Cirujano del aire
Capítulo VIII
EL pie del soldado no iba bien. Pero la operación se había comentado en los diversos servicios del hospital y, durante todo el día, oficiales de guardia y jefes de sección habían acudido para felicitar a Craig. Éste lo había oído distraídamente, con el espíritu puesto en otra parte.
Antes de desayunarse, quiso, a la mañana siguiente, examinar la circulación de aquel pie y se dirigió adonde, anegado en morfina, el muchacho descansaba. La hoja indicaba que había pasado una noche tranquila en lo posible y mejor desde luego que la anterior. Después de su traslado de la sala de operaciones, se le había hecho una transfusión de sangre y su tez mostraba un matiz más vivo. Pero la mejoría no pasaba de ahí, y cuando Craig vio el pie, movió melancólicamente la cabeza. Su examen precedente, muy cuidadoso, nada le había dicho, salvo que su intervención fue un trabajo bien ejecutado, que la arteria reparada se conservaba bien, no presentaba ninguna ruptura y que la sangre corría normalmente. Estimó, en consecuencia, inútil levantar el apósito y examinar otra vez la llaga. El pulso en el tobillo era también normal. Pero el pie presentaba una ligera hinchazón y tenía un tono más lívido del que hubiera debido tener, así como una temperatura demasiado baja. La enfermera de guardia preguntó si di comandante necesitaba sus servicios. Si no, iría a desayunarse y regresaría enseguida.
En el comedor de los oficiales, el coronel Cárter, director del hospital, notando el rostro lacio, los rasgos caídos y las profundas sombras bajo los ojos del comandante, le hizo sentar a su lado:
—Trabaja usted demasiado y con mucha dureza, comandante. Traspase algo de su labor a los demás. ¿Por qué no tomarse algunos días de vacaciones? Una buena jarana iría bien para distraerle. Pero, de momento, con la pesca habría suficiente. No puede usted hacerse idea del bien que ese deporte puede hacer a un hombre fatigado.
Craig movió negativamente la cabeza.
—Esa operación de la otra noche —el coronel seguía el hilo de sus pensamientos—, ¿no la habría podido encargar a otro?
—Temo que no.
—Por lo que a mí respecta, bien sé que no. Lo sé demasiado bien, ¡qué diablo!; no hay nadie que hubiera podido hacerlo. Ha sido una gran suerte para ese muchacho el que usted estuviese allí. ¿Cómo sigue?
—No tan bien como querría. La circulación es mala en ese pie.
—¿Recosió bien la arteria? —el coronel arqueaba sus espesas cejas grises.
—Sí. La arteria va bien.
—Entonces, la circulación debería ir bien asimismo.
—Debería. Pero la sangre no se infiltra hasta donde las células lo necesitan.
El coronel Cárter, después de una exclamación, bebió pensativamente su café. Desde hacía tiempo, no practicaba la medicina ni la cirugía, pero era un buen coronel.
—Si ése es el caso, ¿qué explicación encuentra, Thomas? ¿Y qué piensa probar?
—Quisiera que usted viniese a verle conmigo, señor. Creo que los pequeños vasos sanguíneos están contraídos por un espasmo; la cosa fue comprobada ya, después del violento traumatismo en las arterias y venas principales. El problema consiste en sosegar los nervios que comprimen esas arterias, a fin de que la sangre pueda pasar.
—Cuestión de bloquear el gran simpático —dijo el coronel con súbita autoridad—. Cuando usted intervenga, me gustaría asistir.
Comprobaron que la circulación era notoriamente deficiente. Craig enumeró las pruebas que le inquietaban, y Cárter, después de oírle atentamente, preguntó:
—¿Quiere usted que sea trasladado el paciente a la sala de operaciones?
—Puedo hacer lo necesario aquí.
Dio por teléfono las instrucciones a la enfermera jefe, precisando el instrumental que necesitaría.
—Mándeme también un suplemento de novocaína. Y una buena enfermera.
—¿Le iría bien la señorita Marrell, señor?
Craig maldijo en silencio. Después repuso:
—Conforme. Irá bien.
Algunos instantes más tarde Siz Marrell entraba llevando las bandejas con los instrumentos, seguida de un mozo de sala. Ella saludó respetuosamente y el viejo coronel, rápidamente conquistado, la contempló con mirada aprobatoria.
Ayudado por el enfermero, Craig hizo poner al herido de costado, sosteniendo con cuidado la pierna en el canal donde reposaba, a fin de evitar cualquier sacudida dolorosa. El hombre no emitió sino un sofocado suspiro.
Con el pulgar, el comandante siguió el transcurso de la espina dorsal en su zona inferior, reconociendo las puntas óseas proyectadas por cada vértebra y señalándolas sobre la piel por medio de una cruz de mercurio-cromo. A poco más de dos dedos de desviación de la doble línea de marcas hizo otra en dirección al costado. El coronel comentó:
—Un plano de agrimensura parece esto.
Fijando una delgada aguja a la extremidad de una jeringa llena de novocaína, Craig hizo levantar pequeñas ampollas superficiales de anestésico en cada una de las cruces de la segunda hilera, inyectando pequeñas cantidades de líquido en los tejidos profundos. Después, eligió una aguja muy delgada y larga y la hundió bajo la piel; tres pulgadas de metal desaparecieron antes que la punta encontrase un obstáculo.
—Es la parte transversal de la vértebra —comentó Craig—. Nos servirá a modo de hito.
—No comprendo cómo ha podido encontrarla, apuntando desde tan lejos —murmuró el coronel.
—Precisamente es la red de agrimensura lo que me lo ha permitido.
Desplazó un poco la aguja de modo que se deslizara su punta por encima del hueso, buscando un pasaje por donde pudiera penetrar. Cuando lo halló empujó hacia delante y la aguja se hundió todavía dos pulgadas más.
—Debemos hallarnos bien cerca del ganglio simpático que tratamos de bloquear —dijo Craig.
Y mientras dos enfermeros mantenían inmóvil al soldado, cuyos labios se entreabrían para respirar en profundas inspiraciones, Craig, volviendo a las primeras líneas de cruces señaladas, erizó la espalda de agujas; cuatro a cada lado. Tomó de nuevo la jeringa e inyectó por cada aguja, que retiraba a medida que la novocaína había penetrado. El herido murmuró algo con voz vaga y cerró los ojos.
—Hemos terminado —dijo Thomas—. Y los enfermeros, con lentitud y precaución, volvieron a acostar al soldado, fijando de nuevo el canal en el marco de soporte encima del lecho.
—Pronto sabremos a qué atenernos. Vigile el pie…
Craig estaba forzado por su atención. Azulado e hinchado, el pie no había cambiado de cariz. Pero a poco una coloración rojiza se deslizó en el azul, se extendió y se afirmó. Craig posó la mano sobre el pie enfermo y después sobre el otro, para comprobar.
—La temperatura sube —dijo.
—Bien —dijo el coronel—. Muy bien. Esto está ya bien claro. La piel adquiere un color normal. —Su aprobación era completa—. ¡Famoso trabajo, Thomas! ¿Y cómo explica usted este proceso?
—Los nervios simpáticos en los cuales he inyectado la novocaína son los que dirigen el volumen de los vasos sanguíneos. El traumatismo de la herida los había hecho contraerse. Un shock inverso los ha obligado a relajarse.
Pinchó con una aguja un dedo del pie del paciente, a la sazón despierto.
—¿Ha sentido algo?
—Sí, señor.
—¿El qué?
—Una aguja, ¿no?
Craig suspiró aliviado.
—No sabe usted cuál ha sido su suerte, hijo mío —dijo el coronel Cárter al herido—. Estaba bien seguro de tener que devolverle a su casa con una pierna de madera o en una caja de pino. ¡Y va a salir de esto como nuevo!
Con una mano puesta sobre el hombro de Craig, se dirigió hacia la puerta con él.
—Hacen ustedes progresos que me asustan. En la Armada, ciertamente — su voz se tiñó de disgusto—, un hombre deja de ser médico cuando va entrando en años. Se le pone un sello de goma en la mano, y se hace de él un oficial de Administración.
—¡Comandante Thomas! —era la voz de Siz, que le llamaba.
—¿Diga?
—No quería interrumpir su labor, pero tengo un mensaje que transmitirle.
—Bueno, ¿de qué se trata?
—¿Quiere usted llamar a la señora Thomas? —exclamó ella con su voz indolente.
El coronel, una vez fuera de la estancia, con Craig, reía a pequeños cloqueos.
—¡Esa enfermera! Hay médicos aquí que no se guardarán las miradas en los bolsillos. ¡Caramba, Thomas! Yo no puedo estar vigilándolo todo a todas horas, ¿no es así? Buena cosa es ser joven.
Joan, sin entretenerse pensándolo, descolgó el teléfono a la primera llamada.
—Craig, ¿me dirá usted que tiene compromiso para el almuerzo de hoy?
—Tenía la intención de… ¿Qué hay, Joan?
—Le ruego que esta vez no esté ocupado. Larry y yo almorzaremos fuera y desearíamos tenerle con nosotros. Pero quisiera que viniese usted pronto. Querría hablar un rato con usted antes de que él llegara.
Él no contestó enseguida. Ella insistió:
—En otros tiempos, de los cuales usted ya no se acuerda probablemente, le pedí un día que curara la pierna rota de mi muñeca. La historia se repite, Craig; soy yo, en el presente, la muñeca de la pierna rota.
Ella no parecía estar tan alegre como sus palabras, pero sí ansiosa. Él quiso responder con humor:
—¿Tablillas? ¿Canal?
—Si es alguna vida humana la que depende de su permanencia ahí, no acuda, Craig; pero si no hay tan impedimento, se lo ruego, venga. Tengo necesidad de sus consejos.
—¿Consejos? —Permaneció preocupado el resto de la mañana. La voz de Joan era casi suplicante. ¿Consecuencia del coqueteo entre Siz y Larry? Por otra parte, estaba convencido de que ella no hablaría nunca a nadie del asunto; ni a Larry ni a él. Por lo tanto, debía de ser cuestión de Larry, pues ¿qué otra cosa hubiera podido conmoverla hasta tal punto? Llegado a esta conclusión, Craig sintió que un peso muy duro le agotaba. No quería discutir acerca de Larry con ella. Su indignación contra aquel frívolo hermano produjo una nueva llama; la cólera volvió a adueñarse de él y, con la rabia, una perplejidad, una estupefacción incrédula. ¿Cómo era posible que hombre alguno pudiera conducirse de semejante modo, de aquella insultante manera, en plena luna de miel?
Cuando Joan llegó en taxi, Craig la esperaba en el recibidor del hospital. Ella iba vestida con un traje azul oscuro y llevaba un pequeño sombrero azul y blanco.
—Le estoy muy agradecida, Craig —le dijo con su dulce voz.
—Es un placer —repuso él. Y como frecuentemente le sucedía con Joan, se reprochó a sí mismo por la trivialidad de sus palabras.
El coche esperaba, resplandeciente al sol. Hizo subir a la muchacha.
—Mire qué brillante está mi automóvil…, brillante como un escalpelo. Sospecho que el soldado Henry Smith ha tenido algo que ver en ello. Este cambio data de ayer tarde.
—Es un buen chico —respondió Joan contenta—. Se acuerda mucho de su apéndice, Craig. ¿Quiere usted que sigamos el camino que rodea la bahía?
Era una bonita carretera que dejaba atrás la poco elegante masa de los edificios militares del campo. La bahía se extendía ante ella, con sus tonalidades que iban del verde al azulado, y los pájaros marinos exploraban los charcos dejados en la playa por las mareas. Un pelícano, parecido a una gárgola volante, se elevó en el cielo, permaneciendo inmóvil como esperando algo; luego descendió de un solo impulso, con el cuello tendido hacia delante, hirió súbitamente el agua, batió las alas y remontó nuevamente el vuelo, llevando un gran pez plateado en el pico.
—¿Ha visto usted?
—Sí. Si nosotros pudiésemos detectar los submarinos la mitad de bien que los pelícanos advierten a los peces, tendríamos resuelta esta guerra.
Llegaron al Club. Craig detuvo su coche con sentimiento. Era muy agradable tener a Joan a su lado, solos los dos, y mirando al mismo tiempo idéntico paisaje.
—Craig, quisiera un cocktail —dijo ella, sentándose ante una mesa.
—Lo queremos los dos —rectificó él, a pesar de haberse impuesto la norma de no beber jamás alcohol al mediodía. Pero la demanda había sido acompañada de una mirada tan grave que no debía tener con él relación alguna. Y Craig sintió que sus aprensiones, disipadas durante los amistosos minutos del trayecto, se despertaban nuevamente.
—Es a propósito de Larry —dijo Joan.
—¿Está bien?
—Perfectamente. Pero he pensado que usted podría ayudarme. No conozco a nadie a quien pudiese pedir esto —se excusó ella—. Me parece…, me parece… que hay un problema en nuestro matrimonio.
«Así, pues, se trataba de Siz —pensó Craig, frunciendo las cejas y sumiéndose en su vaso, al tiempo de encontrar una respuesta conveniente».
Pero Joan le sorprendió:
—Es preciso que haga algo, Craig. Es indispensable. Es necesario para el bien de Larry. Acaso para el mío también…, no sé. De todos modos, no es por mí por lo que el asunto me preocupa.
Craig, perplejo, permaneció silencioso. Joan rió nerviosamente.
—¿Sabe usted? Yo desearía crear para él un verdadero hogar. Es esto lo que espera normalmente una esposa. Pero nada es normal en esta guerra, ni puede ser considerado desde ese punto de vista. Por otra parte, Larry no quisiera tal cosa en estos momentos. Hay demasiado excitación en el aire. Él ama la vida militar. Estará desolado cuando la guerra acabe.
—Pero será un magnífico soldado mientras dure.
—Lo sé. Estoy completamente segura de ello. Mas para que sea dichoso es necesario también que yo haga alguna cosa.
—Me parece dichoso actualmente. Estoy cierto de que lo es.
—Es difícil de explicar, Craig, y, no obstante, es claro para mí. A menos que una mujer halle otra ocupación, no puede considerársela otra cosa que… un bejuco que se pega al tronco.
—No usted. No será eso lo que la preocupa.
—Claro que sí. He comenzado ya a sentir que lo soy. Como toda mujer enamorada. Pero no es del todo peligroso, porque eso no puede prender con Larry.
Ella tenía una seriedad en la mirada que a él le costaba trabajo sostener.
—Yo sé que diría a gusto: ¿Dónde está esta tarde mi aventurero vagabundo?
Craig levantó rápidamente los ojos hacia ella y pensó que tras esas frases había una herida debida a Siz.
—Veamos… —comenzó a decir, sin saber adónde quería ir a parar.
—Sí, lo diría. Pero si yo tuviera una actividad propia; si, además de ser mujer, fuese alguien para mí misma… Craig, la única cosa que para mi deseo realmente es ser su mujer. No tengo necesidad de ningún otro interés. Pero no representar para él más que una obligación, verle agitado, nervioso… ¿Qué puedo hacer, Craig?
—¿Quiere usted decir «aquí, en el hospital»?
—No… Sí… —repuso ella, vacilando—. No, no lo creo posible.
—Hay la cantina. No es del todo imposible.
—Me parece que a Larry no le gustaría mucho esta idea.
Demasiado exasperado contra su hermano para reflexionar, Craig dijo demasiado deprisa:
—Escuche, Joan. La cuestión no debe plantearse constantemente del mismo modo. No puede ser siempre: «¿Es lo que Larry querría?»… Usted tiene tantos derechos como él.
—No sé. Pero no siento ningún deseo de reivindicarlos, Craig. Espero que exista un medio de encontrar algo que hacer en la ciudad. Alguna cosa que no guarde relación con la Armada; esto molestaría menos a Larry. Me doy cuenta claramente de ello.
No podía responder nada a sus palabras. No podía sino envidiar irresistiblemente a Larry.
—¿Le parezco a usted quimérica? ¿Le gusta mi idea, o qué? Soy una esposa más veterana de lo que usted cree.
—¿Qué dice, Joan?
—Estamos casados desde hace tres años —respondió ella, riendo. Y ante su aspecto asombrado, explicó—: ¿No le parece extraño que me sienta culpable al contárselo? Como si fuera algo irregular…, ilegal…, ¡qué sé yo! Larry no tenía aún su graduación y los aspirantes no podían contraer matrimonio.
—¡Ah! —exclamó Craig.
—Larry me engañó.
—¡Ah! —repitió Craig en otro tono.
—No; no como usted supone. Simplemente, no me advirtió esa prohibición. Decía que le inspiraba demasiados cuidados no estando casados. Fue después cuando me puso al corriente…; siendo necesario, entonces, que guardáramos secreta la noticia de nuestro matrimonio.
Craig no acababa de entender por qué razón él estaba temblando de resentimiento, mientras Joan no mostraba la menor indignación.
—Empiezo a conocer a Larry a fondo. No fue jamás… el tipo de soltero puro. ¿Dónde he oído esa expresión? ¡Ah, sí! —exclamó con irritación.
Craig encendió un cigarrillo y se acorazó en espera de una discusión referente a Siz. No se produjo tal cosa.
—Es demasiado atractivo. Y lo sabe bien ese bello diablo. —Había tristeza y orgullo en la voz de Joan—. En el despacho del aeródromo del campo precedente había una chica… Estuvo a verme después de nuestro matrimonio. ¡Furiosa! —Joan inclinó la cabeza; su orgullo la abandonó; miró a Craig suplicante—. Ignoraba que ella existiera… —prosiguió—. Jamás he hablado de esto a Larry… —Craig tampoco tenía la intención de decírselo—. Nada ha cambiado desde entonces… Sólo que si pudiera encontrar alguna cosa interesante en que trabajar… Ahí está Larry.
De pie en la entrada, Larry miraba en derredor. Encontró la mirada de su mujer y se dirigió prontamente hacia ella y Craig, con una sonrisa entusiasta.
—Craig —exclamó rápidamente Joan—, no se olvide; si oye hablar de algo, sea lo que fuere…, aunque no tenga interés. Es muy importante para mí…, muy importante.
—¡Caramba, qué sorpresa! —dijo amablemente Larry, tomando una silla —. ¡Qué sorpresa hallaros aquí!
Joan le miró su rostro, sus cabellos, los hombros, la corbata.
—Muy bonito —dijo ella—. ¿Te has retrasado?
—Es la hora. En punto. En la Armada, Thomas no se retrasa nunca.
Levantó las cejas al percibir los dos vasos, y, pasándose irónicamente la lengua por los labios, dijo:
—¿Y bebéis? Tanto peor. Yo no. Vengo a volar. Voy a empezar a volar de nuevo.
Haciendo un gran esfuerzo para adaptarse al tono requerido por la conversación, Craig preguntó:
—¿Qué género de vuelo?
—Instrucción. Vuelo en tándem. Explicar a un tontaina lo que debe hacer. Ripio, en suma. Chuck es el más dichoso.
—¿Qué hace Chuck?
—Está allá arriba —repuso dulcemente Larry— con un nuevo «Thunderbolt» de caza. Hubiera querido dar una vuelta yo también, pero ya llegará. Escuchad…
A lo lejos, un agudo zumbido crecía acercándose a una velocidad asombrosa, llegando a un enorme crescendo al pasar por encima del club y volviendo enseguida a convertirse en un susurro decreciente.
—Debe de ser Chuck —exclamó Larry, riendo—. Sabe que almorzamos aquí.
—Vuela bonitamente, bajo, a lo que parece —hizo notar Craig.
—Sabe bien lo que se hace.
El rugiente zumbido volvió de nuevo a acercarse, más fuerte aún, ensordeciendo, pareciendo estallar literalmente encima del club, al extremo que los comensales se levantaron de sus asientos y, estupefactos, se miraron unos a otros.
—No me gusta del todo esa escasa altura —dijo Craig—, y me asombra mucho que no se le haya llamado al orden.
—¡Ha desempolvado el techo del club! —comprobó Larry—. El coronel Flynn recomendó a Chuck que probase el avión a todas sus marchas. Cree que ello origina una buena psicología; da ambición a los principiantes y un objetivo preciso que lograr.
Joan exclamó, horrorizada:
—¡Larry! ¿Es éste el género de lecciones y de psicología que enseñarás a tus alumnos?
—No sólo a los alumnos. Espera un poco a que deje la instrucción por la caza. Tendremos necesidad de todos los medios a nuestro alcance, cuando el momento llegue, para hacer girar a esos muchachos por allí arriba. Nosotros…
La sonrisa murió en sus labios. Calló. Del campo de aviación se elevaba la llamada aguda y quejumbrosa de la sirena de alarma.
Ya Craig estaba en pie.
—Almorzad vosotros dos —dijo—. Vale más que me dirija al hospital, pues el caso…
—¿Será Chuck? —gritó Joan—. ¿Chuck? ¿Se habrá destrozado?
Larry estaba lívido.
—Craig, ¿puedes ir al lugar? Podrás seguir en la ambulancia.
Cuando abandonaron el club corriendo, el gemido más profundo de la bomba de incendios se elevaba a su vez, doblado de cerca por el grito continuo de una sirena de ambulancia.