Cirujano del aire

Frank G. Slaughter · Capítulo 25 de 27

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Cirujano del aire

Capítulo XXV

 

LARRY no recobró verdaderamente el sentido hasta el tercer día; otros tres hubieron de transcurrir para que fuese posible trasladarle. Después de lo cual fue necesario que transcurriera una semana para poder empezar a discernir los efectos del accidente y de la operación. Sin embargo, durante la primera noche, hacia las tres de la mañana, cuando estaba a punto de morir, un tratamiento completamente desconocido pocos años antes le salvó la vida.

Pasada la medianoche, comenzó a quejarse. Después se agitó de manera inquieta y espasmos nerviosos contrajeron su rostro; sus hombros experimentaron sacudidas, y sus brazos intentaban luchar y debatirse. La enfermera especialmente encargada de velarle, le inyectó, no morfina, sino sodio fenobarbital, muy usado para las heridas de cráneo. Lentamente, la agitación disminuyó, hasta que la cabeza, pesadamente caída de lado, reposó, una vez más, pálida e inerte.

Cada media hora la enfermera comprobaba las pulsaciones y la presión de la sangre. Las cifras iban variando algo, y ella las consultaba cada vez con mayor atención. El pulso era más lento, mientras la tensión aumentaba. Acabó por no esperar a cada media hora, sino por comprobar cada quince minutos. Y pronto tuvo que ponerse al teléfono.

El capitán Seasons había facilitado a Craig el cuarto de un cirujano del aire ausente con permiso, y en aquella habitación se había instalado una cama plegable para Blount. Craig hablaba por teléfono, cuando ya el colchón metálico de Paul crujía y los pies de éste golpeaban el suelo. Un instante después, en zapatillas y albornoz, ambos amigos atravesaban silenciosamente el corredor, débilmente alumbrado, que conducía a la sala de oficiales.

Craig alzó los párpados a Larry, a fin de examinar las pupilas dilatadas. Tomó la muñeca del herido y contó las pulsaciones durante un minuto entero. Después rodeó el brazo con el tensiómetro, apoyó un estetoscopio sobre la arteria braquial, justo antes del codo, y se puso a hinchar la manga del aparato a impulsos precipitados. Ningún sonido llegó a sus oídos a través del estetoscopio: la corriente de sangre estaba contenida por la presión de la manga; abrió la válvula para deshincharla, y enseguida los latidos se le hicieron sensibles, comenzando a 14 y cayendo a 10 de un solo golpe, en la columna de mercurio del manómetro, tan pronto como se restableció la corriente sanguínea. La respiración de Larry era ruda y ruidosa.

—¡Malo! —exclamó Craig.

—Es un violento empujón —admitió Blount—. ¿Qué se hace?

Craig miró la hoja establecida por la enfermera. Los tejidos perjudicados se inflamaban siempre, pero una hinchazón considerable de los cerebrales era digna de ser temida. Esa inflamación ejercía presión sobre el centro director del corazón, de lo que procedía la lentitud del pulso, mientras que, simultáneamente, la tensión sanguínea aumentaba para forzar la sangre dentro del cerebro obstruido, creándose así un círculo vicioso que amenazaba con parar los latidos del corazón.

Los médicos habían, en sus análisis, propuesto múltiples procedimientos para resolver esa dificultad: la succión del fluido que obstruía el cerebro, la absorción de sales de Epsora por vía interna o inyecciones, la adición a la sangre de soluciones de glucosa, todo lo cual había dado resultados diversos, pero uniformemente poco satisfactorios. Hasta que alguien tuvo la idea de utilizar el plasma seco de una manera aún inédita.

—¿Hay plasma aquí?

La enfermera le entregó una caja. Él hizo disolver una ampolla de plasma en la tercera parte de una botella de agua, y obtuvo así una rica solución morena que contenía toda la proteína de la sangre en una tercera parte del volumen normal del líquido. Blount le observaba con atención.

—He oído hablar del método, pero no lo había visto experimentar aún. Para diluirse normalmente, el plasma tira del fluido de los tejidos y la inflamación disminuye en consecuencia, ¿no es así?

Craig, asintiendo con el gesto, insertó la aguja. Larry permaneció ajeno a todo. La inflamación había aumentado su coma más allá de la reacción y de la sensación. El fluido espeso y oscuro comenzó, a través del filtro, a trasvasarse lentamente en las venas del herido y tuvieron que transcurrir cuarenta minutos antes de que el frasco y el tubo estuviesen completamente agotados. Poco a poco, un cambio se produjo.

La respiración se hizo más fácil, algo más rápida; el ruidoso ronquido que indicaba la lucha por el aire, amainó. Craig hinchó de nuevo el tensiómetro, volvió a tomar el estetoscopio y vio cómo la columna de mercurio descendía lentamente en el manómetro.

Blount contó las pulsaciones.

—Más amplias. Con buen volumen.

—Esto hace su efecto —comprobó Craig—. Muchos morían así no hace demasiado tiempo…

La enfermera sonreía, aliviada.

—Gracias —le dijo Craig—. No vacile jamás en llamarme al menor cambio.

Pero, cuando se hallaron nuevamente en el dormitorio, no pudieron dormir, y se sentaron en la cama, fumando cigarrillos.

—No acabo de ver claro… ¿Qué opina usted?

—Ha de poder vencer la crisis ahora, Craig.

—Sí; pero ¿y el centro visual?

—Tengo la seguridad de que una parte está intacta.

—Pero otra parte está dañada. Ya la infección toma con frecuencia una forma crónica en estos casos.

—Lo sé —exclamó Paul sacudiendo los hombros como ante la fatalidad —. Y lo peor es que necesita mucho tiempo para establecerse.

—Tengo miedo de la infección —insistió Craig—. La he visto producirse en las operaciones mejor hechas.

—No mejores que la suya.

Craig cortó la interrupción:

—Tengo miedo, le digo. Si se produce, no dispondremos de ningún medio para detenerla. Y, en ese caso, hubiera sido mejor no arrancar a Larry a la muerte. Mejor para él. Mejor para loan. Es horrible que una cosa así le haya sucedido a Larry…

—Es horrible. Pero hemos hecho lo que hicimos porque ése era nuestro deber.

Blount contempló con mirada de conmiseración la cabeza baja de Craig, y se levantó para dar al interruptor y apagar la luz, diciendo:

—Hay que intentar dormir, amigo.

 

El capitán Blount había vuelto a la Base en el tren de la tarde. Craig y Joan, después de haberle acompañado a la estación, dieron un corto paseo.

Y después, cada mañana y cada tarde, almorzaban juntos, y luego iban a pasear un rato. Cuando se encontraban y se hablaban, tanto él como ella acostumbraban a posar una mano en el brazo del otro. Buscaban siempre el consuelo de esos ligeros contactos, o con sus miradas se hablaban con voces distintas y silentes. En medio de la catástrofe, conocían así rápidos y extraños minutos de felicidad, y Joan le contaba cómo con su voz estridente la señora Seasons le decía: «Querida, mire su plato; es preciso comer, amiga mía». Y Craig le explicaba que el capitán le perseguía constantemente para arrastrarle a examinar con él algún nuevo caso.

Joan pasaba la mayor parte del tiempo en la estancia de Larry, donde Craig hacía frecuentes apariciones para comprobar el estado del paciente, como si Larry hubiera sido el hijo de los dos, un niño terriblemente enfermo.

La tarde del día siguiente al de la operación, Larry pasó por un nuevo período de agitación y su tensión se elevó también, esta vez peligrosamente. Una nueva inyección de plasma concentrado lo mejoró rápidamente, y se durmió con un profundo sueño. Craig le puso inyecciones de sulfadiazina tan frecuentes como se atrevió, para luchar, por vía intravenosa, contra la infección, que seguía constituyendo una amenaza para el cerebro.

Casi constantemente, uno de los dos estaba en el cuarto de Larry, con las enfermeras especialmente destinadas a éste, salvo durante las horas de las comidas y las breves salidas para tomar el aire al exterior. Esta familiaridad dio a Craig el suficiente valor para hablar:

—Joan, tengo la certidumbre de que Larry no podrá volver a volar.

—Eso sería espantoso para él, Craig. Le destruiría. ¿Por qué lo cree?

—No creo que conserve la suficiente vista para ello. La zona dañada alcanza el centro visual. No es posible prever los resultados ni hasta dónde llegará la devastación.

Ella contuvo sus palabras con una mirada petrificada de horror. A pesar de ello, Craig precisó apresuradamente:

—Puede ser que conserve visión suficiente para ver las cosas generales de la vida. Hay probabilidades de que la salve en el grado suficiente para las necesidades de cualquiera. Pero un piloto… Joan, creo que la infección no dejará de presentarse.

Y si es así, no se puede predecir dónde se detendrá.

—Craig, ¿peligra totalmente su vista? ¿Es eso lo que quiere usted decirme?

—Nada lo indica por el momento. Pero es posible. Todo es posible con semejante herida. Estamos ante una eventualidad que también puede dar buenos resultados.

—¡Qué horror! —gimió ella.

—Era ésta la alternativa. Y había que arriesgarse. Ese peligro, o la muerte. Hemos jugado, y con triunfos en la mano, Joan.

—Pensaba dejar a Larry.

—Lo sé.

—Pero si la cosa no va bien, no podré hacerlo. Desde luego que no.

—No.

Ella estaba mortalmente pálida, temblando a su pesar.

—Joan —dijo él en tono desesperado—, nada ha sucedido aún. Quiero tan sólo que esté usted preparada para todo lo que pueda suceder. Tal vez no se realice esa gran desgracia, pero también podría acaecer, y es lo más probable, Joan. ¡Oh, Dios! ¡Cómo quisiera ahorrarle a usted todo esto!

—Lo sé. —Ella le sonrió pálidamente—. ¡Pobre Craig!

—Todo lo que pueda hacerse para que salga lo mejor posible, se hará — prometió él, con la misma pesadumbre—. Yo la quiero a usted, Joan.

—Sí —repuso ella, tomándole del brazo para seguir paseando—; todo lo que pueda hacerse.

Pero no fueron mucho más lejos. Grandes matorrales los acogieron, resplandecientes de flores escarlatas que destacaban sobre su verde oscuro; pájaros moscas danzaban entre las corolas. Las ramas se cerraron a su paso. Súbitamente, Joan lanzó sus brazos al cuello de Craig y sollozó sobre su hombro. Y él, teniéndola abrazada, la besó en la frente.

Cuando Larry recuperó verdaderamente el sentido, fue como un auténtico despertar. Había tenido ya cortos momentos de lucidez durante los cuales reconocía a su mujer y hacía alguna pregunta a propósito del accidente. La mayor parte del tiempo dormía, casi siempre bajo el efecto de inyecciones que permitían a los tejidos fatigados y estropeados reposar y rehacerse, mientras las tres inyecciones diarias de sulfadiazina que Craig le ponía, combatían la infección. Mantenían en su sangre una concentración peligrosa, pero era preciso correr ese riesgo, preferible al mucho más grave de una inflamación.

Cuando Joan volvió de comer encontró a su marido con los ojos abiertos, mirando en torno suyo con aire de interrogación.

—¡Hola, Joan!

—¡Hola, Larry! —repuso ella, besándole—. ¿Cómo te encuentras?

—Me duele la cabeza, preciosa. Con la impresión de tener una garganta de madera.

—Has sufrido un golpe tremendo, ¿sabes?

—Cuéntame. Me puedo acordar hasta el instante en que desconecté. Había luchado con una pequeña ráfaga. No violenta, no demasiado violenta. Pero los mandos se rompieron.

—No queda gran cosa del avión, Larry.

—No. —Su voz transparentaba una especie de altanería—. ¿Lo ves? Te casaste con un hombre duro de cabeza.

Quiso subrayar sus palabras con un signo de cabeza, pero el sufrimiento le hizo palidecer y hacer una mueca dolorosa.

—No tan duro, pensándolo bien —agregó—. ¿Dónde estamos?

—En el hospital de Rand Field, Larry.

—¿Acabé, pues, por llegar? Estaba en un pantano, ¿eh?, Joan, ¿qué es lo que tengo trastornado? Siento un dolor de cabeza de todos los demonios.

Craig entró justamente en ese momento y sonrió cuando vio a Larry.

—¿Qué? ¿Decidido a volver a la vida, muchacho?

—Soy duro —dijo Larry, sonriendo a su vez—. ¿Te mandaron a buscar a ti también?

—Vine yo.

—Él y el capitán Blount, juntos, te salvaron la vida.

Las cejas de Larry se alzaron y su rostro volvió a adquirir su antigua expresión de fastidio. Dijo:

—Entonces, ya empiezo a comprender por qué la cabeza me duele tanto. El trabajo de Craig. ¿Es que tengo el trasto roto?

—Rompiste la vieja cáscara de huevo por varios sitios —repuso Craig, poniéndose al unísono—. No has realizado mal la hazaña. Acabo de hablar con el jefe del aeródromo, Joan. Dice que nos enviará al hospital de nuestra Base en un avión ambulancia tan pronto como Larry esté preparado para viajar.

—Es decir, ¿cuándo? —preguntó el aludido.

—Tres días durará la broma. Pero allí te será preciso permanecer en cama una semana más, por lo menos.

—No será demasiado terrible, Craig. Me encontraré con Chuck. Podremos continuar la guerra entre nosotros, a golpes de palangana y de calentador. ¡Qué suerte, cuando se ha perdido el sentido en medio de un pantano, despertar aquí con vosotros! Joan, ven aquí y abrázame.

Se informó de las noticias de la guerra; ella comenzó a leerle las últimas, pero pronto vio cómo sus párpados se cerraban y su respiración tomaba el ritmo regular del sueño.

Hicieron el viaje de regreso con la camilla de Larry, colocada de tal modo que podía adaptarse a los cambios de posición debidos al vuelo. El coronel Flynn los recibió a su llegada. El rostro de Larry estaba torcido a causa del sufrimiento, pero sonrió y alargó la mano al coronel sacando el brazo bajo la ropa que le tapaba.

—¡Hola, Thomas! Estoy muy contento de volver a verle —dijo el coronel.

—Yo también por estar de regreso. Siento, señor, la pérdida del avión.

—Usted no pudo hacer nada —aseguró el jefe—. No ha sido culpa suya y nada hay que reprocharle. Se le dará otro avión en cuanto se halle en estado de poderlo pilotar.

—Adviértales que calienten el motor, señor.

Aquellas breves palabras le agotaron. Durmió largo rato gracias al soporífero, y cuando se despertó en un cuarto del hospital y vio a Joan, y también a Chuck, que le sonreía desde su sillón de ruedas, no pudo llegar a exteriorizar la alegría que le producía la reunión.

—Formaba usted parte del Club de los Rajados —declaró Chuck—. Pero yo, cuando entré en él, resistí mi cascadura mejor que usted.

—Es posible —admitió Larry—, pero hace más tiempo.

Y además usted podría partirse la cabeza sin dudar y sin que nadie se diera cuenta de ello. Ahora bien, conmigo es diferente.

—Usted me permitirá sin duda salir de aquí el primero —hizo notar Chuck.

Pero la debilidad de Larry le había asustado y, con una mirada de angustia dirigida a Joan, se marchó de allí haciendo girar las ruedas.

Día tras día, Joan estaba más pálida y silenciosa. Cuando estaba con Larry, o con Mary Waller y Chuck, sonreía alegremente. Con intrepidez. Siz Marrell se acercó un día hasta la puerta, y, viendo a Larry dormido, le dijo con sincero dolor:

—Lo siento en el alma, señora Thomas. Deseo que todo salga bien. Dios ayuda a las esposas, ¿no lo cree usted así?

Craig pasaba por el cuarto de Larry a intervalos cortos y regulares y se mostraba siempre sonriente. Había muchas otras cosas que requerían su presencia en el hospital; pues entre los casos habituales había sucedido que un paisano borracho había embestido con su automóvil una columna de soldados cuando éstos volvían por la noche de unas maniobras. Pero, fuera cual fuese su estado, los dolores de cabeza de Larry exigían frecuentemente un soporífero para calmarlos, y una fiebre ligera, continua, acompañada de sensación de vértigo cuando se sentaba en la cama, preocupaba a Craig. Esto podía significar tan sólo la curación, generalmente dolorosa, de un grave traumatismo en el cerebro, pero podía también ser síntoma de que la infección empezaba a extender su dominio en el fondo de los tejidos desgarrados.

Después de un análisis de sangre en el laboratorio, Craig consultó a Paul Blount, indicándole:

—Nivel de sulfadiazina, nueve miligramos; glóbulos rojos, cuatro millones. Es más bien poco, pero no radicalmente significativo. Hemoglobina, setenta y ocho; esto sí es claramente bajo. ¡Pero los glóbulos blancos, Paul! Tres mil solamente. Un bajísimo porcentaje de leucocitos.

Blount movió gravemente la cabeza.

—Es el principio de la leucopenia.

—¿Qué opina, en conjunto, del estado de Larry?

—En general, el cerebro parece más bien atrasado, Craig. Aunque es fácil que ello sea a causa de la sulfadiazina que se le ha administrado. Tengo la impresión de que sería necesario suprimir ya toda sulfamida.

—Acabo de hacerlo. No podemos permitirnos reducir más los glóbulos blancos. Al principio de usarse las sulfamidas la gente moría de ese modo.

—Llegando a tres mil es preciso detenerse.

—Lo que me trastorna es esa fiebre.

—¿No podría ser originada también por la droga?

—Pudiera ser —dijo Craig con abatimiento—. Y también pudiera no ser. A veces se produce esa reacción. Pero sospecho que Larry debe de sentir dolores de cabeza peores que los que confiesa.

—¿Por qué no espera con calma, Craig? Déjele evacuar la sulfadiazina de su organismo y podremos apreciar mejor las cosas después.

—Temo mucho que no podamos hacer otra cosa.

El segundo día que le fue posible a Larry sentarse un poco en un sillón rodante, Craig lo hizo conducir a la sala donde pudiera examinarle los ojos. Disfrazó su verdadero objetivo examinando primeramente los reflejos y diciéndole que los dolores de cabeza podían ser causados por una excesiva fatiga visual.

—Bueno, está bien —dijo bastante bruscamente Larry—. Haz todo lo que quieras con tal que me quites estos malditos dolores de cabeza. Recétame hasta lentes, si crees que me librarían de esto.

Larry leyó los signos del «test» de visión. Leyó diarios. Craig

experimentaba con el [30] estereocampímetro. Cuando Craig desplazaba el índice, el punto aparecía en otro ángulo de visión.

—Ahora —señaló Larry.

—Perfectamente —repuso Craig—. Algunas lecturas más todavía.

En cinco minutos hubo acabado y Larry volvió a su cuarto.

—Pasaré a verte esta tarde —prometió Craig, marchando seguidamente al laboratorio de Paul Blount llevando consigo la hoja de visión de Larry, que extendió sobre el pupitre.

Blount la estudió con experta mirada, pero sólo un instante.

—¡Jesús! —exclamó.

—¡Venga! ¡Dígame qué ha descubierto!

—Destrucción parcial del cristalino del ojo izquierdo. Y esto ya es bastante grave.

Con el dedo siguió la curva del límite del campo visual del ojo derecho. En cierto punto se hundía y se acercaba mucho al cristalino. Al exterior de esa curva, que delimitaba el campo actual de visión, la destrucción parcial del tejido y del nervio cerebral había aniquilado toda capacidad visual. En el espacio creado por esa curva, la superficie de visión normal estaba reducida de una manera alarmante.

—¿Y cómo ha sido posible que Larry no se diera cuenta de que su ojo izquierdo está perdido?

—Algo de truhanería.

—Fácil de imaginar.

—¿Estos datos dan a usted la imagen de una destrucción más grave que la prevista en el curso de la operación?

Pesada, tristemente, Blount repuso:

—Sí, por desgracia.

—Es mi opinión también —dijo Craig—. Sin tener certidumbre, presiento que la infección sigue destruyendo el cerebro.

—¿Puedo hacer algo?

—Nada, que yo sepa. Casos de este género han llegado fatalmente a la ceguera, Paul, si existe infección. No puedo seguir con las sulfamidas.

—No conocemos aún la rapidez de la evolución —hizo notar Paul—. Tal vez no suceda nada ya en este momento. Lo sabremos comprobando estos datos dentro de una semana.

Se miraron gravemente, sin decir palabra, pero compartiendo los mismos pensamientos. Probablemente, casi ciertamente, la operación había sido, más que inútil, culpable; había salvado la vida de Larry para su sufrimiento.