ha parecido —agregó— que era ocasión de renovar nuestra invitación para que viniese a comer.

—No me has dicho nada de ello.

—No habría fijado la fecha sin que estuvieras de acuerdo, Larry.

—Entonces, bien —dijo él, amainado—. Chuck está muy pálido, ¿no crees? Y, sin embargo, lleno de seguridad.

Al ir por la carretera le contó lo que el coronel Flynn le había dicho a propósito de sus alumnos. Podía ser buen signo, o dejar de serlo.

—Naturalmente que es bueno —exclamó Joan, encantada—. Estoy orgullosa de ti.

—No; no será bueno si contribuye a persuadir a Flynn para retenerme más tiempo en la base como instructor —explicó Larry—. Ningún aviador desearía conservar semejante empleo. Pero, por el contrario, sería buena señal si el coronel me permitiese marchar pronto como piloto contra el enemigo.

Después de decir esto volvió al asunto Craig.

—Dime, nena; yo me he casado contigo, ¿no es así?

—No tengo la menor duda de ello —replicó Joan, perpleja.

—Pero no me casé con Craig al mismo tiempo que contigo.

—¡Larry! —No se tomó ninguna molestia para ocultar su indignación—. ¿Cómo te permites decir una cosa semejante?

—Conforme, ya te explicaré el porqué. Hablaremos en casa.

Después de estas palabras condujo en completo silencio.

Y Joan advirtió sus labios fuertemente apretados, y sus cejas fruncidas de cólera. Sintió que deseaba impresionarla con aquel silencio avasallador. Cierto miedo extraño se apoderó de ella. En nada había procedido mal, pero el furor de Larry era pueril y la conduciría a pueriles explicaciones. Luego el miedo se desvaneció y un cálido sentimiento le llenó el corazón al pensar que Larry, alto, fuerte, resuelto, pudiera estar trastornado por unos celos de adolescente.

Con la misma expresión contenida, Larry dejó el coche, volvió al lado de su mujer y la tomó del brazo para subir la escalera.

—Bebamos —dijo—. Esta tarde tengo ganas de beber.

—Tienes el aire muy serio y grave para ese propósito.

—No. No me siento grave ni serio. Pero bebo a la salud de mi matrimonio. Sin Craig.

Ella sintió deseos de gritar como una chiquilla. O de responder: «Sin duda, Craig prefiere su carrera a un matrimonio parecido», o cualquier otra frase absurda por el estilo. Pero contuvo sus dos impulsos.

Larry se sentó con las rodillas separadas, los pies sólidamente plantados sobre la alfombra, y dijo:

—Craig me produce dolor de vientre.

—¿Y qué es lo que ha hecho para ello?

—Nada. Esto es lo que la cosa tiene de grave.

—Pero, Larry, ha resuelto maravillosamente bien el caso de Chuck.

—Siempre lo resuelve todo maravillosamente.

—Y eso —repuso ella, siguiéndole la corriente— es lo que te causa dolor de vientre, ¿verdad?

—¡Sí! —exclamó Larry, sirviéndose otra dosis.

—En realidad no hemos visto a Craig muchas veces —dijo pensativamente Joan—. No hay miedo de obtener que venga aquí. Tengo la impresión de que me esquiva.

—No. A quien rehuye es a mí.

—¿Y por qué, Larry? ¿Por qué habría de rehuirte?

—Simplemente, por equitativo.

—Esta vez no te comprendo en absoluto —exclamó Joan, alarmada sin saber por qué.

Él respondió con voz airada:

—Busca, pues, la razón por la cual procuras continuamente verle colgar su sombrero a la entrada de nuestra casa.

—¿Continuamente? Dos veces no quiere decir siempre. Es tu hermano. Creí…

—¡Claro, creíste! A buen seguro que creíste. Voy a decirte yo lo que creíste…: que Craig ejercería su benéfica influencia sobre mí. Eso es lo que has creído.

Joan enrojeció violentamente, pues nada podía ser más cierto. Era, en efecto, parte de un pequeño plan de conjunto que había combinado por sí misma para tender en torno a Larry, disipado, atractivo e independiente, una invisible barrera de influencias capaces de conservarle ligado y de equilibrar su temperamento. Esperaba así serle útil y hacer bien a Craig, al propio tiempo, haciéndolos vivir a ambos en una atmósfera verdaderamente familiar. Y a causa de que Larry había descubierto su pequeña estrategia antes de que pudiera notar los primeros efectos, Joan se sintió invadida de una desesperación y de un descorazonamiento demoledores.

—Creo que te figuras demasiadas cosas, Larry.

—No. Es un cálculo que siempre ha sido hecho. Todo el mundo, de tiempo en tiempo, ha ido formando complots en torno mío. ¿Por qué no ibas a hacerlo también tú? —Hablaba con honda amargura, mascullando su cólera —. ¿Ves? Craig es un hombre conocido y unánimemente respetado. Es honrado. Estable. Seguro. Responsable y equitativo. Tiene todo un condenado catálogo de virtudes garantizadas y selladas. Di que no es verdad.

—Está muy orgulloso de ti, Larry.

—¡Bah! Aunque fuera verdad, no me importaría nada. Anda, ven, que te prepararé algo de beber.

Ella sacudió la cabeza.

—¿Quieres que comamos fuera, Larry? ¿O que te prepare algunas cosas aquí?

—¿No podemos comer en casa? Para luego tengo algunas intenciones sobre ti, nena.

Ella se ocupó, en su cocinita, en preparar la comida con movimientos lentos; estaba pensativa y consternada. Entonaciones un poco pasadas por alcohol sonaban ya en la voz de Larry; era preciso que no mostrara la menor inquietud, la mínima desconfianza, pues, de lo contrario, él se refugiaría en una actitud de desafío cuyas consecuencias no se podían prever. Su rebeldía, sólidamente apuntalada contra toda disciplina, contra toda dirección, era el resultado de su larga defensa contra su hermano mayor. Por lo demás, era evidente que ella no podía dirigirse ni a Craig ni a nadie para pedir ayuda en un caso como aquél. El único medio de conservar algo de influencia personal era seguir a Larry en su perpetua carrera en busca de alegría y excitación y participar de su impaciencia ante los placeres más serenos. Miraba, sin verla, la vajilla y la batería de cocina abollada, y se preguntaba qué profundidad tendría tal resentimiento y espíritu de rebeldía en él.

Larry entró en la pequeña cocina y puso su mano sobre el hombro de Joan.

—¿Ves, preciosa? —le dijo—; hemos de vivir nuestras vidas así, juntamente. Nosotros dos, sólo nosotros dos. Marido y mujer. ¿Estás bien segura de que no sientes deseos de que haya otro en la mesa?

—No. Y tú tampoco, Larry. La comida estará lista en un instante.

—Tienes toda la razón. Yo tampoco tengo necesidad de que haya otro vaso, aunque me lo bebería, sin embargo. Creo que es eso lo que la botella espera de mí.

Larry salió de la habitación, después reapareció y se apoyó en el quicio de la ventana, sosteniendo su vaso en la mano.

—Paul Blount me trata como un caso especial. Soy un caso especial. Soy hermano del notable cirujano Craig Thomas. ¿No es maravilloso? Hasta la Armada me envía a su base. No a otra parte. A la suya. Mi mujer lo encuentra todo perfecto, y…

—¡Larry! ¡Cállate! ¿Quieres? No eres justo conmigo. Ni eres justo con Craig ni contigo mismo…

—No soy justo con Craig. Frase sabida. Pero, en cambio, él siempre ha sido justo conmigo. Otra frase sabida. Sé todo eso. Me callaré si me dejas que te prepare un vaso y te lo bebes sin protestar.

—Si son esos los términos del tratado —dijo ella con una risa nerviosa—, sírveme cuanto antes.

—Perfecto —dijo Larry—. Vámonos adonde podamos beber juntos.

—Pero, Larry. ¿Vas a beber más todavía?

—No sería muy correcto por mi parte que te dejase beber sola. Mis modales, por otra parte, desafían toda crítica. Perfectos. Mejores incluso que los de Craig.

Joan, sobresaltándose, iba a responder, pero luego la prudencia le aconsejó que callara y bebió con profunda angustia el vaso preparado por Larry. Larry tenía siempre la mano pesada cuando bebía. Ella abrió el pequeño horno donde se preparaba el asado. Larry permanecía en pie junto a la ventana. Joan le miró con la expresión más alegre que pudo improvisar.

—¿Sabes que estoy verdaderamente satisfecha del modo como el coronel Flynn ha apreciado tu tarea? Cuéntame exactamente lo que dijo el coronel; sus mismas palabras.

—Dijo… —Larry hizo una cómica mueca—. Dijo… Pero, bueno, antes que nada yo le saludé. Enderezó los hombros y atendió. Entonces dijo: «Teniente Thomas, sus alumnos marchan bien. Usted realiza esto a maravilla. Precisamente acabo de puntear las notas. Comprendo perfectamente que usted preferiría combatir que ser instructor. Pero siga de este modo hasta que reciba la orden de partida».

Joan sonrió aliviada.

—Es estupendo, Larry. ¿Qué más te dijo? ¿Qué le respondiste?

—Sí, el pequeño de la casa no lo hace mal del todo. El coronel le felicitó personalmente. —Volvía a su tema habitual, mascullando sus rencores, esta vez con persistencia de beodo—. El hermano pequeño marcha bien. Todo el mundo está sorprendido. Pero el hermano pequeño…

—Larry —suplicó ella—, empiezo a tener dolor de cabeza.

—Lo siento, nena. Pero ya verás cómo lo arreglo. Simple tensión nerviosa. Ven conmigo.

Pasó su brazo en torno a ella, le apoyó la cabeza contra su hombro y se dispuso a llevarla fuera de la habitación apasionadamente.

—Larry, pero es que…

Él le cerró la boca con un beso y repuso:

—Adivina. ¿A ver si sabes lo que voy a hacer?

—Por el amor del cielo, Larry; no ahora. Nuestra comida se está quemando. ¿Es que no lo notas?

Él alzó las cejas, aspiró el aire con una mímica que revelaba extrema atención y admitió:

—Hay algo extraño en la atmósfera. Algo verdaderamente extraño. Insólito incluso.

—¡Déjame, que se está quemando! ¡Dios mío, Larry; déjame de una vez!

—Pues bien —repuso él—. ¡Qué se queme! ¡Déjalo!

Ella se debatió bruscamente, y entonces él aumentó la presión de sus brazos. La levantó del suelo. Ella le rechazaba e intentaba golpear su rostro con sus puños, pero se sentía ahogada por la fuerza de él.

—¡Gata salvaje! —murmuró Larry—. Te quiero mucho cuando eres una paloma, pero cuando te conviertes en una gata salvaje me enloqueces.

Con el disgusto y la amargura de la derrota, indiferente y débil, ella se dejó conducir.

Él la llevó al dormitorio.

—Voy a cerrar la puerta —explicó, con la voluble cortesía del alcohol—. Cerraré la puerta y así no notarás que la comida se quema. ¿Lo comprendes, Joan? Te amo, y siento deseos de pasar una tarde tranquila en casa.