Cirujano del aire

Frank G. Slaughter · Capítulo 4 de 27

Páginas del PDF

Cirujano del aire

Capítulo IV

 

JOAN había encontrado un departamento. No era exactamente como ella lo hubiera deseado, pero su precio alcanzaba ese límite que un teniente no puede sobrepasar. Como acontecía con el resto de departamentos del Campo Buchan, su historia era la de las llegadas y partidas de los tenientes y capitanes, trasladados de continuo por la lanzadera de los cambios de destino. No era sino un piso donde poder colgar los vestidos de una percha o dejar caer las revistas al lado de un sillón.

En la cocina-comedor, ella puso papel limpio sobre los estantes, encima de los cuales estaba la vajilla; tazas rotas, tazas enteras, tazas cascadas. En la salita-dormitorio se encontró con la sorpresa desagradable de que la mesa para café, de hierro forjado, con el tablero de piedra, estaba hendida y desportillada. Colocó sobre ella un gran pañuelo alegremente coloreado. Se esforzó en extender el tapete de la mesa del comedor de la manera que mejor ocultara las quemaduras de los cigarrillos. Hubiera querido también separarla del muro lleno de salpicaduras, pero hubo de renunciar a ello por falta de espacio. Se preguntó asimismo cuánto tiempo tardaría la lavandera en adecentar las cortinas.

Dirigió una sonrisa a la vez melancólica y compasiva a Mary Waller, que acababa de descubrir un departamento casi idéntico; con la sola diferencia del color de la colcha de la cama.

—Nuestro primer hogar —dijo Joan, que añadió riendo—. Carece de importancia. Es la guerra.

—No hay peligro de que un hombre arme alboroto por ello, si no es usted la que le atormenta —dijo Mary Waller—. Se asustaría usted al comprobar la cantidad de cosas que ellos no perciben jamás.

Mary era muy morena y su indumento hacía juego con aquel color oscuro, que integraba cabellos, ojos, traje, calzado, etc., todo lo cual estaba animado por el profundo tono rojo de su boca y el pequeño pliegue de buen humor que se dibujaba perpetuamente entre sus cejas. Joan tuvo suerte al conocerla. Ella y su marido, el teniente Chuck Waller, habían llegado a la base en el mismo tren que la pareja Thomas. Los dos muchachos, Larry y Chuck, habían realizado juntos sus prácticas y ya se conocían y apreciaban. Una pronta simpatía unió a las jóvenes esposas que, unidas, se lanzaron a la caza de departamentos, poniendo su esfuerzo en resolverse mutuamente los diversos problemas caseros con que habían de enfrentarse.

—Y sobre todo —insistía Mary, con su habitual buen humor—, nada de preocuparse por los detalles. A Larry le gustará el conjunto. Sea cual fuere el sitio donde ustedes vivan, Larry sentirá afecto por él.

Joan quitó las cortinas y las enrolló con incipiente cólera. Pero la reflexión de Mary había removido algo dentro de ella, conmoviéndola con un temblor dichoso. En el presente, ella se daba cuenta después del encuentro con Craig, la vida le había adjudicado un papel difícil y dramático, y no solamente al lado de un hombre, sino al de dos. Para Larry, era necesaria su alegría, si bien ésta no alcanzaba el tono desencadenado, absoluto, de la alegría de él. Cerca de Craig, que era, a pesar de que él no se diera cuenta, un sin hogar, que trabajaba bajo una tensión constante, era preciso, en cambio, un sentimiento de amistad, una seguridad grave y fraternal, que le sirviera de reposo. Entreveía un vivo gozo que desplegar entre ambos hombres, en cuya tarea tendría que poner a contribución todas las facultades de su espíritu femenil, para llegar a esa dichosa organización.

Respondió, riendo, a su amiga:

—Se dice que donde está el corazón está el hogar. Pero muchos corazones se rodean de más espacio y de mejores muebles.

—Bueno, después de la guerra. Después de la guerra, ya veremos lo que hacemos. Nada es definitivo hasta la terminación de la guerra.

Joan permaneció inmóvil, con su envoltorio de cortinas estrujado entre las manos. Mary había dicho una cosa sobrecogedora. A medida que reflexionaba sobre ello, Joan sentía acelerarse los latidos de su corazón.

—¿Qué hará usted después de la guerra? —preguntó.

El pequeño pliegue de buen humor se borró entre los ojos de Mary.

—He recortado toda una serie de artículos relativos a la casa que tendremos. Conservo una carpeta entera de dormitorios. Pero ni siquiera sabemos dónde estará nuestra casa. Chuck no quiere oír hablar de otra cosa que de aviación. Era banquero, como usted sabe. (Se sonrió levemente). Me casé con un amable y serio muchacho que trabajaba en un Banco. Pero se dedicaba a volar durante sus horas libres. Le repito continuamente que el mundo estará sembrado de aviadores al terminar la guerra.

—Yo también lo creo así.

—Pero Chuck asegura que es eso lo que hace falta; que el mundo tendrá necesidad de estar sembrado de aviadores. Cuando habla de la cuestión, no hay quien le convenza. Se acabarán hasta los trenes, según dice. Y los vapores. Los camiones no realizarán sino breves recorridos de pocos kilómetros. La aviación será más importante de lo que nunca fue otro medio de transporte. ¡Ay, mi cabeza! Por mi parte, sé bien lo que desearía ver.

—¿Qué es ello?

—Deseo que Chuck tenga, durante la guerra, aviación bastante para el resto de su vida. Y cuando lleguemos a esa hermosa nueva edad de la que tanto habla, que obtenga un buen empleo en su antiguo ambiente. En un bello y gran edificio, sólidamente construido. Y sentado ante una mesa de despacho.

—Pues yo también lo espero así. (Las ideas de Joan estaban en efervescencia; su sorpresa era extrema). Sería para ustedes una cosa excelente, Mary.

—¿Y para ustedes dos? ¿Qué piensan hacer en lo futuro?

—Bueno, es curioso, y tal vez le parecerá a usted extraño y absurdo, pero estamos tan metidos en esta guerra… que no hemos discutido jamás proyectos para después. Nunca, a decir verdad, hemos reflexionado sobre lo que podría seguir a esta época.

Mary Waller rió.

—Recién casados. No llevan ustedes el tiempo suficiente de matrimonio como para haber salido ya de las nubes.

Sí, era verdad, debía de ser eso —pensó Joan—. En suma, preocuparse por el porvenir, era mostrarse ingrata con el presente. Sobre todo en su caso. Sobre todo —ella intentó desechar prontamente ese pesado pensamiento— cuando se es la mujer de un aviador y, por decirlo así, se está forzada a vivir manteniendo dos dedos en cruz para conjurar la mala suerte. A pesar de esta afirmación de principio, y a pesar del gesto premonitorio, algo así como una sombra de cuidado, un ligero malestar se apoderó de ella. Y hasta después de que Mary hubo salido, sintió que la cuestión se hubiese mencionado. Larry estaba espléndido bajo su uniforme, con su cálida excitación combativa. Era imposible representárselo sin alas.

Subió la escalera o, mejor dicho, trepó varios escalones al tiempo, hasta llegar a la puerta, que abrió preguntando:

—¿Es aquí dónde viven los Thomas? —La abrazó y la mantuvo apretada contra su pecho. Después concluyó: Sí, es aquí —lanzó en torno una ojeada rápida y definitiva—. Encantador —dijo. Llevaba en la mano un paquete, cuyo envoltorio de papel verde no escondía el contenido; una botella tiene siempre el aspecto de una botella—. He comprado esto —dijo—, para bautizar el local. ¿Qué tal va mi ojo?

Su ojo estaba bastante mejor. Apenas si se notaba ya la contusión.

—Un beso —pidió—, y quedará mejor que nuevo.

—¡Trompa! —exclamó Joan, haciendo una graciosa mueca—. ¿Crees que el Covermark se fabrica para la vista o para el gusto? ¿Ha quedado algo sobre mis labios?

Él tomó su pañuelo y, con una mímica de criatura contenta, le limpió los labios.

—No quiero verlos manchados por un ojo estropeado —dijo—. ¿Dónde tenemos los vasos? —Hizo una pausa de un instante, en el umbral de la cocinita y después, triunfalmente, dijo—: Comienzo a volar mañana.

—¡Qué buena noticia! —respondió Joan riendo.

Ella no podía resistirse al gozoso humor de Larry y a su contagiosa risa. Imaginar, imaginar que fuera posible hacer con Larry, por un solo momento, planes para el porvenir, ¡qué idea más increíblemente absurda!

Larry, que acababa de llenar los vasos, le ofreció uno:

—Por nosotros —dijo—. A nuestra salud. Ni más ni menos. —Después la sentó sobre sus rodillas—. Cuéntame lo que has hecho en todo este tiempo.

—Arreglar más o menos este sitio. Mary estaba aquí.

—Chuck pasa conmigo el examen mañana. Sigue, querida, cuenta.

—Veamos. Descolgué las cortinas. Y Mary decía…

—Comprendo. ¿Dos viejas comadres? —bromeó—. ¿Qué? ¿Qué es lo que decía? Quiero oírlo, aunque se trate de una historia escandalosa.

—Ella me contaba los planes, los proyectos, las esperanzas, sobre todo, que tiene para cuando acabe la guerra. (En su interior, Joan, examinándose con severidad, se decía que no intentaba llevar insidiosamente a Larry al núcleo de la cuestión. Pero él hacía tantas preguntas…).

—¿Después de la guerra? ¿Planes para después de la guerra? Hablando en serio, no creo que hayas oído hablar de la posibilidad de un armisticio, ¿verdad?

—No. Loco.

—No vuelvas nunca más a meterme miedos semejantes —él la amonestaba con una voz llena de reproches—. ¡Es una hermosa guerra! Pero, en fin, ¿qué es lo que quieren hacer ellos… después?

—¡Señor! ¡Dios del cielo! ¡Pobre Chuck! —Levantó a Joan a pulso y la dejó en pie con un pequeño rebote—. Bebamos a la salud del pobre viejo Chuck.

—Con moderación. Flojo para mí, ¿quieres?

A ella le satisfacía sentirse en el mismo estado de alegría que Larry, pero las bebidas, tal cual él las preparaba, la abrumaban.

—Es poca cosa —dijo él, ya preparando la mezcla—. Volaré mañana. Todo saldrá bien. Examen. Comprobación. Cirujano del aire. Corazón. Vista. Equilibrio. Reflejos. ¿Ves, querida? Cada vez que un aviador cambia de base, se tiene por seguro que los del campo anterior no conocían nada de lo que hubiera podido impedirle el vuelo. Y entonces, es preciso que recomiencen todas las ceremonias. Al cabo de algún tiempo se dicen: Tal vez no miráramos a este tipo desde bastante cerca. Y reemprenden el reconocimiento. Pero no importa cómo —concluyó Larry, vaciando su vaso —, nosotros volamos a despecho de todos ellos.

Él la llevó al club aquella tarde, para tomar una cerveza y bailar un poco. Mirando en derredor suyo, advirtieron a algunos pasos, allí sentados, a Craig y Paul Blount. Joan sonrió y tomó la mano de Larry para arrastrarle junto a ellos. Le pareció sentir en los dedos de él alguna resistencia.

Cuando Craig hizo las presentaciones, el rostro del capitán Blount se deshizo en una sonrisa. Estrechó gozoso la pequeña mano. Una seductora presencia femenina despertaba siempre la atención de Paul Blount, inspirándole frases corteses, movimientos amables y suaves, y atenuando los matices de su voz, algo rugosa.

—Craig me ha hablado de usted y del teniente Thomas —dijo—. Permítame que vaya en busca de unas sillas. Estaremos encantados de que permanezcan con nosotros.

—No es necesario que se molesten —dijo Larry, mientras su mirada advertía el caduceo de Blount—. Me apuesto algo a que entre Craig y usted son capaces de llevar a cualquiera a la mesa de operaciones.

—Usted se lo pierde —repuso Blount riendo—. Tome un vaso de cerveza con nosotros. En realidad, Craig y yo hemos limpiado y esterilizado ya los instrumentos, terminado de arreglamos hace unos minutos. Hablábamos de la anoxemia.

—El capitán Blount es uno de nuestros mejores especialistas en fisiología aérea —explicó Craig.

—Ciertamente —dijo Larry.

Joan tuvo la impresión de que un súbito resentimiento agitaba a su marido. Intervino prontamente.

—Pero ¿qué es la anoxemia?

—Algo muy técnico para una joven recién casada —dijo Blount—. Y no interesante del todo. Preferimos mucho más felicitar a su esposo.

—Creemos —dijo pesadamente Craig— que la falta de oxígeno es muy importante para explicar el origen del shock. La principal causa de una postración fatal es la anoxemia celular.

—Diríamos, en nuestro lenguaje, que el tipo tiene necesidad de un reforzante, querida —deslizó Larry.

Blount frunció ligeramente las cejas ante esta reflexión y, antes de dirigirse de nuevo a Joan, lanzó a su marido una mirada fría.

—Ésta no es una conversación adecuada para una señora —ratificó gentilmente—. Nos sería mucho más grato escuchar a usted. No tenemos con mucha frecuencia, en nuestro ambiente, la suerte de poder oír a una dama, señora Thomas. En la Armada, oír una voz de soprano, o a una hermosa contralto…

—Pero —replicó Joan sonriendo— es una cosa en extremo interesante. ¿Qué relaciones inmediatas tiene con el vuelo?

—Pues bien, calculamos que si pudiéramos, desde la partida, mantener un alto grado de oxigenación en los pilotos y además acostumbrarlos a oxigenarse antes de la marcha…

—¿Máscara? —preguntó Larry en tono muy profesional.

—Sí, máscara. Pero no olvide que hablamos en teoría.

—No hay nada más embarazoso que una máscara cuando se está volando, capitán.

—Sí, desde luego. ¿Puedo ofrecer a usted un cigarrillo, señora Thomas?

Joan lo aceptó, afligida y desconcertada por la actitud que su marido había tomado, desde que se sentaron a la mesa, de voluntario desafío y hostilidad.

Craig habló bruscamente:

—El capitán Blount quiere decir que, en caso de combate aéreo, un piloto soportaría tanto mejor las heridas recibidas cuanto más completa fuese su oxigenación.

—Si nos fuera posible convencer a los pilotos de la eficacia del procedimiento, sin duda se interesarían por él —concluyó Blount—. Hablando de otra cosa, dígame, señora, ¿ha encontrado lugar donde instalarse y vivir?

Joan se explicó. Contó con alegres pinceladas su caza del departamento, mientras lanzaba breves miradas a su marido, hasta que le vio sonreír y advirtió que estaba orgulloso de la manera como había sabido contar la historia.

—Y ese soldado que usted me envió, Craig —dijo ella riendo— es un muchacho muy amable. Me ayudó a subir al coche y a descender de él con las mismas precauciones que si yo fuera… una cesta de huevos.

Blount se echó a reír y afirmó:

—Vamos a beber otro vaso de cerveza a la salud de ese soldado, Craig.

La nerviosa risa de Craig Thomas se unió a la tranquila de Blount. Una gran alergia le había invadido al oír a Joan felicitarle por la ayuda que el soldado la había prestado; era un halo de felicidad tan violento, que casi temblaba. Pensó que daría las gracias al interesado y le cumplimentaría por haberse comportado tan bien. Dijo:

—Estoy muy satisfecho de que le fuera agradable.

—Al dejarnos, insistió: «Todo lo que usted desee, señora, no tiene sino que decirlo al comandante. Y yo vendré aquí a ponerme a su disposición». Es uno de sus grandes admiradores, Craig. ¿Qué es lo que ha hecho usted por él?

—Extraerle el apéndice —repuso solemnemente Craig.

—Vamos, vamos —protestó Blount—, esto no basta generalmente para hacer de un hombre un amigo abnegado para toda la vida; Craig —explicó simpáticamente— es una especie de gran bonzo, para quienes no le conocen bien. Y también para los que le conocen. Venga, comandante, cuéntenos el final de la historia.

—¿Ustedes creen factible que un gran bonzo traicione un secreto importante?

—Ya cederá —anunció Blount—. Va a decírnoslo.

Craig sonrió. Pero no se hallaba cómodo ni sosegado. Y Joan se preguntó qué era lo que no iba bien por allí. Y advirtió que de todo el grupo tan sólo Blount era el que parecía perfectamente tranquilo.

—El soldado de segunda Smith —explicó Craig— se acercó a mí para decirme que él nunca tuvo la intención de robarme cincuenta y cinco dólares.

—¿Qué cincuenta y cinco dólares?

—Eso es precisamente lo que me intrigaba. Al principio comenzó a explicar que tenía miedo de ofenderme, pues un simple soldado no podía ofrecer cincuenta y cinco dólares a un jefe, por lo cual temía despertar un día en la comisaría de policía. Parece ser que, después de la operación, perdió su empleo.

—Es estupendo ese chico —aseguró Blount riendo—. En todo se comporta razonablemente. No podríamos imaginarnos a nuestros comandantes yendo a la caza de simples soldados, a propósito de una deuda. ¡Ah! ¡Cuánto me gustaría tener muchos clientes de ese género! Por lo menos, me divertiría viéndolos resolver el acertijo. Usted no creería, señora Thomas, la cantidad de personas que se alejan de la mirada de su cirujano a partir del momento en que le dejaron un apéndice en prenda.

—Joan —dijo Larry—, vamos a bailar. Les rogamos nos disculpen.

Se pusieron de pie, pero, habiendo cesado la música en aquel mismo instante, volvieron a sentarse.

—Creo haber visto su nombre en las hojas de llegada, esta tarde, teniente Thomas —dijo Blount—. Vendrá usted mañana por la mañana al examen general, ¿no es así?

—Sí, señor —respondió secamente Larry—. Espero ser designado para volar a partir de mañana, pero supongo que eso depende de las notas que usted redacte.

Los rudos rasgos de Blount, por un breve momento, fueron velados por el mal humor, pero se iluminaron enseguida en un gesto sonriente dirigido a Joan.

—No se preocupe. Asunto de rutina. El teniente Thomas no hallará ninguna dificultad.

La música recomenzó. Larry se levantó saludando. Hacían una espléndida pareja, y los dos militares los contemplaron evolucionar sobre la pista. Después del baile, no regresaron a la mesa. Larry tomó con naturalidad el brazo de su mujer y la hizo dar un paseo por el club.

—No hay nada como eso, me parece —musitó Blount—. Yo no he tenido jamás una luna de miel legal en mi vida. Por lo menos, hasta el presente.

Craig bebió lentamente su cerveza. Después dijo:

—A usted no le agrada, Larry.

—Se equivoca usted. No tiene ningún motivo para decir eso. Buen muchacho. Buena persona. Nervioso, acaso, pero los mejores son los nerviosos. ¡Y con esa muchacha! ¡Qué maravilla, Craig! ¿No se siente usted orgulloso de ella?

—Es muy bonita.

—¡Muy bonita! —Paul silbó despreciativamente—. Diga mejor…

Miró con curiosidad a Craig.

—Paul, usted no quiere a Larry —repitió éste—. Ni él a usted. Y voy a explicarle algunas cosas al respecto.

Blount se agitó. Quiso insistir:

—Usted se equivoca.

—Permítame que le explique —la voz de Craig parecía monótona, lacia, extinguida aun a sus propios oídos—. Pero antes, otra cerveza. —Se preguntó si se sentiría agotado de aquel modo cada vez que viera a Joan. La pequeña tensión que ella había experimentado, paralela al enojo de Larry, le había alcanzado a él, así como la admiración que había sentido hacia su valor y habilidad le dejó débil y desamparado. Esto, además del esfuerzo que hubo de hacer para mirarla lo menos posible, tomando al mismo tiempo parte normal en la conversación.

Blount no hizo comentario alguno cuando llegó la cerveza fresca. Desde siempre, Craig se limitaba, con una firme sonrisa, a su único vaso.

—Larry está envenenado —dijo—. Lo que le trastorna es siempre la misma cosa. Hele aquí, hombre hecho y derecho, oficial de carrera, aviador, orgulloso como Satán, y con su joven esposa al brazo. En toda su vida, nunca seguramente llegó a ser tan hombre. Y en estas circunstancias, la Armada le conduce de nuevo junto a su hermano mayor. No bajo mis órdenes, naturalmente. Pero es lo suficiente para exasperarle.

—Cosas de su imaginación —dijo Paul.

—Usted ha visto su actitud. No le era agradable estar sentado aquí. Y luego él ha comprobado que mi amigo, superior suyo asimismo, era precisamente el oficial que habría de decidir su aptitud para el vuelo.

—Nuestra amistad nada tiene que ver en el asunto.

—No. Pero Larry ve mi influencia en todo, hasta en donde más lejos se halla, y corre riesgo de sufrir por cualquier motivo. Se imagina que ocupo de nuevo el puesto de conductor.

—No creo que haya usted llevado a su hermano por donde él no quiera ir. Usted mismo se otorga el mal papel. Si así es como pasan las cosas entre hermanos, me alegro de no tener sino una hermana. Craig, usted es un manojo de nervios excitados, sobre todo esta noche.

—¿Por qué?

—Porque cree ver cosas que no existen y, consecuentemente, se vitupera a sí mismo. Oiga, Craig, acaso haya otros sistemas de desatar un manojo de nervios, pero, a mi juicio, el mejor procedimiento es…

—Larry es un buen muchacho; si se muestra algo caprichoso es a causa de que…

—Es un gran tipo, de acuerdo —repuso Blount, accediendo a gusto—. Y me alegro de que así sea. Pero he de darle un consejo para deshacerse ese nudo de nervios.

—Siempre el mismo consejo, ¿no es cierto? ¿Es que es una costumbre, entre ustedes los libertinos, repetirse continuamente? —interrogó Craig sonriendo.

—Repetimos las verdades esenciales tan pronto como la ocasión se presente. La advertencia es válida desde la aurora de los tiempos. Todos los grandes hombres la han seguido religiosamente.

—Por todo ello es posible que encuentre usted su estatua en un jardín público, Paul.

—En ese día me será imposible seguir mis propios consejos. Habré muerto. Otros se esforzarán por conseguir la grandeza. Un día, Craig, le presentaré a alguna persona… No será vieja. Ni neurasténica. Buena digestión. Joven y dispuesta. Dios bendiga a ese tipo de mujer.

Craig gruñó.

—No tendrá tampoco necesidad de medicamentos —prosiguió Paul, cuya sonrisa se iba iluminando—. Ni precisión de operación alguna, salvo de la naturaleza más simple, la más elemental de todas.

—Yo sabría encontrarle algo que no funcionara bien del todo. La salud es un mito.

Volviendo a su cuartel, Craig meditaba sobre los diversos casos que tenía bajo su cuidado; todos le inspiraban confianza y podía separarse de ellos sin temor a nada. Se hallaba demasiado agitado para retirarse a su espartana habitación y esperar allí la extensión del fuego interior. Se detuvo en el hospital y fue a ver a un soldado de segunda que había intentado suicidarse bebiendo lejía. El caso había dado mucho que hablar y él se preguntaba, así como sus compañeros, si un desgraciado semejante valía la pena. Mientras le prodigaba sus más atentos cuidados, Craig pensaba que aquello no formaba parte —o no debía formarla— de los deberes de un médico de la Armada en pie de guerra. El tratamiento era demasiado bueno para un ser que se había mostrado tan cobarde en el servicio de su patria.

—Buenas tardes —dijo al sargento de guardia—. Voy a ver cómo está nuestra garganta quemada. —Y a pesar de estar habituado a contener sus impulsos, cedió esta vez—. ¿Ha descubierto usted por qué lo hizo?

—Sí, señor. Intentó escapar a la movilización por miedo de perder a su novia y todo ocurrió como él pensaba. Ella se casó con otro tipo.

De una manera u otra —reflexionaba Craig—, todo el mundo en la Armada, salvo él, parecía estar rodeado de mujeres.

El paciente esbozó una sonrisa y un saludo con la cabeza. Su garganta estaba particularmente afectada a causa de las tremendas quemaduras, por la contracción del tejido de las cicatrices. Craig había tenido que hacer una incisión por donde introducir un tubo que profundizaba hacia el estómago y cuya otra extremidad salía por la herida quirúrgica. Mediante esa sonda las enfermeras la nutrían regularmente con líquidos, gracias a los cuales podía conservar las fuerzas. Pero pronto iba a ser preciso originar la dilatación de la garganta, casi bloqueada. Se necesitaría hacer pasar, como fuese, una cuerda de la boca al estómago y obligar a los dilatadores a descender a lo largo de ese camino. Después habrían de ser retirados. Un capitán médico, lleno de indignación, había exclamado dirigiéndose a Craig:

—¡Hubiera podido elegir una forma de suicidio que nos diese menos trabajo!

El soldado se encontraba instalado en una pequeña estancia cercana a la sala de guardia, porque allí podía estar mejor atendido y cuidado, hallándose literalmente bajo la mano de las enfermeras y de los hombres de servicio. Su pulso era ya más lento y acababa de ser alimentado por la improvisada boca.

—¿Se encuentra usted mejor? —preguntó amablemente Craig.

Entonces el otro, a costa de un gran esfuerzo, repuso con voz pastosa:

—¡Quisiera probar el gusto de la sopa!