Cirujano del aire
Capítulo I
Frank G. Slaughter
Cirujano del aire
ePub r1.0
Titivillus 23.12.2021
Título original: Air surgeon
Frank G. Slaughter, 1945
Traducción: Elíseo Rodríguez
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
CAPÍTULO I
DE pie sobre la escalinata del hospital de la guarnición, Craig Thomas dominaba sin verlo el preciso dibujo de las calles y la ordenada falange de edificios, cada uno de los cuales proyectaba con rectitud disciplinada un cono de sombra, y su mirada se posaba, más allá, sobre las aguas de la bahía iluminada por el claro de luna, pues éste era un espectáculo calmante para sus fatigados ojos.
La luz que fulgía encima de la entrada hacía brillar en sus hombros las hojas doradas, signo de su graduación de comandante, y las insignias de metal bruñido en su cuello: en el lado derecho, las sobrias letras U. S., exactamente a una pulgada del borde, como disponen las vigilantes ordenanzas militares y, en el lado izquierdo, el bastón alado y las enroscadas serpientes del caduceo.
El jefe del servicio quirúrgico del Campo Buchan era un hombre alto, erguido y esbelto a quien el uniforme caía coa perfecta naturalidad, sin que tuviese necesidad de esforzarse para llevar la cabeza alta, adelantar el mentón o de dar a la espalda el máximo de anchura. Oficial nato, este movilizado ofrecía un gran contraste con la mayor parte de médicos últimamente promovidos a cargos en el Ejército, confortablemente rechonchos, y cuya cintura y andares pesados hacían mover la cabeza a los oficiales de carrera, entre irónicos y afligidos. Pero la irreprochable actitud militar de Craig Thomas había sido adquirida en la vida civil como una capa que tapase las debilidades que le dominaban.
Un soldado de segunda, andando con pesadez ante las gradas de la escalinata, con la cabeza baja, sumido seguramente en algún asunto personal, levantó la mirada y su mano ascendió presta a la altura de la frente. Craig Thomas contestó al saludo con brusca corrección, la punta del índice tocando con exactitud la visera de su gorra por encima del ojo derecho, y la mano tan rígida como el antebrazo. Era corriente responder con un saludo cómodo, desembarazado, que atestiguaba la superioridad del oficial que lo prodigaba. Pero si otros querían permitirse unos modales desgarbados, no así él, que desde hacía tanto tiempo venía combatiendo en sí toda negligencia. Sin embargo, le divirtió darse cuenta del súbito cambio de actitud en el soldado, el cual debió de irse inquieto al recordar lo pesado de su andar.
Más de una vez, desde lo alto de aquella misma escalinata del hospital de la guarnición, Craig Thomas, admirando la simetría del vasto campo, se maravillaba de la resolución y de la fuerza que había logrado transformar así un desierto sembrado de algunas palmeras, poblándolo de hombres activos y dinámicos. Pero aquella tarde, la inmensa superficie de sombra y de claridad lunar le infundía un melancólico sentimiento de soledad, como si todo fuese inútil.
Unos pasos hirieron la grava del camino y un oficial recio y macizo apareció en el cono de luz que surgía de lo alto del portal para reflejarse en el suelo. Al ver a Craig Thomas, se detuvo y sonrió. No era bien parecido, pero sus rasgos, bastante rudos, no carecían de atractivo y sus alegres ojos revelaban una personalidad capaz de integrar con aplomo cualquier impulso humano y de apreciar todas las satisfacciones que pudieran hallarse en la vida.
—¡Hola, Craig! —gritó—. ¿Embobándose con la luna?
Craig Thomas respondió sonriendo:
—Si acaso, procurando pensar, Paul.
El capitán Paul Blount llegó rápidamente a su lado.
—Eso es justamente lo que no debe hacerse. Debería usted saberlo, después del tiempo que lleva en la Armada. Uno es un presunto robot, apto para nutrirse de reglamentos y que no debe olvidar jamás el saludar a un superior.
—No lo olvido nunca. Y usted tampoco, a partir del grado de general. ¿Qué es lo que maquina ahora?
—Iba hacia el club a tomar un jarro de cerveza. ¿Y usted en qué pensaba? ¿En otro jarro de cerveza?
Craig Thomas pareció reflexionar, pero Blount era siempre bien acogido. Blount era el único hombre que olvidaba el respeto debido a su situación profesional; tenía la palabra cálida la conversación animada y una risa llena de ardor que encantaba a Craig. Éste asintió con un gesto.
Los dos hombres avanzaron al mismo paso. A grandes zancadas idénticas, dieron la vuelta al ángulo del edificio de la Administración y alcanzaron la avenida de grava que conducía al Club de Oficiales. Música y risas —pues había mujeres— los acogieron, llegando a través de las abiertas ventanas. En la oscuridad del gran pórtico, una pareja que se abrazaba se separó discretamente y, sin ningún signo que permitiera suponer que lo habían advertido, los dos oficiales pasaron ante ellos y entraron en el club.
Paul saludó a un comandante encanecido que llevaba, al lado izquierdo del cuello, el mismo caduceo alado, insignia de cirujano del aire, que él ostentaba.
—Kelley y yo hemos soportado un duro golpe esta mañana —dijo.
—¿Habéis liquidado a alguien?
—Aniquilado al hijo de un tratante de aceite. Millonario, Un futuro as o
asno[1]. Cuestión de apreciación.
—¿Qué es lo que no marchaba bien?
—Nada iba bien. Carecía de sentido del equilibrio y más aún del de profundidad. Demasiados manhattans cada atardecer.
Craig Thomas recordó el telegrama que guardaba en el bolsillo. Y la carta que esperaba una segunda lectura, que no tenía deseos de emprender.
—Soy un veterano en el arte de estropear este género de situaciones, Paul —dijo con una mueca, dejando sobre la mesa su vaso—. ¿Qué es lo que ha hecho usted exactamente?
—El asunto no podía ni plantearse. En verdad, esto lo sabíamos ya la semana pasada. Pero su padre escribió a su senador y el senador llamó al ministro de la Guerra por teléfono. Cuando terminó el baldeo, el chico cayó implorante a mis rodillas.
—Bien, pero usted es capaz de salir adelante en un caso así.
—Sí, así lo hice. Obligué al muchacho a pasar de nuevo por toda la serie de pruebas. Algo más deprisa que la vez anterior. Durante la primera fanfarroneaba, pero en la última estaba hecho polvo. Me daba pena, pero sus reacciones no habían mejorado ni una centésima. El comandante Kelley llegó y le hizo una contraprueba, sin el menor resultado positivo. No nos quedó ninguna duda de que si se lo permitíamos desharía a la vez la propiedad del Gobierno y al hijo de su padre. Tuvimos que devolverle a su familia.
Blount bebió su cerveza y prosiguió refunfuñando:
—La cosa terminará muy bien. Pasará la noche fuera, con algunos manhattans de más, y no se acostará hasta el amanecer.
Craig hizo, por encima de su jarro, una mueca de compasión.
—Y eso —preguntó—, ¿es «terminar muy bien»?
—Claro que sí. Después de lo descrito, telefoneará a su padre, éste llamará al senador y el senador al ministro de la Guerra.
—Y después, ¿qué?
—Después, nada. Si intentan que se le vuelva a probar, no se les hará caso. Entonces, el muchacho se acordará de lo que le he dicho.
—¿Un sermón? Paul, eso no es propio de usted, ¿no es así?
—No. La Armada no nos paga para que hagamos sermones. Le he dicho solamente que había oído hablar de un piloto que dormía ocho horas, hacía tres buenas comidas cotidianas y bebía ocho vasos de agua al día. Sin hielo y… sin otra cosa. Que ese piloto había llevado gran cantidad de aviones y, lo que es mejor, con eficacia. A esto me contestó que no me cansara en vano, pero ¡qué diablo! —Paul Blount alzó sus anchos hombros y después repitió —: ¡Qué diablos si me equivoco! Espere y lo verá. Será capaz de hacerlo. Ha probado ya el gusto de las alturas y hará lo que sea necesario. Después de todo, vivir decentemente y con normalidad no es pagar demasiado cara la alegría de volar.
Craig aprobó:
—Sé lo que es eso. Mi hermano Larry ha obtenido su título la pasada semana. Y es exactamente así como él piensa.
—¿A qué guarnición le han destinado?
—Viene aquí.
—Estaré al acecho —indicó Paul con una sonrisa prometedora, pidiendo otra cerveza— con todos los respetos para la propiedad del Gobierno, claro está, Craig.
—Seguro —repuso el aludido sombríamente—. Hubiera preferido que fuera destinado a otro lugar, por más que tenga muchos deseos de verle. Pero no me he ocupado demasiado en esa cuestión.
—¿El gran hombre en plan de hermano? —bromeó Blount.
—No. No para Larry.
Craig sonrió y su sonrisa deshizo las arrugas que la abstracción trazaba casi constantemente entre sus ojos y, súbitamente, pareció bastante más joven que sus treinta y seis años. La chanza de Blount había tocado un punto sensible. Había siempre una apariencia de desafío en la actitud del joven ante el hermano mayor. Un clima doloroso mal superado. Larry representaba todo aquello contra Jo cual Craig se había disciplinado sólidamente.
Sacudiendo los hombros, se acomodó en su sillón y se puso a contemplar a los oficiales, a sus mujeres y a sus hijas. Todo era alegría y entusiasmo. Se reía con más gusto y con más frecuencia bajo el uniforme que con el traje civil. Y los pulsos de las mujeres latían más deprisa y en sus ojos había más resplandor, pues la guerra lanzaba su desafío al tiempo, a la duración. Algunos grupos estaban en el bar, saboreando sus bebidas; otros bailaban bajo el pórtico, en cerrada formación, y algunos otros estaban sentados sobre las balaustradas, mirando la luna conjuntamente, en un silencio como el de los primeros tiempos del mundo.
—Sí —dijo Craig—. En lo que concierne a Larry, he sido verdaderamente la gallina que no tiene más que un polluelo.
Paul Blount refunfuñó, a modo de amistosa burla:
—Ésa debe de ser la actitud de la madre que hay escondida en usted. Haría bien en hacerse examinar las glándulas. Seguramente no es otra cosa.
Él lanzó una ojeada sobre los bailarines.
—¿Otra cosa de qué?
Craig levantó la mirada del dibujo que trazaba sobre el mantel con la punta, sin mina, de su lápiz. Era el caduceo alado con las serpientes enroscadas, el antiguo símbolo de Hermes, dios de la ciencia y de los artificios.
—Decía —explicó pacientemente Paul Blount— que usted se encontraría mejor si hiciera funcionar un poco esas buenas y viejas hormonas.
—¡Aún sobre el asunto!
—Evidentemente. Su sistema glandular está en perfecto balanceo. Eso no resuelve nada, aparte de crear un hábito perjudicial. Para mí, la palabra hábito tiene en este caso un sentido más profundo.
—No es preciso dar detalles; ya me imagino la significación que usted escogería, viejo réprobo.
Sin sentirse intimidado, ni con el mínimo descorazonamiento, Blount prosiguió:
—El sistema de shock por la insulina ha dado resultados excelentes contra la locura.
—Pero yo me encuentro perfectamente sano de espíritu.
Blount movió tristemente la cabeza.
—He aquí otro síntoma más del estado mental en que usted se halla estancado, amigo mío. Todo el que no se vuelva para seguir a una de esas bonitas cosas, suaves y rollizas, vestidas con uniforme blanco, no está sano de espíritu.
—Lo cual —concluyó irónicamente Craig— hace de usted el tipo sano por excelencia.
—En absoluto. En cuanto veo algo de ese género, mis endocrinas reciben
un feliz impulso que las pone temblorosas, desde la [2] glándula pineal hasta…
—Sí, ya lo sé —interrumpió Craig.
—Algo, dentro de mi cerebro, me dice: «Sigue eso muchacho, y…».
—Y «eso» cae en la trampa —dijo alegremente el otro.
Blount tomó un aire de falsa modestia.
—En fin, no puedo afirmar que siempre suceda así. Sin embargo, a veces la suerte me favorece.
—Sí, lo creo; pero el matrimonio ¿no tiene nada que ver con eso? ¿Sus intenciones nunca toman una dirección respetable?
—Naturalmente, ¿cómo no? Me casaré un día u otro, y tendré un tropel de niños de lo peor educados de toda la isla. Pero, para un cuarto de hora, mis endocrinas…
Craig no pudo evitar la risa.
—Acaso tenga usted razón. Pero ¿qué género de marido será usted?
—El marido ideal para una madre política —replicó alegremente Blount —. Bueno, abnegado, duradero, etcétera. Dejaré que los chiquillos me tiren de los pelos y me metan los dedos en los ojos. Fiel. Sí, desde luego, fiel. Para otra cosa no valdría la pena.
—Será interesante ver eso de cerca —afirmó Craig, y prosiguió más seriamente—: Larry ha descubierto en sí intenciones honradas; acaba de casarse.
La animada faz de Blount tomó una expresión de verdadero contento.
—¡Magnífico! Esto es asombroso. Obtener a la vez las alas y la mujer. Debe uno de sentirse… —Miró a Craig con atención—. ¿No es así?
—Sí; estoy orgulloso de él. Pero la cosa es bastante difícil de imaginar. ¿Alas? Nació para tenerlas. ¿Mujer? Me lo pregunto.
—Las mujeres parecen estar convencidas de que el hombre ha nacido también para ellas —dijo sentenciosamente Paul—. Y tienen mucha razón. De vez en cuando, un hombre de su estilo las desprecia, colocando sus glándulas en un armario; pero ya lo paga. Daremos una buena comida a ese chico. E iré en persona a comprar flores para la recién casada. ¿La conoce usted?
—Sí —dijo Craig con aire vago—; ella y Larry eran amigos de la infancia.
—Muy bien; eso promete la creación de una familia perfecta. Por lo menos, así sucede en las historias.
—Yo era interno. Recuerdo que un día Larry destrozó su bicicleta; parece que ella le ha perdonado. Es bastante jovencita. La última vez que la vi, era una golfilla; todo se le iba en piernas.
Craig se acordaba también de que ella llevaba un aparato para enderezar sus dientes, y de que tenía los cabellos negros. Hacía unos diez años ella debía de tener trece por entonces. No era posible, sin embargo, que tuviera ya veintitrés. El tiempo no pasa tan deprisa como todo eso, pensó. Pero, en voz alta, dijo:
—Yo estaba bastante interesado por su hermana.
Los ojos de Blount centellearon.
—¿Y ese interés prosigue todavía?
—¡Vaya broma! Se casó con el hijo del presidente de una fábrica de muebles. Recuerdo haber estado mirando la hora en el reloj de la sala de operaciones en el momento de la ceremonia; estaba a punto de recoser a un borracho que había caído sobre la botella que llevaba en el bolsillo.
También se acordaba de haber sufrido cuando ella dejó de escribirle al hospital. Súbitamente, su pensamiento se llenó de curiosidad, una especie de curiosidad clínica, como si examinara el caso de otro. ¿Acaso por eso —como lo insinuaba y aun decía frecuentemente Paul Blount— él no había tenido desde entonces para las mujeres más que una superficial cortesía llena de reserva? ¡Absurdo!, afirmó rotundamente. Veía con mucha más exactitud en su memoria las cortaduras sobre la cadera del borracho que los rasgos de la muchacha.
Craig tomó su jarro de cerveza, preguntándose cómo se encontraría el estoico cabo operado por él aquella mañana. Su semblante se crispó pensando en el sufrimiento que el hambre hubo de soportar, guardándose el dolor durante horas, sin quejarse. Este pensamiento le hizo temblar. Él no se sentía capaz de semejante fuerza de ánimo. También, a causa de su extremada sensibilidad, se había encauzado y aplicado al logro de un estilo profesional exacto y frío, al cual debía su reputación de ser un cirujano desprovisto de nervios. Pensó en las diversas tareas que no dejarían de caer sobre él en un futuro inmediato, pues la tropa estaba de maniobras. De un día a otro, el alud empezaría a producirse: fracturas, llagas infectadas, quemaduras, algunas heridas desconcertantes y teatrales como, por ejemplo, cuando la oruga destructora de un tanque hubiese tomado contacto con la carne humana. Habría trabajo para él; mucha reconstrucción. O cuando una astilla de hueso roto atravesara la carne, rasgándola e inutilizándola. No estaban lejanos los tiempos en que tales heridas eran casos perdidos, a causa de lo inevitable de la infección. Pero la cirugía había sido transformada desde el día en que los químicos alemanes se habían decidido (bien contra su voluntad) a entregar al mundo la mágica composición de las sulfamidas que, desde hacía tres años, guardaban para su raza, deseando poseer una potestad de la que pudieran servirse exclusivamente.
Y todavía podían surgir otros problemas parecidos al del muchacho de la mejilla arrancada; su tanque había chocado contra un árbol a toda marcha, golpeando su rostro brutalmente entre el tronco y el fusil, a lo largo del cual él estaba mirando justamente en aquel instante, haciendo que el hueso molar, triturado, penetrara en el maxilar superior.
—¿Le molestaría a usted nuestra intrusión?
Un hombre alto, de delgado rostro, con un bigote moreno recortado, se hallaba de pie al lado de la mesa, y, cerca de él, una mujer pequeña, delicada y de pelo canoso, con grandes ojos brillantes.
Craig Thomas y Paul Blount se levantaron sonriendo. El oficial de más edad llevaba en el hombro las hojas de plata de coronel, y en el lado derecho del pecho las alas plateadas de piloto.
—Coronel Flynn. Comandante Thomas.
Paul Blount hizo la presentación, inclinándose con deferencia hacia la dama.
—Y la señora Flynn. Comandante Thomas. Capitán Blount —dijo a su vez el aviador—. No había tenido hasta ahora el gusto de conocer al comandante Thomas. Estoy encantado al poderle felicitar por el modo como operó usted al golfo de O’Connel. Ha sido un buen trabajo.
La señora Flynn, con los ojos iluminados por la alegría, se sentó en la silla vecina a la de Thomas.
—Creemos que es una gran suerte para la Armada al tenerle a usted, comandante Thomas. Su clientela debe de resentirse terriblemente de su ausencia, pero usted hace que las consecuencias de la guerra sean menos desastrosas para nosotros.
Craig Thomas se refugió en la gravedad cortés que defendía su timidez frente a las mujeres y su interés ante no importa qué médico; pero, bien a menudo, y, consiguiendo intimidarle, ellas insistían en hablar de él.
—Gracias —repuso—. Pero la Armada nos da también mucho por su parte. Hemos tenido suerte con el pequeño O’Connel —esta explicación iba dirigida a Blount—. Laceración del brazo. Nervio radical cortado hasta encima del codo.
Blount silbó de admiración.
—La suerte —intervino— no tiene gran cosa que hacer en ese género de cirugía. Hace falta una mano muy hábil para seguir el curso de ese nervio y soldarlo de nuevo.
—Entonces nuestra deuda con el comandante es indudable —afirmó Flynn—, pues O’Connel, que es uno de nuestros mejores instructores, ha vuelto a su trabajo.
Craig se informó:
—¿Completamente?
—Desde luego —afirmó riendo el coronel—; le he visto jugando al base-
ball[3] y lanzaba la pelota precisamente con ese brazo.
—He aquí el género de labor que es agradable y útil —declaró Blount con una lúgubre sonrisa dirigida a la señora Flynn—. Reparar los desperfectos de las personas, rehacer hombres. En lugar de eso, yo me paso la vida haciéndolos dar vueltas en un sillón de peluquero, o vertiéndoles agua fría en los oídos. O bien preguntándoles si pueden leer la última línea del cuadro de óptica.
Pero el coronel protestó:
—Usted subestima su tarea. El examen profundo de todos los alumnos es una de las más eficaces ayudas de la aviación.
—Paul no piensa lo que acaba de decir —intervino Craig—. Pero necesita estar siempre protestando contra algo. Acaso —agregó, dirigiéndose al aludido— debería usted explicar algo al coronel sobre su teoría de la preoxigenación.
—Ciertamente que me gustaría oírla.
—Tal vez no salga nada de ello, pero trabajo en un nuevo método de preoxigenación, capaz de llevar al más alto extremo, por inhalación antes de la partida, el nivel de oxígeno en la sangre del piloto. Se trata de contrarrestar los efectos de una rápida ascensión.
—Podrían beneficiamos muchos trabajos de ese tipo en la aviación — aseguró Flynn—. Algunos de nuestros nuevos aparatos escalan el cielo como ángeles de vuelta a su redil.
—El caso es —repuso Paul Blount— que en estas ascensiones el cuerpo no puede obedecer tan rápidamente el cambio de tensión. El piloto no lo nota, pero su cerebro no recibe el oxígeno suficiente para su normal funcionamiento.
—Y eso sucede —subrayó Craig— precisamente en el momento en que se le exige que cumpla una tarea todo lo difícil que sus facultades puedan realizar.
Se daba cuenta de que la señora Flynn se ocupaba más en observarle que en seguir el curso de la conversación. Pero era lo bastante «esposa de militar» para atender a la autoridad de su marido, cuando él estaba hablando con oficiales de menor categoría.
Paul se volvió hacia el coronel:
—Es exacto. ¿No hay acaso, por costumbre, un corto período de preparación entre la primera alerta dada y el instante en que se sabe adónde han de ir con exactitud los aviones?
—Ciertamente. Con nuestro actual servicio de alarma, disponemos de un período de preparación que va de los cinco a los veinte minutos.
—El cual sería muy útil a los pilotos para preoxigenarse, de modo que cuando tomaran altura se encontraran preparados y a punto.
—Usted es un joven muy persuasivo. ¿Ha hablado ya de esto a su jefe? — opinó Flynn, sonriendo.
Blount sacudió la cabeza con melancolía.
—Por ahora no es más que una ridícula teoría.
—Acaso, pero tremendamente interesante. Yo mismo pondré al corriente de ella a su jefe.
—El único lado luminoso de la guerra, desde mi punto de vista, comandante Thomas —esta vez la señora Flynn se dirigía directamente a él —, estriba en la labor que usted hace.
Ella tenía en la mirada esa expresión maternal que adquieren las mujeres de los jefes cuando se han atribuido la misión de representar la parte humana y cultural, al lado de la autoridad de sus esposos. Y Craig notaba crecer en ella el deseo de exponerle, a partir del instante en que sus relaciones fuesen más amistosas, sus pequeñas dolencias personales. Todo esto formaba parte del juego. Respondió con gravedad:
—Tenemos también nuestras listas de fracasos, señora Flynn, y por cierto que son demasiado largas.
—Tengo la seguridad de que no sucederá así en su caso.
La faz del coronel se ensombreció.
—Hemos tenido recientemente gran cantidad de accidentes de menor importancia. Ninguno era grave —los otros escuchaban en silencio—. Los pilotos son muy jóvenes. Recuerdo el primer viejo bicho que piloté. Su jaula era incontestablemente diferente de los verdaderos navíos aéreos de hoy en día.
—Y por ese motivo eran menos peligrosos —avanzó Paul—. En la actualidad, son relámpagos lo que nuestros muchachos pilotan.
—La combinación de un joven americano, rebosante de sangre generosa y de aliento, y una de esas máquinas llenas de octano es algo verdaderamente importante e inspirador —notó Flynn—. Es evidente que los muchachos no dejan de «probar cosas», y, tal como esperamos, es inevitable que haya roturas de vez en cuando.
—¿No podría disminuirse la probabilidad prohibiendo las acrobacias?
—Puede ser. Pero nuestro objetivo actual estriba en conservarnos a mitad del camino entre la seguridad total y la temeridad inmotivada. No podemos, en verdad, hacer nada para descorazonar a los audaces y disminuir el entusiasmo que anima a nuestros jóvenes pilotos. —Flynn cerró los labios en un gesto que delataba concentración, como en busca de algo que quería recordar—. Pero ¿no he visto acaso un nombre igual al de usted en el estadillo que me ha sido remitido hoy?
—Es mi hermano —respondió Craig sonriendo—. Exactamente el tipo de golfo del que hablaba usted hace un instante.
—Entonces llegará a ser un as. Ese tipo de chicos es el que hace falta para conseguir grandes aviadores. Nos encantará tenerle entre nosotros.
Sonrió a Thomas, pero Blount intervino, recordándole el tema.
—Estaba usted hablando de accidentes, señor.
—Es cierto. Han sucedido pequeñas cosas. Como, por ejemplo, una hélice que no toma correctamente el viento. El otro día, los alerones de un avión se mantuvieron rígidos y el muchacho, al ir a aterrizar, sobrepasó la pista del aeródromo. Por suerte no se amilanó y a la segunda vuelta pudo descender más suavemente, a pesar del desperfecto. Esta mañana, un mando de timón ha
saltado justamente cuando un alumno se elevaba. Ha hecho un [4] looping
contra el suelo y ha destrozado cierta cantidad de excelente madera. Pero, por suerte también, él no se ha hecho sino ligeras contusiones.
—Quisiera poder ayudar a ustedes —dijo Blount.
El coronel sonrió y se puso en pie para marchar.
—Cuidar de esas cosas es mi trabajo. Usted sígame advirtiendo cuándo mis muchachos no están en estado de volar. Por mi parte, me encargaré de ellos a partir del momento en que abandonen el suelo. Encantado de haberle conocido, comandante Thomas.
La señora Flynn, al lado de su esposo, era una silueta bien menuda. Sonrió modestamente; después se dirigió a Craig:
—Esa clase de conversación me parece interesante —dijo—. El coronel habla tan exclusivamente de fuerza motriz y de potencia ascensional…
Su marido le dirigió una mirada llena de afectuoso contento y la tomó del brazo.
—Podrían venir ustedes a tomar el té con nosotros; los dos —añadió la señora Flynn.
Paul Blount, admirando la alta estatura del jefe, que se alejaba guiando a su esposa entre las mesas, dijo a Craig:
—Es un verdadero aviador, un militar del aire. Cuida a sus pilotos como si fueran bebés.
—Espero que cuidará de Larry. Más de una vez me ha dado preocupaciones.
—El matrimonio le calmará, instalándole cómodamente en la vida. Y cuando haya llegado a ser algo asombroso, será enviado a Europa y usted recibirá el encargo de cuidar de su mujer y sus chiquillos.
Craig hizo una señal para que le trajeran la cuenta, y respondió, sonriendo, a Blount:
—De un modo u otro, usted no deja nunca de atribuirme una misión puramente interior. ¿Nunca se le ha ocurrido la idea de que me manden a mí a Europa?
Blount sacudió la cabeza, en un gesto que mezclaba sarcasmo afectado y falso enfado.
—Demasiado viejo. La guerra es para los jóvenes garañones de mi género. Los muchachos polvorientos como usted permanecen en su país y cosechan los frutos de la victoria.
Salieron del club y recorrieron juntos el trayecto hasta el hospital, a la puerta del cual Craig tendió la mano a Paul dándole las buenas noches. No existía ninguna otra persona cuya compañía le calmara tanto como la de Blount. Para llegar a su cuarto, el comandante tenía que atravesar casi todo el edificio. En la sala donde eran recibidos los accidentados, un herido que acababa de ingresar gemía en su camilla. Por instinto, Craig hubiera querido acercarse a él, pero se contuvo.
El joven teniente que estaba de servicio se levantó al verle entrar.
—Buenas noches, Cook —le dijo él, desviando su mirada del herido, que quedaba a cargo de Cook.
—Sin novedad, señor. Salvo la entrada de éste. Voy a ponerle una inyección intravenosa de pentotal y a reducir ahora mismo la fractura de su puño, antes de enviarle a una sala.
El comandante lanzó una ojeada al puño del paciente; no podía caber error sobre la deformación en horquilla. Asintió con la cabeza y salió. La primera vez que Cook estuvo de guardia, era un joven con aire de recién salido del colegio, nervioso y sudando bajo su uniforme nuevo. Era algo reconfortante ver cómo se había transformado en un oficial tranquilo y seguro, que, con calma y eficacia, tomaba para sí solo, durante toda una noche, la responsabilidad de quinientos pacientes.
Craig se detuvo en su camino para examinar al cabo a quien, aquella misma mañana, había operado de úlcera perforada. Era un robusto noruego, que había sufrido durante dieciséis horas antes de presentarse a la visita. Vivía. Pero su estoicismo casi sobrehumano había trastornado a Craig Thomas, quien se consideraba completamente incapaz de hacer lo mismo. Por ello, operó con atenta minuciosidad, siéndole necesario luego salir al jardín del hospital y andar, andar todavía, respirando profundamente para desembarazarse de la mala impresión.
El cabo le miró, con sus pupilas encogidas por la morfina.
—Comandante —farfulló—, ¿cuándo podré levantarme?
—Todo va muy bien —respondió Craig, hablando con claridad— y usted es un soldado excelente.
Leyendo la gratitud que sus palabras despertaron en las pupilas anegadas por la droga, salió de la estancia; desde hacía tiempo se había habituado a no compartir las emociones de sus enfermos.
Llegó a su cuarto. Ningún lujo se advertía. Unos paneles clavados sobre los toscos tabiques de pino natural constituían toda la decoración. El cuarto de baño era corriente y estaba emplazado al final del pasillo. Los libros predilectos se hallaban sobre un anaquel cerca de la ventana: un volumen de Chaucer entre la Anatomía quirúrgica, de Callender, y el nuevo manual militar sobre Cirugía plástica y maxilofacial. Encendió la luz de la cabecera de la cama y apagó la central; acercándose a la ventana, se quedó mirando el césped, irregular y reciente, que se extendía hasta la orilla de la bahía distante a menos de veinte metros. Una ligera brisa entró por la ventana, y Craig deshizo su corbata y desabrochó los botones de su cuello. Pensó en Larry y en su mujer, los cuales se hallarían a la sazón avanzando con el tren hacia el Sur. Se alegraría de verlos. Aquel día el cadete se habría casado, correspondiendo ya a su mujer el tomarle de la mano, por lo que él, Craig Thomas, había terminado la tarea de cuidar a un potro salvaje, cuya alegre irresponsabilidad él envidiaba en el fondo. Si el matrimonio no transformaba a Larry, su mujer tendría que enfrentarse con un serio problema. Sin embargo, él no experimentaba el menor alivio. Nada, sino una extraña confusión, originada por la desesperación de su más allegada preocupación humana.
Se desnudó y se hundió en su crujiente lecho, en el que, sin embargo, había dormido tan bien como en el mejor. Al día siguiente tenía una operación plástica que realizar. Reflexionaba desde hacía algún tiempo en ella y creía haber encontrado ya la manera perfecta de acometerla. El tren de Larry no llegaría hasta pasado el mediodía; iría a la estación a esperarle si no se lo impedía nada urgente.
Craig tomó los papeles que había sacado de sus bolsillos y dejado sobre la mesa antes de desnudarse. Releyendo el telegrama, le parecía estar viendo a Larry redactándolo y escribiéndolo, y oírle reír imaginando el efecto que produciría su texto:
Llego mañana al llamado aeródromo Minafer. Iré acompañado de la
señora Thomas, antes Joan Halstead.
LARRY.
Craig sonrió ante la exaltación evidente del gallito. Era con toda seguridad el primer telegrama firmado por Larry que no contenía, presagiaba o anunciaba disgustos más o menos graves.
Había también una carta, escrita con una letra diminuta, limpia y clara. Craig la releyó pensativamente:
Querido señor Craig:
Sin duda alguna, usted habrá sido avisado ya por su hermano de que se
ha casado con Joan. Les hemos enviado en un telegrama nuestras felicitaciones, pero, al mismo tiempo, quiero dirigirme a usted. Mi esposa y yo hemos sentido un gran consuelo al saber que Larry ha sido destinado a su campo. Tenemos puesta toda la confianza en él como aviador y esperamos que llegue a realizar grandes cosas; sabemos que se esforzará en ajustarse a las exigencias de su nueva situación, y esperamos mucho, para ello, de la buena influencia que usted ejerza sobre él, tal como sabemos ha venido haciendo siempre.
Craig interrumpió su lectura para lanzar un reniego; después prosiguió:
En unos tiempos tan turbulentos como éstos, parece difícil desear a
nadie una vida conyugal larga y dichosa, pero tal es nuestro más profundo anhelo para ambos, loan es una muchacha razonable y aceptará la parte de responsabilidad que le concierne.
Nos sentimos orgullosos, asimismo, de la labor que usted desarrolla y le
enviamos nuestros mejores saludos.
Sinceramente suyo,
RICHARD H. HALSTEAD.
Craig arrojó la carta sobre la mesa. Y su memoria evocó la figura del señor Halstead, un señor Halstead limpio, inmaculadamente arreglado, de sonrosadas mejillas y caminando en la vida con la mirada puesta en las treinta y ocho o cuarenta y nueve especies diversas de árboles que sombreaban el magnífico césped de su jardín, perfectamente conservado. Craig no experimentaba ninguna simpatía hacia el señor Halstead.
El hombre de las mejillas sonrosadas tenía un yerno brillante; su hija poseía un esposo que muchas mujeres antes que ella habían encontrado seductor. Tenían una envidiable suerte, ciertamente.
Al otro lado del campo se elevó la voz melodiosa del clarín tocando a silencio. Craig apagó la luz de la cabecera de su cama. Su enojo con Larry radicaba en que, en la vida de éste, nada había hecho nunca vacilar su naturaleza impulsiva, ni que se mostraran algunas de las inhibiciones de las cuales él tenía bastante más que la parte correspondiente. Larry no se había trazado nunca una ruta, como él, que había dedicado su existencia a la cirugía. Larry era un pájaro errante y no podía existir en el mundo otro hombre al que las alas estuvieran mejor apropiadas.
Al cabo de algunos instantes, Craig Thomas estaba dormido.