Cirujano del aire

Frank G. Slaughter · Capítulo 7 de 27

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Cirujano del aire

Capítulo VII

 

 

POCO antes de dar las ocho, Larry Thomas salió en taxi y se dirigió al edificio de la Administración. Otros pilotos, recientemente llegados a la base, esperaban ya en el despacho del capitán ayudante Bland. Uno de ellos, muchacho delgado, bajo, moreno, llamado Rogers, era muy conocido de Larry, con al cual había seguido los primeros cursos. Después de presentar su citación al secretario fue a estrechar la mano de Rogers.

—¿Cómo van las cosas? —preguntó con una mueca cordial. Se acordaba del nerviosismo del pequeño aviador en los exámenes de aptitud y, de modo general, en todas sus relaciones con los jefes, si bien toda su timidez desaparecía cuando se hallaba frente a los mandos de su avión.

—Muy bien —afirmó Rogers, sin convicción—. Dispuesto a levantar mi detestable pierna al aire de un solo impulso en el instante en que me den el consabido golpe en la silla.

—¡Es un bandidaje! Sea cual fuere nuestra situación, hemos de volver a pasar el examen físico. Estos médicos gustas de parecer ocupados; en el fondo, ése es el asunto. ¿Conoce usted a un tal Blount?

—No.

—Es un tipo vulgar.

El capitán Bland, entrando en la estancia con ágil paso, estrechó la mano a ambos.

—Todos están destinados si servicio de instructores —dijo hablando en general—, por un tiempo que dependerá de ustedes mismos. Deseamos también que se familiaricen con el nuevo material y las técnicas más recientes.

La sombra que la primera frase había hecho aparecer sobre los rostros se disipó a la pronunciación de la segunda. Pasaron al despacho del jefe, donde el coronel Flynn los acogió con amabilidad.

—Estamos satisfechos de tenerlos aquí, señores. Espero de ustedes que formen buenos aviadores lo más rápidamente posible. Sus hojas de servicios individuales muestran que todos ustedes son perfectamente capaces. Por ahora, se trata de pasar el examen de aptitud física para el vuelo. El capitán Bland los llevará a la sala del capitán Blount. Seguiremos de cerca sus actividades en los meses próximos. Es nuestra norma aquí.

Un largo corredor. Después, laboratorios médicos de aviación. Un despacho.

—El capitán Blount estará aquí dentro de unos momentos. Espérenle.

Una vez que los hubo dejado el capitán ayudante, encendieron cigarrillos y empezaron a cambiar miradas y comentarios, bajo la misma impronta de resignación, pues ningún aviador estima la rutina de investigación que los obliga a sufrir el examen, desnudos como pájaros desplumados vivos, a través de todas las pruebas concernientes a la vista, los nervios y la presión arterial. A la entrada de Paul Blount se levantaron, tirando sus cigarrillos.

—El examen completo que van ustedes a pasar, como todo aviador a su llegada a un nuevo centro —dijo—, será periódicamente renovado. Un avión se ha destrozado hace poco por motivos desconocidos y el coronel Flynn otorga una importancia suma a las condiciones físicas y al buen estado general.

Cuando los pilotos pasaron a la habitación vecina para quitarse sus uniformes, retuvo un instante a Larry.

—Buenos días, Thomas. ¿Un poco aturdido esta mañana?

—De ningún modo, señor. —Tomando a Rogers por el brazo, explicó—: Capitán, éste es el teniente Rogers, uno de los mejores hombres que conozco; quiero decir, del aire.

Blount estrechó, sonriendo, la mano de Rogers:

—Es usted uno de esos que se ponen nerviosos en el gabinete del médico.

—Sí, señor.

—No hay nada de qué asustarse aquí. Sin embargo, tendremos en cuenta el dato.

Hizo un ademán a Larry, y Rogers pareció ligeramente aliviado.

Larry, por más que se desnudase lentamente y dejara el cuarto de vestirse con el aire de seguridad perfecta, tenía los nervios crispados, pero no lo hubiera declarado por nada del mundo. Le sucedía con ocasión de cada uno de esos exámenes de aptitud. Nunca había surgido la amenaza de que fueran a rechazarle, pero, en dos ocasiones recientes, la prueba había venido tras una noche algo agitada, de manera que los cirujanos del aire no habían tampoco podido expresar una aprobación sin reservas. Se preguntó si Blount podría estar contrariado por los numerosos bailes en que retuvo a Siz Marrell. Y también si Blount, a causa de su amistad con Craig, exageraría su severidad para que no pudiera ser puesta en duda su rectitud.

Otros examinadores esperaban en la sala. Uno de ellos y Blount cogieron por su cuenta a Larry.

—Empezaremos por el Schneider —dijo Blount.

—Creía que ese sistema se había abandonado ya, por considerar sus indicaciones dudosas.

—Empezaremos por el Schneider.

Durante cinco minutos, Larry permaneció echado en una hamaca, después de lo cual sus pulsaciones fueron atentamente contadas y registradas; el aparato de medir la presión fue colocado en su brazo, con lo cual la base para formar el gráfico de Schneider iba a ser establecida. Dos minutos de reposo. Nuevo recuento de pulsaciones, registro de la presión. Inmediatamente, sosteniendo con ambas manos el respaldo de una silla, Larry puso un pie sobre su asiento. Quince segundos. Levantó el otro pie. Recuento de las pulsaciones. Anotación de quince en quince segundos hasta el retorno a la normalidad de las pulsaciones. Registro del tiempo total requerido para ello. Cada factor tenía una señal que iba de más a menos. Blount, con un lápiz activo y preciso, hacía cálculos. El resultado de las cifras registradas daba la suma del índice Schneider.

—Diez —dijo Blount.

—Entonces, ¿todo va bien, capitán? Cuando se sobrepasa el siete…

—Es el ocho la cifra inferior del límite. Diez, va bien. Pero para su edad, es mediocre. El índice debería ser más alto. ¿Hace usted algún ejercicio?

—Bailo —arriesgó prudentemente Larry.

—Eso, ya lo sé. ¿Nada más?

—Poco más, señor.

Blount hablaba secamente, pero ello podía ser sólo un hábito profesional. No obstante, Larry se preguntaba qué le habría dicho Craig si hablaron de él al hallarse juntos en el club, bebiendo cerveza. Era poco probable, pero las preguntas le eran más desagradables por el hecho de ser un amigo de Craig quien las planteaba.

—¿Fuma usted mucho?

—Dos paquetes diarios, aproximadamente.

—¿Bebe con exceso?

—Con mucha moderación, señor.

Blount le lanzó una rápida mirada, pero se contentó en decirle:

—Se encontraría usted mejor si hiciese algo más de ejercicio. Pasemos al examen visual.

Las pruebas Snellen de visión eran siempre fáciles para él; no había tenido nunca menos de veinte. Las pruebas Isihara, referentes a la percepción de los colores, las pasó con la misma negligente facilidad. El fotómetro y la línea de Maddox, en ángulo de conversión y el telón tangencial pasaron también sin complicaciones. Pero la percepción de profundidad era la prueba que siempre le inspiraba cuidado. No faltó tampoco esta vez. Movió la espiga hasta el punto que le pareció correcto, pero una ojeada al rostro de Blount le hizo comprender que la cosa no iba como debía ir.

—¿Qué tal está?

—A diez milímetros de cero.

—¿Malo?

—A treinta, descalificado.

Una vez terminado todo, los aviadores volvieron a ponerse sus uniformes y se reunieron en el despacho de Blount.

—Bien, señores. Ninguna víctima sobre el ruedo. Pero no se descuiden. Hagan lo necesario para conservarse constantemente en forma, pues las comprobaciones serán frecuentes. Más de lo que ustedes sospechan. Las órdenes del coronel al respecto son terminantes: presuponen que este campo de aviación, en lo que se refiere al buen estado de los pilotos, deja atrás a todos los que ustedes han conocido, por la severidad de su exigencia. El coronel quiere que ustedes vuelen, pero sean muy circunspectos en cuanto a los vuelos fuera de horas de servicio. El coronel Flynn se ha disgustado mucho por la reciente pérdida de un piloto y de un avión nuevo, del último tipo. El piloto se lanzó contra un hangar. Parece que su vista se veló súbitamente y, por esta causa, el coronel es absolutamente intransigente en cuanto al irreprochable estado físico de sus aviadores. Pueden ustedes retirarse, señores. Los tenientes Thomas y Rogers tengan la bondad de esperar un instante.

Los otros pilotos saludaron y salieron. Blount fijó sus ojos perspicaces en el pequeño aviador nervioso y preocupado y una sonrisa iluminó sus rasgos rudos.

—Rogers, si puede usted infundir algo de su inquietud a esos señores, para cuando tienen que pasar ante nosotros, no deje de hacerlo. Parece ser que un poco de sudor en la frente no hace daño; sus resultados son los mejores de la mañana. Esto es todo.

—Gracias, señor —dijo Rogers, al salir, más inquieto que nunca.

Blount ofreció un cigarrillo a Larry.

—Su hermano es una gran persona, Thomas. Le conozco muy bien.

—Sí, señor —respondió el otro, con una impaciencia perceptible, pues toda su vida la había pasado oyendo alabanzas dirigidas a su hermano.

—Ésa es la razón por la cual le conozco a usted bien —prosiguió Paul—. Porque usted es el mismo tipo de hombre.

—¿El mismo tipo? —exclamó Larry como un eco.

—El mismo. Lo que hace de él un cirujano noble, es lo que probablemente hará de usted un piloto excepcional.

—Eso es algo —gesticuló Larry— que no hubiera creído nunca.

—Quiero decir que ambos poseen el mismo sistema nervioso, superiormente organizado. Tienen ustedes indudables ventajas sobre el resto de los hombres. Pero eso resulta a veces un fardo muy pesado, ¿no es así?

—¿Cómo entiende usted eso, señor?

—Una máquina hecha para grandes velocidades, requiere cuidados más atentos. Usted ha logrado la puntuación necesaria, Thomas, pero los demás han tenido mejores resultados.

La frente de Larry se arrugó.

—¿Es verdad eso, señor? No puede haber sucedido de ese modo.

—¿No hubo el baile de ayer, acaso? Sin ello, hubiera usted conseguido realizar hoy una prueba mejor, evidentemente. El estar casado ha de ayudar bastante, ¿no?

Larry alzó rápidamente los ojos, pero el rostro del capitán no expresaba sino una mofa tranquila.

—¿Qué significan sus palabras, señor?

—Un hombre casado no tiene ninguna necesidad de hacer subir sus pulsaciones, entrando en competencia con los solteros.

La cara de Blount no reveló a Larry si aquello era una reprimenda o una simple observación clínica. Pero, en su fuero interno, consideró la frase como reprimenda y advertencia, y un lento rubor invadió su cuello y su rostro. Era éste el género de cosas que, según su opinión, podía esperar de un amigo de Craig. La mano de éste se notaba en el asunto, y los ojos de Larry lanzaron centellas.

—Aprecio su interés, capitán, pero ¿cuál es la relación entre mis asuntos personales y el examen médico?

Blount se levantó, indicando que la entrevista había terminado. Larry dominaba a Blount, llevándole más de media cabeza de ventaja en la estatura. Su ágil y orgullosa actitud y su arrogante rostro parecían desafiar, dentro de la militar corrección, al capitán recio y robusto.

—Lo que nos interesa es la condición física del piloto. No sus asuntos personales. Parece, sin embargo —dijo Blount—, que no he logrado hacerme entender. Hasta la vista, Thomas.

Larry se fue sacudiendo la cabeza. Se había molestado demasiado deprisa, evidentemente. Pero también Blount había sobrepasado los límites. La actitud que frecuentemente hallaba en los amigos de Craig, la persona mayor que ofrece consejos al pequeño, tenía siempre el don de enfurecerle. Como si todos creyesen que él no hacía bastante justicia a Craig. Y esto, con toda probabilidad, había influido en las reflexiones de Blount sobre su estado físico. Claro está que no era conveniente ofender a un cirujano examinador.

Un piloto tenía siempre el derecho de solicitar una repetición de examen, pero el espíritu de clan hacía que cada uno de aquellos médicos respaldara a los otros.

Retomó al despacho del capitán ayudante, donde se le indicó que debía hallarse en su puesto después del desayuno para comenzar a instruir a los alumnos. Saliendo, marchó a lo largo del edificio de la Administración, esperando hallar un coche que le llevase a la ciudad. El resentimiento gravitaba sordamente sobre sus hombros. Altivamente, mandaba al infierno cuantas observaciones le hicieran. Un jeep y dos camiones pasaron por su ruta. Su dignidad de oficial no le permitía hacerles señas para subir a ellos. Un taxi se aproximó, pero estaba ocupado y pasó ante él, mas después se detuvo. Y el rostro de Larry se iluminó súbitamente, pues la ocupante del coche era la rubia enfermera de voz indolente, cuyos labios conocía.

—Suba, si va usted a la ciudad —dijo ella—. He necesitado media hora para encontrar este taxi. ¿Cómo no está usted volando?

Larry se instaló al lado de ella. Le ofreció un cigarrillo, diciendo «contacto», al encender el mechero.

—¿Por qué no estoy en el aire? Volaré después de desayunarme. Vengo de charlar con nuestro común amigo Blount, quien me ha dado el permiso oficial.

—¡Bien por Paul! —exclamó ella alegremente.

—¡Oh!, no así como así. He tenido que empezar por quitarme el uniforme y me ha examinado tan cuidadosamente como si temiese que escondiera veneno.

—Las enfermeras sólo cuidan hombres enfermos —exclamó ella lánguidamente.

—Durante el servicio, como es natural.

—Nosotras nos consideramos siempre en servicio, teniente.

Larry se echó a reír. A pesar de que sus días de soltería hubiesen pasado, le agradaba aquel juego con su lenguaje de doble sentido, que contenía a la vez un desafío y una competición; con frecuencia, él ganaba la partida y la recompensa.

—Claro, claro —opinó él—. Después de aquel examen, me ha sido preciso dar la vuelta a la cuadra, levantando los talones, como si fuese un caballo. Parecía querer comprobar si mis cascos están bien.

—Creo que haría bien en transmitirle las impresiones de un piloto al salir del examen.

—No. Nada de eso —exclamó él con cómica inquietud—. Un veterinario está encantado de que le llamen doctor, pero a la inversa no es lo mismo. Miró mis dientes y dijo mi edad.

—Es muy perverso eso. Tendré que preguntarle a Paul qué sistema usa.

—Finalmente, comprobó si jadeaba. Luego me dio permiso para volver a ponerme mis cosas. Tuve buen resultado en todos los puntos, excepto en uno.

Un policía militar los detuvo al portal, miró sus uniformes, saludó y les dejó seguir.

—¿Así no es usted, mirado detenidamente, un espécimen impecable?

—No a sus ojos. Encuentra que bailo demasiado.

—¿Bailar? —rió guturalmente—. ¿Habló realmente Paul de baile?

—Pues claro, y me preguntó si no hacía algo más.

—¿De verdad? —Ella le miró; sus ojos pestañearon con una alegría que él compartió, acordándose del beso sobre el césped—. ¿Y usted le ha contestado que se las sabe arreglar para sacar partido de todo?

—Le he dicho que era muy agradable bailar, en ocasiones.

—Usted ha dejado de lado toda vergüenza —afirmó ella—. ¡Y con una mujer tan encantadora!

—Sí, una mujer preciosa, lo sé. Pero le soy fiel.

—¿Cuántas veces?

Ella no esperó la respuesta, pues el taxi rodaba ya por las calles de la ciudad.

—Dígame dónde puedo dejarle, teniente.

—Vamos, si le parece bien, adonde tenga usted que ir y el taxi me llevará luego a mi casa.

—Nada que hacer —repuso ella—. Es mi taxi. ¿Dónde baja usted?

—En la fría luz del alba —declaró él—, usted es tan bella como bajo las lámparas de una sala de baile. Permítame que yo sea el que la acompañe.

Ella llamó al chófer para que se detuviera.

—Supondremos entonces que es aquí donde quiere usted bajar, teniente. Me alegra que pueda usted volar. A usted le gusta, ¿verdad?

—Me gusta —repuso él, sin sonreír esta vez—. Gracias por el paseo. ¿Cuándo cree que volveré a verla?

—¿Cuándo dará otra fiesta el coronel?

Larry suspiró:

—La vida es dura a veces.

—Puede, pero el comandante Thomas no estaría satisfecho de que nadie a su servicio se divirtiera jugando con su seductor hermano menor.

—¿Qué?

—Hay algo de verdad en ello, teniente.

—Bueno, basta… —dijo Larry, viendo cómo el taxi desaparecía al extremo de la calle.