Cirujano del aire

Frank G. Slaughter · Capítulo 16 de 27

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Cirujano del aire

Capítulo XVI

 

LA tirantez militar de Craig Thomas era cada vez mayor; su decidida brusquedad, cada día más brusca y más decidida, y la atención que dedicaba a su trabajo se distinguía por tal concentración que el coronel Flynn decía de él: «Este hombre no piensa absolutamente más que en su deber. Y se mataría cumpliéndolo». Pero, dentro de su armadura el espíritu de Craig no era más que una débil pantalla en la que revivían obstinadamente las palabras, los movimientos, los gestos y las expresiones de Joan; los menores detalles advertidos en sus raras entrevistas. Sus encuentros eran tan espaciados como le era dable hacerlo, y en ello consistía el único éxito que podía atribuirse. La decepción que había reflejado el bello rostro de ella cuando, al lado de la habitación de Waller, él había casi rehusado su invitación para ir a comer a su casa, le obsesionaba. Había en su expresión una muda llamada pidiendo que la ayudara en las dificultades de su vida matrimonial con Larry; por lo menos se lo parecía así. Y él debió portarse con excesiva dureza. ¿Qué le dijo exactamente? ¿Qué impresión sacaría ella de sus palabras? No osaba, en verdad, mostrarse menos inaccesible.

Después había habido una llamada telefónica, justo antes de que ella se fuera.

—Craig —y desde la primera palabra su calma y cálida voz, tan plena, le trastornaba—, voy a visitar a mi tía a la ciudad. ¿Recuerda usted que teníamos una especie de proyecto para comer juntos el viernes?

—Sí, evidentemente.

Hubiera debido sentirse aliviado a causa de no tener que ir a comer aquel viernes, pues tenía la intención de escapar del compromiso bajo el pretexto de algún caso grave y urgente. Pero no, no experimentaba alivio alguno. Estaba inquieto y alarmado por aquella marcha y por la impotencia en que se hallaba para ayudar a Joan.

—¿Le contrariaría a usted si lo dejáramos para más adelante? ¿Si nos vemos a mi regreso?

—No, en absoluto. Espero que lo pase usted bien.

Maldijo su lengua cuando se oyó agregar:

—¿Estará ausente mucho tiempo?

—Hasta el lunes, según creo.

No querría que aquella voz dejara el teléfono.

—¿Cómo se porta mi hermano?

¿Hubo una pausa o se la imaginó él?

—El coronel le ha felicitado por los progresos de sus alumnos —repuso ella.

Craig notó que, súbitamente, la entonación de su voz había perdido toda resonancia, volviéndose hueca y sin vida. Como no sabía qué responder, contestó:

—¡Perfecto!

Y no hallando nada nuevo que agregar, repitió:

—¡Perfecto!

Hubiera querido llamar a Larry, bajo cualquier pretexto, e invitarle a comer con él en el club y ver qué decía de la marcha de Joan, pues no dudaba de que Larry tenía que haber hecho algo para molestarla.

Pero, precisamente a causa del gran deseo que tenía de saber, no hizo nada por ver a su hermano. Debatió la cuestión en su propio ánimo, durante dos días, mientras se hallaba en su habitación, hasta que el asunto se ramificó y adquirió incremento. ¿Qué habría podido hacer Larry para que Joan le dejara? Procuró rechazar todas las precauciones y persuadirse de que sin motivo se había perdido en un mar de cosas imaginarias.

Estos pensamientos tumultuosos, ese doloroso hervidero interior, contribuían a la serenidad de su aspecto. Cada vez se refugiaba más en el trabajo, concentrándose en sus obligaciones de cirujano jefe. Por lo demás, invadido de respeto hacia Craig después del caso del soldado de la pierna fracturada, el coronel Cárter le buscaba cada día con más frecuencia para someter a su juicio diversos problemas.

—Tenemos un caso que quisiera ver examinado por usted, Thomas, aunque no se trate de cirugía. Por ahora, cuando menos. Tiene todo el cariz de una meningitis.

Pasaron juntos al cuarto donde se encontraba un joven aviador, recientemente llegado a la base, echado, con el cuerpo completamente rígido y en estado comatoso.

—Capitán Sanders —explicó el coronel—, he traído aquí al comandante Thomas. Tres opiniones valen más que dos. Y temo que ese joven se halle en trance de muerte. Hele aquí, Thomas —agregó, dirigiéndose a él—; ¿qué opina usted? Se hallaba aún perfectamente bien de salud ayer tarde. Después se quejó de dolor de cabeza a otro piloto que cree haberle visto tomar una aspirina. Esta mañana pasó la visita. No se encontraba muy mal. Se le prescribió simplemente un día de descanso sin volar. Se echó en la cama. Y esta tarde se le ha encontrado en el estado en que usted le ve. La única indicación que tenemos como antecedentes es que tuvo un accidente de auto hace seis meses, antes de entrar en la Armada. ¿Eso es todo, Sanders?

—Sí, señor. Todo lo que sabemos para orientarnos.

Craig notó una chispa de celos en Sanders, y que éste se preparaba a edificar sus defensas.

Se inclinó sobre el muchacho dormido; levantó un párpado y luego el otro; las pupilas estaban iguales y de tamaño normal. Craig tomó el oftalmoscopio, que se hallaba sobre una bandeja, al lado de la cama, y examinó el interior del globo ocular, el fondo del ojo; aparentemente estaba sano. Pero el muchacho se hallaba en perceptible mala situación. Se diría que para morir. Con el pulso trastornado y la respiración jadeante.

—¿Detalles relativos al accidente?

—Poca cosa, señor —dijo Sanders—. Una hendidura ligera en el seno frontal. Mínima. La radiografía hecha esta mañana no revela nada más.

Craig movió maquinalmente la cabeza. Pasó la mano por la frente, que iba tomando una calidad apergaminada, y la piel caliente y seca, le indicó que la temperatura del enfermo era elevada. Meditó algunos instantes, y dirigiéndose al coronel Cárter, dijo:

—Un caso muy claro de meningitis, a lo que parece. No tengo nada que añadir a lo dicho por el capitán Sanders.

Sanders hizo un signo de aprobación cordial. Pero Cárter, tomando a Thomas del brazo, y alejándose con él, le indicó:

—Meningitis, pues, pero no daría mucho por la suerte del muchacho. Quisiera que usted pudiera convertir esto en un caso de cirugía.

Después, una ancha sonrisa iluminó su rostro, en el que aparecían algunas cicatrices, al decir:

—¿Y aquella encantadora enfermera, Thomas? ¿Demasiado bonita para valer gran cosa?

—No —rectificó honradamente el otro—; es excelente.

—Entonces eso es una feliz combinación —repuso, sonriendo, el coronel Cárter—. Como en los buenos tiempos. En fin, Thomas…

Se interrumpió para girar hacia la derecha y entrar en un pabellón.

—Gracias por haber venido a examinar a ese chico. Me parece que cuanto se podía haber hecho se ha realizado ya. Siento haberle alejado inútilmente de su trabajo.

El disgusto que se advertía en la voz del coronel Cárter acompañó a Craig mientras proseguía su camino. El viejo había visto muchos muertos en los campos de batalla y en los hospitales. Después de tanto tiempo debía haber aprendido a considerar el hecho como un inevitable porcentaje, pero, no obstante, era capaz de experimentar cuidado ante el cuerpo rígido del joven aviador, que se debatía en coma, para encontrar el aliento.

Craig se detuvo, consternado. A grandes pasos, empujado por un impulso interior, por la urgencia, volvió a reunirse con Cárter.

—¡Coronel! Vamos de nuevo a ver al enfermo.

La fisonomía del coronel se iluminó de esperanza.

—¿Ha encontrado usted algo, Thomas?

—No sé. No sé nada aún.

Pero interiormente se sentía aterrado. El coronel se apresuraba a su lado vigilando atentamente la expresión de su rostro.

A la sorprendida mirada del capitán Sanders, el coronel repuso… por lo que sabía:

—El comandante Thomas tiene una idea.

¿El cuello del muchacho estaba rígido? La pequeña ruptura del seno debió de hacerle pensar en ese síntoma. Y en aquel otro —llamado prueba de Kernig—, consistente en la imposibilidad de poner la pierna vertical, o sea en ángulo recto con el cuerpo del enfermo acostado.

Thomas pasó la mano bajo la nuca del paciente e intentó alzarle la cabeza; la zona superior de la espina dorsal estaba rígida como un leño, pero el dolor originado por este experimento pudo más que el mismo coma, y el hombre se agitó inquieto. Se movió también cuando Craig intentó levantar la pierna y encontró la misma resistencia de la madera.

—¿Puedo ver la radiografía, capitán?

La hendidura del seno parecía, efectivamente, mínima; sin embargo, todo coincidía: fractura del seno frontal, y más tarde, meses después, dolores de cabeza, inconsciencia, fiebre.

—Me parece que esto es una meningitis neumocócica —dijo.

Hasta que la nueva medicación fue descubierta, todos los enfermos, sin excepción, habían muerto de tal enfermedad.

—¿Neumocócica? —inquirió, asombrado, el capitán Sanders—. ¿Y por qué no meningocócica? Conste que no pongo en duda su diagnóstico; pero ¿por qué neumocócica, señor?

—Lo creo así. ¿Ha hecho una punción?

—Todo está listo para hacerla. ¿Querría ser usted mismo quién la hiciera, comandante?

Craig sacudió negativamente la cabeza y dirigiéndose al coronel, dijo:

—Prefiero ver al capitán Sanders hacerla. Sanders lo hará muy bien.

La faz del capitán se iluminó. Sin embargo, era una punción difícil. La espalda del enfermo, encerrada en una rigidez total, no podía ser doblada, a fin de separar un lugar entre las vértebras. Y Craig, siguiendo con atención cada movimiento, aprobó silenciosamente a Sanders cuando éste insertó bajo la piel una dosis mínima de novocaína. El capitán salvaba así el débil riesgo de que el ligero dolor del pinchazo aumentara aún más la rigidez dorsal y, por consiguiente, la dificultad de la operación. Sanders eligió una aguja larga y delgada, tan ligera y flexible que podía ser curvada en semicírculo, y la hundió en la ampolla levantada por la novocaína. La empujó suavemente, con regularidad, sin tropiezos, guiándola entre los huesos, hasta que una especie de ligera vibración que repercutió en sus dedos le advirtió que la punta había penetrado en los henchidos envoltorios de la médula espinal. Entonces deslizó un pequeño tubo bajo la llave de la parte posterior de la aguja y abrió aquélla con precaución. Pronto comenzó a gotear líquido en el interior del tubo. De no haber habido infección, en el espacio que circundaba el haz nervioso vital, el fluido hubiera sido de color blanco y claro; por el contrario, estaba espeso, nebuloso, coloreado. No había duda posible.

—Incontestablemente es pus —dijo el capitán Sanders, mientras el nivel subía lentamente. Remplazó por otro el recipiente lleno.

—Vamos a mandarlo al laboratorio. ¿Hace falta extraer mucho?

—Lo suficiente para reducir la presión. Pero es preciso hacerlo muy despacio. Algunos murieron a causa de que sus nervios fueron demasiado bruscamente liberados de la presión.

El capitán Sanders asintió.

—No me espere. Siga adelante y vea lo que hay ahí dentro.

En el laboratorio, el técnico, a quien la atenta mirada del coronel Cárter ponía nervioso, extendió una delgada capa del fluido nebuloso sobre una laminilla de vidrio que puso a secar.

En otra lámina graduada depositó otra gota, recubriéndolo todo con una minúscula tapadera de vidrio, e introduciéndolo en el contador de células, que muy pronto resonó rápidamente.

—Cerca de tres mil, señor —dijo el técnico.

—Es enorme —contestó sordamente Craig.

Llegó entonces el tumo a la placa puesta a secar. El encargado del laboratorio dejó caer sobre ella una gota de aceite, la deslizó bajo el microscopio y bajó la lente hasta que se mojó en el aceite; después lo puso hábilmente a punto.

—¿Neumococos?

—Tienen todo el aspecto, señor.

Craig se sentó en el taburete y ajustó el microscopio binocular. Parecidas a un conjunto de estatuas bajo el cielo azul, las células de pus estaban allí con su núcleo sombrío clarámente formado, y teñidas por el azul de metileno de la preparación. Ya el operador trabajaba sobre otra laminilla, siguiendo esta vez el método Gram, que tiene por resultado separar las bacterias en dos grupos, según el color que toman.

—¡Qué abundancia de microbios! —contestó Craig, dirigiéndose al coronel—. ¿Quiere usted mirar, señor?

Se extendían por doquier, formando parejas o cadenas, los oblongos gérmenes más grandes que el meningococo.

La lámina teñida según el método Gram estaba lista; el técnico la tendió a Craig. Los meningococos tenían que aparecer en color rojo, y, en la placa, los gérmenes eran de una tonalidad oscura; neumococos, por consiguiente.

—Thomas —dijo el coronel Cárter—, ¡cómo me gustaría estar ahora empezando mis estudios de medicina! ¡Quisiera saber lo que pasará en los próximos cincuenta años!

—Busque el tipo de esos neumococos, se lo ruego.

El técnico realizó varias mezclas del fluido cargado de pus con diversas mixturas de suero de las cuales tenía una gran variedad. Cuando tuvo preparadas varias laminillas las examinó sucesivamente, en rotación más bien. En un momento dado su sonrisa de alivio testimonió que había encontrado lo que buscaba.

—¿Quiere examinar aquí, señor? —dijo, cediendo a Craig taburete y microscopio—. Tienen todo el aire de pertenecer al grupo de dos.

Craig estudió atentamente la placa. La determinación dependía de la presencia, en derredor de cada germen, de una delicada cápsula que, mezclada a un antisuero del mismo tipo, se hinchaba hasta formar un círculo cerrado en torno al germen más oscuro instalado en el centro. Era una bonita prueba, con resultados totalmente positivos. Las cápsulas estaban hinchadas a no poder más.

—En efecto, tipo dos —confirmó Thomas.

El capitán Sanders entró llevando varios tubos de fluido.

El comandante preguntó:

—¿Cómo sigue el muchacho?

—El cuello menos rígido.

—Era de esperar. Se trata de neumococos tipo dos. ¿Tiene usted suero?

El capitán Sanders movió la cabeza:

—No. Puede decirse que no lo usamos para nada desde que contra la pulmonía se emplea la sulfadiazina.

—Sería preciso administrárselo —dijo Craig—, y también unas intravenosas muy concentradas de sulfadiazina. El chico está muy mal. Tiene necesidad de todo cuanto se pueda hacer por él bajo la capa del cielo.

—Póngame con el hospital MacDill —pidió Sanders al telefonista.

Terminada la conferencia anunció, frotándose las manos:

—Van a enviamos el suero inmediatamente por avión. Lo tendremos aquí dentro de una hora o dos. Mientras tanto, empezaremos con la sulfadiazina.

Regresando por los largos corredores, el coronel sonreía, esta vez de contento. Pero Craig, tomando automáticamente lugar a su izquierda, como oficial de menos graduación, avanzaba sumido en una pesadilla de remordimientos de autoacusación, sintiéndose mortalmente culpable por no poder apartar a Joan de su pensamiento.

—Fue una magnífica idea la que se le ocurrió, Thomas —dijo el coronel, lanzando una rápida y penetrante ojeada al comandante—. Ha salvado usted un aviador para la Armada, ¿no es así?

—Hay bastantes probabilidades de que salga adelante —admitió Craig, con voz opaca—. Hace uno o dos años no se hubiera podido hacer nada.

Pero había estado bien cerca de fallar en el diagnóstico correcto; su equivocación era verdaderamente increíble y digna de condenación.

El coronel Cárter golpeó, satisfecho, sus manos, una contra otra.

—Montones de sus camaradas me persiguen para obtener permisos; esta misma mañana he examinado los records de vacaciones. Su media es la más

baja de todas: cero. ¿No le he hablado nunca del [19] tarpón?

—Si tiene usted algunos minutos desearía mucho tener una conversación con usted —dijo Craig, con una voz que expresaba súbita decisión.

—Desde luego. Vamos a mi despacho. Un tarpón al cabo de ciento cincuenta metros de hilo y la devanadera casi vacía…, con más de cien libras de peso saltando como un… tarpón. Thomas, si en nuestras Facultades de Medicina se enseñara a los alumnos el arte de pescar el tarpón, todos nuestros médicos podrían aspirar a vivir largos años.

En su despacho, el coronel tomó una corta pipa que tenía encima de la mesa, entre los papeles; la llenó, e hizo notar:

—El jefe de la Base tiene la mirada puesta en usted, Thomas. Sus notas son excelentes. Ahora dígame qué puedo hacer por usted.

—Trasladarme de aquí —exclamó Craig—. Hacerme pasar al servicio continental.

—¡Vaya al diablo! —estalló Cárter—. ¿También le ha picado esa mosca? ¿A usted?

—Sí, señor. Quisiera ir.

—Lo comprendo —dijo el coronel sin ninguna simpatía—. He tenido que pasar por ello cuando se me dejó en tierra despidiendo con el pañuelo a los que embarcaban. Después lo acepté. Sin duda llegará usted también a comprenderlo más adelante. Por consiguiente, por lo que de mí dependa habrá de ser lo más tarde posible cuando usted salga de aquí.

—Señor, es una petición formal la que le dirijo —dijo Craig con una sequedad de la que se asombró él mismo—. No juego con una idea.

El rostro lleno de cicatrices del coronel se endureció por un instante; luego se relajó en una sonrisa.

—Bien, Thomas. No quiero tener el aire de tomar la cosa a la ligera. Tenemos necesidad de todos nuestros médicos, tanto en los campos de batalla como en la retaguardia. Es un servicio muy útil. Remiendos de urgencia. Eso volvería a llevar a usted a sus días de internado en la sala de accidentados.

—Es un trabajo absolutamente esencial.

—No hay duda. Tampoco la hay de que tenemos montones de jóvenes médicos que pueden encargarse de hacerlo. Confidencialmente, Thomas, le diré que existen médicos que me hacen más bien efecto de veterinarios. Estarán muy bien en el montón. Para las menudencias. Para colocar tablillas o torniquetes, poner inyecciones de morfina; etcétera. Si se quedan allí, bajo la tierra, sus familias les llorarán. Pero llegaría incluso a admitir que la sociedad no podrá, con su ausencia, sino encontrarse mejor. Como en tantos otros casos, el problema es de valor humano.

—Señor, ¿reconoce usted entonces que en los hospitales de base, en la retaguardia de los frentes, hay un verdadero trabajo de cirugía que realizar?

—Naturalmente. Lejos de mí la idea de menospreciar su importancia. Evidentemente, aunque hay aquí un equipo más perfeccionado, los casos más difíciles son remitidos al país. Nunca había poseído un material más perfecto que éste con el que contamos.

Con el aire de orgullosa satisfacción despidió una nube de humo.

—Ha hecho usted una labor magnífica con ese muchacho, Thomas —dijo.

Craig sacudió obstinadamente la cabeza. Pero el coronel Cárter, entornando los ojos, prosiguió:

—Mi deber más inmediato es confiar los mejores instrumentos en las manos más capaces que conozca. ¿Cuál es su deber más inmediato, Thomas?

—No está aquí, señor.

—¿Es que le hacemos trabajar demasiado?

—De ningún modo.

—¿Entonces? ¿Qué hay detrás de esa ausencia?

Craig gruñó. No podía explicar al coronel Cárter —ni a nadie— que él, oficial austero y capaz, estaba secretamente minado y destruido por un amor sin esperanza, y esto hasta el extremo de no confiar en nada, ni en sí mismo.

—Causas personales —dijo solamente—. Si bien no puedo explicárselas, espero que no por ello las creerá menos importantes. De no ser así, no le pediría ese traslado.

El rostro del coronel se alegró hasta la jovialidad, con cierta astucia de zorro en su triunfo.

—¿Ve usted, Thomas? Ya está derrotado. ¡Causas personales! ¡En la Armada! ¿Y es usted quién…? Vamos, debe saber bien que las causas personales no pueden contar en la Armada. Lo siento. En la vida civil le hubieran rendido mayor provecho.

El coronel indicó detrás de él una caña con su carrete, colocada en panoplia sobre el muro.

—No hay muchas personas en las que tenga suficiente confianza para prestarles esto, Thomas. El material ordinario para los hombres ordinarios y el especial para los especiales. Y ese bambú hendido no es de los corrientes. Me gustaría mucho que se lo llevara por una semana, y ver cómo se desenvolvía usted frente a un tarpón. ¡Bien! —Se levantó—. Se lo remitiré enseguida.

Thomas sacudió la cabeza en seca negativa.

—Gracias, coronel. No digo que más tarde… Pero en esta semana tengo dos casos importantes…

La risa de Cárter le interrumpió francamente.

—Para tratarse de un hombre que cree su deber marcharse, se porta usted curiosamente. Al contrario de como se podía esperar. Duermo mucho mejor desde que usted está aquí, Thomas. Gracias por haber venido.

El comentario del coronel arrebató a Thomas la única solución que había entrevisto. En cierta y extraña manera era un alivio saber que había hecho cuánto había podido, y que, a despecho de su voluntad, era obligado a permanecer allí, donde ocasionalmente vería a Joan. Hizo, no obstante, un honrado esfuerzo para negar que eso fuera un alivio, y cuando su imaginación evocó posibles encuentros con ella, luchó severa e inútilmente consigo mismo.

Blount, al llegar poco después a su cuarto para llevarle al club a tomar un vaso de cerveza fue recibido con un: «No. Lo siento, Paul» descorazonador y malhumorado.

Pero Blount, sin descorazonarse del todo, persistía cerca de él mirándole y riendo por dentro.

—Tengo un problema y necesito ayuda.

—Nada, Paul. Voy a acostarme. Lleve sus endocrinas adonde le parezca. Sin mí.

—Evidentemente, ésa es una parte del problema —admitió Paul—. Pero la menor. Si no quiere venir por ella, vendrá por el resto.

Abandonó su alegre aire de chanza y contempló a Craig con gravedad. Pero éste sacudió negativamente la cabeza y se puso a deshacer el nudo de su corbata.

—La otra parte del problema concierne a Larry.

La respuesta de Craig fue violenta, aterrada.

—¿Qué sucede a Larry? ¿Qué hay, Paul?

—¡Al diablo! Vamos a beber la cerveza.

Craig volvió a poner bruscamente su corbata en regla.

—Paul —dijo—, valdrá más que realmente tenga algo que decirme. Porque, si contrariamente, se trata de charlatanerías… Voy a buscar el coche.

—Tengo verdaderamente algo que decirle. Tal vez no se trate de algo malo del todo; aún no lo sé. Pero acaso pueda usted darme un consejo; su opinión.

—Bien. De todos modos, le acompaño. Veamos, ¿qué ha pasado?

—El coronel Flynn me ha telefoneado hoy. Me manda a Larry mañana por la mañana. Revisión completa. Ha dicho completa subrayando la palabra. Larry ha estado a punto de estrellarse contra el suelo.

Craig gimió, y dijo sin ilación aparente:

—Joan se ha marchado. Su mujer ha ido a visitar a una tía suya.

—¿De verdad? —exclamó Blount—. Vamos a beber la cerveza.

En el coche, Blount pasó bruscamente su brazo en torno a los hombros de Craig y le contó lo que le había dicho el coronel. En el curso de un descenso, con un alumno, Larry había calculado mal la distancia hasta el suelo. El hecho tuvo el cariz, visto desde tierra, de una increíble acrobacia, pero no lo fue.

—Lo que ha habido de bueno es que él no ha intentado hacer creer que lo hizo expresamente, ni permitió que se supusiera eso —dijo Paul, de buen humor, al entrar en el club—. Tendrá usted necesidad de cerveza ahora; pero yo tengo la conciencia tranquila.

Sin embargo, una sombra de contrariedad reapareció en sus rasgos benevolentes y mal pulidos.

—Hubiera preferido —dijo que no me lo mandaran esta otra vez. No puedo olvidar que es su hermano. ¿No tiene usted nada que sugerirme?

—El hecho de que sea mi hermano no tiene nada que ver en la cuestión.

—¡Eso lo dirá usted! —repuso Blount—. En fin, si se le ocurre alguna cosa que desea le nombre, o que deje caer alguna alusión o consejo, si desea que le dé un sermón…

—No —exclamó Craig.

—Bien. No es mucha suerte teniendo un pequeño hogar recién estrenado, y una muchacha como Joan —comentó Paul, lanzando una rápida ojeada al tenso rostro de Craig—. ¡Lástima que el chico haya tenido esa equivocación! Sin embargo, acaso no sea gran cosa. Es preciso, sin duda, que le examine, pero espero que salga bien. Haré cuanto pueda para lograr ese resultado, naturalmente. Es su hermano y yo no puedo olvidarlo.

—Nada importa —exclamó Craig. Pero su mente exploraba ya la triste posibilidad de que Larry fuera rechazado definitivamente del vuelo, con todas las consecuencias probables.

—Bueno, lo tendré en cuenta. —Paul alzó su jarro hasta la altura de sus ojos—. Dígame, Craig. Si usted no estaba al corriente del asunto de Larry, ¿qué paso ha dado usted cerca del coronel esta tarde?

—No he dado ningún paso. He hablado a Cárter del servicio de Ultramar.

—¡Ah! ¿Quiere usted marcharse de aquí?

Craig le miró con atención, pero Paul soplaba con indolencia la espuma de su cerveza.

—¿Se imagina que deseo pasar aquí toda la guerra? ¿Con tantos países por conocer?

—Conformes. Pero las mujeres americanas son lo mejor que se ha hecho en el mundo. Así, tiene usted ese humor porque el coronel no le ha dado permiso para hacerse matar. ¿Qué le dijo el coronel?

Craig refunfuñó ariscamente:

—Me ofreció su caña de pescar. Me dijo que me marchara a pescar…

Blount, con una risa estruendosa, le cortó la palabra:

—¿No sería un tarpón? Si le ha hablado del tarpón es que el ascenso es inminente. A mí ni siquiera me habla de los peces de colores.

Craig sonrió. Blount conseguía siempre hacerle sonreír.

—Muy bien, Paul. Ha llegado su tumo. Si debo todavía oírle hablar de sus endocrinas, el momento es éste.

—No; no se trata de mis endocrinas —confesó melancólicamente Blount —. Se trata de las hormonas de Siz Marrell.

—Entonces, ¿es hora ya de la segunda cerveza?

—Desde luego. La he llevado en coche las veces suficientes para llegar a detestarla, Craig. Nos hemos detenido al borde del agua, en medio del campo. Pero… —suspiró— me preguntó qué es lo que me pasa. Nunca me había sucedido nada parecido.

—¿De qué le habla? —aventuró Craig—. ¿De la campaña de Rusia?

—Jamás. De anatomía. Hablamos de anatomía. Ella se conoce bien, la tunanta. Tiene el mismo punto de vista que yo. La abrazo, y me abraza. Eso me produce un terrible efecto, Craig.

—Me sorprende —dijo Craig con placidez.

Paul se endosó un largo trago de cerveza.

—Sí, me causa mucho efecto. Se lo digo a ella. ¿Y qué cree usted que hace entonces, Craig? ¿Qué supone usted que puede hacer? Se ríe, se ríe con esa condenada risa perezosa que es su especialidad. Después me abraza de nuevo. No puedo rebasar ese beso. Y, sobre todo, no me es posible superar esa risa. Me exaspera, destroza mis reacciones —explicó con expresión preocupada—. Y comienzo a sentirme oscuramente encorajinado, fatigado, enfermo. ¡No! No renuncio a seguir probando aún. ¿Qué cree usted que podría intentar?

—¿No sería conveniente que usted también riera?

—He pensado en ello. Y lo he ensayado. Pero, en momentos como ésos, me es imposible ponerme a reír. Esa mujer es el demonio de la coquetería, una verdadera campeona mundial, y no hay nada más peligroso que ella. Necesito otro vaso de cerveza.

Prosiguió, mientras sacudía melancólicamente la cabeza:

—Insisto de continuo, pero no creo llegar a lograrlo. Odio el admitir mi derrota, sobre todo en este caso particular, pero no podré soportar largo tiempo tan perfecta ingratitud. Tal vez no sea yo su tipo. Acaso tenga ideas anticuadas. O ciertas particularidades. Aunque yo haya, hasta ese instante, considerado mis condiciones particulares como bastante satisfactorias.

Contempló a Craig con sagaz mirada, y dijo:

—Si yo pudiera ser un chico alto, guapo, de tipo aristocrático, del género a que usted pertenece, creo que el resultado sería por completo distinto. Estoy, ¡ah, sí!, completamente cierto de una cosa: de que hay un tipo de hombre al que ella no contrariaría ni tres minutos.

Pero Craig no respondió nada a la insinuación.

—Si tuviera que redactar una orden para un hombre en su situación, Craig, yo le prescribiría Siz Marrell.

—¿Qué situación? —inquirió Craig, invadido por una ansiosa suspicacia.

Entonces Paul dijo con suavidad:

—La situación de tener necesidad de algo parecido a Siz Marrell.