Cirujano del aire

Frank G. Slaughter · Capítulo 24 de 27

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Cirujano del aire

Capítulo XXIV

 

 

EL aparato rodó silenciosamente por la habitación sobre sus ruedas dotadas de cubiertas de goma; el capitán Seasons colocó en la posición conveniente, encima de la cabeza de Larry, el brazo móvil que contenía el tubo de rayos X. La respiración del herido era fatigosa, y cuando el capitán Seasons le alzó ligeramente la cabeza para deslizar bajo ella la caja metálica plana que contenía la película, gimió y sus labios se movieron.

El cirujano retrocedió un paso e hizo como si diera cuerda a un reloj, con una especie de pequeña caja, lejanamente parecida al mismo, la cual tenía en la mano unida a la base de la máquina por un cable. Apretó un botón y, durante una fracción de minuto, se oyó un rumor ligero. Después extrajo la caja de debajo del cráneo de Larry, puso otra y, la misma operación volvió a producirse. Después de lo cual los ayudantes sacaron el aparato rodante.

—Gracias, capitán —exclamó Craig—. Pronto veremos el resultado. Ahora querría pedirle una pequeña información. ¿Conoce usted algún lugar donde la señora Thomas pueda pasar las horas de espera que se preparan?

—Ya he pensado en ello —dijo Seasons—. Quería telefonear a mi esposa; es una mujer llena de simpatía. ¿Quiere usted que lo haga?

«¡Pobre Joan!», pensó Craig. Luego, en voz alta, dijo:

—Muchísimas gracias. Sería muy amable por su parte, capitán, y le quedaríamos muy reconocidos.

El capitán Seasons se retiró, con una sonrisa tranquilizadora.

Craig salió para ir, una vez más, al encuentro de Joan, mientras se revelaban las fotografías.

—La mujer del capitán Seasons vendrá —dijo—. Ella encontrará un lugar donde pueda usted instalarse, Joan. Podrá usted regresar aquí dentro de una o dos horas.

—¿No podría quedarme, Craig? ¿Va a operar ya?

—No se ha desayunado usted —dijo con dulzura—. Es preciso que siga a la señora Seasons.

—Obedeceré, Craig…

—Sí.

—Sé que lo que va usted a hacer es atrozmente duro. Si mis deseos pueden ayudarle en algo, Craig, ¡que Dios bendiga su ayuda!

Una mujer de anchos y cuadrados hombros acababa de descender de un coche y llegaba por la avenida.

—¿La señora Thomas? —preguntó—. Venga, querida; suba a mi coche.

Joan conservó un instante en su mano la de Craig y la apretó antes de seguir a la señora Seasons.

Él volvió a entrar en el edificio, y el capitán Seasons fue a su encuentro llevando las radiografías aún mojadas.

—Cuerpos extraños en el cerebro —dijo, sacudiendo inquietamente la cabeza. Craig estudió las pruebas con sufrimiento; muchos fragmentos metálicos eran visibles, púas crueles profundamente insertas en la materia cerebral.

La enfermera estaba tomando el pulso a Larry.

—¿Ha habido cambios?

—El pulso se apacigua.

—¿La tensión?

—Sube.

—Puede hacerle trasladar inmediatamente a la sala de operaciones —dijo Craig. Era el momento de operar. Los efectos inmediatos de la conmoción se disipaban. La presión subía en torno al cerebro; el aumento de la tensión y la disminución de la velocidad del pulso lo indicaban. Si quería aprovechar el mejor momento para actuar, era preciso no esperar más.

Avanzó solo, grave y reflexivo a través de los largos corredores del hospital, paredes de pino sin desbastar. Encontró a Paul Blount hablando con el joven médico militar que había conducido a Larry.

—Vamos a lavamos las manos, Paul —dijo—. Traerán a Larry dentro de unos minutos.

En la sala de operaciones, la habitual actividad metódica se desarrollaba. Una enfermera y un médico técnico movilizado estaban allá, vestidos de blanco, con las manos enguantadas, disponiendo los instrumentos esterilizados sobre la mesa cubierta de telas asimismo esterilizadas. Era la exposición corriente —pero impresionante para el profano— de todo el arsenal de la cirugía.

Craig llegó, hundió las manos en la cubeta llena de alcohol y se las lavó, dejando que el alcohol resbalara por sus antebrazos hasta los codos, a fin de que ningún microbio pudiera, de la zona no desinfectada de sus brazos, caer en sus manos. Se enjugó cuidadosamente ascendiendo, después arrojó la toalla que le había tendido la enfermera, con mucho cuidado de no tocar la parte que había enjugado sus codos.

Revestidos de blusas blancas, que sus ayudantes les ofrecían, ceñidos de delantales que el técnico anudó en su cintura y en el cuello, las manos empolvadas con talco y enguantadas, estaban ya preparados cuando la camilla llegó a la puerta de la sala.

El capitán Seasons vigiló atentamente el traslado de aquella forma inerte que era Larry, de la camilla a la mesa de operaciones, en la cual fue echado boca abajo; un cuadro rígido fijado a la mesa la prolongaba, una especie de copa estaba también preparada al otro extremo; sobre ella descansó el rostro de Larry, sus brazos fueron ligados a la mesa a lo largo de su cuerpo.

—Tenga preparada una buena cantidad de agua esterilizada —dijo Craig. Y la enfermera le indicó con el gesto que ya estaba lista.

Una vez más, el joven médico militar, armado de bisturí, cortó los vendajes que cubrían la cabeza del herido, los cuales habían sido puestos en sustitución de los cortados por Craig. Bajo la luz viva que hacía parecer más pálido el cráneo de Larry, rasuró su cuero cabelludo, lavándolo luego con jabón verde y una palangana llena de agua. Después de esto se separó.

Y Craig, manteniendo en el extremo de una pinza esterilizada un pequeño tapón de gasa, cubrió la piel de mercurio-cromo, poniendo el mayor cuidado de no tocar el borde lacerado de la herida, a fin de que el antiséptico de color carmín escandaloso no pudiera ponerse en contacto con la materia cerebral. Los innumerables accidentes de auto de la vida civil habían enseñado a los cirujanos que para los tejidos desgarrados valían más el agua y el jabón verde —y aún sin frotar— que los diversos desinfectantes, como tintura de yodo y similares cáusticos que durante lustros se habían utilizado con tanta abundancia.

Craig deslizó una toalla bajo la cabeza de Larry. Los movimientos necesarios para rasurar su cuero cabelludo habían provocado nuevas pérdidas de sangre y rojas manchas irregulares se formaban por el suelo. Colocó un tapón de gasa sobre la llaga; apoyando ligeramente para restañar y contener lo antes posible la hemorragia.

Después insertó horizontalmente entre los huesos del cráneo, pero lejos del borde de la herida, la fina y larga aguja de una jeringa de novocaína. Cuando la retiró había dejado un fino surco en relieve. Lentamente, con paciencia, detrás de cada desgarrón, comenzó de nuevo a inyectar el anestésico, aislando progresivamente todo el contorno de la herida. Iba a poder, gracias a esa potente anestesia local, operar sin que Larry tuviera ningún sufrimiento, pues el cerebro, especie de cuadro de distribución de todos los nervios, transmisor general de las sensaciones, es, en sí mismo, incapaz de experimentar el dolor.

Larry no hizo el menor comentario durante el tiempo en que el comandante, ayudado por las pinzas que mordían el cuero cabelludo a la vez que la tela, fue colocando compresas estériles en todo el contorno de la herida. La novocaína, bien inyectada, actuaba del modo preciso. Cuando terminó puso sobre el conjunto una toalla, en el centro de la cual se había hecho una abertura. Por esa especie de ventana permanecía visible sólo la llaga desgarrada y el cráneo, aquí atravesado por sombrías grietas, allá desfondado por una complicada fractura.

Entonces enumeró rápidamente toda la serie de instrumentos que podía precisar: aparatos de succión, de electrocirugía (potentes coaguladores, utilizados en otras circunstancias tanto para matar los gérmenes de la sífilis como para desinflamar las articulaciones reumáticas), los escalpelos, las pinzas hemostáticas, y las bandas de goma destinadas a mantener las pinzas agrupadas, el aparato de irrigación que debía permitirle desprender los restos extraños acumulados en los tejidos, los diversos bisturíes, las agujas de todos los tipos y para todos los usos, y a medida que los iba nombrando, la enfermera comprobaba con una mirada su presencia sobre la mesa del instrumental.

Después se hizo un gran silencio, un silencio tenso, que reinó por completo en la sala.

Craig comenzó por cortar los fragmentos de piel lacerada, de tejido fibroso, donde se advertían los puntos negros de las raíces de los cabellos, y su escalpelo era de una infalible precisión. Al cabo de algunos minutos no había más que dos bordes de herida, limpios y claros. Fijó pinzas hemostáticas en ellos, las cuales habían de permanecer en aquel lugar todo el tiempo que durase la operación, impidiendo que los pequeños vasos inundasen el campo de la misma.

Atento, minuciosamente, uno de los ayudantes, con un aparato de irrigación, fue desprendiendo los diversos restos de madera y vestigios diversos que, con grave riesgo de infección, se hallaban allí.

Craig fruncía las cejas al ir trabajando. No podía dejar de temer el riesgo de infección, el cual constituía el peor peligro. La infección cerebral podía conducir, en diversos puntos inaccesibles, a una lenta y progresiva inflamación de los tejidos. La presencia de restos metálicos no hacía sino

agravar las posibilidades de ello. Un estallido de obús o de [25] shrapnel

hubiera sido infinitamente menos peligroso, pues en el instante de su penetración esas astillas están al rojo blanco, lo que las esteriliza.

Por el momento, la extracción de los cuerpos extraños era de una importancia primordial, antes de que pudieran suscitar nidos de bacterias que, en el instante menos previsible, quemarían como ardiente fuego la sustancia misma del cerebro.

Paul advirtió el fruncimiento de cejas y comprendió el motivo.

—¿Va usted a sondar?

—Es necesario. ¿Cómo va la presión sanguínea?

—Se mantiene —respondió la encargada de la anestesia.

—Vigile atentamente y avíseme si disminuye.

Consideraba, en efecto, inevitable un nuevo shock en cuanto empezaran a trabajar en el mismo cerebro. Con pinzas delgadas y estrechas láminas, con dientes vigorosos y delicados, levantó los tejidos lacerados en profundidad bajo la piel, los cortó limpiamente con el bisturí y los extrajo. Tardó casi quince minutos en suprimir todos los tejidos desvitalizados. Y siempre, la irrigación desprendía hasta los mínimos filamentos muertos. Algunos pequeños vasos sangraban a pesar de haberlos restañado y aprisionado con las

pinzas; el [26] [27] electrocauterio tocó los hemostatos y su pasada dejó tras de sí un cauce negruzco y encogido que ya no sangraba.

—La presión desciende —señaló la encargada de la anestesia.

—¿Y el pulso?

—Más rápido.

—Capitán Seasons —dijo Craig—, es preciso iniciar la transfusión.

—Todo está preparado —repuso el capitán.

Y el goteamiento comenzó en las venas de Larry; éste se movió débilmente en el momento en que la aguja penetró en su brazo.

—La anestesia local nos permite actuar sin prisas. Vale más, antes de proseguir, dejar que la transfusión comience a surtir su efecto. La precipitación no haría más que aumentar el traumatismo.

—¡Qué lástima haber tenido que recurrir a la transfusión! —hizo notar Blount.

Craig admitió la observación e hizo un signo de asentimiento. Aquel recurso podía destruir el equilibrio de presión en el cerebro. Pero el estado general, la inminencia de la recaída en el shock, exigía ese alivio.

Esperaron muchos minutos, mirando cómo la sangre bajaba en el frasco y pasaba gota a gota a las venas del herido a través del cilindro que, situado a la mitad del tubo de goma, contenía un filtro metálico. La operación era lenta, monótona y regular.

—La presión asciende —avisó la encargada.

Craig se incorporó diciendo:

—Bien: continuemos.

Levantó el apósito de gasa, provisionalmente colocado sobre la herida, tomó de la mesa un pequeño instrumento plano, insertó suavemente una de sus extremidades en una de las resquebrajaduras que rajaban tan curiosamente el cráneo de Larry, y levantó una sección de hueso que siguió sin resistencia por sí misma, completamente desprendida por todos lados. La tendió a la enfermera.

—Ponga esto en agua salada.

La misma tentativa en otra sección ósea, la cual no se desprendió más que parcialmente, pegada por una franja de cuero cabelludo. Igualó gracias al pesado «roedor» los bordes libres de la placa ósea, que envolvió en gasa y retiró hacia atrás. Debajo de ella, un tejido desgarrado, lacerado, de un curioso tono rosa, blando en apariencia, semifluido en cuanto a la consistencia, apareció.

—¿Material cerebral? —La voz de Paul estaba tensa e inquieta.

—Sí. Veremos mejor dentro de un instante.

Estaba ocupado en despegar una especie de envoltorio que parecía interpuesto entre el cráneo y el cerebro.

—La duramáter está tremendamente desgarrada —dijo Craig a Paul, que, de pie sobre un taburete, miraba por encima de su hombro.

—Es posible que tengamos que utilizar un trozo de [28] fascia.

Levantó otra sección de hueso todavía. Esta vez, una rápida oleada de sangre surgió de la materia cerebral que se adhería debajo, pero él la contuvo rápidamente con mi tapón de gasa, y comenzó por igualar los bordes del hueso, vertiendo de vez en cuando agua salada, que desprendía parcelas de tejido suelto o restos óseos.

Después de esto retiró prudentemente el tapón de gasa; la superficie del cerebro, de un tono rosa pálido y cubierto por la malla azulada de las venas, estaba profundamente herida por una desgarradura que se extendía en diversas direcciones. Casi toda la parte expuesta había sido dañada.

—¿Quiere mostrar la prueba de los rayos Roentgen?

El enfermero dio a un conmutador, y en la caja de vidrio verdiazul fijada en el muro apareció la película iluminada por detrás; las púas metálicas eran visibles. Una de ellas era grande y estaba hundida una pulgada en el cerebro.

—¡Oh, ésta! —exclamó Blount—. ¡Que Dios ayude al muchacho!

—Sí. —La expresión de Craig era al mismo tiempo agotada y preocupada —. Hay una posibilidad; si no se produce infección, queda un camino.

Paul asintió con el gesto. Dijo:

—Es preciso probar. Pero para un aviador…, ¿cree usted que es posible que conserve visión suficiente? Podría quedarse ciego a causa de ese fragmento.

—Hay una posibilidad —repitió Craig—. Si no retiramos esto, muere. — Inclinándose de nuevo sobre la abertura del cráneo, pidió—: Aguja para duramáter.

Era una aguja grande, larga, de más de tres pulgadas, embotada por el extremo, con una abertura a un lado, justo encima de la extremidad aquélla. La tomó entre el pulgar y el índice y comenzó a sondar delicadamente la blanca materia cerebral; ésta no ofrecía ninguna resistencia evidente y la aguja sin punta no podía abrir ningún vaso sanguíneo.

Durante un largo rato, Craig no halló nada. Al tercer sondaje, la aguja tropezó con algo, con un débil sonido.

—Está en pleno centro visual —dijo Craig, vuelto hacia Blount—. Para extraer ese fragmento vamos a causar serios destrozos.

Paul le miró atentamente entre sus párpados semicerrados. Comprendía que, por primera vez en su vida, Craig buscaba un apoyo, necesitando alguien que compartiera su responsabilidad.

—¿Y qué sucederá si no lo extrae?

—Infección, casi con toda entereza. Probablemente muy grave.

—Sí —dijo Paul Blount.

La decisión se reflejó repentinamente en el rostro de Craig.

— [29] Espéculo.

La enfermera le alargó un fórceps que terminaba en una estructura cónica. Cuando lo tomó por el mango, las dos mitades del cono se separaron. Había dejado la aguja en el sitio. Con precaución empujó el instrumento paralelamente a ella, que le servía de guía y que Paul Blount mantenía estable. De vez en cuando separaba las ramas y, en el espacio abierto de este modo hundía estrechas hilas de gasa húmeda. Finalmente, el instrumento rechinó contra un cuerpo duro. Craig, lenta y firmemente, volvió a hacer funcionar el mango, y se produjo una nueva efusión de sangre. Durante largos minutos continuó hendiendo, o retirando. Finalmente la llaga quedó seca. Entonces, tomando un delgado fórceps, lo deslizó por la abertura y buscó en las profundidades del cerebro hasta que pudo asir el trozo metálico. Por dos veces la sangre oscureció el campo de la operación. Tanteando, trabajando con paciencia y hábil suavidad, logró desprender la astilla, y progresivamente, tirar de ella hacia fuera, rogando a Dios le ayudara a estropear lo menos posible las fibras visuales.

En la estancia nadie parecía respirar, hasta que, finalmente, el fragmento fue completamente extraído de la herida. Era una pieza de metal triangular y rugosa, a la cual se adherían aún algunos pequeños fragmentos de materia cerebral. Blount tembló al verlo.

Una hora y media había transcurrido ya y la operación no estaba terminada. Otros fragmentos menores de metal permanecían aún en el cerebro. Pero Craig empezó por verter en el fondo de la herida polvo de sulfamidas, el cual sería absorbido por el cerebro. Altas concentraciones de la droga se producirían en las células de los tejidos y de los fluidos, y allá donde las bacterias a la espera se preparaban para la obra de destrucción, las concentraciones las detendrían, si se producían antes de que la labor microbiana estuviese demasiado adelantada, o, por lo menos, se podía esperar que equilibrarían el efecto hasta que el cuerpo del enfermo reaccionara por sí mismo y se defendiera contra la infección.

Era ésa, seguramente, la cosa más importante que la medicina pudo ofrecer a la cirugía durante la guerra, constituyendo casi una panacea universal que en la vida civil había reducido ya a la décima parte de la mortalidad por apendicitis o por fracturas complicadas.

Cerca de una hora más pasó antes de que Craig Thomas admitiera que todos los cuerpos extraños que era posible extraer habían sido efectivamente desalojados. Finalmente se incorporó y durante unos momentos inclinó la cabeza hacia atrás. Sus ojos estaban empañados y desplomados sus hombros.

—Es casi todo lo que hemos podido hacer —dijo con lasitud—. Las partículas astilladas que restan no pueden originar gran perjuicio.

Lavó aún con agua salada el campo operatorio y cubrió el cerebro con un delgado apósito húmedo. Entonces examinó el fragmento de hueso que se había hallado completamente despegado y que extrajo primeramente; estaba en bastante mal estado, y la cara inferior, que había sido bruscamente proyectada contra el cerebro, estaba rugosa y arañada.

—¿Cree poderlo utilizar? —inquirió Paul.

—Me parece que no.

Retiró el tapón de algodón e inspeccionó los bordes de la llaga ósea. Había una muesca en el lugar donde el hueso había sido roto y cuando trató de ajustar el trozo advirtió que faltaba una parte. Igualmente, cuando intentó volver a su sitio la duramáter, que había doblado, se dio cuenta de que faltaba un fragmento considerable. Tuvo que atenerse a esos dos inconvenientes.

—Hará falta un trozo de fascia —dijo Paul, el cual bajó enseguida del taburete y comenzó a quitarse la blusa, tendiendo luego las manos a una enfermera, la que le quitó los guantes. Volvió a ponerse otra blusa y guantes esterilizados. Desnudando el muslo de Larry, lo pintó con mercurio-cromo, tapó con una tela el nuevo campo operatorio, inyectó novocaína, hizo una incisión, y después de algunos minutos de disección, alargó a la enfermera una pequeña banda de un tejido blanco y brillante que fue colocado sobre una toalla húmeda y caliente y entregado a Craig.

Craig tomó el trozo de fascia y lo puso delicadamente en el lugar en que el tejido había sido desgarrado, lo cosió a la duramáter, a fin de que se injertara, y restableció así en ese punto la indispensable protección del cerebro.

Antes de colocar en su lugar los huesos aún unidos, esparció una nueva capa de sulfamidas. Se veía aún la abertura en el cráneo.

La enfermera le entregó una delgada hoja cuadrada de una sustancia metálica blanca. Midió las dimensiones del agujero y, con la ayuda de pesados cinceles, cortó una placa de metal ligeramente mayor que la superficie que había de remplazar.

Paul Blount, habiendo terminado su trabajo en el muslo, cambiaba nuevamente de blusa y de guantes.

Craig curvó el metal dándole la forma del hueso suprimido. Cuando lo tuvo preparado, hendió una ligera grieta en el espesor del hueso en su abertura e insertó cuidadosamente la placa de tántalo. Nueva capa de sulfamidas. Luego desdobló la piel en sus dos bordes opuestos y, a rápidas puntadas, la recosió y colocó sobre ello un apósito que sujetó con un vendaje.

Había acabado. La operación estaba terminada. Miró el reloj y comprobó que habían transcurrido tres horas. Durante todo ese tiempo, cada uno de sus movimientos había tenido la seguridad y la precisión de un trabajo maquinal. La operación, la más difícil de su carrera, la más dudosa en cuanto a éxito futuro, la había realizado bajo un imperativo interior, obligándose a cumplirla como un trabajo de laboratorio, como si no fuera el cerebro de Larry, el cerebro de su propio hermano, el cerebro del marido de la mujer que amaba. Con los fórceps, el «roedor», los cinceles y el espéculo hundidos en la materia cerebral, Craig había trabajado para un gran sufrimiento futuro y para el suyo propio. Pero una vida debía ser salvada por el solo hecho de serlo. Y ahora, mientras Craig se quitaba la blusa y los guantes, se sentía interiormente deshecho. Los médicos y las enfermeras, que se preparaban a felicitarle, se callaron al ver su rostro.

—¿Cree usted que saldrá bien? —murmuró a Blount.

—Si la cosa es posible, sí. La operación ha sido maravillosa.

—¡Maravillosa! —Craig movió la cabeza. El lóbulo occipital triturado y el fragmento de metal sumido en pleno centro visual significaban probablemente, y pronto lo sabrían, el martirio en vida de Larry, de Joan y de él mismo. Craig dijo, sombrío:

—Gracias, Paul.

—No había otra posibilidad. Era lo único que se podía hacer —repuso éste, inquieto y preocupado—. Nadie hubiera podido hacerlo mejor. Puede salir perfectamente de esto.

—Sí, puede.

—Había que arriesgarse. Juego de azar.

—Sí; hemos jugado, Paul. ¿Cree usted que encontraríamos algo de beber?

—¡Nunca lo necesité tanto en mi vida! —admitió Blount—. Voy a preguntarle al capitán.

Craig salió para ver a Joan. Era ya de noche, y, al mirar hacia la flecha luminosa que procedía del despacho del capitán, la vio allí sentada, sola. No le oyó llegar, y su rostro era una máscara lívida de dolor y desesperación. Permaneció mirándola un largo instante, temblando también de angustia, desbordando piedad hacia ella y buscando cómo podría decirle que era muy probable tuviera que pensar en pasarse la vida cuidando a un marido ciego. Antes de ponerse en marcha removió voluntariamente el pie sobre la grava y vio el rostro de Joan recomponerse instantáneamente y reaccionar. Cuando entró en la habitación, ella le recibió con una mirada que era una pregunta.

—¡Craig! —Pasó su brazo en torno a él—. Tiene usted el aire… ¿Qué pasa?

—Larry vive —repuso él—. Hay probabilidades de que pueda salir de esto.

Ella le besó en la mejilla con una súbita dulzura, como si fuera un niño cansado.

—Ha debido ser terrible, Craig. ¿Cree usted que quedará bien?

—No se puede saber aún. Creemos que vivirá.

Los pesados pasos de Paul Blount resonaban en el corredor; entró trayendo una botella de whisky de medio litro. Él también estaba pálido y lacio.

—Seasons me ha dado esto. Me ha dicho que hay vasos aquí. Hemos trabajado duramente, pero Craig lo ha hecho como un ángel —dijo a Joan con forzado buen humor—. Fue una operación magnífica. Pero larga. Y Craig tiene necesidad de que lo resuciten.