Cirujano del aire

Frank G. Slaughter · Capítulo 19 de 27

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Cirujano del aire

Capítulo XIX

 

LA ARMADA tenía, en el cuartel de los solteros, una costumbre avara. En lugar de mandar un mensajero para informar de si la persona solicitada se hallaba en alguna parte del edificio, se gritaba a diestro y siniestro su nombre. A poco de entrar en el cuartel, volviendo a pie del club, Craig oyó los estruendosos bramidos: «Una llamada para el comandante Thomas». «Miren en la puerta del comandante Thomas; no responde al teléfono». Trepó de dos en dos los peldaños de la escalinata, gritando a su vez. «Ya estoy aquí. Voy a tomar la comunicación en la central».

—Buenas tardes, comandante.

Un enorme subteniente le alargó el receptor:

—El comandante Thomas al aparato.

Unas palabras llegaron a su oído:

—Aquí, Chuck Waller. Joan acaba de telefonear, viene para llevarse nuestro coche.

—¿Joan? ¿Ha regresado? —Craig se recriminó instantáneamente porque la pregunta era superflua y la entonación ferviente—. ¿Está su coche en reparación? ¿Dónde está Larry?

—Por eso le llamo. Larry ha ido a Gulfview y Joan quiere ir a buscarlo en nuestro coche.

—¿Qué ha pasado, pues?

—Larry está con Siz Marrell.

—¡Que se vaya al diablo! —estalló Craig, rabioso, advirtiendo con el rabillo del ojo cómo el subteniente le miraba con estupor.

—Es textualmente lo mismo que ha dicho Mary. Hemos intentado localizarle, pero no hay teléfono en aquel rincón. Mary opina que lo mejor que podría hacerse es que usted marchase rápidamente a Gulfview para advertirle a tiempo.

Craig miró glacialmente el teléfono. Hubo una pausa hostil.

—¿Sabe cómo se llama la casa? —preguntó por fin.

—Cono ver Cottage. Si piensa ir, debe usted salir inmediatamente. Nosotros procuraremos retener a Joan el mayor tiempo posible.

Sacando su coche, Craig se sintió invadido de malestar. No había estado nunca en Gulfview y buscó el lugar en el mapa; se hallaba a una treintena de kilómetros, después de un recodo que abandonaba la gran carretera, detalle que fotografió en su memoria.

Después de lo cual permaneció inmóvil en el sitio.

¿Para qué? Mary Waller opinaba que era su deber, pero ¿por qué razón? ¿Salvar una vez más a Larry de las consecuencias de su ligereza, con la esperanza de que le sirviera de lección? En otro tiempo, ella hubiera constituido una razón noble, pero desde hacía mucho tiempo, Larry había sobrepasado las posibilidades de volverse juicioso; nada podría servirle de lección. No quedaba en Craig ningún sentimiento fraternal; por el contrario, experimentaba una amarga y violenta enemistad hacia él, a causa de que se burlaba de Joan. Una dura sonrisa se incrustó en su faz.

A Larry no le quedaba sino sufrir las consecuencias de sus actos y enfrentarse con el destino. Nada le ocasionaría nunca ni bien ni mal, mientras que, para Joan, aquel matrimonio era un sacrificio criminal. Cuanto antes se diera cuenta, antes le dejaría. El peor servicio que podía hacer era ir a Gulfview, avisar a Larry y ayudarle a salir del paso. La verdadera bondad, la única piedad, en este caso, era dejar que los hechos siguieran su curso y que Joan se encontrara ante ellos.

Con la mente clavada en esta resolución, vio a Joan conduciendo el automóvil en la noche, con la desesperación reflejada en su rostro, y un amargo dolor en el fondo de sus ojos grises. La imagen fue demasiado cruel para que pudiera soportarla y, enfermo a la vez de celos y de impaciencia por ayudar a la muchacha, puso su coche en marcha sin vacilar más.

Pensaba en Joan como en una mujer desgraciada, pero todavía enamorada de su marido, incapaz de salvarse por el orgullo, y resistiendo como podía la mala fortuna. ¡Ah! ¡Maldito Larry! Se ahogaba de dolor y de cólera. Otras decepciones, otros sufrimientos esperarían a Joan, pero, por lo menos, él procuraría ahorrarle aquél. Pero las palabras, todas las palabras, por violentas que fuesen eran absurdamente dulces y débiles para expresar lo que hubiera querido decir a Larry.

La carretera roncó bajo las ruedas de su coche; sus faros descubrieron el recodo y se proyectaron sobre un camino arenoso cuya dirección tomó y al extremo del cual una flecha indicaba Conover Cottage. Otra vuelta aún y se halló cerca de una obra de mampostería oscura bajo la luz de la luna.

El coche de Larry estaba detenido allí.

Craig subió el único peldaño del pórtico y abrió la puerta de cristales. Larry, en pie, le veía llegar y, algo más atrás, en el reflejo mortecino de un traje blanco, estaba Siz Marrell. Todo lo que Craig había tenido la intención y el deseo de decir, todas las amargas palabras de maldición, ásperas, humillantes, se redujeron a una breve frase, arrojada en pleno rostro.

—¡Largo! ¡Largo de aquí! ¡E inmediatamente!

Antes de traducirse en palabras, la cólera de Larry le dejó inmóvil en el sitio; después estalló:

—¡No tienes ningún derecho para hablarme así! ¿Qué te sucede? ¿Te crees un misionero? ¿No podrías meterte en tus malditos asuntos personales? ¿Quién te ha dicho que yo estaba aquí?

—Comandante —dijo Siz—, aquí no ha pasado nada que no sea perfectamente inocente. Pero ¿quién se lo ha dicho?

—¿Por qué has venido aquí?

Las palabras se ahogaron extrañamente en la voz de Craig. La actitud, a la vez ansiosa y desafiante, de Larry, despertaba en su hermano mayor un deseo jamás experimentado hasta aquel momento; el impulso simple y violento de golpearle en pleno rostro y de aplastar aquella expresión.

—¡Craig! Has ido demasiado lejos. Vas a salirte con la tuya.

—Larry, no eres más que un perro. No eres digno de tener una esposa. Y ahora, vas a arrastrarte como un perro, a temblar como un perro y a correr como un maldito perro.

—Das la perfecta impresión de ser un padre de comedia. ¿Es que te has estudiado el fragmento?

Pero las fruncidas cejas se relajaron progresivamente.

—¿Qué es lo que has de decir, en suma?

—Joan está en camino para venir aquí.

Las cejas y los hombros de Larry se alzaron a la vez.

—¿Joan?… ¿Estás seguro?… ¿Cuándo ha regresado? ¿Cuándo llega?

—Dentro de unos instantes.

—Vale más que me vaya, Siz.

Dio la vuelta a la mesa y tomó su gorro.

—Perdóname esta partida precipitada, Siz.

Pasó delante de Craig, pero, en el umbral de la puerta, se volvió para decir:

—¿Quién se lo ha dicho?

—No lo sé.

—Escucha, Craig. Siento haberte dicho cosas que te hirieran. Lo que acabas de hacer es magnífico. —Le tendió la mano y agregó—: Gracias, no lo olvidaré.

Craig también tendió la mano, pero fue para empujarle violentamente por el hombro.

—¡Sal!

—¡Comandante! —gritó Siz—. ¿Es que esto era necesario?

—Sí, lo era.

—Bien. No hablemos más. Pero es necesario que alguien reflexione.

Siguió a Larry.

—Larry, espere un momento. Vuelva. Comandante, ¿realmente cree usted que ella llegará enseguida aquí?

—Estoy seguro.

—Entonces, lo mejor que puedo hacer es no perder el tiempo —dijo Larry —. Ustedes pueden ir hablando, yo me voy.

—No, Larry —dijo ella lentamente—. Hará usted mejor quedándose aquí. Si alguien le ha puesto al comente, usted no la engañará —miró en dirección al camino arenoso que atravesaba el pinar—. Lo mejor será que ambos se queden aquí.

Los dos hombres la miraron sin comprenderla. Ella explicó:

—Suponga que, marchándose, se cruza con su coche, y esto es inevitable. ¿Creerá ella lo que le cuente? No hará usted más que provocar su enfado. Y hacerme pasar por culpable. Venga al pórtico.

—Eso no es más que una teoría —repitió Larry—. Si nos vamos inmediatamente, podemos salir de esto. Ven tú también, Craig.

El sendero de los pinos comenzaba a iluminarse con reflejos que danzaban entre los árboles.

—No hay ninguna razón del mundo que pueda impedir a ustedes dos venir a bañarse aquí.

—¡Dios del cielo! —exclamó Larry—, ¿por qué me sucederán estas cosas?

—¿Cree usted —dijo Siz— que a mí me divierten?

—Esperaré aquí —dijo Craig—. ¡Pero que el diablo se los lleve a ambos!

La luz tocó el agua, lejos y ante la playa; después retrocedió bailando. Un coche viró y se detuvo sobre la arena, cerca de la casa. Él fue con una sensación de indiferencia muy bien imitada hasta el extremo de los rayos proyectados por los faros. Encendió un cigarrillo y se dirigió hacia el auto.

—¡Craig!

Joan descendió rápidamente y le tomó del brazo.

—No esperaba encontrarte aquí. ¿Dónde está Larry?

—Aquí, conmigo —respondió él con voz alterada—. Joan, ¿cuándo ha regresado? ¡Vaya sorpresa!

La sorpresa no era menor en el rostro de Joan. Parecía haber perdido durante un tiempo la respiración. Miró a Craig atentamente, apretando su codo.

—¿Larry está bien? ¿No ha habido ningún accidente? ¿No, seguro?

—¿Accidente? —repitió él con un asombro que no era fingido—. No, por cierto. ¿Qué quiere decir?

Ella murmuró muy deprisa:

—Estaba bien segura. Lo estuve todo el tiempo. ¡Qué idiota!

—Larry está en el pórtico. Voy a llevarla a usted allá.

—No siento deseos de verle ahora —sacudió su cabeza con lasitud—. ¿Es que es necesario?

—Pero, Joan… ¿Para qué, pues, ha venido usted aquí?

Él tanteaba, buscando averiguar no sabía qué. Ella deslizó su mano sobre su brazo.

—¿Es preciso? —sus ojos le miraban con tal insistencia, que sintió cómo la pregunta iluminaba todas las regiones de su cerebro—. ¿Debo verdaderamente, Craig?

Hubiera querido responderle que no, que todo aquello no era sino una indigna comedia y un juego mezquino, y que no era necesario que ella tomara parte. Apretó suavemente su brazo contra él y la hizo volverse en dirección a la finca.

—Naturalmente, Joan. A buen seguro.

Ella alzó ligeramente los hombros y dijo:

—Bueno, voy. ¿De quién es la finca?

—Usted la conoce —dijo Craig vacilando al formular la respuesta—. Es de la enfermera de Chuck, la señorita Marrell.

Joan rió en tono bajo, nerviosamente, y él la miró preocupado, inquieto.

—Es usted maravilloso, Craig —dijo.

Larry salía prestamente, por la puerta de cristales, gritando:

—¡Joan! ¿Cuándo has regresado?

—No hace mucho.

—Buenas noches, señora Thomas —exclamó Siz—. Entre y siéntese, se lo ruego.

—Gracias.

El pórtico resplandecía bajo la claridad lunar; se instalaron allí lentamente, sin decir palabra, como empleados de una funeraria.

Fue Siz la que rompió el silencio:

—Si hubiéramos sabido, señora Thomas, que iba usted a venir, la hubiéramos esperado para que nadase con nosotros.

Condujo a Joan hasta la mesa de té. Larry se sentó al lado de su mujer, acariciándola amablemente.

Siz prosiguió:

—Verdaderamente, es lo que puede llamarse una sorpresa. Cuando el comandante Thomas salió —vaciló un segundo y concluyó riendo—: ¡Nos dedicamos a unas pequeñas libaciones de cerveza! ¿Cómo nos ha descubierto?

—Alguien telefoneó —dijo Joan.

—¡Oh! —Siz tomó un vaso de la mesita, a la que dio la vuelta y del otro lado de la misma tomó un segundo vaso a medio vaciar—: El suyo, Craig — dijo.

—¡Gracias! —dijo éste, bebiendo un buen trago con reconocimiento. Era whisky, en el cual flotaba un trozo de hielo. Estaba absolutamente seguro de que ningún vaso estaba allí cuando Larry recogió su gorro. Y concedió en su interior que Siz era mujer hábil y que pensaba rápidamente. Estiró sus largas piernas y volvió a doblarlas, formulando en su ánimo el deseo de que todo continuara hasta el momento.

—¿Puedo ofrecerle un vaso, señora Thomas? Sabrá usted ya que Larry no puede sino mirar y sufrir, ¿no?

—¿Larry no puede…?

Joan permanecía en suspenso. Su marido intervino justificándose:

—Bueno; despacio. No se lo había dicho aún.

—¿No me había dicho…? ¡Oh! ¡Qué plancha he cometido hoy!…

Siz volvió a la estancia moviendo la cabeza con aire afligido. Y Larry se puso a explicar gravemente a su mujer sus errores en la estimación de profundidad, y que a consecuencia de ellos le habían suspendido el permiso de vuelo por quince días, durante los cuales su única ocupación habría de consistir en dar largos paseos y nadar algunos ratos. Siz volvía con un vaso para Joan.

—Gracias —dijo ella riendo—. Ahora comprendo. Me preocupaba verdaderamente ver que el nivel de la botella de whisky no se había modificado. Al parecer, nadie la había tocado.

Craig se preguntaba, silencioso y sombrío, al cabo de cuánto tiempo podrían marchar de allí.

—No des un carácter dramático a la cosa —dijo, dirigiéndose a Larry—. Blount me ha dicho que está absolutamente seguro de que saldrás bien.

—¿Dijo eso? ¿Y qué esperabas para repetírmelo?

—Con la condición, bien entendido, de que no olvides sus prescripciones.

—Bueno, al oír esto, tengo casi la impresión de sentirme de nuevo en una escuadrilla.

—¿Decía usted, señora Thomas, que alguien le telefoneó? —preguntó Siz —. ¿Quiere un cigarrillo?

Joan se inclinó hacia el encendedor que Craig le ofrecía y encendió el cigarrillo.

Un ruido procedente del interior de la casa intrigó a Craig, vio a Joan prestar atención y se preguntó si sería un perro que andaba por allí.

—Sí —era Joan que contestaba a Siz—. Alguien me telefoneó que Larry había tenido un accidente aquí, por este motivo vine inmediatamente.

—¿Un accidente? —Siz hablaba lentamente y miró a los hombres, uno después de otro—. ¡Qué extraño! ¿Quién pudo ser?

—No tengo la menor idea, pero esto parece una novela policíaca, ¿no es así?

—Nunca oí cosa parecida. Me impedirá dormir. ¿Alguno de ustedes ha visto algún cadáver por aquí?

—Me parece que debe de haber uno en cualquier parte —repuso pensativamente Joan—. Pero no me puedo quedar para ayudarles a buscarlo. Para venir, tuve que pedir prestado un coche.

Craig dejó su vaso suspirando de satisfacción, cuando vio a un hombre en albornoz pasar su cabeza por la puerta entreabierta.

—Tengo la impresión de que se está organizando aquí una reunión de sociedad —dijo el hombre—. ¿Es preciso que avise a Gert?

Los pies de Craig y de Larry golpearon fuertemente el suelo; se pusieron en pie. Joan se levantó con ellos. Se oyó suspirar a Siz.

—Perdónenme —se excusó Gerry.

—Gerry —explicó Siz—, acabábamos de hablar de un cadáver cuando asomó la cabeza. Esto deshace la tensión… ¿No podría quedarse aún un momento, señora Thomas?

—Crea que lo siento, señorita Marrell, pero…

—Gerry, el paseo a vela fue estupendo. —Larry intercaló en la conversación incoherente este útil paréntesis—. Mil veces gracias.

—Muy bien —dijo alegremente Gerry—. Pero acuérdese de que es preciso siempre bajar a tiempo la cabeza.

Se dirigieron hacia los coches; Larry con el brazo sobre los hombros de Joan; la mano de Siz apoyada en el brazo de Craig; se detuvieron en grupo para despedirse.

—No se vaya aún, Craig —pidió Siz.

—Tengo que hacerlo. Es preciso.

—Aún es muy pronto —le apretó vivamente el brazo— y podemos todavía nadar un rato los dos. Y ustedes dos vengan juntos la próxima vez. Yo estoy aquí todos los domingos.

El coche de Larry, siguiendo al de Chuck, se puso en marcha y los dos se alejaron haciendo crujir la arena bajo sus ruedas y danzar a la luz de sus faros entre los pinos. Súbitamente, Siz dejó caer su cabeza sobre el hombro de Craig, con extrema fatiga. Luego se enderezó y dijo:

—¡Bondad divina! El trabajo ha sido duro, pero sin trampa, ¿no cree? ¿No siente necesidad de un whisky usted también?

—No, gracias. Buenas noches, señorita Marrell.

Respuesta tan seca como breve. Pero la muchacha protestó del modo más enfático:

—Usted no puede marcharse aún. Tengo que hablarle. Y aun cuando no tenga usted ganas de conversar conmigo, yo sí necesito que me conduzca al campo. Había convenido con Larry que me llevaría luego al hospital.

—Bien. La llevaré, pues.

—Es preciso que recapitule mis asuntos. ¿Está usted enfadado…?

Ella caminaba al lado de él, en dirección a la casa; su actitud humilde y su cabeza baja daban a Craig la impresión de un penitente.

—Pero, se lo ruego, concédame el tiempo justo para beber una copa y recuperarme.

—Tome el tiempo que necesite.

—Soy una buena enfermera, ¿no es así?

—Muy buena, sí.

Llegaron al pórtico en silencio. Después Siz anunció:

—Vuelvo dentro de unos minutos. Siéntese, por favor.

Ella entró en la casa, y volvió con dos vasos, los dejó sobre la mesa de té y tomó una silla. Sentada en el claro de luna, y apoyada en la puerta de cristales, contemplaba el agua, a lo lejos, ante ella.

—Podría usted hacerme trasladar sin dificultad. ¿Piensa hacerlo?

—No tengo ninguna queja que formular contra usted ni su tarea. Y lo que pase fuera de las horas de servicio, carece de valor oficial.

—He aquí el género de cosas que me atraen hacia usted —repuso ella con una ligera sonrisa.

—¿Querrá hacerme el favor de prepararse para irnos?

—Esto también me atrae. —Vació su vaso, alzando los hombros—. Sí, voy a prepararme. Y mañana estaré de servicio. Pero esta noche, puesto que ahora nada es oficial, es preciso que le diga algunas cosas. —Se interrumpió por un instante y luego prosiguió con más suavidad—: Usted tiene miedo a las mujeres, comandante. Y yo no soy de su agrado a causa de que no tengo miedo ni a los hombres ni a las mujeres. ¿No quiere tomar el whisky?

El comandante vaciló; después dijo:

—Tomaré el whisky. Prosiga.

—Es una historia bien curiosa, comandante. Basta con mirarle para darse cuenta de que es usted un hombre extraordinario. Pero algo le falta. Y basta con mirarme a mí y, añadamos, a Paul Blount y a su hermano, para advertir que no valemos lo que usted. Sin embargo, a la vista está que somos dichosos. Es ahí donde radica la cuestión, no hay duda de ello.

Siz sacudió lentamente la cabeza sonriendo:

—Lamentaría que me considerara usted como una libertina por expresarme así. Sin esperar, siquiera, que me dé la razón.

Pero, después de todo, usted es médico y no puede ignorar que hay algo más, aparte de portarse correctamente, y que un caballero es algo más que eso, y que una dama correcta y distinguida no es tan sólo una mujer bien educada. Mi propia vida me interesa mucho y procuro vivirla totalmente en las horas que no me debo a mi labor profesional. Sé que usted no habrá oído con frecuencia a una mujer expresarse de este modo.

Era demasiado buena enfermera para ser profundamente mala, se dijo Craig. Se entretuvo un instante al tomar su whisky. Tenía un punto de vista análogo al de Blount, posición en la cual él no podía colocarse. Un punto de vista egoísta, sin duda alguna, pero biológicamente auténtico y digno de ser defendido hasta por bueno. Él no discutiría sobre eso, sino tan sólo por un extremo de la cuestión. Dijo:

—Manténgase usted a distancia de Larry.

—Lo sé. Su mujer.

Ella había recuperado su voz indolentemente provocativa.

—Usted me aborrece porque su matrimonio no tiene más importancia a los ojos de su marido que a los míos —prosiguió—; es eso, ¿verdad?

Austera y severamente, Craig repuso:

—Larry no puede resistirse a las mujeres. Nunca pudo. Debe usted darse cuenta de ello.

—Su hermano asumió toda la resistencia de la familia —respondió Siz—. De esto también me doy cuenta. Su argumento es válido en dos direcciones. Él no puede resistir a las mujeres.

Y pocas mujeres podrán negársele. Muchas chicas caerán en sus brazos. Su mujer cayó en ellos. Siempre habrá otras que sigan ese camino.

Craig se agitó, sintiéndose a disgusto. Sabía que todo aquello era radicalmente exacto.

—Hablamos de la señorita Marrell.

Ella sonrió:

—¿No encuentra usted que me porté muy bien mientras su mujer estuvo aquí? ¿Cree que hubiera podido hacerlo mejor?

—Para ese género de cosas es usted excelente.

Siz suspiró:

—Sí. Lo sé. Otra vez lo mismo. ¿Cree usted que la habré convencido? Si no hubiera hecho aquella reflexión acerca de un cadáver escondido… Usted estaba verdaderamente furioso contra Larry, comandante, por un simple flirt, en suma. Y eso… entre hermanos… Debe usted de amar mucho a esa mujer.

Craig se puso tenso; dejó su vaso.

—Voy a buscar mi maletín —dijo ella levantándose—. Es preciso que guarde este traje; no es mío.

Craig salió y contempló el mar. No podía sentir un gran resentimiento contra ella. Todo en la aventura era excesivamente complejo. Y demasiado inevitable, en torno a Larry. Formaba parte del ambiente que su hermano suscitaba de un modo natural. Se preguntó lo que en aquel momento haría Joan, lo que habría pensado, lo que pensaba. Cerró los ojos para volver a encontrarla en el instante en que le preguntó: «¿Es preciso? ¿Debo, verdaderamente, Craig…?».

Siz llegaba, bajando el peldaño del pórtico; él tomó su maletín. Ambos avanzaron en silencio, uno al lado del otro; pero, cuando llegaron al coche, Siz le detuvo. Rió con su profunda risa gutural, tan arrulladora y perezosa.

Craig retrocedió, temblando, para abrir el portaequipajes. Permaneció un momento con el maletín en el aire. Después lo dejó caer con ruido sordo sobre la arena.

—Señorita Marrell —dijo—, tomemos otro whisky.

La luna estaba en el horizonte cuando partieron. Durante todo el trayecto hasta el pabellón de las enfermeras, él mantuvo la mirada fija sobre el haz luminoso que los faros del coche lanzaban sobre la carretera, y los dos permanecieron silenciosos. Pero Siz miró muchas veces el inmóvil rostro.

Llevó su maletín hasta la puerta.

—Gracias —dijo ella—. Buenas noches, comandante Thomas.

—Buenas noches, señorita Marrell.

Siz vio cómo se alejaba el automóvil, después retomó a su departamento. Encendió la luz, y abrió el maletín sobre la cama. Su compañera de cuarto, que dormía en el lecho gemelo, se despertó, sentándose y siguiendo con inquieta mirada a Siz, la cual desdoblaba su traje de seda blanca, colocándolo suavemente sobre el respaldo de una silla.

—Un accidente —exclamó Siz con la voz enronquecida—. Accidentes así han de suceder, ¿no es eso?

Se echó encima de la cama sollozando. Levantándose, Hazel se inclinó sobre ella, lamentándose:

—Siz. Siz querida. ¿Qué ha sucedido?

—¡Déjeme! ¡Váyase de mi lado! —sollozaba Siz con el rostro hundido entre las manos.

—Pero ¿cómo ha sido? —prosiguió Hazel—. No vuelvo en mí de la sorpresa.