Cirujano del aire
Capítulo XXI
— O riegas suficientemente las peonías —dijo el soldado de segunda N
Henry Smith—. Es preciso hacerlo cada mañana, Dolly.
Acababa de llegar con un permiso nocturno. Pero alguna cosa le había molestado. El beso de Dolly no se parecía a los de otras veces y su mirada era circunspecta. La había tenido entre los brazos, interrogándola con la mirada, sin obtener otra respuesta que un leve encogimiento de hombros; había concluido por atribuirlo a uno de los misterios del humor femenino. Pero las peonías parecían muy secas.
—Me olvidé completamente de las flores —dijo ella.
Él abrió el armario, sacó su pantalón gris y su camisa azul, unos zapatos de tenis, y se preparó a desobedecer el reglamento, pues le gustaba, cuando podía pasar tranquilamente el rato en casa, abandonar el uniforme, como, por lo que había oído decir, hacían los oficiales.
—Vale más que te lo cuente —dijo Dolly—. No sé lo que eso pueda significar, pero haré mejor contándotelo, Henry. Precisamente iba a regar las peonías cuando vino ese tipo.
—¿Un tipo? ¿Qué clase de tipo?
—No era de la Armada como vosotros. Vestía de paisano y parecía un hombre extravagante. Ha comenzado a preguntarme cosas. Debía de ser un policía.
—¿Un policía?
Henry volvió a dejar en su sitio las prendas de vestir que había sacado. Anudó bien los cordones de sus botas. Deslizó el nudo de la corbata entre el primero y segundo botón de la camisa, debajo del cuello. Todos sus movimientos tenían el aire de ser la consecuencia de un juicio. Encendió un cigarrillo con la calma de quién se enfrenta con el pelotón de ejecución, mientras el sentimiento del desastre hervía en su mente.
—Cuéntamelo todo, desde el principio —dijo.
—Era un policía. No creo que se tratara de un cualquiera. Acaso
perteneciera al FBI[21]. No era a mí a quien buscaba. Aludía siempre a ti, Henry. Y ahora, respóndeme, ¿estás seguro de no haber pasado nunca de la raya?
—¿Cómo me preguntas una cosa tan fea? —exclamó el descontento. Pues le era imposible, aun en momentos como aquél, soportar algunas de las expresiones de Dolly—. ¡Sí!, claro que estoy seguro —prosiguió—. No me importa lo que opines de él. Cuéntame sus palabras.
—Dijo que era inspector de inmuebles.
—Puede ser verdad que lo fuera —repuso Henry—. Se leen todos los días historias relativas a esos inspectores.
—No tenía el aspecto de serlo —repuso ella con seguridad—. Me explicó que comienza por ir a la compañía de fluido eléctrico y allí anota los nombres de todos los nuevos inscritos.
Y luego va a visitarlos. Me ha dicho que hay un plan general en estudio para la instalación de casas desmontables y que el Gobierno quiere saber cuántas harían falta. Entonces, se informa del importe del alquiler, del número de personas que residen en la vivienda y en cuántas habitaciones; de cuál es su situación y del empleo que tienen.
—En suma, me parece bastante normal.
Ella levantó la mano, con los dedos separados.
—¡Espera! Dijo que la inscripción reza «Señor y señora Henry Smith» y preguntó si era exacto eso.
Henry arrugó la frente.
—¿Qué le respondiste?
—¡Caramba!, como creo que, sin duda, fue eso lo que pusimos en la inscripción, le dije que era exacto. Entonces, él miró por todas partes y dijo: «Me parece que hay que llamar a esto un departamento sobre garaje, de dos habitaciones». Y lo escribió en su agenda. «¿Y qué hace su marido, señora Smith?». «Está en la Armada», le dije. Entonces, sonrió y repuso: «Perfecto, señora Smith. Mi visita ha sido útil. Porque la organización de que le hablaba está, ante todo, en camino de promover mejores condiciones de alquiler para los que pertenecen a la Armada. Es ahí, principalmente, donde hay superpoblación». Le contesté: «Muy amable por su parte, pero estamos satisfechos con esto».
Henry la miraba con una expresión de alivio escéptico.
—Bueno, está bien. Tengo entendido que hacen visitas así. No se puede presumir nunca lo que el Gobierno anda ideando.
—¿Quieres, o no, que te cuente todas las cosas desde el principio? — preguntó secamente Dolly.
—Desde luego que sí.
—Bueno, entonces vamos a ello: «¿Qué hace su marido en la Armada?». «Aviación», repuse. «¡Ah, oficial, naturalmente!». «¡No!», dije. Verdaderamente, quisiera que no fueras un simple soldado, Henry. Y eso no es justo desde que salvaste la vida de aquel piloto. Bueno, todo lo que le había respondido fue ese «no». «¿Qué es, entonces?», me preguntó. Y no tuve más remedio que decirle: «Soldado de segunda». Él repuso: «Un simple soldado de segunda tiene bastante suerte al poseer un departamento así. ¿Cómo pueden ustedes soportar el gasto?». Entonces, le contesté: «No me molesta que apunte usted el número de habitaciones que tenemos, pero el Gobierno hace demasiadas preguntas, ¿no le parece?». Henry, ¿por qué no le diría que tu tía te dejó sesenta y cinco dólares mensuales?
—¡Ah! —exclamó pesadamente Henry—. ¿Qué sé yo? ¿Qué te respondió?
—Me dijo que estaba obligado a fijar la cifra media de lo que las gentes pagaban por alquiler, proporcionalmente a su sueldo. Y que debía inscribirlo así en nuestro caso, como en tantos otros. Añadió que no era nada natural que un soldado hubiera podido conseguir un departamento si no tenía fortuna particular. Me preguntó: «¿Cuánto, se lo ruego?». Pero le contesté que el Gobierno podía ir a freír espárragos. Entonces pareció preocupado. Y me dijo que debería dejar aquello en blanco. Insistió aún, para preguntar cuándo nos habíamos casado.
—¿Qué respondiste?
—Fue preciso que pensara deprisa, ¿sabes? Dije: «Hace dos meses, en Miami». «¿La fecha, por favor?», preguntó. Le di una cualquiera.
—Nunca puse los pies en Miami —exclamó Henry preocupado.
—Pero ¿qué podías hacer? Muy bien, Dolly, no tienes por qué turbarte. Los documentos referentes a todas estas indagaciones son remitidos a Washington y una vez allí nadie se preocupa más de ellos.
Pero el bonito rostro de la muchacha conservaba su expresión circunspecta.
—¡Nos han cogido! —reconoció—. No he podido hacerlo de otro modo, pero nos han cogido. La única cosa que podrían verificar es si tuviste algún permiso hace dos meses. ¿Fue así?
—No —dijo él con el entrecejo fruncido—. Pero este tipo me parece verdaderamente un inspector del servicio de inmuebles. ¿Dónde pescaste tu historia de detectives? Tiene bastante gracia.
Ella se puso en pie y paseó, impaciente, por la estancia.
—Estoy segura —insistió—. No he terminado de contártelo. Él agregó todavía: «Es estupendo que la Armada permita a los simples soldados vivir en su casa. Su marido vendrá aquí cada noche, ¿no es eso, señora Smith?». ¡En su casa! He tenido que decirle: «Sí». Entonces ha proseguido, poniéndonos entre la espada y la pared: «¿Qué hacen ustedes por la tarde?», me preguntó.
—Realmente, ha hecho muchas preguntas —reconoció sombríamente Henry—. ¿Qué le contestaste?
—Le dije: «¿Qué relación tiene ello con la cuestión del alojamiento?». Porque yo, por mi parte, procuraba también derrotarle, ¿comprendes? Estaba segura de que era un detective cualquiera. Respondió: «Esto forma parte de un plan de conjunto: recreo, placeres, etcétera, y los que se encargan de ello, quieren saber cómo pasa el tiempo la gente». Le respondí: «A veces vamos al cine». «¿Reciben ustedes mucho?», me preguntó. Yo le dije: «No». Él subrayó entonces que era extraño que, teniendo tan bonito departamento, no encontrásemos natural que los amigos del marido vinieran de visita con frecuencia, sobre todo los que no pertenecían a la Armada. Le contesté: «Hace pocos días que estamos instalados aquí y no hemos recibido aún a nadie». Henry, ¿crees verdaderamente que ésa era una pregunta para ser planteada por el Gobierno?
—¿Anotó algo a propósito de ello?
—No. Nada.
—Acaso fuera entonces tema para trabar una amable conversación —dijo Henry—. Pero su rostro seguía mostrando inquietud—. Recuerdo que, para el censo hicieron preguntas que no tenían nada que ver. Absurdas como: «¿Tiene usted aspirador?», y otros trucos del género. ¿Hubo algo más?
Dolly detuvo sus paseos y se puso de pie ante él.
—No. Se levantó y dijo: «Gracias, señora Smith. Estamos muy reconocidos a su cooperación». Repuse: «Gracias». Escúchame, Henry. Si el Gobierno pregunta verdaderamente todo eso, ¿no tendrían acaso formularios impresos, con todas las cuestiones preparadas y columnas para las respuestas?
—Supongo que sí. Seguramente —exclamó él, alarmado.
—Procuré observar su agenda, mientras escribía. Nada impreso en ella, y escrito sólo lo que puso. No era una investigación regular, no, convéncete. Aún hay otra cosa. Después de decirle: «Gracias», le acompañé hasta la puerta y le dije: «Verdaderamente, el Gobierno piensa en todo. ¿Cuánto tiempo hace que realiza usted estas indagaciones?». El tipo me contestó: «Poco más de dos semanas. Hoy empezado por usted».
Ella exclamó:
—¡Dos páginas en dos semanas! ¡Dime! ¿Qué piensas de todo esto?
Henry se levantó para ponerse, a su vez, a pasear nerviosamente por la habitación. Había pasado un brazo en torno a Dolly, pero tenía un nudo en la garganta. Viviendo de aquel modo, contravenían sin duda todas las leyes. Ya había pensado en ello anteriormente, pero acaso estuvieran ya a punto de ir a prisión por este motivo.
—¿No crees que fuese guardia, Dolly? ¿Por qué no?
—No. No lo era. Demasiado amable, excesivamente bien educado. A los guardias, además, no les importa la gente si no mete escándalo. Su misión es
intervenir si se altera el orden. No. Era un detective, un « [22] dick». Los otros no suelen mezclarse en los asuntos personales.
Se interrumpió para pasarle los brazos alrededor del cuello.
—Henry —le dijo—, sólo mirándote de paso cualquiera puede darse cuenta de que eres un chico honrado. Y, sin embargo, te siguen la pista. Por consiguiente, es preciso buscar en qué asuntos podrías estar mezclado, aun sin darte cuenta de ello.
—En ninguno —dijo tristemente—. Nada. Todas mis notas son buenas. Incluso pensaba tener un ascenso, después de haber sacado a aquel piloto de debajo de su avión ardiendo.
Ella retiró vivamente sus brazos, retrocedió un paso y le miró atentamente con los ojos entornados de un modo inquisidor.
—Henry, reflexionemos. Sí, hay que pensar en esto. No es nada natural. Es sospechoso. Si te es debido un ascenso y no llega, es que algo sucede de una manera oculta. ¿Por qué no te ascienden? ¿Qué lo impide? ¿Habrá alguna relación entre ese retraso y un detective que olfatea el rastro? Piensa en ello.
—Sin duda —repuso él con lentitud—, va a la zaga de algún otro Sraith.
Una certidumbre que no acababa de expresar se iba formando en su espíritu. Dolly no aceptó su respuesta.
—¿Qué dices? ¿Por qué no logras tu ascenso?
—Estas cosas requieren tiempo. Como todo lo administrativo, ¿sabes?
Pero, en su interior, se decía que el coronel Flynn no podía haber dado por terminada su encuesta referente al accidente del teniente Waller, a pesar de que el asunto pareciese arreglado. No era imposible que el coronel alimentara aún alguna sospecha relativa al equipo de tierra.
—El coronel me hizo un montón de preguntas a propósito de la manera como el aparato había sido preparado antes de su último vuelo. Yo era del equipo que lo cuidaba, pero tenía la convicción de que él no estaba intranquilo. Sin embargo…
—¿Quieres decir —le respondió ella sacudiéndolo— que él pudo creer que el avión había caído por un acto de sabotaje?
—No. No es eso lo que quiero decir. Aparta de ti esa idea. Pero pudo pensar que el equipo de tierra había olvidado algún detalle.
—¿Crees que pondrían un «dick» sobre la pista porque un tipo cualquiera hubiese olvidado una lata de aceite? Henry, ¡qué tonto eres! —Ella cerró los ojos y se balanceó dramáticamente—. El hombre con el cual hablé era del FBI.
—¡Sin bromas! —exclamó él, alarmado y furioso—. ¡Cosas del cine!
Pero ella tomó su respuesta como una confirmación:
—Perfectamente, sí. Los he visto en el cine. Son tipos bien educados, afables y correctos. Que proceden de importantes colegios. Y ese chico era afable, correcto y bien educado. No tenía nada de rígido. Estoy segura de que había pasado por un buen colegio. —Prosiguió con un gran temblor en la voz —: ¡FBI! Si hubiese podido preverlo me hubiera arreglado…
—¡No hables así! ¡Qué sandeces!
—¡Ah, sí! ¿Verdaderamente? —Se lanzó a montar suposiciones con una excitación sagaz—. Henry, vigilan a todos los que han intervenido en ese avión. Y tú no tendrás el ascenso hasta que ellos hayan puesto la mano sobre el culpable. No me digas lo contrario; sé bien lo que me digo. Ahora lo veo todo con claridad…
—¡Dolly! No dices más que locuras…
Pero le faltaba la convicción. La explicación, en efecto, podía muy bien ser aquélla. El piloto, según parece, no había podido mantener la dirección del aparato durante el descenso. Removió sus ideas, intentó desembarazarse de tal hipótesis, contrariado.
—Pero, ¿qué sabes tú de aeroplanos?
—Sé reconocer un díck cuando lo tengo ante los ojos.
Y te digo que lo era. No olvides que vino aquí, y preguntó todo lo que podía preguntarse a propósito nuestro. ¿Acaso todos los de tu equipo son chicos semejantes a ti?
—Dolly —se lamentó Henry—, eres una muchacha magnífica, pero no ensayes jugar al sabueso.
—Te he preguntado si todos los soldados de tu equipo son buenos chicos.
—Todos menos el cabo. ¡No! Te lo ruego, no tomes ya por ese atajo. Él sabe lo que se hace. Conoce bien lo que es un avión. Pero es una mala persona. Me pone enfermo.
—Un hombre que quiera estropear un avión, debe de saber al dedillo cómo son los aparatos y conocer bien su oficio… ¿Qué quieres decir con eso de que es una mala persona?
—¡Por el amor del cielo! —exclamó Henry—. ¿Es que perteneces también al FBI?
—El hombre que vino aquí iba detrás de eso. ¿Qué quieres decir con eso de que es una mala persona?
—Que es un bruto. Se pasa el tiempo persiguiendo mujeres.
Ella levantó las cejas.
—¿Y qué más?
—Lee revistas sucias.
—¿Y qué más, aún?
—¡Escucha! —exclamó Henry, afligido al verla construir poco a poco toda una inculpación contra el cabo Tyce—. Se puede deformar a cualquiera de modo que parezca un canalla. Pero, en fin, es un bruto, porque colecciona fotografías de accidentes de aviación.
—¿Quieres decir que le gustan los accidentes de aviación?
Ella lanzaba sus preguntas con excitación creciente.
—No he dicho que le gusten. Lo deformas todo.
Pero se acordó desagradablemente del modo como el cabo Tyce le había desanimado en el hospital, mostrándole que incluso su brazo enfermo era una cosa sospechosa.
—Henry, ¿cómo podríamos encontrar a aquel hombre?
—¿A qué hombre?
—Al del FBI. Es preciso hablarle de ese cabo.
—¡Dolly! Ya tengo bastante. Cállate.
A causa de que el veneno de unas sospechas sin base firme comenzaba a infiltrarse en su ánimo, se sentía irritado con ella y consigo mismo. Pero Tyce era indudablemente un mal bicho, un tipo asqueroso y, en el fondo de su corazón, le detestaba, sabiendo que, desde aquel momento, le creía capaz de cualquier honor.
—Me produces dolor de cabeza.
—Muy bien, querido —exclamó dulcemente Dolly. Bajó los ojos y tomó una actitud de humilde mártir—. ¿Sigues creyendo, pues, que el hombre que vino aquí era un inspector del servicio de inmuebles?
—No, no creo eso.
—Bien, entonces. Sin duda tan sólo busca suscripciones para una revista ilustrada.
Henry gimió:
—No vuelvas a empezar toda la historia. ¿Sabes lo que pienso? Que lo mejor que podríamos hacer sería casamos.
Con una bella sonrisa, ella se acercó a él, deslizó un brazo en torno a su cintura y apretó su mejilla contra el pecho del muchacho, diciendo:
—Tal vez no pienses en ello, pero podría ser algo perfectamente a punto. Una mujer no puede servir de testigo contra su marido.
Él se sobresaltó:
—¿Servir de testigo? Pero si no hay que testificar a propósito de nada. ¡Vaya idea!
—Lo sé, querido. Y tú también lo sabes. Pero ¿y ellos? Acaso no opinen así.
—¡Oh! —exclamó él, cansado.
Dolly suspiró:
—Te quiero, Henry, y sé que eres inocente, pero una chica tiene el deber de ser precavida. Sería una curiosa costumbre la de casarse porque un detective le persigue a uno. Vamos a acostarnos y allí me preguntarás lo que quieras.
Durante mucho tiempo no pudieron dormir. Henry estaba acostado, con ella entre los brazos; ambos repasaban los detalles de la visita del detective, y Dolly reanudaba de nuevo todos los eslabones de la cadena que la conducían a la conclusión de que su visitante pertenecía al FBI y de que el cabo era culpable.
Ella advirtió a Henry:
—Oye, cuidado con dejar entrever nada de esto al cabo.
No hables del asunto con él ni con nadie. No hables del «dick». Eso le pondría en guardia. Compórtate con naturalidad, como si nada hubiera sucedido.
Él lo prometió. Su mente no era más que un torbellino de sospechas que no querían amainar, y a ello se mezclaba la angustia de pensar en lo que la Armada podría hacer si el detective facilitaba un informe acerca de su vida marital con Dolly.
—Sí, ha sido un momento desdichadamente elegido para hablarte de matrimonio. Acaso valga más esperar a que todo se haya aclarado. Pero yo no he hecho nada malo. No tengo nada que temer. Hemos realizado la experiencia de vivir juntos y hemos visto que nos llevamos muy bien.
—Sería estupendo, Henry —exclamó ella, besándole en los labios—. Entonces, podrías venir cada día a casa, como dijo el hombre del FBI. No sé qué hacer cuando tú no estás aquí. Me pongo enferma. Me siento hastiada. Es preciso tener un motivo para vivir. No se puede existir solamente para el sexo.
Henry experimentaba un serio dolor de cabeza a la mañana siguiente, al reemprender su trabajo, y el cabo Tyce se dio cuenta de ello inmediatamente. Él también estaba de mal humor y nervioso. Por encima de la cuña del avión de caza que preparaban, le lanzó:
—¡Deje esa cara de entierro, antes de que vomite el desayuno!
—También podría usted vomitar cada vez que se mira al espejo —gruñó el soldado de segunda Smith.
Después que, curadas las quemaduras de sus manos heridas, había vuelto del hospital, la vida le era particularmente dura con el cabo Tyce. Las historias de mujeres que éste solía contarle eran cada vez más raras y su aparición significaba que el cabo se hallaba en aquel instante de buen humor. Pasaba todo el tiempo vigilando el trabajo de Henry, criticándolo y mirándole con un aire de sospecha que Henry atribuía a resentimiento, o a envidia por el posible ascenso. Pero la nueva costumbre de Tyce de llamarle «héroe» le crispaba los nervios.
—No se las dé de listo —advirtió Tyce blandiendo una llave inglesa en su mano—, o me echo encima de usted.
—Puede hacerlo cuando guste —exclamó Henry alzando los hombros.
Ésa era la forma corriente de conversación entre ellos, lo cual le reafirmó en su convicción. Las sospechas mencionadas por Dolly perdían su fuerza cuando contemplaba al cabo cara a cara, con su habitual socarronería, en la que vertía sus familiares expresiones hirientes. Tyce no era más que un tipo mezquino, de hablar desagradable.
Henry comprobó con cuidado el tren de aterrizaje, como lo hacía siempre, pues aquellos pequeños aparatos tomaban tierra a una velocidad que le cortaba el aliento cuando pensaba que el menor error en el movimiento de las ruedas podía destruir el vientre del aparato y enviar al piloto a reunirse con sus antepasados. Verificó la presión de los neumáticos y añadió dos libras de aire a cada uno. Al levantar la mirada, vio al cabo, que le estaba contemplando por encima del borde de la carlinga con un aire de paciencia exasperada.
—Muy bien, «héroe» —dijo Tyce—. Pase el tiempo que quiera. Reflexione. Y cuando haya terminado, venga por aquí.
El cabo desapareció dentro del fuselaje.
—Compruebe los mandos del timón.
Henry obedeció.
—¿Están bien?
Henry respondió afirmativamente.
—Bien. Ahora, los mandos de ascensión. Bien; el pájaro saldrá de aquí para Rand Field, Smith. Llene el depósito y agregue cincuenta litros más.
—Está lleno —dijo pacientemente Henry.
El cabo salió fuera de la carlinga y ambos bajaron al suelo.
—Repase y vuelva a repasar. Luego, otra vez, lo mismo. Es lo que el coronel quiere por el momento.
Tyce miraba el tren de aterrizaje cuando el sargento de servicio técnico responsable de los equipos de tierra se acercó para recibir la entrega del aparato, puesto a punto. Tyce encendió para calentar el motor.
El teniente Larry Thomas apareció en el cobertizo con el traje de vuelo, las gafas sobre la frente y el paracaídas danzando a lo largo de sus piernas. Llevaba el mismo atavío que Henry Smith había soñado vestir durante aquella guerra. Era un oficial más guapo y apuesto de lo que el rostro de Henry le permitiría jamás ser. Tenía exactamente el aire que debía tener un oficial piloto.
Henry le miraba con admiración y se puso firme, al tiempo que Tyce. Los dos saludaron a tiempo. La mano del teniente Thomas les respondió correctamente.
—¿Todo preparado?
—Sí, señor —dijo el cabo.
—¡Hola, Smith! —Larry sonreía con cordialidad—. Su amigo el teniente Waller siempre me dice que le dé recuerdos. Aparecerá en el campo un día de éstos.
—Gracias, señor —repuso Henry, ruborizado de júbilo.
Larry Thomas trepó al avión y se abrochó el cinturón de seguridad. El motor se puso a zumbar, calentándose antes de emprender el vuelo, mientras el piloto comprobaba su cuadro de a bordo y los mandos, haciéndose cargo de todo. Una mano se agitó por encima de la carlinga.
Henry y Tyce agitaron la mano a su vez, sonriendo. Con un viento que soplaba sobre ellos, apretándoles el mono contra su cuerpo, el aparato de caza, compacto y rechoncho, se deslizó lentamente a lo largo de la pista de cemento, olfateó el cielo como un perro y tomó progresivamente velocidad. A la mitad de la pista despegó, se elevó y disminuyó en el espacio; pronto no fue más que un punto en la inmensidad, haciéndose luego invisible.
Entonces el cabo Tyce sacudió los hombros y dijo a Smith:
—¡Jesús! Siento frío en la espalda.
—¿Por qué razón?
—No hace mucho tiempo que terminó su prohibición de volar. Tan sólo un día o dos.
—Es un piloto de los buenos, de los verdaderos. Y un buen muchacho. Le conozco bien, así como a su hermano y a su esposa.
—Todo eso parece muy Jimmy Doolittle[23]. Sólo que, a pesar de eso — dijo el cabo—, nosotros pertenecemos al equipo de tierra.
—¿Y eso qué significa? —inquirió Henry. Una sospecha se le ocurrió—. ¿A qué se refiere, cabo?
—Usted no habla como un compañero —exclamó Tyce, después de una profunda mirada escrutadora—. Yo sé que le molesto durante la tarea, Smitty. Pero es preciso. Y cuando trabajamos en un pájaro de este género, un pura sangre lleno de nervio, me gusta verlo ascender por el cielo con un tipo que nunca haya tenido necesidad de que le prohibieran volar. ¿Tiene usted algo que decir contra esto?
—No —repuso Henry, en un tono insatisfecho—. Pero no hay por qué sentir frío en la espalda a propósito de él.
Tyce siguió gruñendo:
—Está usted muy nervioso esta mañana, Smitty. Antes que usted me he acostado en muchas camas y comprendo el porqué. Sé lo que le ha sucedido a mi viejo compañero. En este último tiempo ha estado muy pesado, hecho una ostra. Se pasea riendo solo y con los ojos hinchados. ¿A qué blanco ha sido a dar usted, Smitty?
—¿Blanco? ¿De qué me habla?
—¿No sabe de qué le hablo? —preguntó Tyce, con una alegre agitación —. Hablo de la damita que le altera los nervios. ¿Dónde la ha hallado?
—¡Cierre su asquerosa boca! —exclamó Henry—. ¡No se meta en eso!
—¡Jesús! ¡Enamorado ya! —murmuró Tyce—. Haría usted mejor presentándomela, compañero. Usted no es capaz de distinguir una entretenida de una dama.
—Le he dicho que no se enrede en este asunto —repitió Smith.
—Sin embargo, usted es una persona seria. Un buen muchacho —precisó el cabo—. Le podrían engañar cochinamente. Dígale que traiga una amiga y saldremos juntos.
Henry le miró con los ojos entornados.
Tyce, abandonando el tono burlesco con que le hacía rabiar, te contempló con el aire de una verdadera y amistosa inquietud.
—Escuche, niño; usted no sabe nada de estas cosas. Pero yo he rodado mucho. Juzgaré inmediatamente. Usted no sabría con quién trataba aunque estuviera mirando a la persona durante diez años.
Henry le lanzó contra el muro. Tyce se recogió, mientras la sangre brotaba de su nariz, con el rostro iluminado por una sonrisa de extraña satisfacción.
—¡Compañero! ¡Asaltar a un superior! ¡Compañero!
Se deslizó rápidamente y Henry retrocedió, tropezando, bajo el efecto de un vigoroso puñetazo bajo el ojo.
—¡Compañero!
Y el labio de Henry, cortado, sangraba.
Entonces Henry le acometió de nuevo, cogiendo al otro entre sus brazos; la cabeza de Tyce resonó contra el muro y el cabo cayó al suelo, escapando de las manos de Smith.
—¡Esto va mejor! —exclamó Tyce sacudiendo la cabeza al cabo de un instante.
Arrancó de su bolsillo una pesada llave inglesa y, con el movimiento, un fragmento de metal brillante, surgiendo del mismo bolsillo, voló por el aire y cayó resonando sobre el suelo de cemento. Henry lo cogió con rapidez y lo miró, horrorizado, en su mano. Era un perno de ensambladura de cola, destinado a fijar el cable de mando. Pero el avión del teniente Thomas había ya ascendido.
Un golpe de llave inglesa, aplicado sobre su puño, le hizo soltar el perno. Y Henry alzó el codo, porque la llave descendía ahora sobre su cabeza.